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En un conjunto de construcciones grises que se comen los cerros, conviven las tradiciones ancestrales y un espejo quebrado por la miseria, el crimen, la violencia

Estoy parado sobre el basamento de las ruinas de Iztapalapa en el Cerro de la Estrella donde hace casi 500 años se prendía el Fuego Nuevo que cada siglo antiguo perpetuaba la existencia del mundo mexica. El viento sube débilmente el repique de una campana y los acordes de un huapango hasta la pirámide. Son casi las seis de la tarde y la ciudad de México se despliega en todo su esplendor.

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No hay un turista con quien compartir o presumir esta hermosa vista, así que imagino lo que una guía turística —de ésas que el primer mundo edita para advertir a sus connacionales aventureros— podría decir: visite el Cerro de la Estrella, donde podrá apreciar la mejor vista del Distrito Federal, pero tenga cuidado porque lo pueden robar, despojar del auto o corre incluso el riesgo de ser secuestrado. Si lo considera abrumador, evite este destino, y mejor vaya directo al Museo de Antropología, donde podrá documentarse lo necesario sobre el pasado de esa región.

Abajo está lo que hoy es Iztapalapa, un montón de construcciones grises que se expandieron hasta comerse los cerros. La imagen me hace recordar que por encima de estos caseríos vuelan episodios de extorsión, atracos, sangre, muerte y cautiverio forzado, pero mi reflexión fúnebre se quiebra con la historia prehispánica del oriente de la ciudad de México. Bernal Díaz del Castillo decía que al llegar a Iztapalapa el cacique principal los alojó en enormes palacios de cantera hermosamente labrados que contaban con grandes salas y patios.

Algunos creen que el conquistador forzosamente tuvo que echar un ojo desde el Cerro de la Estrella para admirar el esplendor de la ciudad mexica que en aquel entonces semejaba una isla rodeada por los lagos de México, Texcoco, Xochimilco y Chalco. En 1519 los cerros de la Estrella, Peñón y de Pantitlán eran tan sólo islotes. Las crónicas de Bernal Díaz del Castillo describen que la ciudad de Iztapalapa poseía un hermoso huerto y jardín de ensueño que daba acceso a enormes canoas. Iztapalapan, llamado así por ser el lugar de las piedras lajas en el agua, tenía 560 tributarios y el mismo aire y cielo que la ciudad de México.

Pero lo que desconocía el cronista era que Iztapalapa no era sólo belleza: era la esperanza del pueblo mexica, que cada cambio de siglo permanecía en zozobra porque creía que una catástrofe acabaría con el mundo. Entonces los habitantes apagaban todos los fuegos y rompían todos los utensilios porque creían que ya nada sería necesario. Esperando que ya no amaneciera, la última noche la pasaban en vela, y cuando aparecía la luz del día y se daban cuenta de que no había ocurrido ninguna desgracia, ésa era la señal de que los dioses les habían permitido vivir un siglo más.

Entonces todos elevaban su mirada hacia el Cerro de la Estrella, donde cuatro sacerdotes encendían el Fuego Nuevo y en ese momento las ciudades estallaban en júbilo. Después, sus habitantes emprendían la marcha en busca de esa lumbre para llevarla a sus hogares, y en los días siguientes volvían a comprar trastes de comida y bebida.

Iztapalapa tenía durante la época prehispánica la carga de perpetuar la existencia de México-Tenochtitlán y sus ciudades. Este lugar, antes esperanza y tranquilidad, hoy es sinónimo de inseguridad y peligro latente.

¿Qué es Iztapalapa? Nueve barrios con nombres de apóstoles, 10 pueblos con nombre de santos, 257 colonias, la mayoría con alta marginación. Casi dos millones de habitantes, por lo menos dos veces el estado de Tlaxcala. La superficie de Iztapalapa es 11 veces la república de Kosovo. Familias conservadoras, tradicionales, gente de pueblo, algunos todavía usan sombrero, skatos, darketos, punketos, delincuencia organizada, policías que deciden pasarse al bando contrario.

