Ayer y hoy
El siglo XX de México empieza en 1910 con una rebelión política. Termina en el año 2000 con una elección democrática. Curiosa simetría: el siglo empieza con la revuelta de Francisco I. Madero contra la última reelección de Porfirio Díaz. Termina con la primera elección que hace posible lo que Madero quería: la alternancia pacífica en el poder por decisión de los votantes, no del gobierno.

revolución

En el año 2000 México tiene el mismo territorio que en 1910, cuando celebra el centenario de su Independencia. Pero su dimensión humana y su intimidad cultural son muy distintas. En 1910 México tenía sólo 15 millones de habitantes, de los cuales siete millones eran analfabetas y seis millones indígenas monolingües. Había una lengua dominante, el español, pero no una lengua común. El país que celebró el centenario de su Independencia en 1910 era todavía una asamblea de naciones: un territorio de Babel. Al terminar el siglo XX México es una nación de 98 millones de habitantes, de los cuales sólo un millón son indígenas monolingües. En 90 años se ha creado una abrumadora mayoría de hablantes del español “vicioso y bárbaro” que practica la república. El primer diccionario profesional de esta lengua universal y propia, el diccionario del español que se habla en México, no empezó a construirse sino en 1973, siglo y medio después del nacimiento de la nación. El 90% de los mexicanos del siglo XX han “nacido en el español”, nos recuerda Luis Fernando Lara, director de esta obra notable. Es un porcentaje mayor que el de los nacidos “en el español” durante el siglo XIX, y mucho mayor que el de los nacidos en ese idioma durante los siglos novohispanos, donde el español era lengua de la minoría.

Llamar mexicanos a los habitantes de la Nueva España es una licencia de lenguaje. México no era entonces sino el nombre de un país posible en busca de su forma. El país de 1810 era un gigante territorial y un enano cultural y demográfico: una aglomeración de etnias monolingües, con una minoría rectora hispanohablante. Lo mismo puede decirse del país independiente del siglo XIX: un islote criollo a la cabeza de un archipiélago indígena.

En 1864, Francisco Pimentel, dibuja los dos mundos:

El primero habla castellano y francés; el segundo tiene más de cien idiomas diferentes en que da a conocer sus ideas. El blanco es católico o indiferente; el indio es idólatra. El blanco es propietario, el indio proletario. El blanco es rico; el indio pobre, miserable. Los descendientes de los españoles están al alcance de todos los conocimientos del siglo, y de todos los descubrimientos científicos; el indio todo lo ignora. El blanco viste conforme a los figurines de París y usa las más ricas telas; el indio anda casi desnudo. El blanco vive en las ciudades, en magnificas casas; el indio aislado en los campos, y su habitación son miserables chozas. Éste es el contraste que presenta México: ¡con razón dijo Humboldt que era el país de la desigualdad! Hay dos pueblos diferentes en el mismo terreno; pero lo que es peor, dos pueblos hasta cierto punto enemigos.1

¿Cómo se construye a partir de esos mundos separados una nacionalidad? Este es el hecho central de la historia simbólica de México.

El edificio empieza en el patriotismo criollo, la revuelta cultural de los nacidos en suelo americano contra los privilegios de las comunidades peninsulares de la Nueva España. El patriotismo criollo, a través de sus grandes autores (Carlos de Sigüenza y Góngora, fray Servando Teresa de Mier, Francisco Xavier Clavijero), crea la idea de una “nación mexicana” anterior al dominio español. Cuatro son las señas de identidad de esa nación originaria, inventada por los criollos durante la Colonia: la exaltación del pasado azteca, la denigración de la Conquista, el resentimiento contra los “gachupines” y la devoción por la virgen de Guadalupe.2 Es un molde estrecho para lidiar con la realidad étnica del país que se hará independiente en 1821. El patriotismo criollo se enorgullece del pasado indígena, lo ve como un legado clásico, pero no puede incluir en él al indio vivo, el indio de todos los días, ni verlo como su igual. Lo ve, de hecho, como un ser inferior y como una amenaza. Las mayorías indígenas del país independiente se alzan una y otra vez en revueltas que recuerdan a sus minorías rectoras que el país no sólo es diverso, sino antagónico. La parte indígena amenaza a su parte no indígena; la parte no indígena desprecia y oprime a la indígena.

La república liberal, triunfante en el gobierno del país a partir de 1867, tiene también márgenes estrechos para lidiar con la Babel indígena. Los liberales ven en los indios una promesa constantemente cumplida de guerra racial. También, un lastre en el camino a la civilización. ¡Lo que llegan a decir los liberales sobre los indios, la mayoría absoluta del país! El constituyente de 1822 pide que no se mencione más a la raza indígena en los actos públicos. Lorenzo de Zavala propone imitar a Estados Unidos y hacerlos “salir del territorio de la república” para ponerlos en reservas, como ha hecho el vecino del norte, modelo de la naciente república del sur. Justo Sierra O’Reilly quiere expulsar a los mayas de Yucatán pues los juzga incapaces de “amalgamarse”, con el resto de la sociedad, es decir, con la minoría blanca que gobierna señorialmente la península. Mariano Otero cree que los indios, en su “estado semisalvaje”, “apenas pueden considerarse parte de la sociedad”. José María Luis Mora no ve en aquella mayoría sino los “cortos y envilecidos restos de la antigua población mexicana”. En el constituyente de 1857, el liberal Eduardo Ruiz exclama: “¡En vano hemos abierto la puerta de la civilización a los indios!”. El indio es para Guillermo Prieto “una criatura más terrible que el salvaje”, y “una planta parásita” para Orozco y Berra. En 1913, dice Querido Moheno: “El elemento indio es un permanente obstáculo al progreso”.3

revolución2

Pero el país es mayoritariamente indígena. Su diversidad racial no cabe ni en los moldes del patriotismo criollo ni en los de la modernidad liberal. Imposible imaginar la nación a partir de esas coordenadas. Imposible, entonces, imaginar la nación. Tiempos informes. Las comunidades campesinas, en lo esencial indígenas, “están fuera de la vida nacional”, recuerda Jean Meyer. “No conocen el gobierno del Estado o la Nación: se alzan para defender sus tierras y su autonomía, lo cual representa un intolerable desafío para el orden constitucional”.4

Las elites de la segunda mitad del XIX buscan afanosamente al sujeto nacional, el tipo humano capaz de encarnar la peculiaridad mexicana en una nación de elites blancas y masas indígenas. Buscan y encuentran. El eslabón perdido que empieza a unir ambos mundos es la noción de mestizo, una respuesta a la división racial que se abre paso en algunas de las mayores cabezas de la segunda mitad del siglo XIX: Francisco Pimentel, Vicente Riva Palacio, Gabino Barreda, Ignacio Ramírez, Justo Sierra, Francisco Bulnes, precursores todos de la idea del mestizo como heredero cabal de la nación.

