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La Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad convocada por Javier Sicilia para terminar
en Ciudad Juárez, luego de tocar Morelia, San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Saltillo, Monterrey,
Torreón y Chihuahua, empieza en Cuernavaca. La crónica que aquí presentamos la sigue
desde el Distrito Federal hasta el lugar que se nombró el “epicentro del dolor”

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Día 1. La Caravana descentrada
La Caravana inicia con 400 personas y un fuerte tono político. Hay una parada especial en Toluca para protestar contra la oposición de la bancada priista a la reforma política que se discute en la Cámara de Diputados. Ya en Morelia, durante la caminata por el Centro Histórico hacia el Palacio de Gobierno, las mantas y las causas adquieren diversidad. Viene el frente democrático de la sección XVIII del sindicato de maestros, hay miembros del SME, grupos universitarios y zapatistas, ambulantes de Ciudad Neza, trotskistas de varios signos, “estatuas vivas” de Miguel Hidalgo, payasos, concheros, asociaciones de niños de la calle, seguidores de Luisa María Calderón (Cocoa), muchos familiares de víctimas y ciudadanos independientes.

Las consignas no esconden su diversidad en conflicto. El ambiente es parecido al de una campaña política. Se le pide ayuda a Javier Sicilia, la gente se arremolina a su alrededor para tocarlo, su celebridad crece. Pero hay una diferencia con los mítines de campaña: el candidato no parece querer serlo. Tampoco puede ni quiere prometer nada. No viene a intercambiar cosas, se le ve un poco incómodo. Una mujer cercana a los organizadores nos explica que a Sicilia, el fumador y bebedor compulsivo de café, “le ha caído un cargo” y que cuando duda de lo que está haciendo se asiste de su grupo de amigos (y en Saltillo, del obispo Raúl Vera) para aguantar el paso y el peso.

Pronto nos damos cuenta de que esta marcha avanza al revés. No de la periferia hacia el centro geográfico y político del país, sino en sentido inverso: del centro a la periferia. En la circunstancia actual, los únicos que hacen la misma marcha centrífuga son la Policía Federal y el ejército. Pero esta marcha no busca la captura o eliminación de criminales, sino la disminución de la violencia. Sicilia la llama una marcha al “epicentro del dolor”. Pareciera que, de repente, el centro se desplaza y se ubica donde más tragedias se acumulan. Donde la protesta frente al poder del Estado cobra sentido por su desigual presencia geográfica. Si antes se protestaba por su actuar opresivo, hoy el foco está en denunciar su muy común ausencia. De cualquier forma, esta marcha va en contraflujo, no avanza hacia donde está el poder político, va a donde casi nadie va y donde hay mucho por construir.

Las víctimas de la violencia son tan variadas como los grupos que viajan en la Caravana. Los habitantes del poblado de Cherán denuncian el ataque de los talamontes a sus familias. Hay una manta recordando a María Esther Aguilar, periodista desaparecida a fines de 2009. Javier Sicilia toma el micrófono y dice que la marcha es para estar con la soledad de los otros, una “comunión del amor en el dolor”, pero también dice que esta marcha es una muestra de cómo se construye la democracia, el Reino de Dios, ya que “esta solidaridad es la forma del Reino”. El lenguaje profético de católico social que hay en Sicilia lo empuja a celebrar las sociedades rurales, homogéneas y solidarias: “Cherán es el ejemplo de lo que puede ser un pueblo digno, grandioso en su austeridad […] queremos volver a algo simple como esto”.

Aquí, por primera vez, una madre del poblado de Pajacuarán, María Herrera, vence el miedo y denuncia la desaparición y muerte de dos de sus hijos, Luis Armando y Gustavo Trujillo Herrera, y de dos de sus compañeros, Jaime López Carlo y Gabriel Melo Ulloa. Contiene las lágrimas lo suficiente para transmitir con fuerza que la mayor injusticia que se comete contra la sociedad es aquella que se aloja en los individuos. Entonces llega el silencio y se fija la consigna: “no están / estamos solas”.

