El año 1956 va a resultar clave tanto en el destino de Maciel y su institución, como en el de aquellos que sufrieron abusos sexuales y supieron de -o cooperaron con- la adicción a la morfina del fundador de los legionarios.
Una carta dirigida a la Sagrada Congregación de Religiosos, firmada por el padre Callisto Lopinot, franciscano (2),de finales de enero de ese año se refiere a un serio problema de morfinomanía de Marcial Maciel. Hasta donde puedo comprobar, es la primera vez que esta droga se menciona con su nombre. Pero, sobre todo, es el propio Maciel el que aparece directamente señalado como morfinómano, concretando lo que Federico Domínguez denominaba en una carta“estupefacientes”. A la letra dice lo siguiente:
“Un médico católico practicante y hombre concienzudo al que conozco de muchos años, ha venido a mí y me ha hecho una declaración que tiene que ver con el reverendo padre Marcial Maciel Degollado.[…] El médico declara que este sacerdote es morfinómano, y que ha tenido una fuerte crisis como efecto de la morfina que ha tomado y que sigue tratando de conseguirla para sí.
“[…] El padre Marcial es jefe de un Instituto recientemente fundado […]; dicho sacerdote se encuentra en un puesto de gran responsabilidad. Por esta razón el médico se sentía obligado a comunicarme el estado del padre y el peligro para su persona y para el Instituto, y de pedirme que presentara yo la denuncia a las autoridades eclesiásticas competentes”. (3)
Como se trata de un secreto profesional, dice el médico, no quisiera ser mencionado. Pero en un documento posterior del 28 de marzo de 1962, se afirma que se trata del doctor Walter Behrens, residente en Roma, Vía Chiana 93, int. 15.4
Dos días después, el 30 de enero, el profesor Sabino Arnaiz, en una carta dirigida a la Sagrada Congregación de Religiosos, vuelve a la carga en sus críticas contra Maciel, y apunta en el mismo sentido que el padre Callisto, pero añadiendo que se trata sólo de una “fundada sospecha”. Comienza diciendo que en la medida en que funge como la norma y la regla, su gente está atrapada por la sugestión y en la adoración al personaje.
Y decide calificarlo como “embaucador”; para ejemplificarlo, alude a la manera como se viven sus “enfermedades” en la casa de Roma.
“Se decía que estaba en cama medio moribundo y con misteriosos ataques y de repente salía de la casa con el mayor garbo. […] En su cuarto se entraba con aire de misterio, se cuchicheaba, se montaba guardia con imposibilidad de hablar con él.[…] En la biblioteca hay un cuadro lleno de medallas que representan los viajes del padre Maciel en la sola compañía TWA. […] No se nos quita la idea del desdoblamiento de la personalidad. A mi entender y sospechar el padre Maciel […] vive otra vida contemporáneamente a su fundación. (5) […] ¿Morfinómano…? Vamos a mencionar la acusación más grave para la que queremos sólo un carácter de fundada sospecha”.(6)
Y sí, Arnaiz apunta justo, pero le faltan datos. Por lo pronto, esa existencia paralela Maciel la vivía en el corazón de su propia fundación. Más aún, a juzgar por el cúmulo de testimonios, la propia fundación era la condición de posibilidad para hacerlo.
Mientras esto se decía, el cardenal Valerio Valeri, prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos, recomienda al padre Maciel cambiar el nombre de Misioneros del Sagrado Corazón al de Legionarios de Cristo.7 Esta carta recibe el apoyo de monseñor Luis María Martínez.8 Y el 31 de julio de 1956, el ya cardenal Larraona declara que los Legionarios de Cristo son canónicamente reconocidos.
Pero en la accidentada carrera emprendida por Marcial Maciel no hay gozos sin inmediatos sobresaltos, y éstos vinieron primero por una carta enviada a la Sagrada Congregación de Religiosos por el VII obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, el 14 de agosto de 1956.
En este escrito, Méndez Arceo daba un giro radical al apoyo que le habían brindado hasta entonces los dos anteriores obispos a Marcial Maciel. A ésta siguieron la del padre Luis Ferreira Correa, quien le entrega a monseñor Orozco Lomelí un carta de trece cuartillas para que la haga llegar a la Sagrada Congregación de Religiosos; antes del 31 de agosto, llega la del arzobispo primado de México, Miguel Darío Miranda, a la SCR, apuntando hacia la misma dirección.
Méndez Arceo previene al cardenal Larraona que el portador del escrito no tiene idea de lo que contiene y que debe permanecer en la ignorancia porque -asegura el obispo-, supo por uno de los testimoniantes que en el Santo Oficio uno de los “oficiales” le informa a Maciel de las denuncias en su contra: al parecer, alguien las filtra en la Sagrada Congregación de Religiosos, aunque se desconoce su nombre.
“Reverendísimo padre, “En las tres ocasiones en que he hablado con vuestra reverencia ha recaído la plática sobre el padre Marcial Maciel y he visto y apreciado la delicadísima y justa reserva con que ha procedido; por esta razón me muevo a escribirle bajo el secreto más absoluto, […] para informarlo debidamente.
