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El arquitecto Nicolás Quintana murió en Miami, segunda ciudad de Cuba, cerquita del mar que tanta energía le daba. Para los cubanos de la isla y del exilio, partidos a la mitad por el rayo de la intolerancia, deshuesados por la política torpe de La Habana y Washington, el mar (y no la tierra firme) ha acabado por ser nuestra única nación posible, con olas democráticas que bañan por igual las dos costas distantes y distintas, es decir complementarias, charco profundo de corrientes cruzadas, paso de piratas, espacio donde se sepulta o emerge la esperanza, camposanto, santocéano. Es el marhogar, la casagua, la patriaoleaje, la tumbarresaca de los cubanos. Fuga y travesía.

Fuente: Eliseo Alberto, “Nicolás Quintana, el soñador de La Habana”, Milenio, junio 2, 2011.