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Un libro marcó mi vida: The Last Intellectuals (Noonday, 1987) del historiador Russell Jacoby (n. 1945). Lo leí por primera vez cuando estudiaba en la Universidad de Chicago. Por esos años era presa de sentimientos encontrados. Por un lado, me deslumbraba la intensidad intelectual de Hyde Park: un pequeño mundo ensimismado donde todos sus habitantes se dedicaban casi exclusivamente a la vida de la mente. Por el otro, me desagradaba profundamente la separación casi existencial entre el mundo real y la torre de marfil del campus. Los intelectuales norteamericanos, descubrí, eran muy diferentes a los de mi país. Los profesores no eran personajes escuchados, todo lo contrario. Su papel público en la sociedad estaba disminuido.

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Descubrí el libro de Jacoby por casualidad. No estaba asignado en ningún curso. Di con él porque estaba citado en un artículo de la revista The Atlantic. Lo busqué en la biblioteca y lo leí de una sola sentada. Fue un descubrimiento. A diferencia de muchos académicos, Jacoby escribía con elegancia e ironía; reclamaba como suya la prosa pública que los profesores habían abandonado en su retirada al campus. Por fin entendía cabalmente las razones de mi malestar con la academia norteamericana. Jacoby se preguntaba dónde estaban los intelectuales públicos de su generación. Los pensadores que habían nacido en las primeras décadas del siglo XX escribían en libros y revistas no especializados para un público educado. Sin embargo, la generación que le siguió —la de Jacoby— abandonó ese papel público.

Las razones de ello eran fundamentalmente dos: la desaparición de la bohemia urbana debido al éxodo de las ciudades a los suburbios y la expansión sin precedentes de las universidades norteamericanas en la posguerra. El ecosistema urbano que hacía posible la existencia de los intelectuales públicos (los cafés, las revistas literarias) se extinguió. De la misma forma, se volvió casi imposible conducir una vida intelectual fuera de los muros del campus. Nadie podía ya sobrevivir de escribir en revistas para un público general. La vida de la mente migró así a la universidad. Los intelectuales-profesores cambiaron el café por la cafetería.

La profesionalización transformó radicalmente la forma de escribir y los incentivos de los académicos. Los profesores dejaron la prosa pública y abrazaron la jerga profesional que les aseguraría una posición sólida en el mundo protegido de la universidad. Los intereses se hicieron más estrechos y especializados. El profesor típico tenía poco que decirle al lector que habitaba detrás de los muros de la academia. Su mirada estaba puesta en otro lugar: la obtención de la seguridad laboral y el sistema de prestigio académico. Aunque tuviera algo que decirle al público general, probablemente ya no sabría cómo hacerlo. The Last Intellectuals fue un éxito. Indudablemente tocó una fibra sensible. Uno de sus méritos fue poner en circulación el término “intelectual público”. Todavía hoy se discute la tesis central del libro.

Jacoby es un ave extraña en el mundo intelectual norteamericano. Si no es exactamente un outsider, después de todo enseña en una universidad, sí es claramente una figura marginal e incómoda en el mundo profesional de la academia. Aunque desde hace décadas lo acogió el Departamento de Historia de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) no tiene, a sus 66 años, tenure (definitividad). Es una especie de invitado permanente (tiene el inusual título de “profesor en residencia”). Jacoby desciende, sin embargo, de un esclarecido linaje de historiadores norteamericanos.

Estudió a principios de los setenta en la Universidad de Rochester, bajo la supervisión de otro intelectual público iconoclasta: Christopher Lasch (1932-1994), crítico social y formidable historiador del populismo. Su libro The Culture of Narcisism (1979) fue un best seller. Lasch combinaba la crítica marxista del capitalismo con una perspectiva cultural conservadora. A su vez, Lasch fue alumno en la Universidad de Columbia del gran historiador Richard Hofstadter (1916-1970), autor del clásico The American Political Tradition (1948). Lasch fue en muchos sentidos un ejemplo para Jacoby. A la muerte de su mentor escribió: “No creo que ningún otro historiador de su generación haya entrado de manera tan vigorosa a la arena pública como él lo hizo”. Lasch escribía y pensaba como los intelectuales públicos del pasado. “Lo conozco poco como maestro”, afirmaba Jacoby, “sólo conozco y aprecio su lealtad hacia los estudiantes y su empecinada independencia: no se inclinaba ante nadie y seguía las ideas sin importar hacia dónde lo llevaran o a quiénes ofendieran”. Los escritos de Lasch y su propia vida pasaron por alto las linduras profesionales de la academia. Evitaba la monografía, las ponencias, el mamotreto de 800 páginas y rara vez asistía a conferencias profesionales. Lo mismo puede decirse de Jacoby.

