La violencia desatada no es novedad. Lo que sí es novedad es que incluso en los lugares más imprevistos (en boca de funcionarios públicos y hasta de algunos expertos en seguridad) se masculla que pasamos por una “crisis de valores”. La impotencia de las instituciones estatales para detener los asesinatos es el suelo fértil donde el tema de la renovación moral ha germinado hasta instalarse en las sobremesas y entre los políticos, incluidos los de izquierda. Desde la trinchera del catolicismo social Javier Sicilia llama (entre otras cosas más prácticas) a aliviar el dolor ajeno, a “estar con la soledad del otro” y a ubicar la “forma del Reino de Dios” en esta tierra. En su texto “Fundamentos para una república amorosa”, Andrés Manuel López Obrador dice que “la crisis actual se debe no sólo a la falta de bienes materiales sino también [sic] por la pérdida de valores” y nos recomienda leer la Cartilla Moral de Alfonso Reyes y a actuar con “Honestidad y justicia para mejorar las condiciones de vida y alcanzar la tranquilidad y la paz pública”.1

Ilustración: Víctor Solís

Sea la “república amorosa” una anémica línea de política pública o una estrategia de campaña, el tema es indicativo de un viraje importante en la tradición política de las izquierdas, quizá comenzada por el EZLN en su batalla cultural (no así en la militar) por el trato igualitario a la población indígena. Aquí, y en otros lados, las izquierdas y la moralidad (el conjunto de definiciones sobre los comportamientos correctos e incorrectos en nuestra sociedad tal y como está estructurada) comienzan a encontrarse más de lo que solían hacerlo. El movimiento de #OccupyWallStreet y su insistencia en priorizar en su agenda el carácter inmoral de la codicia, es uno más de los ejemplos recientes. Vale la pena, pues, revisar las críticas y ubicar el terreno donde, a pesar de las advertencias, las izquierdas pueden construir un discurso que dé una dimensión moral a su práctica política.

Las reacciones entre políticos y periodistas mexicanos han sido notoriamente contrarias a la combinación de política y moralidad (como si no estuvieran ya profundamente mezcladas). Las preocupaciones han hecho su nido entre liberales, entre realistas y hasta entre los defensores del marxismo clásico (el llamado “materialismo científico”). Según los argumentos liberales, diseñar un modelo de comportamiento aceptable invade la sana y debida distancia entre el poder y el individuo para que este último defina su propia moralidad y responda de forma autónoma a la pregunta de cómo vivir. Cualquier cosa que suene al potencial maridaje entre poder político y discurso moral con tintes religiosos causa una reacción inmediata y efervescente. Ese impulso a veces lleva al exceso de considerar todo lo moral como religioso y hacer suya la idea de que en la política no debe haber ni lo uno ni lo otro.2 Lo cierto es que el liberalismo de libro de texto también suele pasar por alto que aun en ese credo hay posiciones morales muy precisas: por ejemplo, por citar sólo un par, que es correcto privilegiar al individuo sobre la comunidad o que la vida privada es intocable. Los realistas prefieren subrayar la ingenuidad de creer que si cambiamos en nuestros corazones cambiarán las cosas en general: creer algo así sirve de muy poco y no cambia nada. Jesús Silva-Herzog Márquez, por ejemplo, combinando buenas lecciones de ambas tradiciones ha abogado por “una política sin amor”. Dice, siguiendo a Maquiavelo, que la política no es un asunto de amor, es asunto de temor y que la construcción de un lazo emocional con un líder moralizante restringe la posibilidad de discrepar: abandona la noción de que el conflicto también es y debe ser parte constitutiva de la democracia.3 Por último, se dice que en cuanto alguien comenzaba a hablarle de moralidad, el viejo Marx se deshacía en carcajadas. Para el marxismo tradicional la moral pública (como tantas otras cosas) era parte del sistema de dominación de clase: una parte de la superestructura cuya principal función era mantener y legitimar cierta forma de ejercer el poder. La transformación moral, por lo tanto, no se podía disociar de la transformación material. La moralidad iría cambiando con el anunciado e inevitable triunfo del socialismo sobre el capitalismo. La clave estaba en transitar de una moralidad burguesa a una moralidad revolucionaria de emancipación de clase que sólo podía ocurrir de forma simultánea al proceso revolucionario —no antes o fuera de él—.4 El materialismo dialéctico a ultranza comenzó a desecharse cuando no se derrumbó el capitalismo, y no triunfaron ni el socialismo ni el igualitarismo. Quizá la subordinación absoluta de lo moral a lo material fue un exceso de muchas izquierdas que, lamentablemente, aún no ha desaparecido.

