El laberinto de las identidades (Febrero, 2006)

En las últimas dos décadas han ocurrido profundos procesos de cambio social, económico y político en México. Uno de ellos se refiere a la metamorfosis de la identidad nacional. El proceso de forjar una nueva identidad nacional no ha sido lineal.

Las pruebas de que este proceso está en marcha se encuentran por doquier, pero como otros muchos fenómenos simbólicos es difícil aprehenderlo en su totalidad. Se trata de cambios lentos y pocas veces unívocos. La extinción o mutación de un mundo simbólico no es, salvo en contadas excepciones, un evento cataclísmico sino un lento y titubeante recorrido. La travesía semeja un viaje a la deriva en aguas inciertas.

A principios de 1998 el historiador mexicano Enrique Krauze publicó un artículo en el diario Reforma. En él se lamentaba por la exacerbación del indigenismo que la rebelión zapatista de Chiapas había producido. Filósofos, sociólogos, historiadores y politólogos habían abrazado con fervor la ideología neoindigenista. “En el centro del credo neoindigenista”, afirmaba, “hay un artículo de fe: Nueva España y México comparten una misma actitud colonizadora de intolerancia radical y de racismo excluyente con respecto a los indios. Este viejo conflicto entre las etnias y el Estado estaría, supuestamente, en la base de una especie de malformación nacional. Se ha llegado a afirmar, con todas sus letras, que México no ha logrado ser plenamente una nación debido al trato discriminatorio que dio siempre a sus indios”. (1)

El artículo de Krauze daba cuenta de una asombrosa transformación en el imaginario nacional mexicano. La que por décadas había sido una noción hegemónica había pasado, de pronto, a la defensiva. Veinte años antes una apología del mestizaje hubiera sido simplemente absurda. La raza cósmica no era un programa sino una certeza aceptada por todos los mexicanos. Sin embargo, para mediados de la década de los noventa, la retórica de otros tiempos sonaba hueca. La rebelión indígena de Chiapas reabrió, de un tirón, el dilema de la identidad nacional. Esa formación, mezcla de razas, había sido uno de los mitos fundadores del nacionalismo mexicano.
Ya en las postrimerías del siglo XIX, el intelectual porfirista Justo Sierra pregonaba las bondades de la “familia mestiza” la cual, pensaba, había “constituido el factor dinámico” en la historia de México. (2)

En 1889 Sierra afirmaba: “en el día, la absorción de las otras razas por la mestiza es tal, que pudiera calcularse el tiempo no muy lejano en que el mexicano (en el sentido social de la palabra) formará la casi totalidad de los habitantes”. (3)

La matriz ideológica de México es el liberalismo. Un principio cívico se afirmó en su fundación. Como afirma David A. Hollinger: “el nacionalismo cívico es la variedad de nacionalismo desarrollado de manera más conspicua por Estados Unidos y Francia después de las revoluciones de 1776 y 1789 y, también, por los países de América Latina que declararon su independencia en los albores del siglo XIX”. (4)

Los constructores de esos Estados profesaron un “nacionalismo cívico”, porque la nación que imaginaban estaba formada por ciudadanos iguales frente a la ley, unidos por lazos de adhesión patriótica a un conjunto de prácticas y valores políticos compartidos. La comunidad política estaba formada por individuos sin distinción de raza, color o religión. Esta ideología universalista fue insuficiente para darle contenido a la identidad nacional.

Los mexicanos no podían imaginarse simplemente como ciudadanos. Requerían de un relato étnico, histórico y cultural que sirviera como columna vertebral a la nacionalidad.

Las dimensiones cívica y étnica obedecían a principios opuestos y por ello, desde un principio, estuvieron en conflicto. En México el esfuerzo por abolir la raza como eje de la nacionalidad duró bien poco. El XX fue, casi en su totalidad, un siglo racista. La ideología del mestizaje estuvo presente hasta su ocaso.

El pensamiento racista tiene una larga historia en México. El darwinismo social fue un elemento prominente en el positivismo que dominó el escenario intelectual a finales del siglo XIX. (5)

El teórico por excelencia del mestizaje fue un positivista, Andrés Molina Enríquez. En Los grandes problemas nacionales (1909), Molina Enríquez sistematizó una ideología coherente y construyó una teoría etnocultural de la historia de México. (6)

El mestizo era el motor y el héroe colectivo de la historia mexicana: “la encarnación de la nacionalidad, el heredero natural de la tierra prometida de México”. (7)
Los otros dos grupos que habitaban el país, los indios y los criollos, estaban destinados a asimilarse en el crisol del mestizaje. A diferencia de Sierra, para Molina Enríquez sólo los mestizos eran verdaderos mexicanos, pues encarnaban una unidad de origen, religión, lengua, propósitos, costumbres, tipo físico y aspiraciones. Así, de un golpe, desnacionalizó “a todos los criollos e indios”. (8)

Por fuerza, esta sería una concepción no cívica y antidemocrática de la nación. La confianza en los criterios étnicos, afirma David Brading, le permitió a Molina Enríquez defender la necesidad de un gobierno autoritario en México sin caer en una posición incómoda. La cohesión social demandaba un gobierno fuerte para su mantenimiento, “debido a que los vínculos locales de los indios y las tendencias jacobinas del mestizo la ponían en peligro”. (9)