La vida fuera de los márgenes no implica complacencia; en el prólogo de The Last Intellectuals, libro que escribió a los 42 años, Jacoby daba cuenta al lector de su ajetreado itinerario profesional: a lo largo de 12 años había recorrido siete universidades y varias disciplinas. Había intentado en más de una ocasión sobrevivir como un escritor free lance. Estos avatares no se debieron a una falta de competencia intelectual. Por el contrario, Jacoby ha escrito artículos en las revistas académicas más prestigiadas en su disciplina, como el American Historical Review. De igual modo, ha publicado libros en reconocidas editoriales del mundo anglosajón. Su primer libro fue Social Amnesia. A Critique of Contemporary Psychology (Transaction, 1975). Ahí criticó que la psicología hiciera de la novedad un fetichismo. Esa disciplina había hecho del olvidar una virtud banal: “la crítica que archiva lo viejo en nombre de lo nuevo sirve para justificar y defender olvidando”. Una sociedad que ha perdido su memoria ha perdido, junto con ella, su capacidad de pensar. El libro se reeditó en 1997.

El segundo libro de Jacoby, publicado por Cambridge University Press, fue una magistral crítica al marxismo de los años setenta: Dialectic of Defeat: Contours of Western Marxism (1981). Ahí criticó el modo imitativo de los marxistas estructuralistas, como Louis Althusser. Tanto los revolucionarios como los capitalistas estaban fascinados por la idea del éxito. El cientificismo había drenado de energía crítica al marxismo. Jacoby llamaba la atención hacia una variedad de marxismo occidental, minoritaria, que no había sucumbido ante el embrujo del éxito ni tampoco había borrado al individuo en nombre de la ciencia. Así, daba cuenta de la importancia de pensadores como Lukács y Korsch. En las primeras páginas Jacoby advertía al lector sobre algo más general: el papel de la historia como una herramienta de la crítica social. En efecto, afirmó: “sin pasión y compromiso la historia no sólo no tiene alma, también carece de cabeza”. Este importante libro fue reeditado en 2002.

En 1983 la Universidad de Chicago publicó otro libro de Jacoby: The Repression of Pyschoanalysis: Otto Fenichel and the Political Freudians. En él analizó la correspondencia de un grupo de psicoanalistas alemanes emigrados para poner en evidencia los orígenes políticos del psicoanálisis. Sin embargo, argumenta Jacoby, el potencial crítico había sido reprimido por sus practicantes para hacer del psicoanálisis sólo una forma de terapia.

Que Jacoby, a pesar de sus impresionantes logros, no haya conseguido definitividad habla mucho del sistema universitario norteamericano. Su crítica de la academia no es una pose; ha tenido consecuencias en su propia vida profesional. En alguna forma es cierto de Jacoby lo que él mismo señaló de otro de sus amigos, Paul Piccone, fundador de la revista independiente Telos. A la muerte de Piccone, en 2004, Jacoby escribió: “no conocía el significado de la palabra deferencia. Le podía decir con la misma facilidad a un amigo que a un superior jerárquico que un texto que recién hubiera escrito apestaba. Tampoco lo decía suavemente… no hacía distinción entre un estudiante de posgrado recién llegado y un colega o el jefe del departamento. Este no es el camino recomendado para obtener el tenure”.

Piccone no obtuvo la definitividad en la Universidad de Washington en San Luis en los setenta. Después de ser despedido decidió abandonar la academia y llevarse la revista que había fundado en 1968, cuando todavía era un estudiante de posgrado, a Nueva York. Desde ahí, y sin ninguna afiliación o apoyo institucional, la publicó por más de 30 años. Piccone hacía, literalmente, la revista. En los ochenta Jacoby fue un colaborador asiduo de Telos, pero la fascinación de Piccone por Carl Schmitt como una fuente de inspiración filosófica para la izquierda, acabó por distanciarlo de la publicación. Con todo, cuando se publicó el libro de Jacoby, Dogmatic Wisdom (1994), sobre las guerras culturales en Estados Unidos, Piccone dedicó al libro un simposio en Telos.