Día 2. El fin del Reino

En la plaza, frente al Teatro de la Paz de San Luis Potosí, se levanta el templete. El público no es muy abundante. Se leen poemas y alguien grita: “más poesía / menos policía”. Un miembro de las organizaciones locales cambia la poesía por los datos duros: El CIDE ubica a San Luis Potosí como uno de los lugares con gasto más ineficiente en justicia. “Hace poco han llegado 800 soldados más […], muestra de una estrategia fallida”.

Sicilia vuelve a hablar de reforma política, de impunidad, de podredumbre institucional, de la injusta criminalización de los muertos y desaparecidos.

Aunque la frase “estamos hasta la madre” es ubicua en la marcha, Sicilia dice que no hay que convertir el dolor en odio, que la paz no se hace mentando madres. Julián Lebarón, miembro de un clan mormón que carga a su propio muerto, advierte que “la violencia se esconde en los pequeños detalles y luego nos devora. Las cabezas cortadas comenzaron como mentadas de madre”. De aquí en adelante, Lebarón lee discursos que se llevan las palmas del público. Más tarde sabremos que son escritos por Antonio Cervantes, integrante de un grupo de autoayuda sin fines de lucro llamado Inlakech. La presencia de esta organización inspirada en la mistificación del libertarianismo de derecha estadunidense añade su propia diversidad a la Caravana.

Mientras Sicilia habla, un borracho potosino lo increpa: “¡Pero ¿cómo?, ¿qué vamos a hacer?!”. Sicilia contesta enfadado: “¿Tienen alguna solución que no sea la del amor?”. Los presentes quedan azorados y confundidos por “el regaño”. Se preguntan: ¿estar hasta la madre, no es mentar madres? En el campamento donde dormiremos por la noche las reacciones al exabrupto serán de sorpresa y crítica.

Pero aquí, luego del regaño, Olga Reyes Salazar relata a tropezones cómo fueron asesinados, uno tras otro, seis miembros de su familia, la mayoría defensores de derechos humanos en el Valle de Juárez. A nuestro lado hay una mujer sola y elegante que se cubre del sol de la tarde con una sombrilla roja. Solloza en forma callada con la historia de Olga. Un hombre que rehúsa dar su nombre, cuenta con la voz entrecortada que su hijo y su nieto, quienes habían trabajado en la campaña del hoy gobernador del estado, Fernando Toranzo Fernández, desparecieron al salir de una fiesta de 15 años. De pronto la etimología que repite Sicilia cobra sentido: consolar es estar con la soledad del otro. Hay cinco minutos de silencio por las víctimas.

En San Luis se habla de la construcción del Reino de la Paz por última vez. Las consignas políticas se van desvaneciendo. La marcha queda rebautizada como Caravana del Consuelo.

Día 3. El norte herido
La gente sale a la calle en Zacatecas con la Caravana.

Raymundo Romero busca a su padre Eleazar, diputado local y activista en el municipio de Villanueva. Lleva 82 días desaparecido.

Jorge Antonio Guardado busca a su hermano Juan Carlos. Hace cuatro meses lo secuestraron, pagaron rescate, pero nunca lo encontraron. Su hermano fue presidente municipal interino de Fresnillo, sus amigos políticos dicen estar buscándolo pero Jorge Antonio no les cree. Las autoridades no han investigado.

Ofelia Castillo busca a su hijo Édgar Humberto, trabajaba en Calera como policía municipal, dice que lo desaparecieron las personas de su trabajo. La madre sabe que Édgar Humberto fue un militar ejemplar durante 10 años y que dejó cinco hijos, eso es todo. Le dijeron que fuera a preguntar a México, pero no tiene dinero para hacerlo ni conoce a nadie allá.

Sicilia dice: “La verdad nos hará libres. La verdad detrás de esta guerra son las víctimas, los nombres, los dolores”.