El mestizo, considerado hasta entonces fundamentalmente como un bastardo, ser extraño y desconfiable, más próximo y más leal al mundo indígena que al mundo blanco, empieza a ser visto como un híbrido original, una cruza de virtudes más que de defectos. La elegía intelectual de este anfibio astuto y resistente culmina en el libro canónico de Andrés Molina Enríquez, Los grandes problemas nacionales, publicado en 1909, un año antes del centenario de la Independencia, un año antes, también, del estallido de la Revolución mexicana.5

La sombra de la revolución que empieza en 1910, con la rebelión de Madero, ocupará largas décadas del siglo XX. Convertirá aquella ocurrencia del mestizaje, variante nativa del darwinismo social, en la pieza clave de una ingeniería simbólica de dimensiones enormes, a la vez una catarsis colectiva, una mitología institucional, una épica de Estado, un pilar del nacionalismo revolucionario: la matriz de la mexicanidad.

La transformación se cumple en la molienda anónima del mito. Donde los autores porfirianos han dicho mestizo, la revolución del siglo XX dirá mexicano. Y el Estado, la escuela laica, el discurso revolucionario, los muros públicos, la radio, el cine, la televisión, convertirán poco a poco aquella ocurrencia simbólica en la seña de identidad de la nación. De modo que al patriotismo criollo sigue el liberalismo, que da paso al positivismo que da paso al darwinismo local que inventa al mestizo que es el corazón del nacionalismo que convierte al mestizo en mexicano y al mexicano en suma íntima y pública de la nación.

Las últimas décadas del siglo XX sorprenden a una nación culturalmente lograda desde el punto de vista de su nacionalidad: ha creado en la mayoría de sus habitantes esa segunda naturaleza que es sentirse, saberse, enorgullecerse mexicano. Sonrisa de Sísifo. Empieza entonces el proceso histórico inverso. Durante la última parte del siglo, el juego de la diversidad desafía y diluye, uno a uno, los rasgos de identidad del nacionalismo dominante. La vida democrática de las últimas décadas del siglo XX subraya las diferencias más que las semejanzas, remite a los mexicanos a una doble cavilación frente al futuro: la de su diversidad interna, cuyo eje es una nueva maduración regional, y la de la globalización externa, cuyo eje es la integración a Norteamérica. México se descubre a sí mismo más plural de lo que se creía, y menos distante de lo que deseaba de su excesivo rival histórico, los Estados Unidos de América.6

Los hechos demográficos son reveladores. En 1910 México tiene 15 millones de habitantes. Estados Unidos 92 millones. Demográficamente, en ese año México es la séptima parte de Estados Unidos. En el año 2010 México tiene 108 millones de habitantes. Estados Unidos 309. La población estadunidense ya no es siete sino sólo tres veces mayor que la de México. Hay 30 millones de mexicanos viviendo en el otro lado de la frontera (incluyendo nueve millones que nacieron allá), seis de ellos como trabajadores ilegales.

revolución3

El México de 1910 es un país oprimido territorialmente por Estados Unidos, el vecino pujante que empieza a ser una potencia mundial. En 1909, bajo la sombra de aquella inferioridad, Molina Enríquez sueña un triunfo genésico sobre aquel vecino, el triunfo del “mercado libre de la carne” de México, donde Molina ve incubarse la especie resistente del mestizo.7 Escribe Molina Enríquez:

Los jornaleros mexicanos, a pesar de su desgraciada condición actual, son más fuertes que los norteamericanos, supuesto que son llamados a Estados Unidos. Al producir México una gran población, es seguro que enviará a la población inferior de Estados Unidos una enorme cantidad de unidades que minarán la solidez de ese país, porque sin afinidades con la raza norteamericana no se confundirán con ella. Podrá decirse que el llamado de los jornaleros mexicanos no significa excesos de fuerza, sino falta de necesidades; pues bien, esa falta de necesidades, esa posibilidad de vida con poco gasto y poco dinero, es, en materia de jornal, una fuerza.8

Fue ésta la profecía que el profesor de Harvard, Samuel Huntington, creyó ver cumplirse en su país cien años después de que la enunciara Andrés Molina Enríquez, a principios del siglo XXI. En su libro Who Are We?: The Challenges to American Identity, Huntington advirtió la posible licuefacción de una cultura superior por la expansión de otra, más simple y resistente, tal como había sugerido Molina Enríquez.

29 millones de mexicanos viven y trabajan hoy en Estados Unidos, el país-continente que no existía en 1810. En 1810 Estados Unidos tenía más o menos la misma población de México, no era más que un puñado de aldeas-estado apiñadas en la costa atlántica de la alta América del Norte. México es hoy también, a su manera, un país-continente. Su dimensión humana se ha multiplicado, lo mismo que sus potencialidades. Entre 1991 y 2010, por ejemplo, el “mercado libre de la carne” de que hablaba Molina Enríquez echó al mundo tantos mexicanos como había en 1910. El país rural de 1910 ha quedado atrás, no es ya el corazón sino la periferia del enorme país urbano llamado México, un país que está diciendo adiós a sus viejas coordenadas nacionales y anda en busca de su nueva forma, de una nueva identidad como país moderno, más global, más norteamericano y más regional que nunca.

Ida y vuelta

La sombra del nacionalismo revolucionario cubre el siglo XX de México. Dos terceras partes del siglo se dedican a construir esa identidad: un solo coctel de régimen político, cultura oficial, educación pública y cultura popular. El siguiente cuarto de siglo se dedica a desmontarla. Apunto algunos rasgos de ambos momentos: ida y vuelta, identidades y diferencias.

Identidades

En el principio fue el año de 1910, la frontera llena de conspiradores, los primeros gritos maderistas lanzados en la silenciosa noche de los pueblos y ciudades norteñas. En el ambiente flota una presencia ominosa, todo aquello que las fiestas del centenario no incluyeron sino como un remoto folclor: los hombres oscuros de los campos, los jinetes serranos del norte, los inflamables obreros de las minas, todo lo que la mano dura porfiriana mantuvo silencioso y en orden hasta que el maderismo lo hizo moverse.

