No fueron sólo los partidarios del régimen nazi en agonía los que optaron por el suicidio. Muchos de quienes se habían conducido de modo irreprochable durante aquellos años pero que ya eran incapaces de hacerle frente al hundimiento de su mundo y de todas las normas, buscaron la muerte durante aquellas semanas. Entre las escenas atroces e imposibles de olvidar está la muerte de un médico que, cuando se acercaban las tropas soviéticas, advirtió espantado que sólo le quedaban dos ampolletas de veneno, de forma que ahogó unos tras otro a sus hijos pequeños en la bañera, antes de matarse a sí mismo y a su mujer con una inyección. Sobre la “epidemia de suicidios” de Berlín sólo hay cálculos aproximados, y éstos arrojan una cifra de varios miles de víctimas al mes. En mayo, cuando por vez primera se pudo disponer de números relativamente fiables, todavía fueron consignadas por lo menos 700 personas que se quitaron la vida.
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