La oscuridad está llena de orejas. Ya que no ve, oye. Recuerdo que cuando mi padre me enviaba de muy niño a buscar una cosa al atardecer yo respondía:
—La sala está oscura.
Ahora hubiera bastado para iluminarla tocar la llave de la luz; pero entonces no había luz eléctrica y sólo estaba encendido a esa hora el quinqué del despacho.
—Ve. Está encima de la mesa.
Y entonces había que ir y en la embocadura de la puerta de la sala oscura yo veía orejas como cortinas a medio levantar.
De aquellas habitaciones oscuras a las que yo iba a buscar una cosa me quedó la sensación de antro del más allá y de que todo el enigma de la vida es avanzar en la sombra, tanteando, viendo colgadas orejas y orejas.
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