Antes de salir para el exilio, Porfirio Díaz comenta: “Han soltado un tigre”. En los años siguientes el país asistirá al espectáculo, cruento y avasallador, de ese tigre suelto. Su primera víctima célebre será Madero, derrocado y ejecutado en 1913, y luego cada uno de los que intentan domeñarlo hasta 1928, en que cae el general invicto, Álvaro Obregón.

revolución4

En revuelta por el golpe de Estado contra Madero, a partir de 1913 los ejércitos revolucionarios ocupan todo el ámbito visual. A bordo de sus trenes abigarrados, en largas columnas de caballería o en pequeñas partidas transitan el país. Son un paisaje que se yergue lleno de vigor, colorido y poder destructivo, ahí donde antes había sólo una línea pacífica. El espectáculo es total. El país y sus miserias, sus gentes anónimas, sus ambiciones y esperanzas, asoman en un oleaje inesperado. Miles de hombres salen de sus pueblos —a los que de otro modo hubieran quedado confinados— y aprenden por sí mismos lo que antes sabían de oídas, que el país al que pertenecen es una vasta extensión geográfica, que pueden caminar por él y hacerlo suyo.

Esta aparición de un mundo áspero, sorprendente y vigoroso es la emoción colectiva de la que brotan después los lugares comunes del nacionalismo revolucionario. La mexicanidad queda adherida a la fuerza visual de aquellas visiones multitudinarias: el vivac, la soldadera, el soldado de cananas terciadas, el campesino en armas. De ahí viene el arsenal de tipos humanos del muralismo y de la novela de la Revolución, las figuras que terminan dando rostro y facha a la palabra pueblo.

En la ocupación del paisaje por las tropas de la revolución queda viva la sensación de que México es una entidad tangible, con fisonomía y aspiraciones propias. Es la experiencia que daría fuerza al nuevo nacionalismo laico y popular, ése que luego de ser machacado en discursos patrios y recitales escolares, poemas, canciones, programas de radio y películas, termina generando una ontología, una filosofía de lo mexicano, que empieza en Samuel Ramos (El perfil del hombre y la cultura en México, 1936) y culmina en Octavio Paz (El laberinto de la soledad, 1947), una sucesión de máscaras en cuyo último reducto está escondido un hombre, con toda su historia a cuestas, cuajada al fin en un alma propia e irrepetible.

Los afluentes de la construcción son múltiples pero están asociados todos, en mayor o menor medida, a la acción cultural, educativa y cívica del Estado, así como, desde luego, al ejercicio de su poder político sobre el territorio y sobre la sociedad. Los revolucionarios triunfantes doman militarmente al país y centralizan las decisiones en el gobierno; desde ahí moldean a la sociedad mediante la organización corporativa de sus sectores clave, llámense obreros, campesinos, empresarios o profesionistas.

Un afluente clave es el indigenismo, diseñado como una estrategia para diluir al indígena en el cuerpo de la nación. El indigenismo oficial nace con los primeros gobiernos de la Revolución. Su libro fundador, Forjando patria, de Manuel Gamio, es de 1917. Su idea inspiradora —que en gran medida pervive hasta hoy, pese a sus radicales cambios de la perspectiva indigenista a partir de la década de los setenta— es atender al indígena para que deje de ser indígena, para incorporarlo a la nacionalidad mexicana y a la cultura occidental. La divisa es desindigenizar mexicanizando y viceversa: mexicanizar indianizándose. Prescribe Manuel Gamio: Para incorporar al indio no pretendamos europeizarlo de golpe; por el contrario, indianicémonos nosotros un tanto, para presentarle, ya diluida en la suya, nuestra civilización, que entonces no encontrará exótica, cruel, amarga e incomprensible. Naturalmente que no debe exagerarse a un extremo ridículo el acercamiento al indio.9

Otro afluente clave es la educación, en su matriz de misión evangelizadora y fundación espiritual, encarnada por José Vasconcelos, quien puso en los años veinte, como secretario del ramo del presidente Obregón, los cimientos de una política de Estado que cruza todo el siglo y que puede resumirse, en palabras de José Joaquín Blanco, como la “creación de un espacio cultural en el que cupieran sin violencia todos los habitantes del país”.10

El despliegue cultural desde el Estado crea y ocupa espacios en todos los ámbitos de la cultura, en las artes cultas y en las populares, en la música y en los libros, en el aula y en los muros públicos que el gobierno entrega a los pintores para que inventen en sus murales la historia revolucionaria de la nación. El resultado es una sombra de nacionalismo cultural cuyo amplio espectro cubre las décadas siguientes con suave mano de hierro, como señala Enrique Florescano:

Los creadores dejan de sentirse atraídos por las metrópolis europeas y se vuelcan hacia la nación. En contraste con la generación del Ateneo de la Juventud, encandilada por la flama cultural que venía de la Antigüedad clásica, la formada de 1917 en adelante se inclina sobre los legados mexicanos en la medida en que éstos son rescatados por el Estado y vinculados con su política de integración nacional.11

El afluente central del horizonte nacionalista es, desde luego, la construcción misma del Estado. Incluye la derrota de tres rebeliones militares con sus respectivas purgas (1923, 1927, 1929), el magnicidio de Álvaro Obregón (1928), una rebelión religiosa campesina (1926-1929) y la formación de un partido que reúne las diferencias de la Familia Revolucionaria en una asamblea de notables con tropas, clientelas y pistolas: el Partido Nacional Revolucionario (1929).

revolución5

Cuando a fines de la década de los veinte el gran superviviente de las purgas, el llamado Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, vislumbra los componentes básicos de la maquinaria que va surgiendo de sus órdenes y sus transacciones, la mexicanidad y la nación son introducidas al discurso público como última instancia de toda conducta: México como sustrato y como finalidad de toda acción. México como una tierra ajena a “doctrinas exóticas”, según la perdurable expresión del propio Calles.

Las palabras México, nación, mexicanidad, revolución y régimen se vuelven términos intercambiables en el corazón del nacionalismo revolucionario.

En esos años la Revolución deja de ser un hecho del pasado para volverse una promesa de futuro. El mecanismo es gradual pero efectivo: saca del pasado la ideas de la Revolución y la proyecta hacia el futuro, hasta convertirla en la culminación de la historia toda de México.12 Para Álvaro Obregón, que gobierna entre 1921 y 1924, la “Revolución” consiste escuetamente en el hecho armado. El gobierno no es su encarnación ni su heredero, es simplemente su secuela. De hecho, Obregón no quiere acordarse de la Revolución, pesadilla reciente. Quiere que todos, en especial los militares, se olviden de ella. Con el presidente Calles (1924-1928) el rumbo cambia. Calles no considera, como Obregón, que hay una “dicotomía entre el movimiento revolucionario y el gobierno”, explica el historiador Guillermo Palacios. El “periodo bélico” será en adelante “sólo una etapa de la lucha”, “la más fácil y sencilla de hacer”, como dice Calles en su último informe de gobierno, ya que “la Revolución, generosa y dignificadora, está siempre en marcha”.