Aunque se nombra a la reforma política y se repudian las reformas a la Ley de Seguridad Nacional, de aquí en adelante las posiciones políticas se discuten menos, dejan de afinarse en el debate dentro de los autobuses. Los minutos de silencio por las víctimas son cada vez más fáciles. Los abrazos de Sicilia a las víctimas, cada vez más naturales. La vocación de la marcha se concentra. Sicilia ya no es un profeta anunciando el Reino. Es un agente del consuelo. La tristeza de las historias narradas, los gritos y sollozos, no dejan intactos a quienes viajan con la Caravana, periodistas, policías, familiares o activistas por igual.

Día 4. Los desaparecidos
Sólo hay un cuerpo identificado de los más de 200 que aparecieron en una fosa cerca del centro de la ciudad de Durango, no lejos del mitin para el que centenas de personas esperan horas y horas. El gobierno estatal fue tan insensible como para sacar los cuerpos de aquella fosa con un trascabo. El mitin comienza pasada la medianoche.

Policía y ejército también tienen desaparecidos. En una manta se denuncia el caso de siete policías federales desaparecidos en Michoacán y por los que su corporación no ha hecho las indagaciones que debería. Lo mismo dice la viuda de un agente de la fiscalía estatal que explica que las pensiones se le niegan a las mujeres que se vuelven a casar o vuelven a trabajar. Los familiares denuncian que aun en casos como éstos, los cuerpos investigadores no hacen mucho, esperan que las familias hagan la investigación: “¿Y ahora qué información me trae, señora?”.

Hay casos en los que mueren inocentes y sí aparecen los cuerpos. Los familiares explican el dolor de recibir explicaciones como “Mil disculpas señora… fue una equivocación”. La desatención del gobierno convoca la sospecha de complicidad. En Durango cambió todo en los últimos cuatro años, todo parece más abandonado que otros lugares. La expectación por la marcha es alta, el cansancio de todos evidente, las lágrimas fáciles ante la acumulación de más y más testimonios.

Viviana Echávarri dice que, en esta guerra, “el presidente dice que todos tenemos que sacrificar algo. Yo sacrifiqué tres hijos. Si un día amanezco muerta, gracias señor presidente, porque me voy a reunir con ellos”.

A nuestro lado, un hombre sostiene una pancarta: “Mi papá estaría aquí apoyando, pero murió el sábado”.

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Sobresalen los casos de desaparecidos. Las denuncias vienen de algunos hombres que, no en pocos casos, terminan asesinados o desaparecidos a su vez. Polo Valenzuela se encargó de la investigación del secuestro de su hijo, exigió ayuda al gobernador, al presidente municipal de Nuevo Ideal, al cuartel militar de Santiago Papasquiaro, y no le respondieron. Don Polo murió a balazos, cuenta su esposa, y de su hijo no se sabe nada. Quizá por eso son tantas las mujeres que encabezan las pesquisas. ¿Será que no parecen amenazantes para nadie? ¿Acaso nadie cree que lograrán hacerse justicia por su propia mano? ¿Atrapar al culpable? ¿Movilizar al gobierno en su favor?

Hay una división de género en esta guerra. La gran mayoría de víctimas son hombres, pero quienes denuncian e investigan son mujeres.

Por ejemplo, Beatriz Ríos busca a su hijo desaparecido el 21 de marzo y ruega que se lo devuelvan.

Ángela Díaz denuncia el asesinato de su hija Betsabé Arango Díaz, muerta frente a su nieta, mientras la robaban.

Las mujeres que buscan a sus hijos, hermanos, padres y esposos, no son una amenaza para nadie. Son una tragedia visible, aceptada e ignorada.

Hay una trampa horrenda en la criminalización de las víctimas, una trampa doblemente infecciosa: esconde la negligencia de las autoridades que prefieren creer que la víctima lo merecía y facilita que los deudos sucumban al miedo de seguir con las indagatorias. Cuando los vecinos o los agentes del Ministerio Público empiezan a murmurar: “Su hijo ha de haber andado en malos pasos”, empieza la discriminación contra los que buscan respuestas. Los amigos se alejan, los padres dudan y prefieren no seguir buscando por miedo, en las madres crece el sentimiento de soledad. Criminalizar a las víctimas no sólo atenta contra el principio de presunción de inocencia, es también una coartada para no investigar adecuadamente, siembra un estigma social y una fuerte carga de resentimiento y desconfianza en los deudos de muertos y desaparecidos. El prestigio del gobierno se derrumba ante los ojos de los familiares de las víctimas, se cubren a sí mismos de un manto de sospecha, pues su negligencia para muchos sólo encuentra explicación en la certeza de que son cómplices de los criminales.

