A Ute & Günter Grass

El vecino de arriba se suicidó el miércoles.

Me desperté igual que casi todos los días a eso de las seis de la mañana. 6:23 marcaban los dígitos rojos fosforescentes del despertador sobre la mesilla de noche del lado de Eva. El alba traspasaba con fulgor de mediodía las espesas cortinas rojas del dormitorio. Y mientras me estaba levantando de la cama, semidormido, escuché como si fueran parte del sueño las primeras frases sofocadas, que no querían ser, que no eran grito:
—No puede ser, no puede ser…

Windsor

Cuando apreté la palanca de la cisterna me empezó a sonar menos onírico un rumor de pasos acelerados que subían la escalera, dejaban atrás nuestra puerta, continuaban hasta el piso de arriba. Medio zombi todavía, llegué hasta la cocina siguiendo el ritmo casi ritual de todos los días al despertarme a esta hora: vaciar la vejiga, tomar un vaso de leche y regresar a la cama hasta las ocho. Ahí, casi ya en la puerta de la cocina, por la ventana siempre entreabierta, oí las nuevas frases sofocadas que coronaban un descenso atropellado de otros pasos, más ligeros, más jóvenes, desde el piso de arriba hasta la puerta de la casa:
—No puede ser verdad, no puede ser verdad, se ha caído del tejado, se ha caído del tejado…

“Tosca” (el gato), pensé.
—Tírame una manta para taparlo, tírame una manta…

Entretanto tenía el vaso de leche lleno en la mano. Parpadeando y aún sin despertar del todo me acerqué a la ventana y miré hacia abajo.

El vecino de arriba estaba exactamente debajo de esa ventana de nuestra cocina, estrellado contra el pavimento del sendero que rodea la casa. La cabeza sesgada mirando hacia la derecha, hacia la puerta; sesgada y casi intacta, pero desde luego cascada de un modo irremisible por la parte que tocaba al suelo. Lo deduje del charco de sangre componiendo una aureola a su alrededor, del cuerpo desmadejado y al mismo tiempo yerto (“rigor mortis”, me dije), de la rodilla derecha también abierta como por un cascanueces, del brazo derecho extendido y azuleado. Todo el resto de sueño que me quedaba se volatilizó mirando aquel rojo y aquel azul. Recién entonces descubrí la presencia de Jeannette, su hija mayor, arrodillada al lado, con una manta que tenía que haber caído desde la ventana abierta por encima de la mía sin que yo me diese cuenta, y que trataba de extender sobre el cuerpo para arroparlo contra un frío del que no defienden las mantas.

Me ganó otra frialdad distinta, la de la razón, la del no te metas: Esto no tiene nada, nada, nada que ver contigo, te bebes la leche, vuelves a la cama y te levantas a las ocho. Y, sin embargo, con esa irreductible determinación consciente, abrí la puerta de nuestro departamento y pregunté a media voz si pasaba algo. Me respondió un sollozo y corrí escaleras abajo hasta la puerta, me acerqué a Jeannette y le dije que no intentara darle vuelta al cuerpo como estaba queriendo hacer, que no tenía sentido porque…, y sus ojos me miraron sin saber todavía pero sabiendo que no tenía sentido…

En ese momento bajó Ingrid, su madre; poco después Eva, preguntando qué pasaba.

El vecino de arriba ya estaba cubierto por la manta, pero tan sólo parecía que se hubiese tendido a dormir afuera, en este verano tórrido del Rhin. Ya venía el médico de urgencias, la ambulancia, dijo Ingrid. ¿Y la policía?, pensé. Eva subió a preparar una tila para Jeannette.

A Jeannette y a Ingrid les pedí que fueran a su piso, yo esperaría abajo la llegada de la ambulancia, del médico. No añadí que a la policía. Pero Ingrid —que rehuía mirar el bulto del cuerpo y la manta a nuestros pies, todo lo contrario de Jeannette, quien no podía apartar su mirada de allí—, hablaba con voz extrañamente calma de que él, él, no había dejado ninguna nota escrita declarando su intención, y después dijo algo acerca de un enterramiento anónimo, que ésa había sido su voluntad declarada tiempo atrás…, mientras yo me preguntaba cómo se puede ser tan práctico en tales momentos.

Pero fui yo, por cierto, quien pensó aún más prácticamente que estábamos en ropa de dormir, y yo, además, descalzo, íbamos a agarrar una pulmonía. Subí el primero a ponerme unas babuchas, y bajé y logré convencerlas de que se fueran arriba, a esperar.

