“Otelo no es sólo una historia sobre un tipo celoso. Huckleberry Finn no es sólo un chico rebelde y testarudo. Madame Bovary no es sólo una mujer casada cachonda. […] Pero de hecho, Otelo es una historia sobre un tipo celoso. Huckleberry Finn es un chico rebelde y testarudo. Y madame Bovary es una mujer casada cachonda”.

David P. Barash y Nanelle R. Barash,
Los ovarios de Madame Bovary

 

darwinismo

El joven Paris rapta a la hermosa Helena de los ya no tan lozanos brazos del rey Menelao. Odiseo regresa a Ítaca y mata a todos los impacientes pretendientes de su bella esposa Penélope —si ni siquiera son lo suficientemente fuertes para tensar el arco de su marido, ¿cómo podrían ser dignos de compartir el lecho con ella?—. La señora Bennet vive obsesionada con casar a sus cinco hijas con hombres “adecuados” —en otras palabras: solteros y ricos—. Bridget Jones (Renée Zellweger) no deja de soñar con el mujeriego Daniel Cleaver (Hugh Grant) a pesar de que ha iniciado una relación “estable” con Mark Darcy (Colin Firth). Clark Kent/Superman se casa con Lois Lane y la larga lista de encuentros sexuales de Bruce Wayne/Batman sigue aumentando sin discriminar entre heroínas y villanas —sus conquistas incluyen a su ex fisioterapista (Shondra Kinsolving), su ex guardaespaldas (Sasha Bordeaux), una ladrona (Selina Kyle, alias Gatúbela) y la hija de uno de sus peores enemigos (Talia Al Ghul).

No importa si se trata de las novelas de las hermanas Charlotte y Emily Brontë o de Corín Tellado y Yolanda Vargas Dulché, de poemas sumerios o de sagas escandinavas, de héroes shakespearianos o superhéroes de historieta, desde que a mediados de los años noventa los seguidores de lo que se conoce como estudios literarios adaptacionistas —o también y de manera menos rimbombante, como darwinismo literario— decidieron leer entre líneas con ayuda de las gafas de la biología, ante nuestros ojos se hace ahora evidente que las páginas de la ficción rebosan de ejemplos de comportamientos bastante familiares para todos nosotros, los humanos —si bien las etiquetas empleadas por los biólogos para nombrarlos puede que no lo sean tanto—, como es el caso de la competencia y selección sexual, la búsqueda de recursos reproductivos relevantes (traducción: parejas con alto estatus económico y social; en lenguaje llano: parejas con dinero y poder), la hipergamia (es decir, buscar tener descendencia con el macho alfa de la manada) y el altruismo recíproco (“yo te ayudo, tú me ayudas”), entre otros.

Los Harold Bloom del futuro cercano harán bien en incluir cursos como etología y psicología evolutiva en su currículo, sobre todo si se cumple el pronóstico optimista formulado por Joseph Carroll —experto en literatura comparada— en su artículo “Tres escenarios para el darwinismo literario” y según el cual dentro de algunos años los estudios literarios y la teoría evolutiva quedarán íntimamente integrados. El triunfo de los darwinistas literarios será más que evidente, incluso para el consumidor de bestsellers (aun en su versión fílmica o como audiolibros), una vez que los libros hayan sido invadidos por incontables notas a pie de página (o, por lo menos, cuando veamos en nuestro videoclub cosas al estilo de “Noticias del imperio. Versión extendida con comentarios de José Sarukhán”). De regreso al presente, por el momento el único libro disponible en español sobre darwinismo literario para quien no es especialista ni en biología ni en literatura es Los ovarios de Madame Bovary, escrito por el zoólogo y experto en psicología evolutiva David P. Barash y su hija Nanelle R. Barash, cuyo título se transformó por una razón desconocida —¿darwinismo editorial?— en “Zorros, ciencia, erizos y literatura” (que, en el original, es el título del epílogo de la obra).

