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I
Llegué a Ciudad Victoria al día siguiente del descubrimiento de las fosas con los 193 cuerpos enterrados en San Fernando. Una parte importante de mi trabajo como académico de la UNAM consiste en impartir cursos y conferencias en el interior del país. En esa ocasión me había invitado el Instituto de Transparencia de Tamaulipas para participar en un seminario con un grupo de funcionarios de la nueva administración sobre las normas y las instituciones en el tema del Acceso a la Información, la Transparencia y los Datos Personales. El gobierno estatal había cambiado algunos meses atrás en un contexto trágico porque el nuevo gobernador había ocupado la candidatura de su hermano asesinado en plena campaña electoral. Las cosas en esa entidad se habían deteriorado de repente y, en pocos meses, la capital del estado había pasado de ser una ciudad tranquila a convertirse en el campo de batalla de una guerra entre narcos, policías y militares. Las ciudades aledañas llevaban algún tiempo convertidas en un polvorín semejante.

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De mi arribo a la ciudad —la “Ciudad Amable” según anuncian los carteles del aeropuerto— recuerdo un calor infernal, la calidez de Juan Carlos y de Andrés —mis anfitriones—, el ánimo cabizbajo de los viajeros y, sobre todo, el desánimo de los locales. Yo mismo me sentía incómodo, desenfocado. Las historias de los muertos de San Fernando —y la que acababa de leer en el avión sobre unos padres en Valle Hermoso que recibieron un mensaje de texto de su hijo notificándoles que unos hombres armados habían entrado al restaurante donde cenaba— me acompañaron durante el vuelo porque eran la nota de todos los periódicos del día. Una violencia sorda flotaba en el ambiente. Después de meses escondida debajo de la alfombra la podredumbre, finalmente, saltó a la arena nacional. Tamaulipas, como ya lo eran Michoacán y Guerrero, y después lo serían Nuevo León y Coahuila, se había convertido en el foco de la atención y en el nido del miedo.

“No te preocupes”, me advirtió como saludo Juan Carlos, “rentamos un auto seguro para llegar con bien a la ciudad”. Y, en efecto, al salir del aeropuerto abordamos un auto compacto y sin lujos que —según me explicó— era el medio de transporte que brindaba mayor seguridad al circular por Tamaulipas. Un vehículo en el que puedas hacerte invisible ante los ojos de los muchos criminales que andan sueltos: “así no llamamos la atención”, aseguró Andrés. Mis amigos no podían saber que sus precauciones me alarmaban mucho, porque confirmaban que allí se estaba viviendo en una situación de emergencia.

A la mitad del camino —no más de 40 kilómetros— que separan a la ciudad del aeropuerto existe un cruce que los locales miran con recelo. “A partir de esa gasolinera y hacia allá, mejor no vayas”, me explicó Andrés, “porque los halcones ‘te ponen’ y te atrapan los mañosos”. La Joroba le dicen a esa encarnación mexicana del triángulo de las Bermudas. ¿Y quiénes son?, pregunto indagando por los unos y los otros. El halcón puede ser cualquiera —el limpiavidrios, el despachador de gasolina, un vendedor de periódicos, la mesera— y los mañosos suelen ser los del Golfo o, peor aún, los de Los Zetas. Describen a su nueva realidad con la naturalidad de quien ha logrado asimilar un diagnóstico adverso. “Si llevas una camioneta de mamá —una Durango por ejemplo— o un Jetta, estás jodido”, me asegura el propio Andrés, repitiendo una lección que tienen aprendida los locales. También están los “buenos malos” —que son los peores— porque es la Policía Municipal al servicio de los cárteles. “Ésos te secuestran, te roban y, después, te venden a los mañosos”, remata. Lo dice así, como quien cuenta que llueve mucho por su casa. Me narran todo eso antes de reducir la velocidad del Chevy color blanco y de mostrarme con detenimiento el lugar exacto en el que masacraron al candidato, Rodolfo Torre Cantú, y a tres personas más, el 28 de junio de 2010, justo en el kilómetro siete y a las 10:30 a.m., cuando se dirigía, precisamente, al aeropuerto. Por unos instantes me marea el desconcierto y me pregunto azorado qué hago aquí.