Al quedarme solo miré al bulto bajo la manta. ¿Por qué?, le pregunté, ¿por qué así?, si tenías ganas de matarte ¿por qué así?, hubieses salido por este mismo sendero, doblado a la izquierda, subido la rampa, doblado otra vez a la izquierda, tomado el camino recto hasta el río, son sólo quinientos metros, una zambullida y adiós mundo cruel. ¿Por qué así, delante de la puerta de tu casa, pero también nuestra casa, después de que el repartidor del diario nos dejó la prensa en el umbral? (Esto era claro, si no el propio repartidor lo habría descubierto.) ¿Quisiste que fuese uno de nosotros quien te encontrase aquí, muñeco sin vida? Porque una de las normas no escritas de la convivencia en el número 11A era que quien primero se levantaba debía bajar a recoger los periódicos del día, apilados en el umbral de la casa, e irlos dejando ante la puerta de cada uno de los tres pisos.

Y en casi veinte años de estar viviendo aquí, el cálculo de probabilidades apuntaba a que ese madrugador fuese Ingrid o yo… o él. De modo que esta vez la secuencia cronológica estaba clara para mí: el repartidor del diario pasa entre las 4:30 y las 5:00, mi vecino tenía que haberse tirado desde el tejado después de haber oído el rechinar del coche del repartidor remontando la rampa marcha atrás hasta la calle. Era uno de nosotros quien tenía que descubrirlo hecho un guiñapo sanguinolento y reventado.

Nuestra casa no da directamente a la calle. Al lado del número 13, en la calle, hay un camino particular por el que pueden entrar los coches de los vecinos del 13 hasta sus garajes, y detrás de los garajes, unos metros más abajo, está el patio donde juegan los niños, al pie de donde se encuentran los dos edificios adosados con los números 11A y 11B, cuya entrada es por el lado opuesto de la calle, en una zona verde y ajardinada, con un seto que nos separa de los vecinos de la calle paralela. El vecino de arriba podía haberse tirado desde su terraza al patio de juegos, haberse estrellado delante de su garaje, y hasta hubiera sido más seguro que ahí sí se matase: ahí hay más altura, toda la altura de los propios garajes. Pero en ese lugar lo podía haber descubierto incluso algún vecino del número 13 que se asomase a su balcón a la hora de levantarse. No, para mí era evidente que se tiró desde el tejado de su cocina (miré el ángulo recto allá arriba, encima de mi cabeza) para ir a encontrar su muerte inapelable delante de la puerta de nuestra casa, a la hora debida.

Di la vuelta al edificio, bajé al patio, subí la rampa hasta la calle, hasta la entrada del camino particular, para hacer señas al coche del médico y a la ambulancia, que se demoraban y que, de todos modos, tendrían sus dificultades para ubicar nuestra casa, como las tienen los taxis que pedimos o los amigos que nos visitan. Aunque, después de todo, me decía, ¿qué carajo importa si el médico y la ambulancia llegan un minuto o una hora más tarde? Y desde la entrada del camino particular miré hacia la izquierda, donde la calle se pierde en un recodo que concluye en el Rhin, y le volví a preguntar a mi vecino de arriba: ¿Por qué no el Rhin? Y me sorprendí imaginando que el agua es más misericordiosa que la piedra, certeza por completo ilusoria que ningún suicida vendría a confirmarme.

Por fin apareció el coche del médico de urgencias, le hice señas, entró por el camino particular y el médico sacó la cabeza por la ventanilla para pedirme que me quedase ahí hasta que llegara la ambulancia, cosa que yo desde luego pensaba hacer aun sabiendo que no importaba cuánto tardase la ambulancia. Y cuando finalmente llegó y la orienté hacia nuestra entrada, el médico salió a la esquina del 11A, y desde allí, con un gesto, le indicó al conductor que aparcase en la calle, que no bajase hasta el patio, y luego, de un modo inequívoco, trazó en el aire la señal de la cruz.

Poco después llegó la policía. Yo había regresado a mi apartamento, merodeaba por la cocina y un impulso irreprimible me llevaba una y otra vez a la ventana, pero ahora el cuerpo estaba cubierto por una lona que le echaron encima los agentes. Uno de ellos, muy jovencito, caminaba nervioso por el sendero, aguardando la llegada de sus colegas de la brigada criminal, el forense, la gente del juzgado. Al cabo de un rato sentí una voz monologando bajo la ventana, no sé cuánto tiempo había pasado ni qué cosas hice en ese tiempo, si es que hice algo que no fuese ir y venir a la cocina. Tampoco sé qué hacía Eva.