Tales críticas son importantes pero están incompletas. Al advertirnos las sinrazones de combinar o traer de vuelta la moralidad a la política,5 niegan implícitamente que la moralidad, la sociedad y la política son vasos comunicantes. Quizá por eso no alcanzan a preguntarse con más detalle sobre las funciones sociales de la moralidad. La moralidad en la vida pública es un hecho incuestionable, y su relevancia es quizá mayor a la que nos gustaría aceptar a los Maquiavelos de este mundo: restringir la parte de la moralidad en el debate político es tan sólo una manera, quizá la más chata e irreflexiva, de lidiar con la realidad moral de nuestra vida pública.

¿Es reprobable o peligroso que desde la izquierda se hable de moralidad? No necesariamente si por un momento el lector me sigue en la proposición de que hay, al menos, tres maneras de enfrentar asuntos de moral pública: perfeccionándola, conservándola o imaginándola. La posición sobre la moralidad del puritano metódico asume que la gesta hacia el perfeccionamiento tiene un solo camino, que hay que dominarlo y, por tanto, a veces confunde moralidad con moralismo (la lealtad fiel y puntillosa a un solo conjunto de definiciones sobre lo correcto y lo incorrecto). Por otro lado, la posición de la liga de la decencia y —en los mejores casos— del conservadurismo filosófico, asume que la moralidad existente es virtuosa en tanto mantenga un orden social generalmente aceptado, pacífico y funcional. Una tercera posición asume que la moralidad existente es inadecuada o insuficiente y que otros tipos de moralidad son posibles (pensemos, por ejemplo, en transformar la idea de que no es correcto que dos personas del mismo sexo formen una familia adoptando a un niño huérfano). Esta noción no ve la moralidad como un asunto autónomo, considera las raíces materiales y culturales que dan origen a su forma y contenido. Tal es la posición que al parecer se dibuja en la izquierda postmarxista; no la que perfecciona o conserva la moralidad sino la que imagina alternativas a lo existente. Así pues, el problema no es permitir la presencia o traer de vuelta la moralidad a la vida pública, sino discernir qué propuestas representan qué valores y con qué consecuencias, deseables o no.

El filósofo G.A. Cohen recordó que el marxismo tradicional (el “científico”) tuvo una transformación crucial a partir de que su presunción de cientificidad fue desbancada: cuando la realidad demostró que el capitalismo no estaba en decadencia y que el producto inevitable de su colapso no sería el nacimiento del socialismo (lo que el mismo Cohen bautizó “la concepción obstétrica de la práctica política”). Cohen explicó así buena parte del desprecio de los marxistas tradicionales por la moralidad: “creían que la igualdad era históricamente inevitable y no perdían mucho tiempo en reflexionar por qué la igualdad era moralmente correcta y qué la justificaba como moralmente vinculatoria”.6 ¿Deben las izquierdas confiar aún en la vertiente materialista y restarle peso a las normas sociales que regulan lo correcto y lo incorrecto? Cohen creía que no. Explicó que parte de la confianza en la capacidad de transformación “material” del mundo que tenía el socialismo ya no es tan fuerte como era (ni debería de serlo). Nadie puede creer hoy que las leyes de la historia traerán el triunfo del igualitarismo; reflexionar sobre las implicaciones morales del igualitarismo y las situaciones donde tiene potencial vinculatorio es entonces más importante que nunca. Las izquierdas y la moralidad se acercan más que antes, sobre todo cuando se trata de transformar la realidad sin la mano invisible de la historia.

Sin embargo, en esa nueva vocación moral de la práctica política de las izquierdas también existen algunas advertencias que vale la pena enunciar. Las críticas de liberales y realistas no son todas desechables; tampoco algunas lecciones de la vieja izquierda.