Fiestas casi todo el año en las que se festeja al santo patrono o donde las comparsas coronan a su reina de carnaval con fuegos artificiales y con cartuchos de .9mm, 380 súper, ametralladoras Uzi, proyectiles de cuernos de chivo o de fusiles AR-15. “Nada más coronan a la reina y a agacharse y taparse los oídos”, cuenta Carla Benítez, vecina del pueblo Santiago Acahualtepec. Una combinación de religiosidad y violencia extrema. “Aquí en Iztapalapa somos tragasantos y cagadiablos”, agrega el mariachi del Bazar de Iztapalapa AC.

Sobre un puente peatonal de la calzada Ermita, a una calle de la estación del metro Iztapalapa, se descubre una escultura oxidada del Cristo en su viacrucis. Por la calle de San Pedro, el de las llaves, subo por el camino que va hacía el Cerro de la Estrella. Más adelante se mira una loma con tres cruces que refuerza la idea de que no estamos pisando tierra de laicos. Ahí está la gran cruz de madera en la que apenas hace algunos meses fue crucificado el Cristo en turno, surgido de los habitantes iztapalapenses.

Mientras el microbús sube, un automóvil BMW baja lentamente como si paseara por una calle de Polanco. Cualquiera se haría la pregunta de por qué un vehículo de esa marca rueda en esta delegación donde habitan los expertos en robo y desmantelamiento de vehículos. Poco antes de llegar a la cima subo por una escalera de cemento en la que encuentro un mensaje: “Te conocí en mi patrulla la 03047 en julio y te quiero mucho”. Así de insólita es Iztapalapa.

Una ex cárcel de mujeres, el Reclusorio Oriente, las penitenciarías varonil y femenil de Santa Martha Acatitla, la Central de Abastos, corralones, la salida a los estados de Puebla, Veracruz y Oaxaca, una zona donde opera la delincuencia organizada, el barrio del secuestrador Daniel Arizmendi, región sin agua y con terribles inundaciones, hundimientos y deslaves. Campo abierto para paracaidistas o invasores de terrenos, tierra por tradición de pepenadores y recolectores de basura. Eso es Iztapalapa para muchos.

La delegación tiene 10 sectores territoriales para dividirse los índices delictivos. El robo a transeúnte, de vehículos, a casas habitación, secuestro y robo de niños han ocupado durante los últimos 10 años los primeros lugares en todo el Distrito Federal. “Ya somos más violentos; anteriormente te sacaban el arma para asustarte, pero ahora si pones resistencia te disparan o te pican”, me dice un policía que cubre los sectores Leyes de Reforma, colonias ubicadas en medio de esta delegación que tienen un alto índice de criminalidad de acuerdo con las autoridades capitalinas.

Música ranchera, de tambora y sonideros. Charangueros y rockeros en sus bailes y fiestas. Iztapalapa huele y sabe a tacos de cabeza y de carnitas michoacanas, a birria de Jalisco. Un lugar tan distante en costumbres, ubicado a 15 estaciones del metro Garibaldi y a 10 de Chabacano. Miles de habitantes oriundos que se enorgullecen de haber nacido aquí. Otros miles que llegaron de Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Puebla. Pero también de las zonas más peligrosas del Distrito Federal, como la Candelaria de los Patos, Tepito, la colonia Morelos, la Pensil, Santa Julia, que en la década de los setenta tuvieron que migrar cuando las excavaciones para construir los ejes viales les tragaron sus casas. Desde entonces Iztapalapa ya no volvió a ser el mismo.

Hoy aquí, además de percibirse la vida de pueblo, también se percibe el cáncer que poco a poco se ha ido apoderando de esta parte de la ciudad. Un oriente para muchos inhóspito y peligroso donde dos mundos paralelos conviven: uno es el delincuencial que conlleva a la mala fama del Iztapalacra, y el otro lleno de tradiciones y orgullo de ser oriundo del Iztapalapa ancestral.

