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Mi querido Raúl Ortiz y Ortiz:
¿Recuerda nuestra última conversación en Israel? ¡Cómo nos reímos! La risa es el primer testimonio de la amistad. Entre el té, las bombas a lo lejos, en el desierto, y el recuerdo de mi México, el tiempo se ha quedado ahí, estático. Pareciera que no me he ido. Que siempre he estado, ¿no le parece? Ahora más; con esta modernidad, podemos hasta chatear. Hoy quise escribirle un correo electrónico que espero no le aburra. Ya sé que los e-mails son cortos, pero no en mi caso. Yo, una mujer antigua, estoy acostumbrada a cartear. Y esta será una larga misiva para ponernos al corriente de los últimos acontecimientos, ¿le parece?…

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Pero no hablemos de política. No. Ya sabe usted que eso me enferma. La matanza de Tlatelolco aún la traigo clavada en el corazón. Nada consta en actas y, ya ve, las desapariciones y secuestros siguen. No quiero acudir al amargo humorismo de mis poemas. Es terrible desconocer, apenas intuir quién es el que mata o secuestra, quiénes agonizan y quiénes mueren. Somos un país de desaparecidos. No. Cambiemos de tema.

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Quiero hablarle de las noticias que supe alrededor de una obra sobre mi persona. ¿La conoce? Prendida de las lámparas, de Elena Guiochins. Sonreí desde el título. ¡Qué ironía y qué sagacidad de la dramaturga! Mi vida es y será un constante estar colgada, suspendida, prendida: de mi infancia, de mi hijo Gabriel, de mis padres y, obvio, de Ricardo. ¿Sabe algo de él?… ¡Mi mundo era tan pequeño! Hoy lo veo distinto. Tomé distancia. El purgatorio en el que vivo, en la soledad del ciberespacio, es posible meditar, razonar nuestra vida, en el desastre que hicimos con nuestra existencia fugaz. ¡Todo va tan rápido!

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Le decía de Prendida de las lámparas: un texto que testimonia o hace memoria, que recuerda a un personaje literario que, aunque lo escribiera yo, necesariamente sería una traición. Lo sé porque soy escritora, no historiadora. Lo sé porque hice lo mismo con mis padres, hermanos, conmigo misma… Lo que se ha cometido con mi vida y obra es eso: una traición. Pero, ¿sabe qué? Me encanta que así sea. Sería una estúpida si no le permitiera, a quien sea, interpretarme como le plazca. Ningún arte tiene que ver con la realidad. El arte es interpretación, un sueño suspendido. Elena Guiochins me leyó, me estudió, me saqueó y se tragó mis palabras para renovar con las suyas su propio lenguaje. Se lo agradezco.

Por eso le escribo a usted, porque sé que sabrá decirlo con la diplomacia que le caracteriza, ¿o me equivoco?

No hay nada más hermoso que ver cómo la familia, ese nido de alacranes, se molesta ante la arbitrariedad e irreverencia que se ha hecho con esa obra de Guiochins, dirigida por ese muchachito talentoso, Alberto Lomnitz. Montaje que, entiendo, fue un éxito de público y crítica, en el Teatro Villaurrutia. Dígale que no se preocupe. Que no le importe el qué dirán. Yo viví así mucho tiempo y ya ve, de nada me sirvió. Por no aprender a vivir sola me la pasé rumiando la compañía de alguien que me quisiera. Renuncié a mí misma y en vez de seguir escribiendo literatura acabé con misivas sin respuesta. (Sí, ya sé que usted responderá. Ni lo dudo.)

Salvo usted y algunos más —mi psicoanalista, en primer lugar—, nadie alcanzó a notar que mi risa era en realidad una mueca intensa de dolor. Esas tertulias con Tito Monterroso, Rubén Bonifaz Nuño, Carlos Monsiváis… usted lo recordará porque estuvo presente, eran delirantes. La disección de lo humano es un banquete para la inteligencia. ¡Debía reírme de mí misma! No tenía otra alternativa. Soy una mujer culta. Me defendí con mi carita sonriente como si fuera totonaca, aunque soy una maya; eso sí, profundamente mexicana. Dentro, un volcán de pasiones e ideas me consumía. Y cómo no. En un país criollo, mestizo, indígena, ladino, racista, clasista, de desigualdades que nos avergüenzan hasta hoy. Yo misma formo parte de la sociedad cómoda en el país, aun cuando critique esas injusticias sociales. Pero qué puedo hacer: no soy más que una escritora, ¿qué más se logra con la palabra escrita? Las revoluciones son de otra manera. Aunque sé, entiendo que leer cambia a las personas. Nos vuelve más cínicos para entender la realidad: nos hace reír.

Usted lo sabe bien porque reímos mucho juntos. Se acordará cuando, a iniciativa de la actriz Emma Teresa Armendáriz y su esposo, el director Rafael López Miarnau, me empeciné en el lenguaje teatral al escribir la farsa El eterno femenino. ¿Quién soy yo para cuestionar el trabajo enaltecedor de Elena Guiochins a su versión libre que sobre mí tiene en Prendida de las lámparas? En mi obra puse a dialogar a Carlota con sor Juana, a Josefa con La Malinche, y a la Adelita con Rosario de la Peña. Porque en el teatro, ¡todo se vale! Y más si somos mujeres las que escribimos de nosotras mismas. Las mujeres, usted sabe, no deberíamos más que ser cómplices contra los otros.

