Cuando un hombre se recoge frente a la distancia del horizonte, antes de enunciar una frase que empieza con “Las mujeres…” o “Es que las mujeres…”, y el radar detecta la fuerza de la ola que está a punto de quebrar sobre la playa donde una sorbe plácidamente un tequila (los tiempos en los que nos servían medias de seda para embriagarnos dulce y rápido han pasado) suenan las alarmas, se encienden y se apagan luces rojas y una se pregunta, en el intento de detener el tsunami que viene, ¿de qué telaraña logró escapar, o sigue allí prendado, nuestro acompañante?
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