Don Luis Contreras, un hombre de 65 años, cuenta que su padre y su abuelo nacieron aquí. Don Cristóbal recuerda que cuando él era niño no existían las colonias, todo eran sembradíos y llanos hasta los cerros. Todos eran campesinos, eran tierras comunales en las que se sembraba maíz, frijol, tomate, calabaza, lechuga, rábano. Había pozos de donde se sacaba el agua para regar la siembra y al mismo tiempo la gente se bañaba en el chorro. Las casas eran de adobe con cercas de piedra. Había magueyes, higos, zapotes, nopaleras y una laguna donde llegaban garzas y chichicuilotes. El señor Cristóbal recuerda que en 1955 se hizo un censo y apenas había 383 jefes de familia. “Todavía la iglesia era el panteón”.

En Santa María Aztahuacán, Leónidas Valdés, de 70 años, asegura que sus abuelos están enterrados en el panteón local; dice que antes todos eran campesinos, que los animales de carga los importaban de Chihuahua y Zacatecas. En los años cincuenta no había luz, pero la gente se reconocía nomás por su caminar o su figura. Las señoras se iban a lavar la ropa a las cuatro de la mañana y no había ningún peligro.

En la casa de cultura de Santa Cruz un grupo de señoras de la tercera edad que tejen y hacen manualidades recuerdan que en el pueblo la familia más grande llego a tener 18 hijos. De jóvenes todas ellas amartajaban el maíz en el metate, calentaban las tortillas en el comal de barro y lavaban los trastes en el ojo de agua. Iban a dejar la comida al campo donde trabajaban sus hijos y maridos. Todas leñaban y recogían el estiércol de vaca para hacer los fogones. De niñas sacaban ajolotes de los charcos.

Hasta mediados de los setenta los niños salían de la escuela a las seis de la tarde y caminaban por los sembradíos, entre los charcos y la terracería. Los campesinos sacaban su carga de cosechas al camino principal y ahí la dejaban hasta que pasaba la persona que tenía transporte en el pueblo y se la llevaba al antiguo mercado de Jamaica. Algunos habitantes aún recuerdan que hacían casi tres horas para llegar al centro de la ciudad de México.

Voy en busca de los mayordomos del pueblo de Santa Cruz para saber un poco acerca de sus tradiciones. Ya no los alcancé en la iglesia y nadie me supo dar razón de ellos. La gente decía que debían estar en la casa de quien le tocaba dar morada al Cristo del Jueves de Corpus. Sólo seguí el sonido de los fuegos artificiales, el rastro de los pétalos de rosa y los papelitos de colores que a su paso dejaron por las calles. Ahí se llevaba a cabo el último rosario de cinco y después la figura del nazareno sería llevada a la iglesia. El jefe de los mayordomos, César Arteaga, me cuenta que antes se hacía esta veneración por las cosechas y ahora por las mandas que hace la gente a cambio de favores. El doctor Pedro Garcés me explica que la gente de aquí pudo venir del pueblo de Santa María Aztahuacán y que desde hace 150 años han pasado cuatro generaciones de mayordomos.

Pueblos que dejaron atrás los cultivos y que van a paso lento hacia la modernidad. Casas que son talleres de artesanía, soldadura o herrería. Patios que sirven de café internet, paleterías o panaderías. Calles donde la gente dice buenos días, tardes o noches. Lugares donde cualquiera, sin temor alguno, da santo y seña de dónde vive fulano o zutano por nombre y apellido.