Sí, ya me contaron que los Guerra se pusieron exquisitos. Pero Elena Guiochins se puso a estudiar mi vida y obra como nadie de la familia. Guiochins ha ordenado el caos de mis palabras y las empotra para dar su mensaje: Rosario Castellanos es una persona de carne y hueso que rió y lloró, que se escudó en la intelectualidad porque al final de cuentas, siguiendo a Cortázar, “la risa ha cavado siempre más túneles que las lágrimas”. Crecí en un ambiente campirano y sexista, como en cualquier lugar de nuestro México, aun hoy, con todo y que ahora mando mensajes gracias a las nuevas tecnologías (¡todavía no aprendo a escribir en la computadora!). Soy de una clase media pretenciosa que quiso ser aristócrata. No me sirvieron los buenos modales, y menos aprender latín. Por eso me hice feminista. Por eso Elena Guiochins dibuja a la perfección los ambientes de mi educación. Por eso caí con el doctor De la Fuente. No me volví loca porque no hubo tiempo: desaparecí con la electricidad. Vivo en una luz carbonizada.

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Talentosa esta niña Guiochins. Cualquiera podría pensar que no respetó los cánones de la dramaturgia. Y acertaría (yo no me hubiera atrevido a tanto, soy más tradicional). Lo suyo es un entramado de mi vida, de tal manera que va y viene sobre mi pasado y presente, hasta convertirme en una figura que habla consigo misma, que se confronta, que cuestiona el hazmerreír de que fui objeto sin darme cuenta, hasta ahora, del ridículo que fui. Ya no me menosprecio, mi querido Raúl. Me he preguntado, con Prendida de las lámparas, qué le pasó a Rosario Castellanos. No me gustan las respuestas. Me gusta el resultado de esa obra: soy como un calidoscopio de ideas y atmósferas donde el lenguaje es la apuesta.

Me contaron que el montaje era de una hermosura luminosa. Ocres y amarillos, arena de mar o desierto, apenas tres sillas. Que el escenario se convirtió en una intimidad donde los espectadores eran parte del juego, sin escapatoria a la posibilidad de involucrarse emocional y racionalmente. Que las actrices trabajaron al compás del director y de sus propias sensaciones, sin traicionar la esencia del texto de Elena. Me dijeron que la dupla Lomnitz-Guiochins dio resultados estéticos de primera. ¡Sólo en equipo se hace buen teatro!

Yo, que solamente leí el texto, puedo decirle que es de un atrevimiento inaudito: ensamblar su lenguaje con textos estrictamente míos. Osada esa mujer. ¡Soy yo y no soy yo! El texto tiene un aliento poético durante toda la lectura. Me trae y me lleva a Comitán, a Jerusalén, a la ciudad de México… Va y viene con mis libros y mi vida, transformando mis propias palabras, en su habitación literaria, propia. En la obra el tiempo se pierde en mi historia de mujer: sobre la delicia fiel de no ser nada.
¡Qué bueno que me traicionó! Tenía usted razón mi querido Raúl: ¡poesía sí soy yo!

Cuando entran las voces anunciando aquel 7 de agosto de 1974, sentí la presencia de un coro anunciando mi tragedia. Tenía razón Jaime Sabines: “sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara”. Pero, querido Raúl: yo ya estaba muerta desde antes. Yo ya no era presente. Elena Guiochins me hizo futuro. Y no tengo palabras para agradecerle. Nunca más volveré a hablar mal de mí misma. Me rescaté. Dicen que me vi en esa mujer tan actriz y tan hermosa, Blanca Guerra: que resucité. Que ella delineó mi espíritu quebrado por el desamor. Que era su espejo. No puedo menos que agradecer a las actrices, Haydeé Boato y María Inés Pintado —espléndidas en mi ayer—, que se tomaron el tiempo al interpretar mi ser trémulo, mi lívida luz, mi destino en sus manos.

Oiga Raúl: dígales que no la maten sus críticos. Que aprendan a ver la renovación de la dramaturgia. Usted, que tan bien tradujo el libro de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, sabe lo que significa traicionar al autor para hacer su propia versión, en el lenguaje castellano. Ella, Elena Guiochins, reinterpretó mi estilo y convirtió mi vida en un acto de sanación. Dígale, grítele que estoy renacida gracias a ella y su obra.

Ya me voy. Me temo que ya me puse tiesa, demasiado seria. Por favor, no se ría tanto de mí…
¡Conteste por favor!
Su amiga Rosario

PD: Ay, acuérdese de la frase de Wilde en De profundis: “Yet each man kills / The thing he loves…”. Y la mía: “Matamos lo que amamos. Lo demás / no ha existido vivo nunca”.

Elena Guiochins lo comprendió.

Braulio Peralta. Editor y crítico de teatro.