Críticos como Carroll consideran que, partiendo del principio de que la literatura trata sobre la naturaleza humana, entonces, y de manera mucho más profunda que al tomar en cuenta las diferencias culturales, desde el punto de vista evolutivo —esto es, considerando las estrategias adaptativas de nuestra especie debidas a la selección natural— es bastante comprensible la ubicuidad en Shakespeare, Cervantes, Jane Austen, García Márquez, Vargas Llosa y otros autores, de temas universales —y que compartimos con otras especies— como: las batallas por la supervivencia, la competencia entre machos (adiós a Marx y a Foucault y sus luchas de clase y de poder), los celos y la infidelidad sexuales (adiós a Freud y sus complejos), las relaciones familiares y la búsqueda (¿ansiedad?) por el estatus, incluso en ambientes supuestamente más “civilizados” como el académico, donde se desatan impíos combates por “evolucionar” (sólo por esta vez usemos la palabra sólo en la acepción biológicamente incorrecta señalada por la Real Academia, tal como se emplea también en la serie animada Pokémon) desde candidato hasta investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores.

La propuesta de los adaptacionistas literarios puede ser bastante incómoda para más de una escuela de análisis literario, dado que ¿quién necesita a Derrida y los juegos de palabras del postestructuralismo, cuando gracias a Darwin contamos con la herramienta empírica más poderosa para explicar nuestra naturaleza humana? Parafraseando el título de un muy famoso —en biología, por lo menos— ensayo de 1973 escrito por el genetista ucraniano Theodosius Dobzhansky: “Nada en literatura tiene sentido excepto a la luz de la evolución”.

Veamos un pequeño ejemplo de darwinismo literario en acción: en un artículo de Daniel J. Kruger, Maryanne Fisher e Ian Jobling —especialistas los dos primeros en psicología evolutiva y el último en literatura comparada— titulado Héroes correctos y héroes oscuros como padres y rufianes. Estrategias alternativas de apareamiento en la literatura romántica británica, los autores comienzan señalando lo que numerosos estudios demuestran: sin importar la cultura a la que pertenezcan, las mujeres se ven atraídas por hombres que son pudientes, socialmente respetados, ambiciosos, emocionalmente estables y románticos —no necesariamente en ese orden—, todas ellas cualidades que indican la habilidad para sostener una relación a largo plazo en la que ellas puedan invertir sus recursos biológicos —procrear y criar hijos que contengan sus genes.

Aquí aparece un dilema que está, precisamente, grabado en nuestros genes: todas las evidencias indican que hombres y mujeres no han evolucionado para sostener relaciones exclusivamente monógamas —de hecho, siempre que han (hemos) podido, los hombres han formado harenes—. El hecho es que, en el caso de las mujeres, puede presentarse el más que común evento de que exista un posible pretendiente joven, saludable y guapo —de nuevo: no necesariamente en ese orden—, pero sin ninguno de los otros atributos que hacían atractivo como “proveedor” a la posible pareja a largo plazo. ¿Qué hacer entonces?

Si eres una mujer, una buena estrategia es casarse con el hombre rico y confiable, aunque no sea guapo, y tener hijos con el pobre, aunque sea mujeriego y poco confiable, ya que así obtiene hijos guapos —gracias a su padre verdadero—, que durante su infancia tendrán recursos y cuidados —gracias a su padre espurio— y, con ello, mayores posibilidades de reproducirse con éxito cuando crezcan. Los psicólogos evolutivos etiquetan a estos dos tipos de hombres como “padres” y “rufianes” (al ser traducidas al español, se pierde la rima de las etiquetas originales: “dads” y “cads”); los expertos en literatura comparada los identifican en las novelas como “héroes correctos” y “héroes oscuros”: Edgar Linton y Heathcliff, los protagonistas de Cumbres borrascosas, por ejemplo; o, si se prefiere, Superman y Batman, cuando de cómics hablamos.

