estética

El suplemento de Siempre! ofrecía dos números especiales al comienzo del año. Aunque sería más exacto decirles monográficos, a las 16 páginas de La cultura en México les va mejor la primera opción, y eran especiales, además, porque se preparaban junto con los cuatro números del corto mes de diciembre. El caso es que las notas de Carlos Monsiváis sobre la estética de la naquiza se llevaron la mitad del segundo número especial de enero de 1976 (la otra mitad la ocupó el ensayo de José Joaquín Blanco sobre Carlos Fuentes), por algún motivo quedaron fuera de su segunda recopilación de crónicas y ensayos, Amor perdido, así en su primera versión, publicada en 1977 por la editorial Textos en Jalisco, como en la segunda, acaso menos inestable, publicada por ERA en 1978, y sólo la segunda parte de estas notas (“Dancing: El Hoyo Fonqui”) encontró acomodo en Escenas de pudor y liviandad (Grijalbo, 1988).

En el libro de arena que era el suplemento de La cultura en México estas notas de Monsiváis respondían, continuaban, contradecían las reflexiones que en el transcurso de 1975 plantearon tres largos ensayos panorámicos: “El cuerpo en el D. F.” de Héctor Manjarrez, “Permanencia involuntaria. La clase obrera y el cine mexicano” de Jorge Ayala Blanco y “La bola y la revolufia. Bienaventurados los oportunistas porque de ellos es el reino de la praxis” de Héctor Aguilar Camín. Ésta era una parte de la vida en México hacia el final del periodo presidencial de Luis Echeverría en las páginas centrales de la inusitada revista en sepia de José Pagés Llergo. Otra estaba en sus series, como las dos que hicieron sándwich a la Visión de la Naquiza: “Facilidades y dificultades de la cultura” y “Situaciones políticas y culturales de los setenta”, a las que dieron cuerpo las colaboraciones de Jorge Aguilar Mora, José Agustín, Adolfo Castañón, Evodio Escalante, Daniel López Acuña, Elena Poniatowska, Carlos el Tuti Pereyra, además de los ya citados. Otra parte eran las esporádicas notas de un José Emilio Pacheco que ya era en “Inventario”, los diálogos de Aguilar Mora con quienes había que conversar en ese momento, como Georges Perec y Roland Barthes, la invitación a la microhistoria de Luis González o los atisbos a la historia urbana de Alejandra Moreno Toscano, o los autores que traducía José María Pérez Gay: T. W. Adorno, Walter Benjamin, Elias Canetti, Paul Celan, Hans Magnus Enzensberger. La cultura en México no era el único suplemento, pero sí el más rico e impredecible en esa jauja en la que una sola empresa periodística, Excélsior, sostenía entonces dos espacios asimismo dedicados a la vida y las letras, Diorama, en donde era imposible perderse a JEP, y el cromático Plural de las portadas de Vicente Rojo y los sorprendentes índices que mes con mes integraban Octavio Paz y sus editores.

Postípicas o bien preclásicas, para decirlo con el vocabulario de su época, las notas iniciales sobre la estética de la naquiza respiran en la misma fugacidad de un gesto ensayístico que sólo se atrevió a eso: a ser discretamente transitorio. Tal vez la fuerza de los hechos llevó a Monsiváis a juzgar obsoleta esta parte de sus notas, una vez que la vida empezó a transcurrir en el túnel de la crisis que dio inicio en el otoño de 1976.

Antonio Saborit

Antonio Saborit. Historiador, traductor, ensayista. Acaba de editar Díaz, Zar de México, de Carlo de Fornaro.