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intriga

Rubem Fonseca,
El seminarista,
Cal y arena,
México, 2010, 172 pp.

Una rama de la literatura de Rubem Fonseca no quiere reflejar realidad alguna, ni dar testimonio de nada, ni denunciar las injusticias, ni las guerras ni la falta de ética hacia los otros ni a la Tierra; ni mucho menos anclar la visión del mundo que de su relato se desprende en referentes históricos o situaciones políticas. Fonseca echa mano de escenarios característicos de una ciudad brasileña, ecos provenientes de fuera y palabras compartidas porque la narración lo requiere, pero el verdadero interés de este autor es contar historias basadas en su propio, personalísimo, universo ficticio, como ocurre con el cine basado en el cine y no en la realidad. El seminarista, novela corta, pertenece a esta vertiente.

Así, el asiduo lector espera que en cada nueva entrega incrustada en este despeñadero fonsequiano de intriga epicúrea seguramente habrá un matón a sueldo que oficia con la misma naturalidad con que un cocinero hace “bacalao a la Gomes de Sá”; al menos una mujer con notables atributos para ser amada a fondo; y algún grupúsculo conspirador o velador de un secreto; también una línea argumental de género negro y, sobre todo, una andadura narrativa que avanza impetuosamente dejando tras de sí una sarta de imágenes poderosas y descarnadas que perduran con tenacidad en la memoria.

Hay en este relato de Fonseca una suerte de desaliño en el borbotón narrativo que lo erige. Desde el inicio la voz narradora, que pertenece al protagonista, se apodera de la batuta y plantea sus condiciones: aquí voy a contar cómo estuvo lo de Kirsten, Ziff, D.S., Sangre de Toro (los personajes cuyos asuntos entretejidos con la suerte del protagonista conforman el núcleo de la acción del relato), de tal manera que el modo de ver el mundo por parte de José (Zé, pa’ los cuates) que es el Especialista (por su destacada labor como matón a sueldo) y que, a su vez, es el “seminarista” del título de la novela (pues estuvo a punto de ser cura) impera a lo largo de la narración.
Contra el destino nadie la talla, dice el tango de Gardel. Y el destino del seminarista en esta narración es fatalmente circular. El relato consiste en el periplo que va de su retiro como asesino a sueldo a la carambola que lo lleva a retomar el oficio. El catalizador de la acción es la combinación de las delicias de un romance apasionado con la sed de venganza. El lector no se ve sorprendido con este retorno a las andanzas por parte del protagonista, pues quedan implícitas desde el comienzo; lo que de verdad fascina es la austeridad espiritual que lo motiva y el modo como desgrana sus experiencias, manías, gustos y repulsas.

Por ejemplo, cuando el seminarista enumera las características de su mujer ideal que, venturosamente, se ve encarnada en su “alemanita” (ánima perdurable de esta novela), o las caprichosas interrupciones de su relato cuando aquel consigna la elaboración del bacalao a la Gomes de Sá, platillo que sirven en su restaurante favorito, o la revelación que lo extasia al probar el sauekraut con brätwurst que le prepara su novia, acompañado de un tinto Spätburgunder (de paso, el relato enseña que de un tiempo a esta parte en Alemania han ido sustituyendo los vinos blancos por los tintos merced a las propiedades antioxidantes y anticancerígenas de estos últimos).
El seminarista de Rubem Fonseca se antoja idóneo para ser contado oralmente. La aparente ingenuidad de ciertos recursos con sus contradicciones y exceso de confianza que apelan a la credulidad y complicidad del “oyente” (la reaparición del “Despachador” que ya había sido ejecutado por el seminarista y que encima es el padre de la alemanita resulta truculenta, por ejemplo) le otorgan a la historia un dejo de espontaneidad socarrona que espera la reconvención.

Los latinajos emitidos a cada tanto por el protagonista —que hacen partícipes a Séneca, Cicerón, San Juan Crisóstomo…—, las menciones de varios poetas y escritores que forman parte de las pláticas íntimas de los enamorados en esta historia, así como detalles en apariencia fútiles —al protagonista le gusta el rock— completan a El seminarista como un divertimento fonsequiano para ser contado, un recio mosto que profetiza la sutileza de un tinto.

Noé Cárdenas. Escritor, editor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.