Me tocó hablar en una tarde ventosa sobre transparencia gubernamental a los funcionarios de un estado inexistente. Y aunque todo salió bien, me acompañó una sensación de desamparo que se potenció cuando los integrantes de mi auditorio escaparon apenas se tomó la foto del recuerdo. “Nadie quiere estar de noche en la ciudad”, me dijeron los amigos. “Yo tampoco”, pensé para mis adentros, y apenas divisé una ciudad languideciendo de camino al Holiday Inn Express en el que pasé la noche antes del regreso. Me acosté cubierto por el anecdotario del terror y con la angustia como almohada. Y, como no podía dormir, prendí el televisor para distraerme. Fue un error porque nadie hablaba de otra cosa. Canal tras canal aparecía el presidente Calderón acusando a la policía local de Tamaulipas de mantener una grosera alianza con el crimen. Las noticias hablaban de Valle Hermoso, de Tampico, de Reynosa y, como una puntilla para mi ánimo, de Montemorelos, Nuevo León, la tierra de mi padre.

Entonces, caí en cuenta de que, al secuestrarnos el presente, los autores de la violencia lograban evaporar nuestro futuro y encapsular los recuerdos del pasado. En mi caso estaba perdiendo las rutas de la infancia; las que me condujeron decenas de ocasiones desde Montemorelos hasta MacAllen y, desde ahí, hacia Monterrey. Esos caminos entrañables habían sido ocupados por convoyes de camionetas cargadas de sicarios. La felicidad con la que recorrí esas rutas naranjeras había sido canjeada por el temor real que me asaltaba tan sólo de pensar en el recorrido desde el hotel hasta el aeropuerto al día siguiente. Un miedo que me habían regalado los locales: “Yo no lo llevo antes de las 7:10”, me dijo el conductor encargado de llevarme a los aviones cuando le pedí que programáramos la salida del hotel a las 6:50 a.m. para llegar con tiempo al aeropuerto. Yo quería salir temprano porque la sola idea de perder el vuelo me resultaba estrafalaria. Pero, a esas alturas, el argumento que utilizó sonó convincente: “Antes de esa hora todavía está oscuro”. El miedo es contagioso y en esa ciudad había estallado una epidemia.

En esa habitación en medio de la nada, me preguntaba también por Tampico. Me habían dicho que estaba peor que Ciudad Victoria. ¿Qué significa peor?, ¿en qué sentido? Me habían contado de mujeres secuestradas para ser violadas hasta el cansancio por su captores y de hombres masacrados con martillos. Me dijeron también que nadie dice nada porque todos tienen miedo y que a la corresponsal de una revista nacional la secuestraron tres noches y cuatro días en un VTP directo hacia el infierno. Todo por contar lo que ahora ya nadie pudo callar y que era la historia de unas fosas que se tragaban a la gente. Me señalaron la gasolinera que abre el campo de batalla entre Ciudad Victoria y Tampico. Me aseguraron que nadie se atrevía a ir de compras al otro lado. Y de la clase política ni hablar, dijeron. Porque los gobernantes estaban en el centro de la telaraña que atrapó a la sociedad y han sido metabolizados, paralizados, devorados por los mañosos. Los mañosos viven de ellos y están en ellos. Y me contaron que cuando alguien tuvo el valor de abrir el blog “Frontera al Rojo Vivo” en el que se registran y documentan los muchos actos de violencia que no reporta la prensa local ni reconoce el gobierno de la entidad, entonces el miedo comenzó a generalizarse y el consuelo colectivo maduró en cascarón de paranoia.