El presidente Calles descubre el futuro de la Revolución. Su sucesor y exiliador, el presidente Lázaro Cárdenas, le otorga rasgos de perpetuidad, pues a la noción de etapas sucesivas agrega la de tareas interminables. Dice Cárdenas, en el último año de su gobierno:

La Revolución Mexicana no puede detenerse en su marcha progresista. Su acción no ha terminado. A unos les tocó iniciar y desarrollar el movimiento armado y sentar las bases fundamentales de nuestro futuro; a otros poner en acción las nuevas doctrinas organizando los distintos factores de ejecución que nos permitieran caminar al éxito y a nosotros resolver problemas que influyen en el proceso de nuestra vida social y que han de ayudar a perfeccionar nuestro régimen institucional.

Es así como la Revolución sobrevive “a sus artífices y a sus dirigentes ocasionales”, dice Palacios. “Como hecho histórico fue el pasado, como acción progresista es el presente, como beneficio colectivo es el futuro destinado a las nuevas generaciones”.13

Tenemos entonces un discurso oficial de larga sombra: una tradición revolucionaria, un presente progresista, un futuro de revolución permanente. El siguiente paso fue convertir la Revolución mexicana en la página culminante de la historia de la nación. La idea oficial de la nación como depositaría de un legado único, armónico, progresivo, se inicia quizá con el presidente Ávila Camacho (1940-1946), el presidente sucesor de Cárdenas. Al aliento polémico y revolucionario del cardenismo, Ávila Camacho opone la visión de una historia llena de logros.

“Quien reflexione sin prejuicios”, dice en su discurso de toma de posesión como presidente, “llegará a la conclusión de que la Revolución Mexicana ha sido un movimiento social guiado por la justicia histórica que ha logrado conquistar para el pueblo una por una sus reivindicaciones esenciales”. De modo que a la independencia política lograda en 1810 y a la consolidación ideológica de la Reforma lograda en la Constitución de 1857, la Revolución añade ahora el logro de las “reivindicaciones esenciales” del pueblo.

Al final de ese discurso, Ávila Camacho propone una visión de la historia de la nación ya no como lucha revolucionaria sino como herencia de concordia: “Pido con todas las fuerzas de mi espíritu a todos los mexicanos patriotas, a todo el pueblo, que nos mantengamos unidos, desterrando toda intolerancia, todo odio estéril, en esta cruzada constructiva de fraternidad y de grandeza nacionales”.

La noción de unidad nacional fue el odre donde empezó a añejarse la visión de la historia de México como un tesoro del pasado que debía visitarse con orgullo en el presente. El presidente Ruiz Cortines (1952-1958) hizo beber de ese vino a sus escuchas durante toda su gira electoral. Para entonces, la Unidad Nacional se había convertido en Patria (“Para la Revolución, la Patria es una”) y la noción callista de futuro en Destino (“Tengo fe inquebrantable y apasionada en los altos destinos de México”).14

Hay una lógica entre sentirse heredero de una tradición gloriosa y señalar a los réprobos que introducen en ella notas disonantes. Ante las huelgas de maestros, ferrocarrileros y estudiantes de fines de su gobierno, dice Ruiz Cortines:

La Nación entera ha condenado esos hechos. Muy a mi pesar, pero con toda entereza debo decirlo: en caso de que esas situaciones se repitieren, el Gobierno las reprimirá con máxima energía, salvando el afán de todos los mexicanos.

Algo parecido dijo Díaz Ordaz a los estudiantes que protestan contra su gobierno en el 68:

revolución6

Ahora bien, en la alternativa de escoger entre el respeto a los principios esenciales en que se sustenta toda nuestra organización política, económica y social, y las conveniencias transitorias de aparecer personalmente accesible y generoso, la decisión no admite duda alguna y está tomada: defenderé los principios y arrostro las consecuencias. Lo que sea nuestro deber hacer, lo haremos; hasta donde estemos obligados a llegar, llegaremos.

La noche del 2 de octubre 1968 el presidente arrostró las consecuencias, su gobierno hizo reprimir un mitin de estudiantes justamente en la Plaza de Tlatelolco que sintetiza las tres culturas del legado de la nación y puso fin al consenso político y cultural de la nación, tan laboriosa y eficazmente construido en las décadas de gloria de la Revolución mexicana.

 

Diferencias

1968 es la fecha en que las nuevas clases medias creadas por el régimen revolucionario rompen con él. Chocan los hijos de la modernización —los estudiantes universitarios de la capital— con el símbolo mayor de la Revolución institucionalizada: el presidente de la República. Se abre entre la sociedad y el gobierno una fisura moral que no cesará de manifestarse desde entonces.

A partir de los años setenta van erosionándose otros afluentes del nacionalismo fundado en los veinte: el indigenismo muda de paradigma. Abandona la idea de integración a favor de la defensa multicultural de las identidades étnicas. Aires cosmopolitas asaltan las artes: rechazan el muralismo, dicen adiós a la novela costumbrista; liman la credibilidad del discurso público que habla de un pasado revolucionario, agrario y popular en un ágora cada vez más urbana, educada y cosmopolita. La educación pública ha alfabetizado a un país de 35 millones de habitantes, pero es un estanque inmóvil, una red burocrática enorme pero sin el ethos original de misión y grandeza. Empieza a ser ya lo que Gilberto Guevara Niebla resumirá en los noventa como una “catástrofe silenciosa”.15

Queda la costumbre estatal de invertir en cultura. Proliferan museos, festivales, bibliotecas, orquestas, editoriales, medios electrónicos oficiales. Pero el mensaje de novedad nacional se ha ido. Las burocracias son cada vez mayores, los presupuestos crecen, pero se ejercen más como expedientes de clientelismo cultural que como instrumentos de una cruzada creadora.

Al terminar los ochenta es ya perceptible el rostro de un cambio mayúsculo. En 1986, escribe el historiador Luis González y González:

Todo presente da la impresión de ser ruptura del pasado, pero el actual quizá no sea un presente típico, pues presenta cuarteaduras extraordinarias. […] Desde mediados del presente siglo se percibe la decrepitud galopante de las creencias y las costumbres de la modernidad y el asomo de algo todavía sin nombre. Vivimos entre las ruinas de una cultura y la obra en construcción de otra.16

revolución7

El responso de Luis González anuncia el término de la sociedad de base rural: preindustrial, católica, preservada en mosaicos regionales por la desarticulación territorial de las costumbres y los mercados. Reconoce la presencia del México urbano, sus clases medias, sus burguesías liberales, y las muchedumbres que dejan sus pueblos y se hacinan en las ciudades sin arraigo ni nostalgia del México viejo. Su nuevo referente de identidad son los medios masivos de comunicación, que cubren el nuevo territorio con el mismo vaho de expectativas y consumos. En 1790 sólo ocho de cada 100 mexicanos viven en ciudades. En 1900, 28 de cada 100. En 1980, 66 de cada 100. En el año 2000, siete de cada 10 mexicanos viven en ciudades mayores de 15 mil habitantes. En 1982 se inaugura la Red Nacional de Estaciones Terrenas, que garantiza la recepción de la señal del Canal 2 de la empresa Televisa en toda la República: 20 millones de espectadores.

