almuerzo

Carlos Franz,
Almuerzo de vampiros,
Alfaguara,
Buenos Aires, 2009, 238 pp.

Como un animal se agita entre las manos esta cuarta novela del chileno Carlos Franz (Ginebra, 1959), sacudiéndose a cada intento de abordarla por alguno de sus flancos, de sus diversos registros. Hay una exploración de cómo ese “miedo tan chileno”, el del sobreviviente, marcó a más de una generación con el sometimiento a la dictadura pinochetista. Los sobrevivientes de aquel “invierno de nuestra desventura” (Ricardo III) vistos como los muertos vivos. Pero hay también una critica a los años posmodernos de Chile, “el verano de nuestro entusiasmo”, y a estos “tiempos de paz sin honor” (Bram Stocker). Tiempos regidos por el pragmatismo oportunista de los nuevos políticos y sus voces tan chillonas como los colores de sus corbatas finas. Tiempos de una clase política con el pleno sentimiento de estar reinventando un país en el momento más importante de su historia.

Hay además una exploración del lenguaje salvaje de los albañales santiagueños, de las vulgaridades más mezquinas y soeces de la lengua y los coloquialismos chilenos. Una manera de extremar el idioma y llevarlo al territorio donde los vasos comunicantes entre humor y delirio transmutan la carcajada en cólico. “Una voz poderosa, creativa y comprometida con la palabra”, dice Carlos Fuentes, atento siempre a la escritura de lenguajes como el suyo, donde priva la metamorfosis y la búsqueda de sobrepasar los límites.

Hay luego la dolorosa memoria de Santiago de Chile en los tiempos de pesadilla del toque de queda, las detenciones arbitrarias y las muertes aún más arbitrarias. Una remembranza de la gris y temerosa ciudad en los años setenta, con su atmósfera oxidada, enfrascada por la contaminación. Un recorrido evocativo por sus calles y cines, y un paseo aterrador por las noches mortales en sus goteras, albañales, bares de mala muerte y bajos fondos, donde amparada por la dictadura una banda de seres vampíricos saquea casas y edificios y roba toda pertenencia valiosa a sus habitantes, obligados así a pagar por su existencia. Hay entrañables referencias cinematográficas y literarias, escenas grotescas de prostitución y sexo, violencia, escatología y martirio. Hay una novela áspera por momentos, con aforismos de gran calado sobre la ponderación de la experiencia, los ideales de juventud, el pragmatismo adulto. “La madurez es la muerte de la sensibilidad a manos de la experiencia”.

El relato surge de una evocación durante un almuerzo de mediodía prolongado con tragos de fuerte pizco hasta la tarde y finalizado en cena crepuscular. El lugar: el restaurante de moda de la nueva clase política, las psicólogas de medio tiempo, las atractivas comentaristas de televisión, las juveniles reporteras de diarios exitosos, las esposas ricas en ocio de media tarde. Allí, un filólogo cincuentón de melena veteada por las canas y estampa de monje ruso, de personaje del esotérico Gurdjieff, o mejor aún, de protagonista de Los hermanos Karamazov y por lo mismo llamado en la novela Zósima, se reúne con el narrador para celebrar su vieja amistad.

Se habla del nuevo país ante sus ojos y se recuerda al viejo país, cuando “se vivía mejor contra la dictadura”, suelta el provocador Zósima antes de llamar la atención del narrador sobre la sobrevivencia de un personaje al cual suponían muerto a manos de los militares: su viejo profesor de literatura. Aquel culpable de enseñarles a soñar, a creer en la literatura como creadora de otras realidades. Con ese mismo personaje o un Sosias, un doble, un imitador, se involucró el narrador, recuerda, cuando era taxista en las noches de la dictadura. El maestrito se había convertido ya en un canallesco bufón de bajeza insoportable y lengua vil, integrante de esa banda oficial de ladrones noctívagos. El narrador no deja de preguntarse si sería el mismo profesor, a quien trató con amor de discípulo y terminó odiando por mostrarle ese otro mundo posible —la plenitud y felicidad de la literatura—, para luego traicionar a sus alumnos doblegado por la tortura.

El taxista y ese maestrito recorrían entonces la aterrorizante noche de la dictadura expropiando bienes y en busca de la gran broma vulgar, la más vil, la más soez, “la talla de Chile”, dicho en chileno coloquial, para filmar la película destinada a transformar el humor nacional (ironía contrastada con la cinta verdadera La batalla de Chile). Así de bizarro y absurdo es este correlato, avivado además por el enamoramiento de nuestro taxista, por el fuego de su deseo por la prostituta anoréxica y también vampírica —puta del jefe de la banda de nosferatus—, atrevimiento por el cual el narrador casi paga con la vida. Novela para gustos fuertes y colmillos afilados.

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Publica ensayo, crítica literaria y crónica en diversas revistas y suplementos.