La voz monologante, la identifiqué enseguida, era la del detective de la brigada criminal que estaba dictando a su minigrabadora portátil lo que veía, todos los detalles, con lujo de detalles. Me sorprendí hipnotizado acústicamente por la deformación profesional (soy redactor de una radio) cuando de repente se cortaba el monólogo, oía el zumbido inconfundible del rebobinado de la casete y cómo el detective la detenía en un punto a fin de reanudar la grabación corrigiendo un pormenor para él importante; sí, me sorprendí en medio de toda esa tragedia diciéndome que la minigrabadora borraba casi tan limpiamente como nuestras sofisticadas instalaciones en la emisora. Dos o tres veces, o más, el detective empleó la palabra Suizid, y Eva (sin darme cuenta que la tenía al lado) me preguntó por qué el detective mencionaba tanto a Suiza. Selbstmord, le dije, empleando el vocablo alemán más común para designar el suicidio.

Y bastante tiempo después me asomé de nuevo a la ventana, cuando al detective hacía mucho que no se le oía, y vi que habían removido el cuerpo del vecino de arriba, que estaba ahora atravesado en el sendero, debajo de la lona, sí, pero con la cabeza situada en diagonal hacia mi ventana, los pies donde estuvo antes la cabeza, y el brazo izquierdo, que al estrellarse quedó aplastado entre su cuerpo y el suelo, emergía de debajo de la lona, rígido, ensangrentado, negándose a que lo tapasen y señalando hacia el lugar desde donde su dueño voló hacia la muerte.

En ese instante fue cuando el cuero no me dio para más. Decidí ducharme, afeitarme, ni pensar en desayunar, hubiese vomitado el más pequeño trozo de pan, el más escaso buche de té. Me despedí de Eva y bajé hasta la puerta. El grupo de agentes, fumando y conversando en la esquina de la casa, me hizo señas de que diese la vuelta al edificio por el otro lado y saliese dando un rodeo por el jardín lateral y el patio de juegos. Igual lo hubiera hecho, no quería volver a pasar delante de… Y di la vuelta y saqué mi bicicleta del garaje y me fui a grandes pedaladas, y ni siquiera recuerdo si al remontar la rampa miré como siempre lo hago hacia la ventana de mi cuarto de trabajo, desde donde todos los días me despide la mano de Eva.

Ahora es cuando viene la parte más dura de esta relación que escribo porque si no la escribo no sé, no sé…

Al regresar a casa por la tarde yo ya sabía (telefoneé a Eva desde la redacción varias veces durante el día) que el cadáver ya no estaba, que los agentes que se lo llevaron habían limpiado el lugar y de la sangre no quedaba ni rastro. Para lo que no estaba preparado es para encontrarme, al doblar el ángulo del sendero y encaminarme a la puerta de nuestra casa, con que la vecina de abajo había dispuesto un semicírculo de piedras y dos altos vasos de vidrio con flores blancas alrededor del lugar donde se estrelló el cuerpo. Un lugar de inmediato reconocible por una mancha oscura y alargada, dividida en su parte más ancha por una línea blancuzca, allí donde la cabeza se rompió contra el pavimento y fue supurando sangre y líquidos cerebrales hasta la remoción del cadáver. No sé nada de química orgánica ni inorgánica, pero entendí como tocado por un rayo que esa mancha era imborrable, que la química del cerebro de un hombre que quiere matarse estrellado ante la puerta de su casa, y la de los adoquines de un pavimento, pueden amalgamarse para dejar una señal que no se borra ni con mangueras a presión ni con el llanto de todos los huérfanos del mundo.