En su contribución, Piccone recordó un episodio de la carrera de su amigo. En su libro Jacoby sostenía que las guerras multiculturales eran en realidad un distractor de lo que ocurría en la educación superior norteamericana. Los pleitos por el currículo, por adjudicar la participación simbólica de las minorías en la historia de Estados Unidos en las universidades de elite, el contenido de los cursos, etcétera, oscurecía una tragedia silenciosa: en las instituciones de educación superior de ese país, que no eran Harvard ni Stanford, y a la que asistía la gran mayoría de jóvenes norteamericanos, se enseñaba cada vez menos historia, de cualquier tipo. La formación era cada vez más estrecha y aplicada. El mercado demandaba técnicos, no licenciados en historia u otras profesiones liberales. Y eso era exactamente lo que los colleges estaban produciendo.

Los conservadores veían moros con tranchete por doquier y exageraban el peligro del multiculturalismo. Predecían el apocalipsis. No se daban cuenta de que la temida subversión multicultural era una farsa. Mientras tanto, los profesores izquierdistas soñaban con hacer la revolución… desde los departamentos de literatura y con armas temibles, como artículos ilegibles cargados con las teorías posmodernas más peligrosas para el establishment. En su libro más incisivo y mordaz Jacoby fustigaba a sus colegas, cuyo ánimo autocelebratorio no tenía límites. Los sueños de subversión eran eso: delirios de que la mala prosa derrocaría el orden jerárquico y étnicocentrico de los varones blancos. En realidad, la retórica del multiculturalismo enmascaraba un consumismo monocultural.

Piccone cuestionaba el análisis marxista de Jacoby: afirmaba que el mercado no podía ser toda la explicación de la crisis educativa. El responsable no sólo era el capitalismo, también lo eran las propias universidades y el gobierno, que había intervenido en su administración desde los años sesenta. Una muestra de ello era el sistema de acción afirmativa que había subordinado el mérito académico a criterios étnicos y de género. Jacoby sabía muy bien que a menudo se había preferido a un candidato mediocre sobre otro más competente sólo por su grupo de adscripción. En una nota de pie Piccone revelaba: “todo el mundo sabe de montones de casos así… En uno particularmente bien conocido en UCLA, hace cerca de una década, un joven académico brillante, que tenía un impresionante récord de enseñanza y publicaciones que cualquier profesor senior podría envidiar, no fue contratado. En su lugar el departamento contrató a una mujer que todavía era una estudiante de doctorado que no había terminado su tesis, que no había publicado nada y que sólo tenía a su favor el ser mujer y que el comité de contratación deseara a una mujer. La joven fue contratada, a pesar de que no podría empezar a trabajar hasta el siguiente año. Por su parte, el candidato varón se convirtió en un crítico de importancia y en un escritor reconocido internacionalmente y traducido a todas las lenguas importantes. Sin embargo, nunca logró encontrar empleo regular en ninguna universidad norteamericana. Su nombre: Russell Jacoby”.

Desde principios de los noventa Jacoby ha escrito tres libros más. El primero, The End of Utopia. Politics and Culture in an Age of Apathy (Basic Books, 1999), remaba, como era ya costumbre, contra la corriente. En él llamaba a cuentas a la izquierda intelectual por su falta de imaginación. Los izquierdistas ya no soñaban con un mundo cualitativamente diferente del existente. Se habían convertido en liberales y utilitaristas. Lo que la izquierda una vez combatió ahora celebraba: el mercado que antes era explotador ahora era exaltado como humano y racional; la cultura de masas, que se consideraba explotadora, ahora era celebrada como una forma de rebeldía. La izquierda que una vez honró a los intelectuales independientes por su valentía, ahora los criticaba por elitistas. El pluralismo, que una vez fue considerado superficial, ahora le parecía profundo. “No estamos contemplando”, afirmaba, “simplemente la derrota de la izquierda sino su conversión y, tal vez, su involución”. El programa radical del multiculturalismo, se burlaba Jacoby, “puede caracterizarse como jerga propulsada por un compresor de aire”. Sin embargo, como señaló en su momento George Scialabba en la revista de izquierda Dissent, el pensamiento utópico que Jacoby pretendía reivindicar era en sí mismo bastante impreciso. Si no se trataba del “modesto” reformismo socialdemócrata, ¿qué era? En el libro el autor apenas atisbaba una sombra: la convicción utópica significaba que el futuro pudiera sobrepasar de manera fundamental al presente: “que la textura futura de la vida, el trabajo, e incluso el amor guarden escasa semejanza con lo que ahora nos es familiar”. El anhelo universalista, característico del pensamiento utópico, estaba aquí apenas bosquejado.