La Caravana duerme a las afueras de la ciudad de Durango, en una colonia donde la escuela, el café internet y hasta una universidad han sido construidos por miembros de una organización social cuya agenda principal es la vivienda. Ocupan y renegocian casas abandonadas del Infonavit. Las calles son de terracería, las casas de hormigón. Los servicios básicos fueron ganados a empujones. En este barrio recogemos las primeras historias de reclutamiento forzado que hace el crimen organizado entre jóvenes.

Una mujer narra cómo se dio cuenta que su hijo era sicario. Empezó con un problema de drogas. Primero consumía, pero sus amigos de la escuela lo empezaron a meter al negocio de la venta. El papá de uno de ellos, hombre con dinero, lo contrató como chofer y guardaespaldas. Al mismo tiempo, él siguió haciendo trabajo de albañilería. Lo usaban a él porque él sí se “aventaba el tiro”. A su madre no le confesaba que andaba en la maña. Ella le decía que había rumores, que la gente iba a decir que él era de los monstruos que estaban cometiendo los crímenes más horribles. Pero él lo negaba. Juraba que no estaba metido en eso. Un día regresó a casa de su madre y le confesó a lo que se dedicaba y que todavía tenía un problema de drogas.

Su madre decide ayudarlo. Quiere salvar a su hijo. Siempre ha intentado enseñarle a ser bueno. Se vuelven cristianos. Él deja de trabajar con “el jefe”, y ella lo busca y le dice que dejen a su hijo en paz. Que él los ayuda por la larga amistad que tienen, que por favor dejen de meterse con él. Pasan dos años. El hijo se va a trabajar a Estados Unidos con su padre, quien ya lleva años de aquel lado. Allá se topa con uno de los primos de sus “amigos”. El primo le dice que tiene que regresar al negocio. Vuelve a México, avisa a su madre que lo obligaron a regresar, pero que no hará lo que le piden. A los seis meses, su hijo aparece muerto. Sus amigos le dicen a la madre que fue una confusión, que lo mataron porque no quiso matar a quien él reconocía como su amigo.

Día 5. Las redes de la fe
En Saltillo, en Monterrey y en Torreón se acumulan los testimonios (un asesinato disfrazado de suicidio) y se amplía aún más la diversidad de las personas que responden a la convocatoria.

En Saltillo hay un grupo de hippies meditando por la paz. Vuelven a escucharse historias de cómo el crimen organizado recluta forzosamente a jóvenes de barrios pobres. En Torreón, una periodista cuenta la historia de dos colegas asesinados por negarse a recibir dinero del narco: Valentín Valdez y Eliseo Barrón. En Parras, Coahuila, han desaparecido Jesús Verástegui, de 18 años, y su padre, de 51 años.

Las organizaciones eclesiales sobresalen cada vez más por su generosidad con la Caravana y su trabajo de apoyo a las víctimas y como defensores de derechos humanos. Raúl Vera es el más prominente de muchos líderes católicos que hacen trabajo social en el norte y que acompañaron a la Caravana muy de cerca. Varias de sus organizaciones son parte de la Campaña Nacional por los Desaparecidos y Desaparecidas en el norte del país. Grupos evangélicos también están presentes. La organización Pastors for Peace se suma al paso.

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El día que llegamos a Monterrey es el tercero más violento del sexenio: mueren, en el marco del combate al crimen organizado, 86 personas en total. La convocatoria atraviesa todo el espectro social. En Monterrey las víctimas incluyen a civiles y a fuerzas de seguridad. También a personas presuntamente desaparecidas por policías y por marinos.