Molina ofrecía una visión optimista del futuro: preveía una población de 50 millones, tan segura de sí misma, que comenzaría a revertir la historia. “Los mestizos”, afirmaba, “consumarán la absorción de los indígenas y harán la completa fusión de los criollos y de los extranjeros aquí residentes a su propia raza, y a consecuencia de ello, la raza mestiza se desenvolverá con libertad. Una vez que así sea, no sólo resistirá el inevitable choque con la raza americana del norte, sino que, en el choque, la vencerá”. En 1916 Manuel Gamio publicó Forjando patria. (10)

Este sería un libro clave en la construcción del indigenismo posrevolucionario, que por años sería la doctrina oficial del nuevo régimen. (11)

Gamio pensaba que la unidad étnica de la población era indispensable para lograr la nacionalidad. Otros atributos básicos eran: un idioma común, manifestaciones culturales del mismo carácter esencial, “por más que difieran en aspecto e intensidad”, “ideas, sentimientos y expresiones del concepto estético, del moral, del religioso y del político” iguales. Los integrantes de la nación debían atesorar como una reliquia “el recuerdo del pasado, con todas sus glorias y todas sus lágrimas”. (12)
¿Podían, se preguntaba Gamio, considerarse como patrias y naciones, “países en los que los dos grandes elementos que constituyen a la población difieren fundamentalmente en todos sus aspectos y se ignoran entre sí?”. (13)

La respuesta era obvia: “exceptuando muy pocos países latinoamericanos, en los demás no se observa las características inherentes a la nacionalidad definida e integrada, ni hay concepto único ni sentimiento unánime de lo que es la Patria. Existen pequeñas patrias y nacionalismo locales”. (14)

Gamio resumía su programa: “fusión de razas, convergencia y fusión de manifestaciones culturales, unificación lingüística y equilibrio económico de los elementos sociales”. (15)

Aunque el mestizaje también era una parte esencial de este programa, había una diferencia significativa con el modelo propuesto años antes por Molina Enríquez. En lugar de considerar a los indígenas como grupos no occidentales en el vientre de una nación de matriz europea, los indigenistas decidieron ver a México como el producto de un choque entre dos naciones opuestas e independientes. El mestizo, producto de este encuentro, hablaba en castellano, pero su alma era indígena. Y esa matriz cultural debía ser conservada. La cultura indígena aparece entonces como “una raíz indispensable de nuestra propia especificación frente a culturas de otros países”. (16)

El indigenismo incorporaba así dos imperativos contradictorios: integrar a los indígenas a la vida moderna y conservar su singularidad cultural. Esta inestabilidad intrínseca de los componentes de la identidad nacional aquejaría a México hasta mediados de los noventa, cuando el imaginario mestizo se fracturó. Se ha discutido mucho sobre si las políticas asimilacionistas del indigenismo buscaban preservar o destruir a las culturas indígenas. El movimiento nunca fue capaz de resolver la ambivalencia que le era intrínseca. En todo caso, en cualquiera de sus vertientes -nativista o asimilacionista- el indigenismo era igualmente antitético a la democracia liberal. La ideología indigenista fue el resultado de una mezcla incoherente de paternalismo, relativismo cultural y autoritarismo. El relativismo cultural de Gamio es patente en la siguiente aseveración: “la Constitución de 1857, que es de carácter extranjero en origen, forma y fondo, ha sido y es adaptable al modo de ser material e intelectual de un veinte por ciento de nuestra población que por sangre y por civilización es análoga a las poblaciones europeas. Para el resto, dicha Constitución es exótica e inapropiada”. (17)

La democracia no se avenía bien al indigenismo posrevolucionario. Como afirma Mauricio Tenorio, “la representación del indigenista, cualquiera que sea su cara en el álbum de los tipos nacionales, no retrata una naturaleza, sino un oficio: el del salvador, protector, defensor, rescatador, revelador, incorporador de lo indígena en la vida nacional”. (18)

Mas el mestizaje no fue patrimonio exclusivo del nacionalismo revolucionario, también fue abrazado de manera entusiasta por el pensamiento conservador antiliberal. Donde Gamio ponía al indígena, la derecha católica colocaba a España. En 1942 Efraín González Luna, uno de los principales ideólogos del Partido Acción Nacional, escribió: “A nosotros, hispanoamericanos, un fenómeno característico nos distingue: el mestizaje, nuestra debilidad y nuestra grandeza, meta y gloria de la colonización española y gran premisa decisiva de nuestra existencia nacional y de nuestro porvenir hispanoamericano. Es necesario insistir en esta idea central, vital, verdadera idea-eje de todo programa y de todo esfuerzo de salvación. No ha habido en la historia del mundo ejemplo que supere, ni siquiera que sea comparable, al de realización práctica de la tesis cristiana de igualdad radical de la especie que tuvo como escenario a América y como protagonistas a España y a las poblaciones indígenas que aquí encontraron nuestros padres”. (19)

Así, el mestizaje fue el “esfuerzo y la gloria de España”.

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Publicado en: Sólo en línea