Nunca en nuestra vida se nos hubiese ocurrido recibir semejante proposición. Las Ondinas aún llevábamos puesto encima el pellejo de la pubertad, eso se veía clarísimo, aunque jugáramos a la pedantería. Leíamos mucho y, aunque ingenuas en cuanto a la experiencia personal, sabíamos de la vida. Pasamos nuestros ojos por varias páginas de Lolita. Conocimos las malas intenciones de Humbert Humbert, hasta que mi papá descubrió la novela de Nabokov en nuestras manos y la requisó. Después nos cuidamos de que no nos sorprendieran intrigadas por cuántas veces se le sube Juan Pérez Jolote a la muchacha que ha tomado por esposa. Nos interesaban mucho los amores de Gabriel y Dora en La tumba de José Agustín y las ansiedades sexuales de Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, que conseguimos en español, porque la otra Ondina, mi querida vecina Silvia, no leía en inglés.

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Un sábado por la mañana insistí en que devorásemos un cuento de Carlos Fuentes titulado “Las dos Elenas”, el primero que aparece en Cantar de ciegos. Yo aún guardo esa edición, la de 1966, lo cual me dice que apenas estaría acercándome a los quince años y que Silvia era un poco más joven. Por ese entonces, la mamá de la Ondina-Silvia nos tejía cuellos de tortuga, no suéteres, sino unos canales de lana que se doblaban sobre sí mismos, y crecían hacia los lados con una pequeñas prolongaciones cuadradas, que se acoplaban dentro nuestras blusas wash and wear y combinábamos, según el color, con nuestros pantalones y faldas. No sería, pues, extraño que nos sentáramos a leer “Las dos Elenas” en una de las bancas de piedra del Paseo de la Reforma, a pesar del contoneo caluroso de una mañana, con las gargantas encubiertas. La hija de la Elena grande encuentra sugestivo compartir su vida con dos hombres, como el personaje de Jules et Jim de la película de François Truffaut. Cena con su marido Víctor, al que llama nibelungo, en el Coyote Flaco, ubicado en Coyoacán, en la novohispana calle de Francisco Sosa. No existe más aquel restaurante que el narrador de “Las dos Elenas” define como gótico. Nosotras, las Ondinas, lo visitamos una tarde y apuramos sendos cafés, ataviadas de negro como la Elena, aunque sin la cadena de oro con la jadeíta que ella lleva en el cuento, justo en la parte donde dice que desea vestirse de marinero como Jeanne Moreau. Víctor y la Elena chica disponen de una casa en Coyoacán, sitio distanciado de la perspectiva que en ese entonces las Ondinas hospedábamos de nuestro entorno urbano. Ni la otra Ondina ni yo conocíamos a nadie que viviera en aquel barrio, recorrido algunas veces con nuestros padres cuando paseábamos en coche por la ciudad. Las Ondinas nos meneábamos por la Zona Rosa con holgura, porque era territorio habitual para nosotras. El edificio donde residíamos se encontraba al oriente de la avenida de Los Insurgentes, en la colonia Juárez. Durante aquellos años, en esa región transparente del D.F., pasaba todo: la Muestra Internacional dentro del cine Reforma; sobre la avenida Juárez, poco antes de la Alameda, se encontraba el Ritz, donde proyectaban películas de arte; había centros nocturnos a los que los de nuestra edad no podíamos asistir. Los restaurantes, las librerías, el paseo nocturno de mis padres se imponían cerca del Centro de la urbe. Por eso, para nosotras, las Ondinas, Coyoacán y su Coyote Flaco pertenecían al mundo de la literatura.

