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En voz alta

Uribe

Sentado a la tosca mesa de cocina que me sirve de escritorio veo a mi izquierda una ventana de pared a pared, velada siempre por una cortina de gasa: afuera hay un patio insulso y, a cuatro metros de la mía, la ventana simétrica de los vecinos, también encortinada para brindarnos la mutua cortesía de la intimidad. Frente a mí, un clóset asimismo de un lado a otro de la pieza y además de suelo a techo sugiere, aunque sus puertas corredizas de madera estén ensombrecidas por un barniz mate, una hoja o más bien tres hojas en blanco. Esquinada entre la ventana y el clóset, una rústica mecedora aguarda con los brazos abiertos el instante caprichoso en que mi gata, hecha ovillo, soñará para mí que es musa. Mientras tanto, el vano de la puerta que rara vez cierro, a mi derecha, me deja mirar de reojo a un luminoso ventanal y, a lo lejos, el muro de una casa contigua sepultado por la hiedra y, detrás de ese torrente de verdes, la pirotecnia vegetal de un flamboyán en perpetua flor. Hacia acá de la puerta, una cajonera de pino da sostén a la impresora y a un atril de fierro en que descansa una canónica fotografía de Borges ya anciano, sonriente, ciego a ojos vistas, si el oxímoron vale, y con la zurda apoyada en un bastón: me gusta pensar que todo lo que hago le rinde homenaje, aun cuando esta idea se la deba no a él sino a mi no menos maestro Augusto Monterroso. Siento, por último, gravitar a mi espalda un librero copioso donde se van acumulando en consabido desorden los libros recientes, los libros útiles, los meros libros: uno de sus anaqueles, al alcance de mi mano si volteo apenas, aloja al Diccionario de uso del español de María Moliner, en que no se encuentra por cierto la muy borgesiana voz “oxímoron”. Así escribo.

Me abstengo, sin embargo, de escribir con un ojo puesto sin chistar en ese o en cualquier otro diccionario; a diferencia de algunos colegas prefiero que las palabras me vengan por sí mismas, y sólo corroboro su significado o su ortografía cuando al tenerlas ya en la punta de la pluma se antojan mentirosas. Pese a ser prosista, o quizá porque intento serlo, le otorgo valor supremo al sonido; me sé capaz de alterar el tiempo de un verbo, los matices de un adjetivo e incluso el nombre de un personaje con tal de que cierta frase sorda suene mejor. Y no estoy hablando de prosa poética ni mucho menos de poesía en prosa, subgéneros literarios que se me traban en la lengua y suelen parecerme desabridos. Hablo de prosa nada más prosa, como la quería Flaubert. De escribir en voz alta. De evitar redundancias y cacofonías y rimas inadvertidas e involuntarios versos, según espero haber hecho en los dos párrafos que llevo escritos hasta aquí.

El austrohúngaro Erich Weisz, mejor conocido como el estadunidense Harry Houdini, era un maestro en el arte de meterse en aprietos. “La celda acuática de tortura china” y “El tanque de leche”, sus dos actos más célebres, consistían diversamente en ponerle grilletes en los pies, colgarlo boca abajo, meterlo en una jaula cerrada con llave y sumergirlo hasta el fondo de una pileta llena de agua. Houdini tenía sólo tres minutos para escapar de esa ardua serie de trampas autoimpuestas, o bien morir. Sin el dramatismo ni por fortuna el peligro implícitos en tamaño espectáculo, yo al emprender cada libro, y cada parte de un libro, y cada página de cada parte, me enjaulo en una trama de reglas asumidas por mi propia voluntad. La premisa de mis restricciones deliberadas es que el párrafo debe ser a la prosa lo que la estrofa a la poesía. De ahí se derivan sencillas ordenanzas de composición, al estilo de: no emplear el punto y coma (o sí, según el caso), no repetir ningún verbo ni adverbio ni sustantivo ni sobre todo adjetivo (salvo cuando haga falta), no incluir el término definido en la definición (para respetar un precepto de la filosofía clásica), no repetir el ritmo ni la longitud ni la estructura de las frases sucesivas (aunque en ocasiones puede resultar interesante), no concluir siempre con palabras acentuadas en la misma sílaba (a no ser que se desee destantear al lector perspicaz), no abusar de los paréntesis (como hago ahora) y tantos otros mandamientos parrafales (por lo común negativos, a imagen y semejanza de los diez del Monte Sinaí) cuantos convengan a un texto en particular. Si se trata de una narración, hay que pensar además en el trazo de los personajes, en los límites precisos (o no) al punto de vista del narrador (o de los narradores), etcétera. Borges (otra vuelta Borges) dijo que con la edad había reemplazado las doctrinas estéticas por ciertas mañas literarias. Temo que ya alcancé esa edad. Una de las muchas diferencias esenciales entre mi oficio y el del escapista es que yo no tengo prisa.

Tampoco sé cuántas de mis manías obedecen al hecho atávico de que escribo a mano. Con un bolígrafo de los más corrientes, que en el siglo pasado se llamaban “plumas de a peso”. En hojas sueltas de papel blanco y sin rayas que sólo ennegrezco por una cara. La verdad es que paso mucho más tiempo fantaseando —mientras miro a mi gata ovillada en la musadora o a las hojas inéditas del clóset o a las inalcanzables flores del flamboyán— que escribiendo. La verdad es que sólo empiezo a escapar de mi jaula voluntaria cuando por fin llega el día de transcribir los párrafos a la computadora. La verdad es que me gusta menos escribir que haber escrito. Y entonces, ya fuera del tanque de agua y envuelto en una muda de ropa seca, morosamente corregir.

Álvaro Uribe. Escritor. Entre sus libros: Recordatorio de Federico Gamboa y Expediente del atentado.