En esa noche insomne me pregunté desolado cómo lograrían recomponer a la sociedad, reconstruir los tejidos de la convivencia, en ese lugar en el que la viscosidad dulzona de la violencia pesaba tanto. Y, entonces, me envolvió la lógica de la excepción. Pensé en un Estado poderoso y deseé —con sinceridad genuina— una fuerza policiaca o militar efectiva y protectora. Me descubrí celebrando una idea que me había arrojado como reclamo un militar cuando, un día, en un curso, expuse a un grupo de marinos los problemas del fuero militar: “Nosotros estamos vigilando las calles de noche —doctor— para que usted duerma tranquilo”. Y esa noche, en Tamaulipas, en verdad esperaba que estuvieran allí patrullando los caminos para que yo pudiera alcanzar mi avión al día siguiente. Porque los habitantes de Ciudad Victoria —y esta noche yo con ellos— habían sido raptados en su ciudad. Estaban confinados por un cinturón amenazante de miedo, intimidación y violencia. Y pensé lleno de miedo que había sido la ausencia de Estado, y no sus excesos, lo que los había hecho prisioneros.

Los muros de esa prisión urbana estaban hechos del sadismo y de la prepotencia de los narcotraficantes, me dije convencido. Y, desde ese temor inflamado, pensé que Calderón tenía razón y no me importó que fuera el acojonamiento, no la congoja, el resorte de mi repentino endurecimiento. Envuelto en la paranoia pensé que alguien tenía que hacer algo y que debía hacerlo pronto. Porque esa amenaza era real e igualitaria así que, contra ella, de nada me servían los privilegios con los que la vida me arropaba. Los mañosos aplastan parejo: migrantes, ganaderos y profesores acomodados. A unos les quitan el trabajo, a otros las propiedades y a todos la vida. Y pensé en Hobbes y me dio frío y me adormecí —seguramente— del lado derecho de la cama.

II
En Monterrey a los malos les dicen “los malitos”. Son los mismos de Tamaulipas pero con otro mote. Más inescrutable aún que el que utilizan en la entidad vecina: malitos suena a malos menores o a menos malos. Vaya usted a saber por qué los neoleoneses se refieren a los asesinos así, en diminutivo. Aquel día triste también llegué por avión y para los mismos fines: ahora me había invitado el Instituto Estatal Electoral para hablar de las reglas y los riesgos de la elección federal que tendría lugar en 2012. Un tema que pensaba abordar defendiendo a las instituciones democráticas de sus muchos enemigos. Y, antes de bajarme del avión, a las 10:15 a.m., recibí un mensaje enviado por mi hermana: “M., la esposa de R., mi primo, murió en el Casino el día de ayer. Háblale”. Después supe que, en efecto, M. estaba ahí —en el Casino Royale—, el día anterior, con sus hermanas, jugando bingo y matando el tiempo sin imaginar que serían asesinadas por un comando cobarde de sicarios sin escrúpulos.

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Salí del aeropuerto descompuesto y apenas me subí al auto en el que me llevarían a la sede del evento, recibí una llamada de mi prima. Estarían en un velatorio a pocos metros del Casino, en pleno centro de la ciudad, y no sabían la hora y no entendían nada. La muerte, como suele suceder, había tomado a todos por sorpresa. Localicé a mis tíos y pregunté por mi primo, por sus hijas y por el cómo de ese absurdo que acababa de azotarlos de una forma tan cruenta. Y, como era de esperarse, no obtuve más respuesta que la que ofrece el desconcierto, la indignación, la rabia. M. estaba muerta porque la inseguridad había alcanzado a la familia; así implacable y definitiva. Recuerdo que respiré hondo con el teléfono en la mano: en hora y media tenía que hablarle a un auditorio sobre la importancia y las bondades de los principios y de las instituciones que hacen posible la consolidación de las democracias.

