Decidí estudiar la licenciatura en actuaría en un tiempo en que la gente identificaba al actuario como el malo de la película; mi Madre no era la excepción, y recuerdo uno de sus comentarios: “¡Cómo es posible que te quieras dedicar a eso de andar echando a los inquilinos de sus viviendas!”. A mi Madre le costó trabajo entender que yo quería ser actuario, pero de los que aplican las matemáticas para ayudar a resolver problemas reales. Tiempo después tomé otra decisión rara: viajé a Estados Unidos a realizar estudios de posgrado en estadística y poca gente sabía de qué se trataba eso; desde luego, mi Madre tampoco lo sabía, pero consideró que no estaba tan mal mi decisión cuando alguien le comentó que convertirme en “estadista” no era malo, porque seguramente había pocos profesionales de ese tipo en el mundo, y eran bien vistos.
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