Mi vecina de abajo es marroquí, beréber, y Eva me explicó, apenas me abrió la puerta del apartamento, que ese rito de las piedras y las flores es habitual entre los beréberes en circunstancias como ésta. Mi siguiente pregunta (tan poco formulada como la anterior) también tenía respuesta: Sí, Saskia, la hija menor de nuestros vecinos de arriba, ya estaba enterada, incluso había llegado ya de Heidelberg, donde estudia. Lo que no entiendo, siguió diciendo Eva, es cómo nadie se ha dado cuenta, cómo es que nadie lo ha visto, nosotros mismos no hemos oído nada y debe haber sido un ruido fuerte. Claro que los vecinos de abajo duermen en una de las habitaciones que dan al patio de juegos y se levantan tarde, pero ¿y los vecinos del otro lado del seto que limita el sendero y con quienes nos podemos ver de ventana a ventana por encima del seto? ¿Y los vecinos del 13, que todos se levantan temprano y todos desayunan en la cocina, del lado del patio de juegos, cómo es que no lo han visto encaramarse al techo, tomar carrera en la dirección opuesta y saltar? ¡Es tan visible alguien encaramado al techo de una casa, piensa en los deshollinadores! Respondo sin gran convicción que han podido verlo y creer eso, que era un deshollinador. ¡Nuestra casa no tiene chimeneas y los vecinos lo saben! Tal vez, replico, si lo vieron, pensaran que andaba buscando a la adorada y bien cebada “Tosca”, el gato (la gata). O tal vez, si lo vieron… Me detengo. Digo de nuevo: Si lo vieron… Es aterrador pensar que sí lo vieron y que ni siquiera reaccionaron o bien reaccionaron como yo mismo en el primer momento: No te metas, no tienes nada que ver con eso.

Windsor2

Cenamos en silencio. Después, como todos los días en que no tengo ni que escribir ni traducir, o no podría, y hoy no podría, nos sentamos frente a frente en la sala, con la mesa baja redonda por medio, Eva en su gran sillón orejero, yo en mi mecedora, los dos leyendo, su vino blanco y seco de Baden destellando bajo la luz de la lámpara menos que mi mezcla color ámbar de bourbon y ginger ale. No sé qué oscuro respeto me ha impedido poner música, siempre leemos con música de fondo: clásica, instrumental; jamás podría leer nada a derechas con un fondo de música vocal. Estoy repasando unas páginas de Grass, Eva relee Fortunata y Jacinta, libro tan querido por los dos. En ese silencio denso y al mismo tiempo ligero como una pluma, en que estamos leyendo y al mismo tiempo no se nos puede borrar del pensamiento todo lo que hemos vivido desde esta mañana, desde las 6:23 de la mañana, descubro que al mismo tiempo, y desde hace ya varios minutos, está sonando casi subliminal una música agria, un chirrido que recuerda ciertos momentos de ciertas piezas de Kagel. Como un roce de una seda áspera que se interrumpe al cabo de unos segundos para contrapuntear el roce de unas cerdas no menos ásperas. Levanto la mirada del Discurso de la pérdida, miro a Eva. También ella deja de leer, me mira, su percepción de la vida cotidiana es más intensa que la mía, no piensa —como yo— en algo sobrenatural, piensa de inmediato en lo más natural:
—Es Saskia —dice.

Saskia ha bajado a retirar las piedras y los vasos altos de vidrio con sus flores blancas, y está restregando el suelo con un cepillo de cerda gruesa de los de rastrillar la nieve, está restregando con ese cepillo y con algún paño mojado en el detergente más fuerte de la alacena familiar, esa mancha oscura y alargada, con una línea blancuzca en la parte más ancha, la línea blancuzca por la que se escapó la vida de su padre.

No soy capaz de seguir leyendo, ni siquiera de posar los ojos en la página, hasta que el ruido cesa al cabo de interminables minutos y escucho el lento y derrotado ascender de Saskia por la escalera, llega al primer piso, pasa ante nuestra puerta, sigue subiendo, escucho cómo abre la puerta del apartamento familiar encima de nosotros, la puerta se cierra, retorna el denso silencio. Y ante mis ojos entornados, al oír la puerta de arriba embutirse en su marco con un chasquido del pestillo, veo un nudo Windsor. Sí, uno de esos nudos Windsor que aprendí de mi tío y de mi padre cuando siendo un muchacho pasé por una larga época de adicción a la corbata los domingos, nada más que los domingos. Pero no es por eso que veo un nudo Windsor ante mis ojos entornados, casi ocultándome a Eva el ectoplasma de un nudo Windsor flotando en nuestra sala.

