Seguramente esta es una historia conocida.

liberadora

Era 7 de diciembre. A las ocho de la noche salí del cuarto de mis hijos llorando. Lloré en la cocina. Lloré mirando el bote de basura. Lo había intentado todo, arrullarlos, pedirles tranquilamente que se durmieran. Ellos brincaban, gritaban. ¡Puta madre! Comencé a regañar. No pude controlar la situación, hasta que decidí que era mejor salirme aunque lloraran, a mostrarles que soy esa persona desbordada que no puede más de agotamiento y frustración.

Esa noche sentí que mis hijos eran un peso terrible en mi vida. No podía más.

Pero lloraba por el sentimiento de culpa que me provocaba haber sido un peso para mi mamá. En ocasiones percibí su sensación, muchas veces acertada, de que no estaba resolviendo bien la vida, que ni sus hijos ni ella recibían lo que creía adecuado, y que en gran medida ella no lo estaba dando. No lo daba, lo sé, porque no podía. No tenía recursos materiales, y seguramente tampoco emocionales para hacerlo.

Me sentí muy triste. Enojada. Me enojé con mi papá. ¿Por qué no ayudó más? ¿Por qué no pagó ayuda al menos? Después me enojé con mi marido. Quien seguía trabajando para esa hora. Él, quien no ha dejado de crecer profesionalmente, quien aunque me ayuda mucho hay ciertas cosas que me las deja a mí. Él, que cuando se queda con los niños siente que “me ayuda”, sin interiorizar esa responsabilidad común, y lo hace esperando una gran dosis de agradecimiento, pues él es un hombre que sí ayuda.

Definitivamente no quiero heredar ese sentimiento de culpa a mis hijos. Más aún, es algo que me gustaría no sentir. Pero tengo que decirlo, sinceramente es la primera vez que siento “la envidia del pene”, la envidia del desapego, la diferencia entre cómo los hombres y las mujeres enfrentamos y resolvemos la vida cotidiana. Y me estorba, tanto como esa descalificación abrasiva que “merecemos” las mujeres, que decidimos estar en casa con nuestros hijos pequeños.

He trabajado en cargos de alto nivel y mucho estrés. Nada se compara con la maternidad. Cuidar hijos es la actividad más agotadora que he hecho en mi vida.
¿Por qué cuesta tanto?, ¿por qué es tan cansado? Porque todo el tiempo te estás viendo a ti misma, todas tus deficiencias, tu violencia, tu dolor. Te enfrenta a tus verdaderos recursos. Materiales y personales. Toda tu estructura emocional, de valores y creencias se ve cuestionada por el muy trillado y cursi lugar común de que tu hijo es tu espejo. Y es cierto. ¿Y el lado lindo de la historia? Tal vez lo encuentres cuando el nene tenga 35 años y no sea un asesino serial. En ese momento podrás pensar que, hasta eso, no lo hiciste tan mal.

Sigo mi reflexión y pienso que hacer un análisis antropológico es superficial, pues en primer lugar no creo en generalizaciones. Intento realizar un salto más profundo, al ámbito existencial. Dejo de ser mujer u hombre, y entonces soy yo.

Yo. ¿Por qué quise tener hijos?, ¿por qué necesito que estén acompañados y queridos?, ¿por qué no puedo irme de la casa y abandonarlos a todos, hijos, esposo y perro? Hay algo en mí que lo impide. Esa parte que se comprometió en este proyecto y que por varias razones simplemente no renunciará hasta verlo caminar por sí solo.

Tratando de ser muy honesta, siento que este cuestionamiento toca con la realidad de convertirse en adulto y responder por las decisiones que se toman. Creo que así como la sociedad “perdona” a los hombres de las muchas responsabilidades que se tienen al criar hijos, también hay un velo de protección y perdón, más silencioso pero igual de machista hacia las mujeres por no ser adultas y responder por las decisiones que toman. Entonces me permito la “libertad” de ver mi maternidad como un peso espantoso, y una carga poco equitativa, comparándome eternamente con mi pareja. Pierdo de vista que hay cosas que yo supe desde antes de lanzarme a ser mamá. ¿Que si él lo está haciendo bien? Que se ocupe por sí mismo de sus resultados.

En lugar de plantearme frente a mí misma y a mis hijos como una mártir, condimentando con el chantaje patético de que son un peso para mí, haré el gran esfuerzo de asumir que en un momento decidí no irme a crear una escuela de salto con garrocha a San Petersburgo, ni me fui a Sevilla a bailar en un tablao. Decidí tener dos hijos con mi marido además de una vida profesional, esta combinación ha implicado el mayor esfuerzo y compromiso de mi vida, porque eso sí: ser madre o padre es simplemente irreversible, independientemente de lo que pase después.

¿Por qué no salgo corriendo? Porque no seré más libre entonces.

Graciela Martínez Corona. Estudió composición musical, posteriormente el diplomado de literatura en la Sogem. Ha dirigido y coordinado varias revistas. Actualmente escribe poesía, canciones y es mamá.