Los habitantes sienten orgullo de ser de estas tierras en las que algunos dicen contar con títulos de propiedad otorgados por descendientes del emperador Moctezuma II. La profesora Irma Castillo Acevedo, que preside el Grupo Cultural Ollin, encargado de recoger la historia oral de Santa María Aztahuacán, explica que en los tiempos revolucionarios los caciques de aquí estaban con Venustiano Carranza. Pero después de la Revolución corrieron a los que les habían matado gente y se habían apoderado de las tierras. Por estos rumbos presumen que dos mujeres siguieron a Porfirio Díaz hasta su destierro y a Herminio Chavarría, general de brigada del Ejército del Sur de Emiliano Zapata. “La mayor parte de los habitantes de aquí se fue con Zapata”, reconoce la señora Castillo.

Dicen que de aquí mandaban concursante para La Flor Más Bella del Ejido, que aquí vivió el compositor mexicano Quirino Mendoza, autor del “Cielito lindo” y que Gerardo Murillo, el doctor Atl, pintó los cerros de Aztahuacán. Como varios de los pueblos que estaban a la orilla del lago Texcoco, Santa María era un pueblo chinampero desde el canal de San Juan hasta los tiraderos (donde hoy es el metro Guelatao) y la Unidad Vicente Guerrero (Periférico). Las chalupas iban y venían por canales como La Viga y llegaban hasta Xochimilco.

La referencia para llegar al pueblo de Santa María Aztahuacán es un reloj montado en una columna de la plaza principal que fue construido entre los años de 1926 y 1930. Don Mauro Romo dice que él nació en 1938 cuando comenzaron a hacer la calzada Ermita Iztapalapa, que en años anteriores se conocía como el Camino Real, por donde pasaban las carrozas que iban y venían para la ciudad de México. El señor Darío Galicia recuerda que viajar a La Merced, Manzanares, la Alhóndiga o las calles de Jesús María en el centro de la capital era una excursión.

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Luego se pobló todito de la escuela del pueblo hacia el canal de San Juan. “La gente invadía y allá íbamos con palos y piedras, con las escopetas que usábamos para cazar patos a sacar a las personas y se quedaba alguien de guardia. Con el paso del tiempo se corrió el rumor de que en el ejido se iba a construir la nueva central de abastos y los comerciantes comenzaron a venir para comprar, pero luego todo eso se convirtió en puras bodegas, colonias y fábricas.

“Quién sabe quién vino a poblarnos, pero se acabó el campo, los campesinos y los animales. Y desafortunadamente no hay ley aquí, por eso hay robos, pero los ladrones también saben que en cualquier casa hay un arma”.

Los nuevos vecinos comenzaron a robar animales. Las puertas de las casas que siempre estaban abiertas se cerraron. Las invasiones fueron llegando, y quisieron invadir hasta una peña histórica donde se hacía la celebración de la virgen del Rosario.

El señor Barajas, un hombre que asiste a las reuniones que el Grupo Cultural Ollin realiza para difundir la historia del pueblo, dice que no toda la gente que ha venido acá ha sido mala y que no toda la gente del pueblo es buena. “La fama que nos han hecho es porque hay gente armada en las fiestas”, dice Karina Yazmín Tenorio, otra integrante del grupo. Anteriormente los habitantes del pueblo se mantenían apartados de los de las colonias, pero ahora ya hay quienes tienen marido o esposa de entre la gente que llegó de otras partes, comenta su compañera Citlali Gregoria.

Habitantes de los pueblos de Santa Martha Acatitla, Santiago Acahuatepec, Santa María Aztahuacán y Santa Cruz Meyehualco coinciden en que la migración de las colonias del Distrito Federal les cambió la vida.