Uno de los escoltas del presidente municipal de Santa Catarina fue desaparecido y ni la policía ni la fiscalía quieren investigar.

Hay casos de estudiantes, padres y madres jóvenes asesinados “por equivocación” o por traer armas y drogas, cosas que nunca habían formado parte de su vida.
Gloria Aguilar Hernández, en 2009, vio por última vez a su esposo y a sus dos hijos, que eran policías de tránsito. Dice: “Tienen nombre, tienen rostro y tienen madre que los busca”.

Mario Jorge Tovar trabajaba en la comisaría de San Nicolás de los Garza cuando comenzó a recibir amenazas de muerte. Un día llamó a su madre y a su esposa para decirles que las amaba mucho. Poco después desapareció y el caso salió en la prensa. El director de Seguridad Pública y el alcalde le dijeron a Laura Martínez, la madre de Mario: “Nada de prensa, señora, o nos olvidamos de usted”. Laura ya no acudió a la prensa y de todas formas se olvidaron de su caso.

Otilio Cantú denuncia la muerte de su hijo en un supuesto “fuego cruzado” en el que participaron el ejército y la policía. El cuerpo tenía una docena de balazos, cuatro a quemarropa en la cara. No fue fuego cruzado, explica. Sus pesquisas condujeron a un grupo de militares que salieron a divertirse y que sólo siguieron las órdenes de su teniente de disparar.

Una madre que perdió a su hijo en un asalto le pide al gobierno que sea más inteligente al combatir el crimen. Entre los periodistas corre el dicho: las víctimas son tantas que no podría no prosperar un juicio al gobierno o a su titular en las cortes internacionales.

La Caravana camina a la Procuraduría de Justicia del estado de Nuevo León. Javier Sicilia y Emilio Álvarez Icaza acompañan a nueve familiares de víctimas a exponer sus casos y pedir la resolución de otros 23. Pasan las horas y la madrugada es tan cálida como el día. Finalmente, el procurador sale pálido de la reunión, promete que atenderá todo y se establecen plazos para el seguimiento de los casos. El CADHAC,1 una asociación civil de defensa de los derechos humanos, le dará seguimiento a la resolución. Esa acampada de horas afuera de la Procuraduría le da un sentido práctico a la marcha: da resultados. Pensamos que las redes de organizaciones de inspiración católica como el CADHAC —entre otras tantas— no serán las más ruidosas o sus activistas los más abundantes, pero son tenaces, como bulldogs: una vez que muerden no sueltan. El rostro trasnochado del procurador del estado parece revelar que él también lo sabe.

Día 6. Todos somos culpables

En Torreón se nombran más desaparecidos. Rosalvina Zapata dice: “No queremos que busquen fosas, queremos que busquen a nuestros familiares”. El público vuelve a reaccionar al fuera / muera Calderón. La mayoría grita: “¡No señores, violencia no!”. El grito de batalla es: “No queremos guerra, queremos ya la paz”. Se menciona al obispo de Torreón, alguien pregunta: “¿Y por qué no vino”. Detrás nuestro susurran: “¿Que por qué no vino? Pues porque esto no es el Club Campestre”.

Mientras se dice que no existe base de datos de desparecidos, el gobierno federal anuncia, en voz de la procuradora Marisela Morales, el lanzamiento de un segundo intento por construir una base de datos de fallecimientos “presuntamente vinculados al crimen organizado”. En cuanto a los desaparecidos, el gobierno se limita a proponer la construcción de una base que sólo incluya a menores de edad. Seguiremos, y seguirá el gobierno, sin saber quiénes y dónde desaparecen. Una victoria pírrica que poco tiene que ver con la marcha.

En San Rafael, Coahuila, empieza un fenómeno que será recurrente. Grupos de personas salen a las carreteras a saludar a la Caravana. A veces la detienen cerrando el paso. Quieren intercambiar unas palabras con Sicilia. No les importa esperar siete horas, ni siquiera si es de noche. En los noticiarios la gente se entera de la Caravana y quiere ser parte de ella, apoyar y ser apoyados.

