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¿Qué puede enseñarle hoy Maquiavelo a los políticos mexicanos? Mucho sin duda. Un profesor, astuto y bien entendido puede componer un libro de consejos, ilustrados con estampas de nuestra historia. Puede, por ejemplo, advertirles que no serán mejor estimados si se abstienen, con todo escrúpulo, de hacer dinero. En efecto, “si se ha de tener la fama, conviene también tener la ganancia”. O, que si bien la cortedad y la timidez pueden encontrar dentro de la ley alguna indulgencia, “de las arbitrariedades exige siempre la eficacia”. Pero ¿qué tiene que ver esto con Maquiavelo? Ciertamente, en sus dos obras más importantes, El Príncipe y los menos conocidos Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo dice muchas cosas como éstas. Pero, y he aquí la nuez del asunto, no sólo dice eso. Dice más. Habla sobre los fines de la astucia y la prudencia. Es cierto que en un sentido crítico Maquiavelo rompió con la tradición política. Propuso que las acciones políticas debían juzgarse no por su bondad intrínseca, sino por sus consecuencias. En los Discursos —un comentario sobre la historia temprana de la república romana, escrita por el historiador Tito Livio— escribió sobre la fundación de Roma y el fratricidio que ésta implicó: “ninguna persona con discernimiento criticará nunca a alguien por tomar cualquier acción, por extrema que ésta sea, que haya sido tomada con el fin de organizar un principado u organizar una república” (I:9). A final de cuentas Rómulo mató a su hermano Remo, pero ello redundó en la grandeza de Roma.

política

Así, Maquiavelo se mostraba escéptico sobre la idea aceptada en su tiempo de que el bien común sólo podía lograrse si los gobernantes se comportaban con completa justicia, asegurándose que cada quien recibiera lo que le correspondía y que nadie estuviera injustamente subordinado a otro. Maquiavelo pensaba que esto era puro optimismo. Ambos ideales, el bien común y la justicia, bien podían ser incompatibles. Su conclusión es que, si el bien común es el objetivo, uno debe estar preparado para abandonar el ideal de la justicia.
     
Sin embargo, creer que los fines no importan, que la política “se refiere sobre todo a los medios, y que lo demás es metafísica”, es meter la pata (hasta el corvejón) “a más no saber”. Si Maquiavelo sólo se hubiese ocupado de los medios no habría inspirado a varias generaciones de republicanos en Inglaterra, que veían en él algo más que el realismo descarnado que fue su sello distintivo. Una lectura exclusivamente instrumental de Maquiavelo dice más del lector que la hace que del florentino. Podría ser que este lector, ofuscado por la chabacanería de las buenas conciencias, de lo políticamente correcto, se haya propuesto decir la fea verdad, para provecho de los políticos y escándalo de los políticamente correctos. O podríamos pensar que su moralidad política es instrumentalista. Sin embargo, ésta es una pobre y empobrecida interpretación de Maquiavelo.

¿Qué vieron en Maquiavelo los republicanos ingleses del siglo XVII, como James Harrington? ¿Qué les inspiró la lectura de sus escritos? ¿Cuáles eran los fines de Maquiavelo? En el último libro de El Príncipe aboga por la liberación y unificación de Italia. En los Discursos el fin es la república. Como señala Quentin Skinner, antes que nada Maquiavelo apoya la vieja idea de que los fines más altos a los que podía aspirar cualquier ciudad eran la gloria cívica y la grandeza. La libertad le importaba porque parecía ser una condición necesaria para la grandeza. Pero más importante aún, a Maquiavelo le importaba el bien común. A menos de que cada ciudadano se comportara con “virtud”, y en consecuencia colocase el bien de su comunidad por encima de la ambición privada y lealtad facciosa, nunca se lograría la grandeza de la ciudad. Esto es lo que dice en el libro II, capítulo 2 (“Respecto al tipo de pueblos que los romanos combatieron y la manera obstinada en que defendieron su libertad”): “nada le hizo más difícil a los romanos conquistar a los pueblos del centro y la periferia de Italia como el amor que, en aquellos tiempos, muchos pueblos tenían por la libertad”. Según Maquiavelo, “el estudio de la historia revela, también, el daño que la servidumbre le ha hecho a los pueblos y a las ciudades”. Maquiavelo indica que es sencillo comprender el apego de la gente al autogobierno (vivere libero), pues “sólo cuando hay libertad aumentan el poder y la riqueza de los ciudadanos”. Eso fue lo que le ocurrió a Roma cuando se liberó de sus reyes y se volvió grande. La razón era sencilla: “no es el bien particular, sino el bien común lo que engrandece a los pueblos, y al bien común únicamente atienden las repúblicas. En ellas sólo se ejecuta lo encaminado al provecho público, aunque perjudique a algunos particulares”. Ése es el argumento de Maquiavelo para exculpar el asesinato de Remo: Rómulo actuó como alguien que tenía “más en cuenta el bien común que su privado provecho” (I:9). El mismo fin animó, según el florentino, a algunos romanos: Fabio, Manlio, Camilo y muchos otros, poniendo el bien público por encima de otros valores (III:29, 30 y 47). Como ha señalado Skinner y otros estudiosos, Maquivelo pensaba que un ciudadano corrupto era aquel que ponía sus ambiciones particulares, o el bien de una facción, por encima del bien común. Ello era fatal para la causa de la libertad cívica y la grandeza. En el libro I afirma que siempre son las fuerzas facciosas (“la violencia privada”) las que acaban con la libertad (I:7). Cuando el pueblo no puede ponerse de acuerdo para legislar a favor de la libertad y se comporta de manera facciosa se abre el camino a la tiranía (I:40). Así cayó la república romana, pues Sila y Mario lograron encontrar tropas dispuestas a ayudarlos en contra del bien común (III:24).

Nada de lo anterior implica que Maquiavelo no recomendase —en El Príncipe y los Discursos— métodos y acciones que consideramos usualmente inmorales o malas. La suya no es la prédica de un santo. No es lectura para almas piadosas. No es, ni será, santo de la devoción de quienes ignoran el lado oscuro de la política. Pero Maquiavelo no era un cínico, ni tampoco alguien que pensara que los fines de la política eran cosa aparte. Aun quienes creen que Maquiavelo fue una fuerza subversiva para la teoría política —como Leo Strauss y sus discípulos— creen que el florentino tenía fines, no sólo medios. El oficio de la política no es el cinismo. Quiero pensar que el ingenioso, elegante y sofista émulo de Maquiavelo se equivoca en su juicio sobre las polémicas intelectuales. No sólo “mantienen la apariencia de la discusión pública”. Pero me imagino que un alegato a favor del debate abierto sería visto como una estrategia maquiavélica para ganarse el aplauso de las buenas conciencias. Lástima.

José Antonio Aguilar Rivera.
Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.