Ningún medio anterior de comunicación —el ferrocarril o el telégrafo, las carreteras o la radio, el teléfono o el cine— tiene un efecto tan integrador de la conciencia mexicana como la televisión. Es el mayor cambio cultural de la segunda mitad del siglo XX. Rompe el aislamiento de pueblos y regiones entre sí, y de México con el mundo. Desplaza al cine como surtidor de la mitología popular, establece nuevos patrones de consumo y entretenimiento, instaura una pedagogía sentimental de su propia invención, un nuevo contenido del ocio y un repertorio común de símbolos, valores, modas, prestigios, mitos, celebridades. Es el síntoma y el instrumento de la nueva sociedad urbana. Precaria o consumista, el tamaño de esa nueva sociedad urbana es mayor que lo que miden sus indicadores económicos. Su longitud es la de la ciudad futura, el rumor de la muchedumbre arrojada al mundo inhóspito pero abierto de la urbe. Son los habitantes del país que viene diciendo adiós al México rural en cuyo rostro legendario la nación se ha reconocido por siglos.

El mestizo urbano de los veinte y treinta es el “peladito” mexicano que encarna Cantinflas, un buscón cuyo disfraz es la glosolalia y cuya ética es la sobrevivencia en un mundo de corruptelas, hipocresías y solemnidades. En los ochenta el mestizo urbano es ya una muchedumbre que atesta las ciudades, un ejército de citadinos de primera generación cuya unidad popular es el Naco: molécula intercambiable de la ubicua y anónima “Naquiza”, como la bautiza su cronista, Carlos Monsiváis.17 La Naquiza es el mestizo vuelto masa urbana, habitante de ciudades cuya salvaje expansión todavía tiene mucho de campo pavimentado.

Hay el México urbano popular de la Naquiza, y hay el México urbano de las clases medias emergentes. Ambas forman ya a finales de los ochenta un verdadero “nuevo pueblo”, el más joven y el de mayor escolaridad de la historia de México.18 La moda infantil y juvenil gobierna en los ochenta el negocio de la música y la mitología popular. Ídolos, shows, concursos y auditorios, proponen como modelo deseable una juventud internacional, laica, precozmente sexual y precozmente consumidora, escolarizada, desenfadada, “moderna”. Pero sólo una parte de los millones de jóvenes que tocan la puerta de aquel presente mexicano comparten con sus modelos televisivos ese destino triunfal. La inmensa mayoría no encuentra a su alrededor otra cosa que estancamiento, pues no son ya los hijos del Milagro Mexicano, como la generación del 68, sino los hijos de La Crisis, metáfora ominosa y hecho recurrente que dominará las últimas décadas del siglo.

La Crisis está hecha de varias crisis: la crisis del 76, la crisis del 82, la crisis del 87, la crisis del 95. El rasgo común a todas ellas es que son crisis de finanzas públicas: errores de política económica por dispendio fiscal, imprudencia o megalomanía financiera. Cada crisis separa un poco más a la sociedad de los gobiernos priistas y a los gobiernos priistas del poder. La Crisis es la pareja de la transición democrática. La nueva sociedad cobra en las urnas los errores de los “gobiernos de la Revolución”. La épica del nacionalismo revolucionario se diluye en un horizonte de crítica pública cuya tierra prometida es la Democracia y cuya pieza de caza mayor es el Dinosaurio priista.

Fin de siglo, fin de época

A partir de la conquista española en 1521, las grandes transformaciones de México han sido cuatro: 1. El proceso de colonización de los siglos XVI y XVII donde empieza a existir la nación mexicana. 2. Las reformas borbónicas del siglo XVIII, que desembocan en la Independencia nacional de 1821, luego del derrumbe del imperio español en América. 3. La reforma liberal del XIX que tardó en imponerse medio siglo. 4. La Revolución mexicana de 1910, cuya sombra cubre la mayor parte del XX.

A partir de la crisis económica de 1982, gran crisis de finanzas públicas luego de la promesa del auge petrolero, empieza una quinta transformación de largo alcance que llega hasta nuestros días. Hasta el momento de su crisis postpetrolera de los ochenta, México presenta buenas credenciales de estabilidad y desarrollo. Es un caso exitoso de los crecimientos basados en la sustitución de importaciones, el proteccionismo comercial y el intervencionismo del Estado, que empiezan a desarrollarse en América Latina en los años cuarenta, bajo el paraguas de la Segunda Guerra. A partir de los años setenta cambian las condiciones. Los países deben responder a nuevas condiciones de globalización tecnológica y comercial. Se impone una lógica mundial de grandes bloques económicos que revienta fronteras nacionales y economías planificadas. El reacomodo tiene profundas consecuencias. La mayor de ellas es la rendición del mundo socialista en 1989.

México se ajusta también a los desafíos de la hora. La crisis de la deuda externa de 1981-1982 tiene un efecto irreversible sobre las finanzas públicas. Hasta ese año, casi todo en México está subsidiado y protegido de la competencia: la cultura y la industria, la política y el mercado. La quiebra de las finanzas públicas en ese momento significa no sólo una crisis económica, sino el fin de un régimen político. La clase gobernante del país tiene que plantearse lo que llama entonces un “cambio estructural”. Debe reducir los subsidios y el proteccionismo, achicar el Estado, abrir la economía a la competencia internacional. El “cambio estructural” tiene un ritmo gradual durante el gobierno de Miguel de la Madrid (1982-1988) y un ritmo acelerado en el de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Ambos gobiernos hablan sobre todo de cambios en la economía. No quieren desmontar el aparato político en que están parados, ni entregar el poder, sino hacer viable la economía en el nuevo contexto internacional. Pero conforme el “cambio estructural” avanza, la estructura corporativa del régimen posrevolucionario recibe heridas de muerte. La reforma liberalizadora desafía la cultura política del “nacionalismo revolucionario”. Según esa cultura, vigente durante la era del PRI, México es:

revolución8

Un país laico que mantiene a la iglesia católica fuera de la vida pública. Un país agrarista que reparte tierra a los campesinos, protege el ejido y limita la expansión de la propiedad privada en el campo. Un país sindicalista que apoya la organización sindical de los trabajadores y la defensa de sus derechos laborales. Un país nacionalista que contiene la influencia de su adversario histórico, Estados Unidos. Un país estatista donde el Estado garantiza el equilibrio social mediante el reparto corporativo de protecciones y subsidios. Para lograr esos propósitos, el Estado es también dueño y administrador único de los bienes mayores de la nación: el petróleo, la electricidad, los bancos, los teléfonos, las aerolíneas, los ingenios azucareros.