No es por eso, pero el caudal del río del recuerdo me transporta vertiginoso de las otras, de las más recientes, de las del día de hoy, a las imágenes del aprendizaje. Me vuelvo a ver, casi buen mozo, delante del espejo ropero de mi abuela Remedios, la madre de mi padre, después de haber desprendido del listón que hay en el interior de esa misma puerta, una de las mejores corbatas de mi tío, azul cobalto con blasones en zigzag. Me cuelgo la corbata del cuello, la parte ancha a la derecha, la angosta a la izquierda, cruzo ambas, la ancha sobre la angosta, y le doy vuelta a la ancha sobre sí misma para luego traerla de abajo arriba y meterla por el hueco que queda detrás del cruce y estirar hacia abajo con la mano derecha el rabo de cometa que va a condecorarme el pecho azul cobalto con blasones en zigzag, mientras la mano izquierda aprieta el nudo en la bisectriz del cuello de la camisa. Un nudo Windsor bien hecho era en aquellos tiempos míos jóvenes casi una Weltanschauung, palabra aprendida en lecturas de Stefan Zweig. Y recuerdo que ni mi padre ni mi tío, ambos amantes de la corbata a lo largo de todo el año (con la excepción del verano en los días festivos), nunca se hicieron el nudo de otra manera que no fuese la manera Windsor. Que fue la que me transmitieron visualmente de tanto vérselos hacer, mi tío con una precisión que rayaba el virtuosismo.

Luego mi tío se casó y se fue de casa, de la nuestra, puso la suya, y mi padre abandonó pero muy poco a poco, el uso de la corbata diaria y el trabajo de ese nudo Windsor de cada día. Porque, además, con la natural pereza que se nos enseñorea de las costumbres cuando descubrimos la laboriosa repetición cotidiana de una cantidad de pequeños gestos, tendemos a perpetuar aquellos que no requieren la repetición obligada. Por ejemplo, un nudo de corbata bien hecho. Y si está bien hecho, por qué no, se pregunta uno, aflojar la corbata al sacársela, en vez de deshacer el nudo por completo para tener que rehacerlo al día siguiente, cuando al día siguiente basta entonces con colgarse el dogal ya hecho, todavía flojo, y apretar el nudo con la mano izquierda y tirar hacia abajo de la tira ancha que nos va a tapar la hilera de botones de la camisa y se detendrá milagrosamente exacta en su vértice a un invisible milímetro del borde superior de la hebilla del cinturón. Si es un nudo bien hecho, claro. Y uno de los que resisten.

Los de mi padre parece que sí resistían. Resistían mucho, pienso, que eran recalcitrantes, tozudos, tenaces, tercos, si lo sabré yo… Y es ahora, ahora, cuando las imágenes de hoy ya se van definiendo definitivas y tengo que cerrar los ojos por completo para no olvidar ni un solo detalle de aquel día en la casa donde nací y donde cuarenta y ocho horas antes besé por última vez aquella frente tan fría de mi padre antes de cerrar el ataúd y echarme su llave al bolsillo para guardármela, guardármela para siempre. Había decidido quedarme una semana en esa casa, dormir en esa cama en la que nací y en la que mi madre no quería dormir más. Era necesario arreglar algunos asuntos de la herencia, pero todos sabíamos que eso era sólo la excusa. Y aquel día, dos después del entierro, mi madre entró en la habitación y me preguntó en un tono práctico que camuflaba su dolor, si no quería llevarme algunas de las últimas camisas, casi nuevas todavía, de mi padre. “Total, lo único que hay que hacer es sacar los pespuntes de las mangas”. Porque mi padre tenía los brazos cortos y mi madre le dobladillaba las mangas de las camisas obteniendo un efecto que hoy se diría diseño inventado por un modista de lujo.

Sí, dije, bueno, ¿por qué no? “También algunas corbatas”, dijo mi madre, “aunque ahora ya casi no las usas, con lo que te gustaban antes”. Abrí la puerta del ropero y allí estaban colgadas las corbatas de mi padre, todas ya dogal con el nudo Windsor hecho, un nudo Windsor rebién hecho. Bastaba colgárselas del cuello, apretar el nudo con la izquierda y luego… También entonces cerré los ojos. Al abrirlos tenía delante la última corbata que usó, tan sólo una semana antes, cuando yo estaba todavía en la casa, en unas vacaciones inesperadas que me sirvieron para estar con él al cabo de más de dos años y repasar juntos, sin quererlo de un modo consciente, toda la historia de la familia. Nos habíamos despedido el domingo anterior, en el aeropuerto, y nos dijimos adiós hasta dentro de un mes, en que yo vendría de nuevo para pasar unas vacaciones planeadas desde hacía meses, con Eva y con los niños, unas vacaciones que hicieron aún más inesperadas las que concluían ese domingo en que me despedí de él en el aeropuerto, la última vez que sentí la textura rugosa de sus mejillas al besarlo, la última vez que vi el azul lacustre de sus ojos de una bondad tan honda, la última vez que aspiré el acre olor de sus sesentaitantos años de fumador empedernido y regular adepto al vino de la taberna de Joselito en la Plaza Niña. Sí, aquí estaban, en este nudo Windsor, todos y cada uno de los olores, los colores y los tactos de la última vez que abracé a mi padre en vida sin saber que esa, ésa, era la última vez.