Kruger, Fisher y Jobling pidieron a 257 universitarias con una edad promedio de 19 años y étnicamente diversas que leyeran fragmentos de novelas de Walter Scott en los que se describían características —excluyendo aquellas físicas como “guapo” o “musculoso” para evitar que este factor produjera posibles confusiones en los resultados— de ambos tipos de héroes. Como esperaban los investigadores, las participantes afirmaron que preferirían tener una relación a largo plazo con los “héroes correctos” de las novelas y no mostraron interés alguno en una aventura sexual con alguno de ellos, pero no dudaron en elegir a los “héroes oscuros” para compartir la cama por una noche imaginaria.

No es improbable que, después de leer el párrafo anterior, más de un lector apasionado considere a la irrupción de las ciencias biológicas en las humanidades como un exagerado —tal vez hasta absurdo— intento de reconciliar las “dos culturas” de las que nos habló C. P. Snow en su famosa conferencia de 1959, pero la idea de que la naturaleza forma un campo unificado de relaciones causales y de que todo el conocimiento está relacionado de manera integral no es nueva: desde 1840 el filósofo William Whewell —gracias a quien a partir de entonces los “filósofos naturales” serían por todos conocidos como “científicos”— la había bautizado como “consiliencia”. En 1998 el sociobiólogo Edward O. Wilson —autor del por varios años polémico libro Sociobiología, en el que afirmaba que el comportamiento de las sociedades humanas está también sujeto a los efectos de la selección natural— reintrodujo el término para enfatizar que, como las muñecas rusas, la física está contenida y da lugar a propiedades emergentes (que no pueden explicarse únicamente mediante la física) en la química, ésta en la biología, ésta en la psicología, ésta en la antropología y las otras ciencias sociales y todas éstas en la producción cultural humana —literatura, música y las artes restantes.

¿Qué pasa si, de la mano de Darwin, vamos más lejos todavía e intentamos explicar la aparición de la literatura y todas las artes con base en los principios evolutivos? Eso fue lo que hizo el psicólogo Steven Pinker y, en un artículo de 1997, concluyó que, así como las aves desarrollaron plumas debido a la necesidad de mantener su temperatura corporal en cierto rango, aunque terminaron empleándolas también para otro fin bastante útil —volar—, los humanos desarrollaron el lenguaje como una adaptación necesaria para nuestra sobrevivencia (advertencia a poetas y narradores en general: lo que sigue puede ser dañino para su salud mental), mas la literatura surgió simplemente como un accidente evolutivo, sin utilidad alguna para seguir transmitiendo nuestros genes generación tras generación. Aunque es forzoso añadir que numerosos científicos están en desacuerdo con Pinker y es verdad que los escritores no se caracterizan por estar rodeados de “groupies” ávidas de obtener más que un libro autografiado de su autor favorito, es posible que la evidencia más notable de que su teoría es errónea la den los cientos de encuentros sexuales de estrellas de rock y otros músicos, a quienes seguramente Pinker no consideró en su estudio.

Aunque, en palabras de Joseph Carroll, los nuevos estudiosos de la literatura: “[…] Al escribir sobre la identidad personal y social, no tendrán que recurrir a las ideas obsoletas y confusas de Freud, Marx y su progenie […]. Tendrán que recurrir en su lugar a descubrimientos empíricamente basados en las ciencias evolucionarias humanas”, ni el más ferviente seguidor del darwinismo literario se atrevería a proponer que éste pudiera convertirse en el único sistema válido para el análisis literario en el siglo XXI. Sin embargo, considerando los hallazgos recientes en neuropsicología —como la teoría de las “neuronas espejo” y la regulación neuroquímica de nuestras emociones— y que la vasta mayoría de las obras de la literatura mundial apenas y han sido tocadas por este nuevo enfoque, la probabilidad de supervivencia de un darwinista en el ambiente literario no es nada despreciable.

Luis Javier Plata Rosas. Doctor en oceanografía. Autor de Mariposas en el cerebro.