El “cambio estructural” iniciado en 1982 desafía cada una de esas certezas. Le dice al país laico que la Iglesia debe recobrar sus derechos públicos. Le dice al país agrarista que el reparto agrario y el ejido deben llegar a su fin para permitir la inversión en el campo. Le dice al país sindicalista que la productividad del país está reñida con las prebendas laborales vigentes en México. Al país nacionalista le dice que las oportunidades de la nación no están en el rechazo defensivo de Estados Unidos, sino en la asociación abierta con él, mediante el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC). Y al país estatista le dice que el Estado no es la solución, sino el problema: demasiado grande, demasiado corrupto, demasiado improductivo.

En el curso del “cambio estructural” el gobierno vende bienes nacionalizados, como la banca, las líneas de aviación, los ingenios azucareros, la compañía telefónica. Recorta subsidios a una población acostumbrada a ellos. Suprime protecciones a una economía acostumbrada a los mercados cautivos. Reduce privilegios a una organización sindical acostumbrada al trato privilegiado. Impone restricciones a una burocracia acostumbrada a la falta de controles.

Los costos del “cambio estructural” son altos. En 1987 provocan la primera escisión en la historia del PRI por la inconformidad de los disidentes con las reformas. La escisión, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del general Lázaro Cárdenas, dará lugar con el tiempo a la creación del Partido de la Revolución Democrática, uno de los tres partidos grandes del país. La reducción de los subsidios golpea a distintos grupos sociales. La sequía de las finanzas públicas sacude viejas redes de lealtad política. La contracción del Estado afecta a muchas clientelas del presupuesto; es vista por diversos sectores como una renuncia a los deberes sociales del gobierno. La apertura comercial significa la quiebra de muchas empresas que eran eficientes en condiciones de proteccionismo. Las privatizaciones tienen pocos triunfadores y muchos derrotados. La normalización de las relaciones con la Iglesia es un escándalo en el corazón del laicismo oficial. Los énfasis en la productividad congelan antiguas conquistas laborales y enfrían la relación de los sindicatos con el gobierno. El fin del reparto agrario sacude intereses asociados a la tutela y la corrupción en el campo, uno de los pilares del control político tradicional de México. El Tratado de Libre Comercio y el acercamiento a Estados Unidos son vistos por muchos como una entrega de soberanía y una rendición económica del país. No es casual que el TLC sea invocado como causa de la rebelión chiapaneca de 1994: sellaba, según los rebeldes, el olvido definitivo de los pobres de México.

1994 es el año terrible. Estallan en él todas las fracturas acumuladas. En enero hay la rebelión del Frente Zapatista de Liberación Nacional que mezcla tradiciones sagradas del nacionalismo revolucionario: indigenismo y zapatismo. El candidato presidencial del PRI es asesinado. El secretario general del PRI es asesinado. Para ganar las elecciones de ese año y preservar la estabilidad política, los reformadores gastan de más, incurren en los desequilibrios económicos que habían prometido corregir. La crisis estalla en diciembre de 1994 bajo la forma de una devaluación agresiva de la moneda y una brusca interrupción del crecimiento. Por primera vez los deudores no son sólo el gobierno y las grandes empresas. Las clases medias son sorprendidas con deudas acumuladas sobre sus tarjetas de crédito, sus casas, sus automóviles.

revolución9

La crisis del 95 acaba de poner en el primer plano la exigencia de un sistema democrático que controle al gobierno, dándole a la sociedad instrumentos para castigarlo por sus errores. De por sí, la última década del siglo XX en México ha estado caracterizada por la competencia política. El dominio del PRI, antes incontestado, encara tres elecciones competidas en 1988, 1994 y 1997, año en el cual el gobierno pierde la mayoría en el Congreso. Los partidos de oposición se vuelven de cogobierno. Terminan el siglo gobernando sobre estados y ciudades cuya población equivale a la tercera parte del país y a más de la mitad de su capacidad económica, ya que gobiernan a la ciudad de México y a los dos estados más ricos de la República, Jalisco y Nuevo León.

Los votantes que consagran la derrota histórica del PRI el 2 de julio son los del México moderno. Entre más urbana, educada y joven la población, más alta es la votación por Vicente Fox, el candidato ganador del PAN. Entre más rural, menos educada y menos joven, más alta la votación por el PRI.19 Es un voto de hartazgo del pasado y de apuesta por el porvenir. Pero qué porvenir, de qué país. Cumplido su sueño de instaurar la democracia, México descubre que se ha quedado sin un referente común. Ha dejado atrás la sombra de la Revolución mexicana pero no tiene una identidad de repuesto, capaz de incluir su diversidad, o disfrazarla, en un nuevo proyecto de nación, una nueva sensibilidad compartida, una nueva narrativa nacional. Las coordenadas imaginarias de la nación del siglo XX han sido deslavadas por la historia sin que nadie haya creado los mitos cohesionadores de repuesto.

Al llegar el bicentenario de su Independencia, es difícil englobar con los viejos referentes nacionalistas las nuevas realidades del país.

Escribe Fernando Escalante:

No es México lo que está en juego, sino la nación como símbolo y su significado en la vida diaria… Lo que ha perdido peso y fuerza es la idea misma de la nación, la imagen del país como tal y sus connotaciones emocionales. La idea de México ha perdido agarre… Históricamente, el nacionalismo mexicano se definió mediante una oposición distante y mediada con España y una oposición más inmediata contra Estados Unidos. Pero ése no fue el corazón de la “identidad mexicana”, que tenía más que ver, en realidad, con la idea de una sociedad futura. Esto es lo que hemos perdido: un sentido de México.20

Ha desaparecido también el México que tenía aquel sentido. ¿Por qué? Quizá porque el país marcha hacia un horizonte histórico del que su discurso público renegó hasta ahora: se fuga al norte. Es un proceso viejo, culturalmente visible desde principios de los años setenta, en que Carlos Monsiváis acuñó el aforismo descriptivo: Somos la primera generación de norteamericanos nacidos en México. Los usos y costumbres del México urbano autorizan el aforismo. Un poema de fines de los sesenta de José Emilio Pacheco explica a qué se refiere Monsiváis. Dice así:

Traduzco un artículo de Esquire
sobre una hoja de Kimberly-Clark Corporation
en una antigua máquina Remington.
Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.
Lo que me paguen aumentará en unos cuantos pesos las arcas
de Carnation, General Foods, Heinz,
Colgate-Palmolive, Gillette
y California Packing Corporation.21

Como dice Escalante, el nacionalismo mexicano de vieja cepa tiene dos adversarios históricos: el gachupín y el gringo. El gachupín se aparece en los ochenta como el habitante de un país deseable: la España democrática, meca de la literatura y el periodismo de habla española. Lo gringo se aparece como un mundo de valores, mercancías y oportunidades que está en todas partes y al que acuden por igual las elites y las masas. Unos en busca de educación y negocios; otros en busca de trabajo; todos en busca de consumo y oportunidades. El enemigo designado de la vieja identidad mexicana es ahora el horizonte al que se dirige la nación. Lo ha sido durante todo el siglo, pero la tendencia en las últimas décadas es abrumadora.