Llegamos a Chihuahua pasada la medianoche. Nos esperan centenares de personas con comida. A la mañana siguiente, antes de la marcha hacia el Palacio de Gobierno, Sicilia da una conferencia de prensa en un rincón. Un periodista le pregunta: “¿Qué le pediría al presidente Calderón?”, él responde: “Que cambie de estrategia, por amor de Dios”.

La abogada Estela Mondragón, defensora de los ejidos Rarámuris, cuenta cómo su hija fue baleada, y después su pareja, Ernesto Rábago, asesinado. Las quejas contra el ejército van aumentando. Selene Galindo, una mujer indígena de Durango, cuenta cómo fueron arrestados por el ejército varios hombres viejos de su comunidad para ser usados como chivos expiatorios. Con los ojos brillantes de desesperación reclama la ausencia del gobierno en Durango donde los criminales han quemado ya siete pueblos.

Tras la marcha se pone una placa para Marisela Escobedo justo afuera del Palacio Municipal, donde murió, como lo hace cada jueves un grupo de mujeres. Cada viernes la vuelven a quitar. Esta vez Sicilia advierte: “Sólo un criminal, un insensible, la quitaría”. Alguien nos cuenta que el gobierno no se hizo responsable por la seguridad de Marisela, pero que no falla en limpiar la acera de las veladoras que se ponen para recordarla. Sicilia pide que se intervengan parques y calles con más placas como acto de desobediencia civil. Ir marcando las cicatrices de la violencia en la cara de la ciudad. Lebarón culpa a todos y a él mismo por la muerte de Marisela: “Todos la dejamos sola”. Los presentes lo vitorean pero los ausentes no parecen acudir a los llamados.

La Caravana sigue siendo pequeña.

Día 7. “Epicentro del dolor”
La llegada al “epicentro del dolor” se topa con más contingentes en las carreteras. En los pueblos la gente con banderas blancas en mano detiene a los autobuses para expresar su apoyo a la Caravana. Aun en Villa Ahumada, un pueblo famoso por estar tomado por el crimen organizado y donde pocas camionetas aún llevan placas y vidrios claros. En la glorieta del kilómetro 20 en la carretera a Ciudad Juárez, cientos de personas nos saludan. Sólo Sicilia y la prensa se bajan de los autobuses. Rodeado de gente, un sacerdote y el obispo Vera le imponen las manos a Sicilia y rezan por él. La prensa los rodea, la gente se arremolina. En la carretera nos acercamos a una señora, nos agradece haber venido, basta con tocarle el hombro para que se suelte en llanto.

En Villas de Salvarcar, donde murieron 16 estudiantes, nos reciben los anfitriones del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte y las madres de las víctimas de la masacre. Una manta dice: “Usted sí es bienvenido Sr. Sicilia”. El evento es en el complejo deportivo construido después de que el presidente había declarado a los jóvenes como criminales para luego desdecirse. El sonido falla mil veces, el cansancio impide la euforia. La prensa espera la foto del saludo entre Sicilia y Luz María Dávila, la madre que hace más de un año enfrentó directamente al presidente. Si en Durango se sintió una bienvenida sin condiciones, en Ciudad Juárez no es tan claro. Las víctimas y las organizaciones están más endurecidas por la violencia y tiene clara su propia agenda. Para los de Juárez sentarse a “negociar” con el presidente es inaceptable. Lo que sea que eso signifique. La amplia agenda de reforma política de la Caravana que viene del centro no tenía por qué serles prioritaria.

Nuestra presencia en Juárez se siente distinta que en otras ciudades. La tensión entre organizaciones locales y la Policía Federal hace que la Caravana pida el retiro de las patrullas que la escoltan en el trayecto carretero. Algunas patrullas municipales acompañan a los 17 autobuses que ya integran la Caravana, pero no parecen ser suficientes para transmitir una sensación de seguridad. Por primera vez varios integrantes de la Caravana nos sentimos inseguros, las anécdotas y rumores hablan del poder y la amenaza bajo la que vive la ciudad por parte de organizaciones criminales. Y pese a ello, la Policía Federal no se ha ganado la confianza de al menos una parte de la población, “ellos también roban” comenta una juarense que parte hacia el Distrito Federal.