Según el doctor Pedro Garcés, los habitantes de Santa Cruz y otros pueblos comenzaron vender sus tierras por temor a que los recién llegados invadieran sus terrenos. Aún recuerda que repicaban las campanas cuando se avisaba de una posible invasión y todos los pobladores acudían al lugar para defender las tierras del vecino. Pero la tarea fue imposible. “Con uno que empezó a vender la tierra fue suficiente porque después ya todos se la vendían al gobierno para que se las revendiera a los recién llegados. En 15 años se acabaron los espacios del campo; por eso ahora se inunda tanto: antes toda el agua de lluvia se la tragaba la tierra. La gente que llegó era de la Morelos y de Tepito y muchos años nos mantuvieron dominados, robaban las casas y a los vecinos hasta que los jóvenes de aquí los enfrentaron”, dice el doctor Garcés.
Para Leónidas Valdés la explosión demográfica de la ciudad de México trajo a una juventud muy desmandada. Las señoras María de Lourdes y doña Eufemia aseguran que antes había respeto, no había drogadicción y no te robaban. Irma Castillo, la directora del Grupo Cultural Ollin, opina que en el caso de Santa María los que llegaron de fuera venían de Santa Julia, la Pensil y la Candelaria de los Patos.

Obligados por la inseguridad, los habitantes de los pueblos que por tradición usaban las armas para sus fiestas, vieron en ellas su protección contra los vecinos recién llegados. Incluso los que tenían dinero tuvieron que transformar su forma de vestir para evitar ser extorsionados o secuestrados. “La misma ciudad contaminó los pueblos”, reflexiona Leónidas.

Los tiempos en la historia coinciden con la llegada de tepiteños y habitantes de la Morelos y sus prácticas de robo y venta de autopartes de vehículos. Iztapalapa ha sido señalado como un lugar de tiraderos, de recolectores y pepenadores de basura, de bodegas de separación y aprovechamiento de desechos.

Región de caciques, como el difunto Rafael Gutiérrez Moreno, conocido como el Rey de la Basura, que prometió y dio vivienda a muchos trabajadores a cambio de favores políticos. Pero a partir de los años setenta los establecimientos ilegales de autopartes se plantaron en la parte final de la avenida Ermita Iztapalapa, aquella que Bernal Díaz del Castillo describiera como un camino tan derecho y angosto que iba directo hacia la ciudad de Moctezuma II.

A mediados de 2007 las autoridades desmantelaron el mayor tianguis de autopartes robadas, conocido como la Ford de Iztapalapa, que contaba con casi 200 bodegas. Incluso, algunos habitantes dicen que desde que los nuevos vecinos llegaron el tianguis nocturno de chácharas en la Unidad Santa Cruz Meyehualco, que tradicionalmente era territorio de basureros, comenzó a dar cabida a vendedores que no precisamente vendían chacharitas salidas de la recolección de basura en el Distrito Federal.

Triciclos, cajoneras, tazas de baño, espejos retrovisores, volantes, muñecos, cámaras, telefotos, sillas de oficina, tenis y zapatos viejos, bocinas, sidras Pelayo, televisores, celulares. Entre calles con poca luz, sin banqueta y de casas achaparradas, yace un plástico con todas las piezas cromadas de un motor. Los gallos apenas cantan, pasan de las cuatro de la mañana. Decenas de personas husmean entre los puestos. Llevan costales y lámparas de mano. “Al que madruga, Dios le ayuda”, se aplica en este tianguis. Los adictos al juego de baraja hacen aquí su partida mientras dan el precio de sus productos. Frascos de perfumería, cascos de moto, tapones y rines de auto.

“¡Uta Madre! Yo llegué aquí en el 82 y esto apenas se estaba formando”, dice Arturo, un revendedor de chácharas que alumbra entre los objetos por lo menos una vez al mes. El tianguis se pone los martes y viernes desde las tres de la mañana. Papel higiénico por rollo gigante, 24 rastrillos de tres hojas por 80 pesos. Cientos de personas que hacen su vida de la basura, otros cientos que viven de la reventa de lo usado, de lo que ya no les sirve a algunos.