México exporta a Estados Unidos 80% de su comercio internacional. El 92% del turismo que México recibe es estadunidense y el 51% de la inversión extranjera. Hay un millón de norteamericanos residentes en México y 12 millones de mexicanos trabajando en Estados Unidos (30 millones en total si se suman los nacidos allá). Dos de cada cuatro mexicanos tienen parientes en Estados Unidos, tres de cada 10 dicen que se irían a vivir y trabajar allá si pudieran. La variable demográfica es fundamental. Habla de una mezcla de dimensión histórica, es decir, de una mezcla que puede cambiar la historia de ambos países.

En las últimas décadas del siglo XX, la Frontera es el nuevo referente nacional, el lugar físico y la franja simbólica frente a la que se definen las coordenadas imaginarias de la nación. La cavilación nacional de México en los años del bicentenario de su Independencia es cómo definirse frente a esa Frontera. Las elites políticas e intelectuales tienen más problemas para asumir un curso práctico de acción que los millones de mexicanos que se mezclan sin reticencias nacionalistas, que portan su nacionalidad en las costumbres, la comida, la disposición al trabajo útil para el lugar al que van, con menos necesidades que los nativos, más disposición al riesgo y más resistencia al fracaso, como sugería Andrés Molina Enríquez en 1909. La expresión violenta de esta lógica profunda de integración es, desde luego, el narcotráfico, cuya cortina de sangre cubre el escenario e impide ver atrás el proceso histórico fundamental: la mayor línea de mezcla civilizatoria que registra el mundo moderno.

Del horizonte nacionalista cohesionador quedan piezas sueltas de gran poder simbólico: la bandera o el himno, la selección de futbol, la virgen de Guadalupe, pero su antiguo sentido y su promesa se han perdido. Hay una crisis de narrativa nacional.22 Queda poco, aunque bien pertrechado en cadenas de intereses corporativos, de la narrativa nacionalista revolucionaria que le dio cohesión nacional al país durante décadas. Apenas empezaba a desplegarse, en los noventa, una narrativa sustituta, la narrativa de la modernidad: el salto al Primer Mundo, cuando la trilogía terrible del año 1994 —rebelión, magnicidios y crisis económica— le quitó el crédito. No quedó en el horizonte sino la partitura de la Democracia, que se cumplió en el año 2000. 10 años después de aquel momento, en la inminencia del bicentenario de la Independencia, la Democracia no ha atraído los bienes que su narrativa prometió, y el país parece haber disminuido en todos los aspectos, menos en el de la intensa crítica de sus males, hija de los pocos logros y las muchas exigencias. Desde el punto de vista del discurso público, la transición democrática ha sido el reino de la disonancia, del desacuerdo.

El enorme campo de la realidad aporta cada día un escándalo, un abuso, un desastre natural, una miseria política o una violencia criminal que los medios reportan cada día como imágenes fieles de la realidad nacional, realidades que ningún país democrático y ninguna prensa libre puede ni debe ocultar o callar. Esta impostación es parte del forcejeo del México moderno y democrático con el México atrasado, violento, corrupto, democráticamente inaceptable. Al subrayarlo todos los días no se consigue sino hacerlo más presente en la esfera pública de lo que es en la realidad. Se siembra así en la opinión pública la falsa disyuntiva de una sensibilidad moderna, democrática y cosmopolita en lucha con los rasgos de un país arcaico y atrasado. Ese país atávico ha perdido la protección de los prestigios previos de la mexicanidad, donde hasta la violencia era un orgullo. Como resultado de este proceso de intoxicación crítica, hemos pasado del “como México no hay dos” al “México no tiene remedio”, del Naco al Narco, de Rosita Alvírez a Camelia la Tejana y del orgullo bienpensante por las grandezas de México a la vergüenza bienpensante de sus miserias.23

Las debilidades del México del año 2010 están más a la vista que las de hace 100 años. No hay cómo negarlas, ni cómo esconderse de ellas, en gran medida gracias la mayor conquista política que el país haya tenido en estas décadas, acaso en las décadas todas de su historia: la conquista de la vida democrática. El rumor de la crítica en México tiene el sonido inconfundible de una sociedad libre, capaz de manifestar sus diferencias. La pluralidad democrática sorprende cada día nuestros hábitos y rebasa nuestros moldes. Leyes, instituciones y responsables políticos van atrás de la aparición galopante de nuevas demandas, intereses y ciudadanos que expresan sin restricciones la diversidad política, geográfica, social y moral del país. Nunca hemos sido tan conscientes de nuestros males y tan capaces de ventilarlos en público como ahora. La democracia nos ha acercado a la verdad de lo que somos, a una compleja y a ratos dolorosa mayoría de edad. Es el bastidor sobre el que libramos nuestros pleitos, pero no se ha rasgado con ellos: ni ha destruido las instituciones ni ha puesto en riesgo la gobernabilidad del país.

El desafío mayor de México no viene de la vitalidad adolescente de su democracia, sino de la delincuencia organizada. Pagamos en ello nuestras culpas de omisión, la increíble tolerancia con que gobiernos y ciudadanos dejamos por décadas que el narcotráfico se volviera parte del paisaje. Cada debilidad mexicana puede leerse desde el ángulo de alguna fortaleza. La democracia ha limitado el poder del gobierno central y transferido una autonomía incuestionable a los estados. Hace ya una década, al inicio de este proceso un ex gobernador priista anunció los riesgos de la tendencia. Podíamos pasar, dijo, del federalismo al feuderalismo: de la centralización excesiva a la liberación de feudos locales. Algo de eso acusa, es verdad, el proceso de autonomía regional, quizá la tendencia más profunda de los cambios políticos de México. Pero basta viajar hoy a cualquier ciudad media del país que no se haya visitado en una década para sentir la pujanza del cambio verificado en unos años: la transformación urbana, la revolución del consumo, la energía social. El poder de las regiones viene también de su propio cambio autónomo, de sus propios hallazgos y maduraciones.

revolición10

La economía política del país presenta diversos grados de concentración y privilegios que frenan el ritmo de su conversión en una moderna economía de mercado. Pero esa misma economía acudió con eficacia sin igual a la puerta abierta por el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica y convirtió al país en un exportador impresionante, con una planta industrial moderna de clase mundial. Creo, absolutamente, que si se abren oportunidades equivalentes de inversión en el ámbito de la economía interna, la estructura productiva dará un salto al lugar que le falta desarrollar: el gigantesco mercado potencial de consumidores de primera generación que hay en la población mexicana.

