Mario Vargas Llosa
La tentación de lo imposible. Victor Hugo y Los miserables,
Alfaguara,
México, 2005, 223 pp.

Mario Vargas Llosa es un muy disfrutable ensayista literario. La última vez que se pudo corroborar esto ocurrió en La verdad de las mentiras (1990-2002), una reunión de ensayos. Pero ha sido aún más disfrutable al proponerse el ensayo literario en libros íntegros o totales, por así llamarles a los libros en que ha abordado de principio a fin la obra de un autor, con la misma linealidad o tranco o empeño que ha puesto en sus novelas. Es así con García Márquez, historia de un deicidio (1971), con La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary (1975), incluso con un libro notable y poco atendido: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo (1996).
Y es así con La tentación de lo imposible. Victor Hugo y Los miserables. El libro consta de ocho partes y una entrada, “Victor Hugo, océano”. La primera parte, “El divino estenógrafo”, es sobre “el personaje principal” de Los miserables: el mismo narrador, es decir, el “Victor Hugo” inventado por Victor Hugo. “La vena negra del destino” es sobre la manera en que “el azar” o “la casualidad” dan forma a la “realidad ficticia” de Los miserables. “Los monstruos quisquillosos” se ocupa propiamente de los personajes principales. “El gran teatro del mundo” aborda la naturaleza teatral de la novela y la centralidad del teatro en ella misma. La quinta parte, “Ricos, pobres, rentistas, ociosos y marginados” es sobre “el contenido político-social” de la novela o de cómo la misma novela es mejor y más rica que la “filosofía” o las teorías que Victor Hugo introdujo en ella. “Los civilizados de la barbarie” es sobre el contexto histórico. “Desde lo alto del cielo” es, para decirlo con la frase que cierra la parte anterior, sobre “la misteriosa mano de Dios” y cómo opera en Los miserables. En mi opinión aquí acaba “el libro total” porque la octava parte, “La tentación de lo imposible”, queda como una especie de “salida”.

No puedo confirmarlo pero supongo que es el prólogo de Vargas Llosa a una nueva edición de Los miserables que sólo he visto anunciada; puede inferirse porque en la página 209 esta parte incluye al pie una nota que había aparecido ya en la página 150, referida a Lamartine, y que al aparecer por segunda vez debió decir simplemente “M.A. de Lamartine, op. cit.” como en otros casos del libro. No digo que sobre; es un ensayo pleno en sí mismo igual que la entrada, “Victor Hugo, océano”, y es también una glosa reveladora sobre el mejor texto escrito contra Los miserables, precisamente el de Lamartine. Vargas Llosa lo expone y lo refuta con mucha inteligencia, y demuestra que es en realidad un homenaje involuntario a Victor Hugo.

En la entrada y en cada una de las ocho partes es indudable que a Vargas Llosa no se le ha ido ningún momento de iluminación sobre Los miserables. Estas iluminaciones son lo mejor del libro de Vargas Llosa, cuando se ocupa del oficio del novelista y entra en el poderoso taller de Victor Hugo; se dan al ocuparse también de los grandes momentos de Los miserables a los que Vargas Llosa llama “los cráteres mayores”. Tales iluminaciones bastarían para justificar el libro.

La ventaja es que se trata también de un libro didáctico; es decir, Vargas Llosa no incurre en la vanidad de no dar el servicio. Hay la descripción y el tratamiento de los personajes principales y un resumen escanciado de la trama o las tramas de Los miserables; hay rasgos biográficos de Victor Hugo, consulta de otras fuentes, fechas, siembra de citas sobre lo que otros autores han dicho sobre la novela y algunos muy útiles apuntes o repasos históricos, incluso para defender la “verdad histórica” de la novela contra la verdad histórica, como el pasaje “Victor Hugo y la insurrección de 1832”.

Así La tentación de lo imposible es lo mismo un companion, un agradable abecé para principiantes, que una lectura para un nivel mayor, digamos aquel que percibe en el libro un hábil entrecruzamiento de temas, una sucesión de motivos que convergen, divergen y vuelven a converger armoniosamente. Y claro: el rumbo a un clímax o el sentido de un final, todo como en una buena novela.

El libro es sobre todo un claro ejercicio de inspección para ver cómo Los miserables logra aquello que toda literatura busca en el lector, lo consiga o no: la “voluntaria suspensión de la descreencia”, según la famosa frase de Coleridge en el prefacio a las Lyrical Ballads de él y Wordsworth. Y el eje vuelve a ser una de las acuñaciones ensayísticas favoritas de Vargas Llosa: el novelista como un suplantador o asesino de Dios, como un deicida. La voluntad deicida, define nuevamente Vargas Llosa (p. 199) consiste en “imitar al Creador, creando una realidad tan numerosa como la que El creó, es una manera de querer substituir a Dios, de ser Dios”. Vargas Llosa sugiere que Victor Hugo es, si no el más grande, quizá el deicida más explícito o notorio de todos.