En cuanto a las advertencias liberales, la más importante (quizá porque ha justificado las peores atrocidades de la historia) es que la intervención en temas de moralidad pueda resultar en el maltrato al oponente. En el contexto de una campaña de renovación moral, imaginen que la izquierda mexicana vuelva a sucumbir a ser intolerante con la disidencia. El resultado podría enviar al disidente a un campo de reeducación moral; el opositor sería inmoral y se justificaría la purga de su venenosa presencia no como un asunto meramente político sino también de purificación moral. Pero no hay nada en el candidato de las izquierdas o en el discurso de la república amorosa que indique que va en esa dirección; sus planteamientos son tan generales e imprecisos que no promueven ruta alguna hacia la perfección moral, y hay pocas posibilidades de derivar de ellos una tipificación de ningún grupo social que requiera ser “moralizado”. Por eso, el peligro real quizá es el opuesto, que su campaña de renovación termine en la intrascendencia.

En ese sentido, la crítica relevante pueden compartirla tanto realistas como marxistas tradicionales: ¿qué sentido tiene predicar una moral pública aceptable y aceptada o proponer proyectos tan alejados de la realidad que sean inconsecuentes? Eso no sólo no va a solucionar la violencia, ni siquiera incidiría en la estructura moral de la sociedad. AMLO tendría que hacer una crítica moral más relevante fundada en imaginar alternativas posibles a la moralidad de aquí y de ahora. Si de algo peca la república amorosa y la recuperación de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, es que sólo reafirman valores tradicionales genéricos, poco conectados con el igualitarismo que necesita el contexto mexicano. Es más importante definir la posición moral a partir de la confrontación con políticas y comportamientos no igualitarios, e imaginar alternativas concretas. ¿Por qué no imaginar, por ejemplo, que heredarle toda la fortuna a los hijos propios es inaceptable y que el comportamiento socialmente correcto sería darle una buena parte al Estado —o a quien uno quiera— para su redistribución? Otro ejemplo, uno que probablemente invite a algunos liberales a olvidar por un momento su deseo de aislar la moral de la política, bien puede ser la condena explícita y recurrente al nepotismo, comportamiento incorrecto visto desde el ideal meritocrático.

La izquierda lopezobradorista ha traído de vuelta la moral a la vida pública, sin al parecer preguntarse si no son justamente los valores tradicionales —AMLO les llama las “reservas morales” de los mexicanos— los que han permitido sin mayor resistencia la desigualdad e injusticia de hoy. Si va a insistir en el tema, López Obrador debería aprovechar la oportunidad que él mismo ha creado y mejorarla. Predicar que la solución es una “república del amor” más cristiana y más honesta o, simplemente, invitar a practicar más seguido lo que ya hacemos, de la forma en que ya lo hacemos, es seguirles el juego a los conservadores de la liga de la decencia. Si López Obrador de veras quiere ubicar qué cosas son moralmente indeseables en nuestra sociedad y transformarlas, debe comenzar por imaginar alternativas morales posibles y, así, enfrentar los valores que siguen justificando el statu quo.

 

Mario Arriagada Cuadriello
Internacionalista por El Colegio de México y politólogo por la London School of Economics.


1 La Jornada, 6 de diciembre de 2011.

2 “Gamés abordó el mullido sillón y de pie en el asiento dijo: los políticos no tienen por qué decirrnos qué es la felicidad, ni el amor, ni el bien y el mal, caracho; si Liópez tuviera un gramo de cepa liberal lo entendería” (Gil Gamés, “Más amor”, La Razón, 8 de diciembre de 2011). “Estamos por fin ante el verdadero AMLO: un predicador guiado por una misión sagrada” (Héctor de Mauleón, “El Dalai López”, El Universal, 25 de abril de 2011. “Su constitución moral no es otra cosa que una suerte de Sharia, la ley divina del Islam”(Pablo Hiriart, “Una Sharia para México”, La Razón, 8 de diciembre de 2011).

3 “Por una política sin amor”, Reforma, 28 de noviembre de 2011.

4 W. John Morgan, “Marxism and moral education”, Journal of Moral Education, vol. 34, núm. 4, diciembre 2005, p. 391. Para leer un argumento marxista tradicional en contra de la “república amorosa” de AMLO ver Carlos Bravo Regidor, “Estábamos mejor con el otro Obrador”, La Razón, 9 de mayo de 2011.

5 “Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: antes la política servía para algo, o para todo; en estos días, la moral ha tomado su lugar” (Gil Gamés, “Buenos, felices y baratos”, La Razón, 7 de diciembre de 2011.

6 G. A. Cohen, If You’re an Egalitarian, How Come You’re So Rich?, Harvard University Press, Cambridge-Mass., 2000, p. 105.