Una batería de emociones ensordecía mis convicciones de constitucionalista democrático. Lo que acababa de suceder era otra prueba de que vivíamos una emergencia que exigía una respuesta excepcional del Estado. Habían matado a 53 personas inocentes. Así porque sí, porque se habían cruzado en el camino de unos bárbaros armados. Y lo peor es que no se había tratado de un acto inhumano. Todo lo contrario: nos abrumaba una violencia provocada por la maldad específica de los miembros de nuestra especie. Los que le prendieron fuego al Casino Royale eran iguales a cualquiera de nosotros. Comparten nuestra humanidad y, en una cierta medida, compartimos su violencia. Esto me abrumaba con una mordacidad implacable cuando indagaba en mis pasiones el castigo que podría desear para los asesinos de ese jueves infausto. Como me había sucedido en Tamaulipas —pero ahora desde el rencor y no sólo desde el miedo—, comprendí los resortes que, al calor de la guerra en la que habían logrado meternos, activan a las voces que claman venganza, talión y muerte. Nada más natural ni más humano. Perdidos en un laberinto sin explicaciones del porqué de tanta sinrazón nos refugiamos en la sinrazón misma: no tiene justificación lo que nos han hecho; no tendremos civilidad para con ellos.

Cuando abracé a mi primo dolido por la muerte de su esposa y miré a mis sobrinas ateridas por su ausencia, descubrí que todos somos víctimas de ese horror que ha venido lastimando a nuestro país desde hace años. Esa violencia sin razón nos ha quitado la paz pero también nos ha despojado de la inocencia bonachona y el ingenio generoso que ostentábamos con orgullo pueblerino como carta de presentación a los turistas. México ya no es una nación hospitalaria. Nosotros ya no somos los habitantes de una colectividad generosa. Tenemos miedo y odio y muertos y rencores en los puños. Nuestra sociedad es injusta, incivil e indecente. Y, ante los horrores, ganan fuerza los clamores que abonan esa tierra. Nadie lo dijo en el velorio pero me lo habían deletreado un par de veces a lo largo de mi desangelada conferencia: “En Nuevo León nadie lloraría la muerte de esos hijos de puta”; “nadie lamentaría que se los cargara la chingada”, sentenciaron en coro algunos asistentes al término del evento. Y lo mismo me dijo el chofer que, después del velorio, me acompañó al aeropuerto.

De regreso al Distrito Federal —paradójicamente, convertida en el refugio nacional contra la violencia y la inseguridad—, pensé en mi padre fallecido años atrás en una curva pasando Saltillo, camino a Monterrey. Y pude imaginarlo en el funeral de la mujer de su sobrino. Recordé una cena hacía ya mucho tiempo, en un restaurante de Madrid, con él y con mi tutor de doctorado que, a pesar de ser italiano, pasaba por la capital española en la que yo viví durante un año. Los había invitado a cenar para presentarlos y, en recompensa, me tocó presenciar un desencuentro frontal entre las dos lógicas que tejen la trama de este escrito. Mi profesor tiene una tendencia natural al pesimismo y a mi padre nunca le interesó la filosofía así que, en aquella ocasión, por inercia, después de un par de temas más amables, terminamos hablando del mundo y sus tristezas. Llegamos así a la violencia, la delincuencia y el terrorismo.

Creo que comenzó mi padre —y miró de frente a mi maestro, como quien no tiene reparos en decir una obviedad (o se divierte provocando)—, diciendo: “Para mí que debieran ponerlos a todos en el paredón y, ¡vámonos!”; “lo que hace falta es un cabrón con pantalones que no se ande con pendejadas”. El otro —viejo turinés curtido en peores sobremesas—, lo miró a su vez sin sobresaltos y, como quien también está diciendo una obviedad (o quiere impresionar), respondió: “Toda la dignidad de la humanidad reside en cada uno de los individuos, incluso en el más vil de los criminales”. Yo los miré en silencio y me divertí pensando en la manera en la que esas dos lógicas se habían acomodado en mi cabeza. Comprendí también que ambas alternativas —así como las habían soltado aquella noche— era una simplificación con asideros diferentes pero que no ofrecían soluciones concretas. Y, ahora, muchos años después, cuando la emergencia se había instalado en mi país, me quedó claro que ni la lógica autoritaria ni la mera invocación abstracta a los principios liberales —que, dicho sea de paso, comparto abiertamente— ofrecían la llave de salida a una crisis verdadera.