Día 8. Epicentro del conflicto

El viernes 10 de junio la visita matutina al “campo algodonero”, símbolo de los feminicidios de Ciudad Juárez, es el preámbulo de las mesas de negociación que discutirán el Pacto Ciudadano por la Paz con Justicia y Dignidad. En los salones de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, donde se llevan a cabo los debates, no se permite la entrada a las cámaras. A nosotros nos dejan entrar porque viajamos como participantes de la Caravana, no como meros espectadores.

El cura Miguel Concha modera la mesa sobre la “estrategia de guerra”. A pesar de las voces moderadas en otras mesas, como la que discute la reforma política, la energía de los cuadros jóvenes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, el Grupo de Acción Revolucionaria, la Liga de Trabajadores por el Socialismo (fracción de la cuarta internacional), la COMECOM y La Otra Campaña-Chihuahua, empujan su agenda con éxito. Es una agenda que poco o nada tiene que ver con la causa de las víctimas olvidadas, de los tantos y tantos testimonios de una marcha que al final sólo buscaba consolar, aliviar y disminuir el peso de la violencia.

En el documento final se cuelan propuestas como buscar el fin del TLCAN, se piden renuncias y juicios políticos a dos secretarios y al presidente, ¡se exige ampliar la presencia de la televisora Telesur!, y el regreso inmediato del ejército a los cuarteles. Las conclusiones muestran dos contradicciones centrales: a) la firma en blanco y negro de una agenda en la que el liderazgo no cree, y b) lo absurdo de un grupo de estudiantes sin medios para llevar a buen fin una estrategia así de radical e inconveniente. Los excesos del Pacto, no es de sorprenderse, muy pronto son deslegitimados como acuerdo y se justifican apenas como apuntes para seguir evaluando y definiendo la posición pública del movimiento. Pero los excesos dejan al descubierto las consecuencias de un liderazgo poco comprometido con la precisión de las ideas y con posiciones que busquen cambiar el comportamiento del gobierno.

Javier Sicilia es un hombre de fe. Cree que es en el libre encuentro de corazones fuera de un esquema de institucionalización donde se insinúa el Reino. En una entrevista reciente explicó que “el prójimo… se ha vuelto una realidad abstracta y desencarnada que administran las instituciones”. Lo que vimos es que en un contexto de encuentro no institucionalizado, como el de los debates (más una “lluvia de ideas”) del Pacto, lo que ocurre no es el encuentro de corazones, sino el triunfo de grupos de activistas que siguen repitiendo consignas del pasado.

Sin embargo, estos conflictos pueden considerarse como irrelevantes si uno recuerda que ésta es la marcha del consuelo. Nada parece poder colocarse por encima de la creciente marea de crímenes no resueltos. La Caravana hace suya esa prioridad. Es razonable esperar que sus acciones más consistentes en el futuro sean las que apunten a ayudar a las víctimas a encontrar justicia y consuelo. Su vocación ha sido buscar a las víctimas, no entrar con arietes al Consejo Nacional de Seguridad Pública para lograr compromisos públicos, sin garantía de cumplimiento. El liderazgo de Sicilia se revela adecuado para impulsar un movimiento de familiares y víctimas. El lugar público de un hombre que reflexiona constantemente en el sufrimiento, se acerca más a la posibilidad de encabezar un amplio movimiento del consuelo y la justicia.

La marcha que corría del centro con una agenda de demandas políticas e institucionales se olvidó de las ideas y abrazó el sentimiento de pérdida. El “epicentro del dolor” es un lugar muy poderoso. No es sólo una ciudad. Es el hoyo moral de una cantidad de víctimas inaceptable por sus proporciones, especialmente humillantes cuando quedan sin resolverse de manera justa y satisfactoria.

