Guardo de la infancia el recuerdo de la mesa del comedor, donde yo y mis hermanos hacíamos la tarea en la tarde. La mesa, con mantel, era para unas cosas; sin mantel, para otras. También servía de costurero, para cortar las piezas de tela con que mi madre nos cosía o remendaba alguna ropa, para los trabajos manuales, los dibujos. Durante muchos años, desde que me casé, trabajé junto al comedor y quise que mis hijas hicieran sus tareas en esa mesa, a mi lado: como si fuera un taller familiar en el que la mesa era una especie de universo compartido. Quizá a ello se debe que no me moleste trabajar en medio del caos de la casa, el teléfono, el timbre, la señora de la limpieza que pasa de un lado a otro, las hijas que llegan, van o quieren a ir algún sitio, el marido que practica su instrumento o incluso ensaya con otros músicos. La mesa o el escritorio en el comedor han sido, para mí, la extensión de libros, cuadernos, revistas. Sin embargo, en otras épocas he tenido rincones: un pequeño estudio, un espacio diminuto junto a un vestidor, un cuarto de servicio que abandoné porque me hacía sentir demasiado aislada, aunque amaba la mesa alta, esquinera y de madera blanca, que me hizo el carpintero. He llegado a abrazar mesas.
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