Después, cuando el avión se alejó de Monterrey, pensé que nunca le había preguntado a uno qué impresión le había causado el otro. Creo que conocía la respuesta y, en ese momento, en el que los echaba de menos —por muy diferentes razones—, me pareció suficiente.

III
Así que este texto está motivado por el miedo. O mejor dicho, por el temor que me provocan los efectos del miedo. Sobre todo cuando adquiere dimensiones colectivas. La lógica de la excepción está conectada a esa pasión paralizante. El Estado de sitio es la expresión institucionalizada más radical de esa deriva y conduce en la dirección opuesta de la que lleva hacia el constitucionalismo democrático. Por eso es una contradicción ponerlo en marcha si se quiere, por un lado, combatir a la criminalidad y, al mismo tiempo, consolidar a la democracia.

El día que regresé de Ciudad Victoria a la capital mexicana los periódicos recogían las reacciones ante los hallazgos que, con su horror inconmensurable y su vileza extrema, me habían conducido por los ejes del pensamiento autoritario. Pero también daban cuenta de una conferencia impartida en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM por el sociólogo español Manuel Castells. Tomé nota de sus palabras: “México sólo se salva, y se salvará, por su sociedad, no por su Estado”. Para mí fue como una sacudida después de la intoxicación emocional de la noche precedente. Sobre todo cuando alcancé la frase siguiente: “Ahí está la táctica de los criminales: inspirar tanto miedo, que se llega a paralizar, y el único antídoto es perder el miedo”, pero “no se puede romper el miedo individualmente, si se rompe individualmente es un acto heroico, tan heroico que quien lo hace normalmente acaba asesinado”. Sé que es absurdo pero en ese momento, para mí, fue como recuperar el horizonte. La lógica de la excepción era la lógica del miedo pero no era la única lógica posible. Y sé que es banal y simple pero hay ocasiones en las que necesitamos de pequeñas certezas.

En Monterrey, al día siguiente del atentado en el Casino Royale, me recibió un público dolido y alarmado. Su generosidad e interés estaban curtidos por el odio y con el miedo. Nunca había palpado con tanta nitidez el proceso de endurecimento de la conciencia colectiva que ofrece cimiento al edificio autoritario y nunca como ese día —tocado por la muerte de M.— había sentido tan íntima la mezcla emocional que condensa su materia. Pero pensé que, si le damos cuerda a la venganza, abandonaremos la condición civilizada y nos perderemos en la espiral de la violencia. Con nuestro dolor a cuestas y el agravio como bandera avanzaríamos primitivos hacia una cacería que tiene como presa al hombre bestia que, con su brutalidad asesina, logró barbarizarnos. Por eso debemos contenernos. Así que defendí a la democracia, al Estado de derecho y a los derechos humanos ante ese auditorio de personas indignadas. A pesar de que también yo tenía el corazón salado. Pero ese día hablé desde la convicción intelectual y en contracorriente de su sentir y del mío y, al hacerlo, entendí porque ha sido tan difícil conquistar la civilización desapasionada de las normas y de los jueces.

Apostar por la paz a través del derecho exige un ejercicio de razón que es tan humano como la pulsión violenta, pero mucho menos instintivo. Por eso decidí escribir este ensayo. Comprendo las razones de mi padre y comparto los principios liberales de mi profesor, pero estoy convencido de que la solución se encuentra en otra parte. Son las instituciones y el modelo de sociedad que perseguimos el ancla y el eje de las decisiones que debemos adoptar para salir de la crisis en la que estamos atrapados. Y si aspiramos a la paz como horizonte, entonces, existe una sola ruta institucional plausible: el constitucionalismo democrático. No sólo y no tanto por los principios que recoge y promueve sino, ante todo y sobre todo, por los bienes que protege.

Este texto forma parte del libro Crítica de la mano dura. Cómo enfrentar la violencia y preservar nuestras libertades, que comenzará a circular a finales de abril.

Pedro Salazar Ugarte. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Es autor de El derecho a la libertad de expresión frente al derecho a la no discriminación.