Nadie aquí puede decir si es robado o no, pero un lote de calaveras para camioneta de lujo puede estar sobre el piso a muy buen precio. “A mí me consta que este tianguis está aquí desde hace más de 35 años porque en ese entonces yo les vendía frutas a los chachareros”, dice Juana, una mujer que ahora vende café y pan dulce.
Juegos de balatas, llantas, anticongelantes llenos pero sucios, como si alguien los hubiera revolcado. Debajo de la torre de luz de la Avenida 12 de esta unidad de techos de lámina de asbesto, un puesto da para amueblar la casa. Tapete, librero, sillas, comedor. La luna ilumina la noche de chácharas cuando Emeterio (nunca estuve seguro de que me hubiera dicho su nombre verdadero) me explica que es imposible cuidar quién trae o no cosas robadas. “Aquí se viene a vender y cada quien trae lo suyo”.

Del metro Portales por todo el Eje 6 también se llega a Iztapalapa, pasando por el pueblo, que ya no lo parece, de San Andrés Tetepilco, y las colonias Sector Popular, donde un microbús chocó y sobre la calle los paramédicos ponen un collarín a una pasajera. Después entramos al barrio de San Ignacio, desde donde se alcanza a ver la pirámide sobre el Cerro de la Estrella. Y más adelante el microbús toma la Ermita Iztapalapa, ésa que sirvió para que los conquistadores llegaran a México-Tenochtitlán.

Gabriela, vecina de la colonia Renovación, dice que cuando aún no construían el Eje 5 todo era terracería. No existían Los Frentes, la unidad habitacional donde vivía el secuestrador Daniel Arizmendi. Todo estaba en obra negra. La mitad de la colonia eran tiraderos y la mayoría de la gente vivía de la basura y la otra pertenecía a San Lorenzo. No entraban las patrullas. La iglesia y la tienda de abarrotes eran lo único que había. Los niños iban a la escuela a la Unidad Vicente Guerrero o a Cabeza de Juárez. El que mandaba era el Rey de la Basura y todas las casas tenían que estar pintadas de blanco. Su esposo comenta que el cacique los dejaba trabajar a cambio de que le dieran toda la chatarra recogida. “Era un monopolio, pero te daba tu casa”.

“La gente se conocía y no era peligroso. Ahora se ponen en las esquinas a tomar o a inhalar; o si vas a una fiesta, ahí están tomando o drogándose”, dice Gabriela. A ella le ha tocado presenciar tres o cuatro asaltos a proveedores. En esta colonia han encontrado secuestradores y han expropiado inmuebles donde la gente vendía drogas.

Envuelta recientemente en una contienda política muy polémica en la que tuvieron que ver el tribunal electoral capitalino, el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador y un aspirante del Partido del Trabajo improvisado de nombre Rafael Acosta alías Juanito, Iztapalapa, que hoy es considerado botín político, volvió a la calma con la llegada de la jefa delegacional sustituta Clara Brugada.

Quien manda en esta demarcación no sólo gobierna una sexta parte de los habitantes de la ciudad de México, sino que tiene además en sus manos casi un millón de votos para la contienda presidencial, un presupuesto de casi dos mil millones para este 2010, una zona comercial encargada de ejecutar el 24% del comercio de mayoreo y una delegación que ocupa el primer lugar en transporte con 298 rutas.

Pero también se avienta un trompo a la uña demasiado filoso considerando que la propuesta principal de la delegada Brugada es crear una Iztapalapa verde, limpia e iluminada. La delegación ha estado en los primeros lugares de incidencia delictiva durante muchos años. Por ejemplo, en el primer semestre de 2007 se registraron cuatro mil 249 robos a negocios. El 90% se efectuó en su demarcación. En mayo de 2009 tuvo el mayor índice de averiguaciones previas de todas las delegaciones, con casi tres mil. Hasta febrero de 2010 tenía el mayor número de denuncias por robo de infantes.

Las zonas más peligrosas coinciden con las más caóticas. Lugares sin agua, como las colonias de la región este. Zonas de deslave como la parte norte, donde la gente incrustó sus casas en los cerros. Una población a la que todos los políticos prometen y han utilizado por generaciones para llevar a cabo estrategias de compra de voto a cambio de nimiedades. Quizás por eso aquí se asientan los grupos más radicales y beligerantes, como el Frente Popular Francisco Villa, que durante décadas se han vendido al mejor postor político, llámese PRI o PRD.

