De acuerdo con Terrence Malick (Waco, 1943), hay dos fuerzas que lo animan todo en el cosmos, tanto cuando coinciden como cuando se oponen: la gracia y la naturaleza. Los seres humanos no somos más que parte de esa intersección o desencuentro, unidades minúsculas de un todo a la vez originario y apocalíptico, meros pasajeros en un trayecto que va de alfa a omega. Pero si le hacemos caso a Lars von Trier (Copenhague, 1956), lo único que en realidad hay y nos mueve es la condición humana, fuerza ridícula si se la opone a la magnitud física del universo, la naturaleza y sus designios, si bien es una fuerza sujeta a la perversión del mal, un mal burgués.
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