Al Pao Pao, un café cantante cercano, íbamos con cierta frecuencia, porque era el sitio donde algunas tardes tocaba el grupo de rock de mi primo, el único primo que tengo. Tanto a la otra Ondina como a mí nos arrebataba el baterista de la banda, que llevaba el pelo a la Mick Jagger. ¿Cómo podía aturdirnos con su presencia, hasta sentirnos torponas y estúpidas, cuando no recuerdo hoy el más mínimo detalle de su rostro? El nombre, sin embargo, no lo he olvidado: Nick, de Nicolás. Nick Rivera. Y tan unidas estábamos las Ondinas, que no nos importaba a cuál de las dos podría escoger Nick, mientras una de nosotras se quedara con él. Así decíamos, aunque cada una, para sus adentros, anhelaba ser la elegida, cosa muy poco factible, ya que el baterista nos llevaba casi diez años y nunca reparaba en nosotras. Se mantenía rodeado de guapetonas de ropa vistosa, más culonas y pechugonas que nosotras las Ondinas, apenas extraídas del cascarón.

Con la intención de que se nos unieran Aurora, compañera de clase y, en especial, su hermana Marietta, el primo me invitó una noche a una fiesta, pero Aurora y Marietta viajaron a Acapulco de último momento, y a mi primo no le quedó más remedio que llevarme con la otra Ondina de acompañante, condición sine qua non para que mis padres me permitieran salir. Como Silvia-Ondina no desarrollaba aún las voluptuosidades de algunas amigas mías del colegio, donde mi primo daba clase de matemáticas, su presencia no encendía a nadie del grupo de rockeros. Además, no destacaba por su estilización personal. Parecía uno de los Beatles mojado, de labios verdosos y pestañas lacias e infinitas que yo precisaba rizarle con una cuchara para mejorarla.

La reunión se organizó, nada menos y nada más, que en una casa frente a la plaza de Santa Catarina, en Coyoacán. La noche, las luces de los faroles, la atmósfera del barrio antiguo, el estremecimiento de saber que Nick se encontraría allí también, nos llevó a creer a la otra Ondina y a mí que el mundo estaba hecho para nosotras. “Ahora empieza la vida”, me decía mi amiga, a quien yo llamaba Ondina y ella a mí, por aquello del nibelungo de la Elena chica, la de Fuentes, y porque mi papá adoraba a Wagner, y por ende me había hecho conocer a los personajes mitológicos con los que el compositor alemán se nutrió para sus óperas, como las ondinas que amparan el oro del Rin.

Antes de la fiesta cardinal, donde Nick concurriría, el primo nos llevó a otra, allí mismo en Santa Catarina, pero del lado opuesto, en una antigua casona, aglutinada con una iglesia. Muy pronto lamenté, no tanto así la otra Ondina, no hablar francés como Jeanne Moreau. En aquella celebración casi todos eran franceses, modernísimos, bailaban un rock desaforado, en el que los hombres daban de volteretas a sus parejas. En aquellos movimientos extraordinarios, ellas no mostraban su ropa interior, dado que casi todas vestían faldas rectas. “A mí se me verían los chones”, manifestó la otra Ondina, aludiendo a su vestido de naguas tableadas.

Las Ondinas nos sentíamos en una película de Truffaut, aunque no calibráramos qué significaba eso, ni el porqué del aliciente que le despertaba a la Elena chica el ménage à trois ni tampoco por qué el filme Jules et Jim obtuvo clasificación para adultos. Con nuestros zapatos de tacón y el maquillaje, que yo había dispuesto con gran esmero para ambas, relumbrábamos. La otra Ondina, mi obra de arte, fijaba la vista en los altos techos de la vieja construcción, en la amplitud de los muros, y decía que en realidad nos habíamos metido en un cuento de Fuentes, aunque yo no estaba tan segura de tal cosa.

Siguiendo e imitando a los demás invitados descendimos por unos escalones hacia otro nivel, el de un antiguo sótano, suponíamos. Allí se accedía a un salón. El primo nos impidió entrar a las Ondinas, no por santo, podíamos asegurarlo. Como en la exhibición de la película de Truffaut, la “clasificación” debía ser C, porque un tufillo estrambótico despuntaba de inmediato. “Suban, en un segundo las alcanzo”. La otra Ondina me preguntó aterrada si aquel olor sería marihuana. Yo, su Mary Quant, su Vidal Sasoon, que le había plegado la cinturilla de la falda para ponerla a la moda, le contesté que era tabaco de pipa, segurísima de mí misma.