Probablemente debido a que demasiadas preguntas filosóficas quedaron sin una respuesta satisfactoria fue que Jacoby volvió al tema de la utopía en su siguiente libro, Picture Imperfect. Utopian Thought for an Anti-Utopian Age (Columbia University Press, 2005). Uno de sus propósitos era combatir la idea, firmemente enraizada en la imaginación popular, de que la utopía era la responsable de un número indecible de muertes en el siglo XX. “No deseo exonerar a los utopistas de todos y cada uno de los crímenes. Sí deseo que la brocha gorda que pinta a todos los utópicos como terroristas y a todos los terroristas como utópicos, se cambie por un instrumento más preciso”. Jacoby argumentaba que eran las pasiones particularistas: étnicas, nacionalistas y sectarias, no las ideas utópicas, las que en su mayor parte eran responsables de la violencia global.
En el libro el autor hace la anatomía del espíritu antiutópico moderno y sus teóricos: Berlin, Arendt y Popper. Para responder a los críticos que lo acusaban de defender una idea nebulosa, Jacoby precisó lo que entendía por utopía: no un plano detallado y regimentado de la organización social, a la Platón o Tomás Moro, sino un utopismo iconoclasta. Rescató a aquellos pensadores “que soñaron con una sociedad superior, pero que se abstuvieron de proporcionar sus medidas precisas”. Utopistas como Ernst Bloch podían “escuchar” el futuro, pero no podían verlo. Bloch comenzaba el Espíritu de la Utopía (1918) de la siguiente forma: “Yo soy. Nosotros somos. Eso es suficiente. Ahora debemos comenzar”. Si el utopismo que dibuja planos de la sociedad ideal está agotado, argumenta Jacoby, el utopismo iconoclasta es indispensable. Sin él, la política se marchita y nuestra mirada se acorta. Se trata de la invocación de un sueño, el anhelo de una vida diferente y mejor.

En muchos sentidos el último libro de Jacoby, Bloodlust: On the Roots of Violence from Cain to Abel to the Present (Free Press, 2011), regresa a algunos de los temas que han obsesionado a Jacoby a lo largo de su vida: el psicoanálisis y la relación entre la violencia y las ideas. Baste decir aquí que su móvil no es la pretensión explicativa de las ciencias sociales, sino el ánimo iluminador del ensayo. No se trata de construir una teoría de la violencia sino de llamar la atención del lector hacia una realidad incómoda: debemos temer más a nuestros vecinos que a los extraños. Es más posible que ellos nos hagan daño.

Jacoby es una figura indispensable; su vida y su obra es una prueba de que las poderosas fuerzas de la profesionalización que empequeñecen la vida en la academia pueden ser resistidas. Sus libros e intereses no están acotados por barreras disciplinarias artificiales: no ha temido adentrarse por igual en la psicología, la filosofía, la historia intelectual y la educación. Aunque trabaja en una universidad no es un ciudadano que se siente a gusto residiendo en el campus. Su trabajo es una mezcla de memoria, imaginación y pasión crítica. En su obituario de su amigo Piccone rescató una cita de Max Weber. En 1919 el sociólogo alemán le preguntó a los aspirantes a una carrera académica: “¿ustedes creen que serán capaces de soportar, año tras año, que un mediocre tras otro sea promovido en su lugar y a pesar de ello no se amarguen y desalienten?”. Weber respondía la pregunta: muy pocos son capaces de resistir esos golpes sin sufrir un daño en su fuero interior. Sin embargo, en el caso de Jacoby no ha ocurrido así. Su ironía, su sarcasmo incisivo denotan un gozo travieso, pero no amargura. Jacoby no sólo es un gran crítico social en la tradición casi extinta de los intelectuales públicos norteamericanos. También, qué duda cabe, es feliz jodiendo.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su más reciente libro es La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970.