La sociedad mexicana es una sociedad desigual, de graves injusticias y marginaciones internas, pero del fondo de esa sociedad desposeída socialmente crece el rumor de una épica del esfuerzo y del trabajo que no sabemos escuchar en toda su grandeza, ni estimular en su despliegue con mejores instituciones de educación y salud, y mejores oportunidades de trabajo. Hablo de la masa de millones de mexicanos que han migrado internamente dentro de su país o hacia el norte, fuera de él, en busca de lo que no se resignan a no encontrar: trabajo, dignidad, progreso para ellos y los suyos. Esta es la epopeya silenciosa y la ética invisible de México: la de los millones de mexicanos que van a buscar lo que necesitan donde hay, eso que hizo decir al economista John Kenneth Galbraith que en ninguna minoría de migrantes a los Estados Unidos había encontrado él una disposición al trabajo y el esfuerzo como en la de los migrantes mexicanos.

Cuando escribía, a finales de los años ochenta, el libro Después del milagro, tratando de identificar las tendencias del presente de México, le conté un día mis ideas al historiador Edmundo O’Gorman. Cuando terminé, O’Gorman me dijo, con sorpresa irónica: “¿Entonces su pronóstico para el país no es la catástrofe?”. No, no lo era, y no lo es. Creo que el progreso existe en la historia, pero también creo que la historia tiene un lado trágico y oscuro que asalta sin aviso. Creo que México está llamado a ser lo que quiere ser: un país próspero, equitativo y democrático. Creo que es ya un país democrático, todo lo perfectible que se quiera, pero democrático, y que será antes un país próspero que un país equitativo. Mi optimismo sigue intacto, pero ahora, como dice un amigo, es un optimismo escarmentado. Cuando escribía Después del milagro pensaba que alcanzaría a ver con mis propios ojos aquel país del que hablaba. Mi seguridad ahora es más modesta: estoy seguro de que en el arco de sus vidas lo verán mis hijos. El país es mejor que hace 200 años bajo casi cualquier medida, salvo en la visión que propaga de sí mismo.


Héctor Aguilar Camín.

Historiador, escritor y periodista. Su más reciente libro, en coautoría con Jorge G. Castañeda: Un futuro para México.


1 Memoria sobre las causas que han originado la situación actual de la raza indígena de México y medios de remediarla, citado en Agustín Basave, México mestizo, Fondo de Cultura Económica, México,1992, p. 25.

2 David Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, Era (col. Problemas de México), 1980.

3 Jean Meyer, Problemas campesinos y revueltas agrarias (1821-1910), SEP (col. Sep-Setentas, núm. 80), México, 1973, p. 22.

4 Ibíd., p. 31.

5 Véase a este propósito un conjunto magistral de ensayos: Emilio Kouri (ed.), En busca de Molina Enríquez. Cien años de Los grandes problemas nacionales, El Colegio de México/Centro Katz de la U. de Chicago, México, 2009.

6 Una extraordinaria cavilación sobre las relaciones culturales de México y Estados Unidos, y el juego invertido de espejos entre la pluralidad pregonada de uno, Estados Unidos, y la cohesión asumida del otro, México, en José Antonio Aguilar Rivera, La sombra de Ulises. Ensayos sobre intelectuales mexicanos y norteamericanos, Miguel Ángel Porrúa/CIDE, México, 1998.

7 Véase Mauricio Tenorio, “El mestizaje a un siglo de Andrés Molina Enríquez”, en Emilio Kouri, op. cit.

8 Citado por Mauricio Tenorio, en Emilio Kouri, op.cit, p. 353.

9 Citado por Guillermo Bonfil, México profundo, CIESAS/SEP, 1987, p. 172.

10 Citado por Enrique Florescano: “José Vasconcelos y la construcción del nacionalismo mexicano”, en Ensayos fundamentales, Taurus/El Colegio de México, 2009.

11 Ibíd., p. 494.

12 La arqueología de esta transformación la ha hecho Guillermo Palacios en una tesis de maestría, por desgracia inédita: La idea oficial de la Revolución Mexicana, El Colegio de México, 1967

13 Todas las citas en Palacios, ibíd., pp. 94, 98-7, 107-111, 254-56.

14 Todas las citas presidenciales en Héctor Aguilar Camín, “Desde la alta tribuna del espíritu: Nociones presidenciales de cultura nacional”, en Saldos de la Revolución, Nueva Imagen, México, 1982. La fuente original de las citas es Los presidentes ante la Nación. Manifiestos y documentos de 1821 a 1966, XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados, México, 1966, 5 vols.

15 En 1991 se hacen las primeras pruebas nacionales de conocimientos a maestros y alumnos de educación básica. Reprueban ambos. Véase Gilberto Guevara Niebla, La catástrofe silenciosa, FCE, México, 1992.

16 Luis González y González, “Las tradiciones se despiden”, en México mañana, Océano, México, 1985.

17 Roger Bartra, La jaula de la melancolía, Grijalbo, México, 1985. Carlos Monsiváis, “Estética de la Naquiza”, en La cultura en México, suplemento de la revista Siempre!, c. 1981. Según el Diccionario del español usual en México, naco es un coloquialismo ofensivo con dos acepciones: “Que es indio o indígena de México” y “Que es ignorante y torpe, que carece de educación: un pinche tira naco” (Tira: policía).

18 En 1986, el 53% de la población tiene menos de 15 años y hay sólo un 12% de analfabetos. En 1895 no sabían leer 64 de cada 100 mexicanos. En el año 2000 sabe leer y escribir el 92% de la población.

19 Fox obtuvo el 60% de los votos de gente con grado universitario (el candidato priista, Francisco Labastida, obtuvo el 22%) y el 59% de los votos de estudiantes (Labastida 19%). Al candidato del PAN le dieron el triunfo los hijos de la modernización social de la era del PRI.

20 Fernando Escalante Gonzalbo, Goodbye to all that (mimeo.), 2008.

21 “Ya todos saben para quién trabajan”, en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-1968), Tarde o temprano, FCE, 1980.

22 Nadie planteó esto con mayor elocuencia que Jesús Silva-Herzog Márquez, en un artículo periodístico, “Narrativa”, publicado en el diario Reforma el 2 de marzo 2009.

23 Sigo en esto puntualmente a Fernando Escalante Gonzalbo, en su ensayo citado Goodbye to all that.