En Iztapalapa hoy se combinan balaceras y viacrucis; un hombre puede estar orando al pie de su santo patrono y otro puede estar siendo bajado hacia las entrañas de la tierra con un tiro de gracia en la nuca. Un grupo de personas puede organizar la fiesta del pueblo y otro puede organizar el atraco a un banco o una camioneta de valores.
De acuerdo con estadísticas de la procuraduría capitalina, las colonias más peligrosas son Juan Escutia, Ejército de Oriente, San Miguel Teotongo. Para integrantes de la propia delincuencia organizada los puntos más salvajes son la colonia Renovación del lado del Eje 6, el Eje 5 y Periférico, donde te bajan del vehículo, la unidad conocida como los Frentes de Francisco Villa.

En los Frentes se sabe que hay bandas dedicadas al robo a microbuses, bandas que se dedican a la venta de drogas. Dicen que los de aquí vinieron del barrio de Tepito, pero un joven que pidió el anonimato reconoce que hay gente de todas partes. Que aquí, por si las moscas, se tiene que dormir con el arma debajo de la almohada.

Pero el punto que tiene peor fama es el Hoyo. Don Javier, un hombre que lleva viviendo 35 años en la zona, dice que la gente que se instaló aquí venía de la Buenos Aires y la Morelos, que antes todo era baldío. Después hubo casas de madera hasta que alguien las incendió y ahora se llama Paraíso. Algunos de los habitantes viejos saben que le dicen el Hoyo porque era una mina de arena y cada vez que sacaban material iba quedando el hueco. Dicen que sus vecinos son irracionales, extremos, y que nadie puede subir a menos que tenga un conocido. Que los autos que suben ya no bajan.

Lugares donde los ladrones salen por un lado, hacen el robo, se vuelven a meter a la unidad y se escapan por otra parte. Como nos ilustra Carmelo, un delincuente de Iztapalapa: “Ejecutan el danzón por un lado y el cha cha chá por el otro”. Cualquier auto lo desarma y entrega por cinco mil pesos. Las camionetas por 15 o 18 baros. “A veces sólo por manejar la nave de estado a estado te traes hasta cuatro baros”. Cuando lo tiene que entregar desarmado dice que lo pasa a las carnitas, donde tiene dos días para cortarlo con luz autógena. Todo lo que tiene registro o número de serie hay que quitarlo con esmeril. Antes todo se quedaba en la Ford de Iztapalapa, ahora va a otras zonas como la Buenos Aires y La Ronda en Tlatelolco. La entrega es por pedido.

Según él, aquí en Iztapalapa encuentras delincuentes para cualquier giro. Secuestro, robo de autos y casas habitación, asalto a camionetas de valores. Hay familias que se dedican al robo de autotransportes o venta de drogas. “Si la cosa está relax hasta te traes al chofer a comer a tu casa. Si el transporte tiene satelital, descargas en un lote baldío y se acabó”. A los conductores les llaman muñecos o basura, al tráiler, el animal. Desde aquí programan asaltos a bancos en la ciudad de Puebla. La delincuencia tiene bodegas en Toluca, Pachuca y Michoacán. En Iztapalapa un cuerno de chivo (AK-47) lo puedes conseguir en ocho mil pesos, una pistola .9mm en 13 mil, un rifle AR-15 en 10 mil.

Salí de la cueva del ladrón Carmelo buscando la cúspide del Cerro de la Estrella porque ahí se había quedado la percepción que el cronista Bernal Díaz del Castillo tuvo de Iztapalapa en el año 1519. Entonces preferí pensar en palacios, huertos y jardines con una entrada hermosa para canoas.

Alejandro Suverza. Periodista.