En el mundo de este “divino estenógrafo”, abunda Vargas Llosa (p. 200), “como en el del Creador, nada está de más, nada es superfluo, el astro y el guijarro se equivalen como partes complementarias de lo creado”. (Victor Hugo, por cierto, en uno de sus poemas logró una definición genial de Dios: “Esa mezcla de Miguel Angel y Pantagruel”.

A Victor Hugo le encantaban este tipo de juguetes: él mismo se propuso ser, como novelista, “una mezcla de Walter Scott y Homero”. Una locura cumplida tanto en El jorobado de Nuestra Señora como en Los miserables.) Vargas Llosa cita a Victor Hugo para decir que “no hay mejor descripción de la totalidad novelesca”: “Una larva importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu. Entre los seres y las cosas hay relaciones de prodigio; en este inevitable conjunto, de sol a pulgón, nada desprecia a nadie porque todos necesitan a todos” (p. 203). Una curiosidad añadible es que, aparte de su “totalidad” deicida, Victor Hugo tomó estas correspondencias de la Gran Cadena del Ser de la época isabelina. No es casual que después de Los miserables su siguiente libro fuera sobre Shakespeare.

Luego de mencionar al ex presidiario Jean Valjean, Vargas Llosa sugiere que el policía Javert es acaso el personaje más notable que creó Victor Hugo. El gamín Gavroche le parece “uno de los personajes más seductores y tiernos” de la ficción hasta nuestros días. Para Vargas Llosa “el episodio más intenso y complejo” de Los miserables es acaso el Libro IV de la quinta parte: “Javert extraviado”. Los episodios de amor entre Marius y Cosette le resultan los más artificiales de la novela. La escena más misteriosa de Los miserables, “uno de sus cráteres”, para Vargas Llosa “tiene lugar en la emboscada que tienden a Jean Valjean en la masure Gorbeau, los Thénardier y la banda de forajidos de Patron-Minette”. Vargas Llosa encuentra “el cráter mayor” de Los miserables en la caída de la barricada.

Para precisar qué entiende por “cráteres de las novelas que amamos” Vargas Llosa dice que “basta con cerrar los ojos” para que la memoria nos devuelva, “intactas, preservadas con fuego y nostalgia, imágenes que nos exaltaron, excitaron, indignaron o entristecieron”. Y enumera: “El capitán Ahab desapareciendo con su obsesión, la presa mítica, la ballena blanca, en el océano inmenso; el Quijote y Rocinante cargando contra los molinos de viento; el tímido Julian Sorel atraviéndose a coger la mano de Madame de Rênal cuando el reloj da las diez en aquella velada de campo; la agonía y muerte de Madame Bovary; la castración del mulato Joe Christmas; la subida al cielo de Remedios la bella; la mudanza sexual de Orlando; The Professor, el anarquista, circulando por las calles de Londres arrebozado en explosivos para hacer desaparecer a los policías que vengan a prenderlo y desaparecer con ellos, y tantas otras…” (pp. 62-63).

Creo que una buena manera de agradecerle a Vargas Llosa su libro sobre Victor Hugo y Los miserables sería mencionar los cráteres de El Jaguar desviando el rifle de las rutinarias prácticas militares para hacer blanco en El Esclavo, o las apariciones de la pobre perra La Malpapeada; cráteres que el autor de esta nota descubrió en la clase de química de tercero de secundaria en la escuela de jesuitas Instituto Patria, en un ejemplar de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa metido en una guarda de cuero para fingir que era el libro de texto de la asignatura, a la misma edad que Vargas Llosa leía por primera vez Los miserables en la escuela militar Leoncio Prado.

Un poco al respecto, en alguna parte (pp. 50-51) Vargas Llosa se refiere a la impresión, “totalmente errada” y compartida por muchos, “de que Los miserables es una novela para niños”. De acuerdo, pero lo cierto es que resultan más veces afortunados (por las relecturas siguientes) quienes leyeron Los miserables en la infancia o en la adolescencia, como el mismo Vargas Llosa. O, si convenimos en que Los miserables es para un lector adulto, convengamos también con W.H. Auden en que un lector adulto es aquel que oscila entre los 12 y los ochentaitantos años de edad.

Por último: ¿puede el libro de Vargas Llosa sustituir la lectura de Los miserables para alguien a quien la lectura de la novela se le haga muy cuesta arriba, o para “el lector contemporáneo, acostumbrado a las novelas ceñidas” (p. 39), a quien impaciente la lentitud del arte narrativo de Victor Hugo? Debería decir que no, pero digo que sí. Lo digo, claro, con red protectora: después de leer el libro de Vargas Llosa la pregunta adecuada es quién no tendría ganas de leer o releer Los miserables. La novela de Victor Hugo es también, y siempre, una inminencia emocionante. Como en Las Vísperas de Venus (“Quien ha amado, amará otra vez…”), hay unas vísperas de Los miserables: “Quien la ha leído la leerá otra vez; quien no la ha leído, la leerá”.