Agarré la corbata después de levantarme el cuello de la camisa, me la colgué al cuello, hice los gestos machacones para afirmarme su nudo Windsor bajo la nuez. Y al mirarme en el espejo descubrí que me quedaba corta, a medio palmo del cinturón, y supe que eso era irreversible por cuanto entraban en juego las leyes de la proporción anatómica: mi padre era mucho más bajo que yo.

De un modo que ahora me parece y siento que fue irreverente, pero maquinal, deshice aquel maravilloso nudo Windsor y me apresté a rehacerlo a mis hechuras, para que el vértice de la corbata me acariciase la hebilla del cinturón. Cuestión de centímetros, cuestión de dejar más parte ancha colgando a la derecha, de cruzar con la parte angosta más arriba, cuestión de pulso también, porque un buen nudo Windsor es también cuestión de pulso y de ajuste del entrevero de pliegues horizontales y verticales para que el flamígero pentágono achatado tenga por corona un trapecio convexo invertido inequívocamente reconocible como Windsor y nada más que Windsor.

Lo intenté. No salió. Lo volví a intentar. No salió. Lo intenté una tercera vez. Seguía sin salir. No era que mi habilidad manual para el nudo Windsor hubiese sufrido merma con el paso del tiempo en que he renunciado a la corbata, no, es que esa corbata de mi padre había almacenado en sus células de seda los pliegues con que mi padre dio por definitivo y para todos los siglos de los siglos que vinieran, el mejor nudo Windsor que logró hacer en su vida. Me di cuenta sin quererme dar cuenta cuando lo intentaba por cuarta vez, y a la quinta, con los ojos arrasados y a punto de rompérseme desde dentro la garúa, reconstruí el nudo Windsor de mi padre en las dobleces exactas que tanto y tan bien se habían resistido a ser manipuladas por mí para hacer con esa corbata un nudo Windsor distinto, mío.

No, qué carajo, se negaron a su manera, una manera irracional, la manera de las cosas, con su razón que se nos escapa. Reconstruí, sí, el último nudo Windsor de mi padre, y colgué el dogal flojamente abierto en el listón de las corbatas del armario ropero, al lado de las otras: lo miré como si fuese el cementerio de la destreza manual de mi padre. Le dije a mi madre que las camisas sí, que las corbatas no. Nada más le dije eso. Y ella, que me había estado mirando hacer y deshacer esas tiras de corbata empeñado en anudar un Windsor a mi medida, no dijo nada, pero creo que entendió por qué, y ahora, dieciséis años después, abro los ojos y ya no veo más aquel nudo Windsor, es Eva quien está enfrente, mirándome preocupada mientras yo alzo los ojos al techo, ahí encima está la sala de nuestros vecinos de arriba, Saskia y Jeannette que se han quedado huérfanas, Ingrid que es viuda desde esta mañana.

Y vuelve a mis oídos el restregar del suelo con el cepillo de cuerda gruesa para rastrillar la nieve, y el de algún paño mojado en un fuerte detergente. Y ese momento acústico se funde de una manera inexpresable pero diáfana con mis esfuerzos para remodelar a la fuerza un nudo Windsor que no se dejaba rehacer. Y sé, sé que la mancha oscura y alargada con su línea blancuzca en la parte más ancha no se borrará jamás, y que yo no podré nunca, nunca, nunca, deshacer el nudo gordiano y Windsor que me devuelve, de una manera fragante y dolorosa, los jazmines de mi infancia, el paraíso del que me expulsó la edad. Y es entonces cuando también sé que los pasos lentos y derrotados de Saskia, subiendo la escalera, han sido la traducción sonora, al cabo de los años, del silencioso fracaso de mis dedos queriendo sin querer hacer un nuevo nudo Windsor donde ya no lo había.

Esa mancha, Saskia, es tu padre. Aquel nudo, Eva, es el mío.

Ricardo Bada. Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.