El primo se dilató. Nos tomamos varios vasos de Coca Cola y entramos en contacto con un francés que no hablaba español y que pronto presentaría su examen del bac, o sea del bachillerato, y que a mí me cautivó. Hubiera deseado quedarme junto a él. Me olvidé de Nick Rivera y, por más que intenté demorar aquel encuentro, mi primo, cuando se nos unió, me azuzó para irnos. A la otra Ondina se le asomaba a la cara la inquietud por allegarse al territorio de Nick.

Cruzamos la explanada de Santa Catarina. No recuerdo la temperatura ni la sensación que tuvimos al andar de noche por ese sitio emblemático de Coyoacán. La otra fiesta, arriba del restaurante Las Lupitas, alumbraba la plaza. La música se oía desde la calle, todo lo contrario de lo que sucedía en el caserón magnífico, con densas paredes coloniales que no transmitían ningún ruido al exterior.

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A la otra Ondina, cuando irrumpimos en pleno apogeo del convite en el que reinaba Nick Rivera, asediado por groupies, se le enchuecó un pie y pegó un buen grito de aflicción. Pronto los sonidos eléctricos nos comenzaron a envolver, sobre todo a mí, que no penaba por un tobillo torcido. “Bailemos las dos con Nick”, le sugerí a mi amiga, en plena y callada lamentación por haber abandonado al francés. Y, sin más, lo invitamos juntas a bailar y Nick aceptó. El primo, con expresión de aburrimiento, procuraba no perdernos de vista, atenazado más por su sentido de responsabilidad que por otra cosa. Y bailamos, aunque a la otra Ondina se le entrecruzaban el dolor y los tacones. De pronto, Nick nos condujo hacia una ventana abierta de par en par, desde donde miramos aquel ámbito colonial, evocador de la Elena joven y su nibelungo. La otra Ondina vio el cielo abierto, se apoyó en la pared y se descalzó, en espera, acaso, de que Nick se apiadase de su molestia. Como un gato que brinca para sorprender, Nick me besó a mí en la boca, rápidamente, y luego a mi amiga Ondina, sin que ninguna pudiera reaccionar, y nos propuso un ménage à trois. “¿Qué, todavía son vírgenes?”. Nadie nos había besado siquiera, por lo que la saliva de Nick, espumosa y densa, y su aliento alcohólico nos revolvieron sobre nosotras mismas.

Nuestro conocimiento del mundo y sus cosas se atoraba en algún lado. Nick nos había dejado pasmadas como la Elena chica a sus padres conservadores. Del susto, a la otra Ondina los ojos pestañosos se le transformaron en abrevaderos. La escena siguiente transcurrió con velocidad, porque mientras yo volvía la cabeza para localizar a mi primo y pedirle ayuda, entraban los acordes de “Pretty Woman”, al tiempo en que varias parejas nos observaban divertidas y nos rodeaban para burlarse de las Ondinas tan ñoñas, cuando en ese momento preciso Nick Rivera, en medio de todos como un dios Baco coronado, estornudó en lo que pretendía abrazarnos a las Ondinas y una inmensa burbuja de moco le afloró por la nariz, como una esfera de cristal inmensa, neptúnica, ola batiente se las secreciones humanas.

Todos los presentes asistieron al acto donde Nick perdió la galanura, atestiguaron el anticlímax, por los menos durante aquella noche, de los atractivos del baterista de pelo ondulado y largo, quien, lleno de vergüenza, se pasó el dorso de una mano por la cara y desapareció del festejo en un santiamén. Mi primo, que no paraba de reírse por aquel episodio, decidió que regresáramos al convite del lado contrario de la plaza, entretanto a la otra Ondina se le hinchaba el tobillo, a mí se me corría el rímel y no hallaba mi labial blanco nacarado. Avanzaron las horas y no logré toparme de nuevo con el francés que me había gustado tanto. Sonaba, en aquella casa magnífica, un jazz subyugante que me atrapó. La otra Ondina, con un rictus destemplado, mientras se daba masaje en el pie, me preguntó de pronto: “Dime, ¿qué es exactamente un ménage à trois?

Anamari Gomís. Escritora. Su más reciente libro es Los demonios de la depresión.