En el trayecto de la Caravana a partir de testimonios, pancartas y conversaciones con familiares de la víctimas calculamos que se presentaron alrededor de 100 casos de desaparición forzada y asesinatos no resueltos. Tan sólo la organización FUNDEC2 en Coahuila dice tener documentados 104 casos de desaparición en dicho estado.

A principio de 2010 el presidente Calderón sugirió que el 90% de las víctimas estaban “muy probablemente vinculadas al crimen organizado”, 5% a fuerzas de seguridad, y que los civiles inocentes eran “muchos menos”. Si estas estimaciones son aún válidas, la cifra de “daño colateral” sería, aproximadamente, menos de mil 500 personas. En enero de 2011 la PGR reportó 356 fallecimientos de “civiles inocentes” durante los últimos cuatro años.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), sin embargo, reportó, con datos del Sistema Nacional de Personas Extraviadas y Fallecidas no Identificadas, que entre 2006 y abril de 2011 registró cinco mil 397 expedientes de personas desaparecidas. También reportó que los restos de ocho mil 898 personas muertas no han sido identificados. En el terrible pero improbable caso de que todos los desaparecidos estuviesen muertos, habría tres mil 501 cuerpos de personas cuyos familiares no han vuelto a ver. Todas estas cifras no incluyen las víctimas existentes entre la población más vulnerable e invisible: los migrantes. En cuyo caso, la misma CNDH calcula que, tan sólo entre abril y septiembre de 2010, en un total de 214 eventos de secuestro a grupos de migrantes, resultaron afectadas 11 mil 333 personas. La cantidad de extranjeros desaparecidos aún debe estimarse.3

Que las víctimas y el sufrimiento estén en el centro, no implica que el movimiento por la paz con justicia y dignidad no tenga consecuencias políticas, ni de políticas públicas. Por el contrario, uno puede imaginar que no hay reclamo más potente y legítimo frente a la forma de acción o de inacción del Estado que el de víctimas fatales de la violencia. Son los familiares de víctimas de esta estrategia los que mediante procesos jurídicos pueden evidenciar el desastre de procuración de justicia mientras la exigen; los que pueden mostrar que el uso de la fuerza y el monopolio de la violencia no construyen en sí mismos un Estado de derechos. En la periferia se sabe bien que la fortaleza institucional con que el centro moviliza tropas y cuerpos policíacos es tan sólo un síntoma, cuando no una pantalla, de su ausencia. Estas mismas personas pueden fortalecer al Estado al ponerlo en evidencia, mientras lo obligan a tratar a las personas como iguales. Buscando justicia pueden no sólo disminuir la violencia sino también mantener su dignidad.

Acaso en eso radique la potencia de este movimiento. En hacer notar que en algunos lugares el Estado no ha llegado o es ciego ante las demandas y necesidades de los ciudadanos. Paradójicamente, esta marcha centrífuga, que se aleja del centro, porta consigo al Estado. La Caravana, dice Sicilia, nunca pretendió sustituir o negar al Estado, pero sí llamar su atención lo suficiente como para invocar su existencia. Este es un movimiento que al ponerle cara a los casos, no le basta la ilusión de la mano dura. Tiene la posibilidad de transmitir a cada vez más personas la urgencia de pensar qué hacer en una sociedad que produce cada vez más muertos y desaparecidos, y con gobiernos incapaces de responder frente a la impunidad, fruto de la obstinación, la torpeza, la negligencia y la indiferencia.

Originalmente el texto contenía un error, responsabilidad de los
autores, sobre la naturaleza fiscal del grupo Inlakech. No es una
organización con fines de lucro, sino una asociación civil sin fines
de lucro.

Mario Arriagada Cuadriello. Politólogo y especialista en religión y relaciones internacionales.
Andrés Lajous. Maestro en planeación urbana por el Massachusetts Institute of Technology.

1 Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos. www.cadhac.org/
2 Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila. https://desaparecidosencoahuila.wordpress.com
3 La discrepancia entre estas cifras, es en sí una llamada de atención sobre la ingente necesidad de documentar a fondo cada uno de los casos y analizar de forma sistemática los lugares y formas en los que ocurren estas desapariciones.