“Por circunstancias que no es el caso referir, vine a quedar constituido en consejero de quienes tenían conocimiento de la vida íntima del padre Maciel y se sentían obligados en conciencia a remediar la situación, aunque con diferentes medios. Los encaucé, por no tener yo casa de la congregación, a que se hiciese la denuncia al excelentísimo señor arzobispo de México y hablé con él. Los defectos de que se habla son: procedimientos tortuosos y mentirosos; uso de drogas heroicas; actos de sodomía con chicos de la congregación.
“Yo recomendé y así lo hará el señor arzobispo, que sólo se interrogue a los dos que ahora han hablado y que esto se envíe a vuestra reverencia, para que, si lo juzga prudente, remueva al padre Maciel y deje el paso libre a una investigación mayor, dada su habilidad sin escrúpulos [sigue firma del citado]”.9
Por primera vez el cuadro estaba completo. Pero habría de pasar mucho tiempo -unos cuarenta años- para que las relaciones entre la droga y la pederastia se pudieran ver con más claridad. Federico Domínguez y Luis Ferreira lo iban a pagar caro. A pesar de la contundencia de lo que escribieron y dijeron, Maciel finalmente logró revertir a mediano plazo la situación.
Si Méndez Arceo pudo enviar las primicias, es gracias a un personaje que no aparece en la carta pero que fue clave en el asunto; me refiero al prior del convento de Santa María de la Resurrección, en Morelos, el monje benedictino Gregorio Lemercier, quien fue el que primero los escuchó y remitió al citado obispo.
Por su parte, el arzobispo de México le escribe al cardenal Larraona comunicándole lo penoso y delicado del asunto que lo convoca. Le señala que Maciel es una persona muy conocida en las congregaciones romanas, entre las cuales goza de gran simpatía, pero que juzga “necesaria la intervención inmediata” de la Sagrada Congregación de Religiosos para “evitar males mayores”. Afirma que los denunciantes fueron primero con el obispo de Cuernavaca y luego con él para “cumplir con un deber de conciencia”, y que los remitió con su vicario general Orozco Lomelí. Reitera los cargos: “faltas contra el sextum cometidas con alumnos de la congregación; hábito de inyectarse enervantes, que ya ha degenerado en vicio de difícil curación”, y uso de la mentira para lograr sus fines (10). También emite juicios acerca de Maciel sin eufemismos. Maciel, al contar con tantas amistades encumbradas en Roma, e incluso teniendo conocimiento de informaciones reservadas y un apoyo decidido del cardenal Mícara, hará lo posible para no enfrentar el asunto. Y no se tienta el corazón para añadir que a Maciel, al percatarse de los cargos en su contra, “no le resultaría difícil persuadir a los religiosos de su congregación de que declararan contra su propia conciencia, pues es cosa conocida el poder de persuasión de que está dotado. Tal vez fuera necesario aislarlo en alguna forma, antes de que pudiera percatarse de que se va a hacer una investigación, pues, de otra manera, encontraría el medio de salir bien librado [sigue firma del citado]” (11).
A juzgar por lo que siguió, el arzobispo no estaba especialmente errado en sus apreciaciones. Pero corresponde a Luis Ferreira explotar la bomba. Una vez que entró en crisis de conciencia, reveló la pederastia y la adicción a la morfina de Maciel, aunque evitó en esta ocasión hablar de sus propios actos pederastas.
La carta dirigida en primera instancia a monseñor Orozco Lomelí comienza por hacer un recuento de los sujetos que habían sido víctimas de abuso por parte de Marcial Maciel, que a él le constaba directamente, o casi. Cito el caso del joven aspirante a legionario que, hablando con sus padres, logró salir más o menos bien librado. Ferreira alude explícitamente al caso:
“ya desde los primeros años de mi colaboración en la obra del padre Maciel, se me presentó un hermano apostólico con inquietudes de conciencia, por ciertas maneras de tratarlo el padre Maciel cuando dicho padre se encontraba enfermo. Concretamente el muchacho se refería a tactos impúdicos […]. Lo mismo, me refirió, le ocurrió a un hermano carnal de él” (12).
Pero Ferreira añade mínimo otros cuatro casos más que parecen constarle; y además menciona otros de los que dice no tener pruebas fehacientes. Se encontraba en una situación delicada al hacer estas denuncias, puesto que se veía en el predicamento de tener que silenciar su propia actuación. Así, relata el caso de un muchacho de la Escuela Apostólica que en el año 1950 -cuando fungía como rector- le vino a decir a lo que lo había obligado el padre Maciel: “que le procurara la polución. Y entonces, yo le hablé al padre Maciel duramente, diciéndole que me separaba porque no estaba dispuesto a seguir colaborando en esa forma. […] El padre Maciel me suplicó que no me fuera: que él no se daba cuenta de lo que hacía cuando estaba enfermo, pues eran muy fuertes sus dolores, y que sin duda lo que había hecho con ese muchacho había sido en estado de inconsciencia. En vista de la aparente sinceridad con la que me lo decía, yo me decidí a seguir colaborando. Este niño más tarde murió” (13).
Ferreira, en “los primeros años de la Legión”, se había enterado de una parte de las actuaciones eróticas de Maciel, por lo que no deja de llamar la atención que después del cúmulo de casos que describe, todavía le haya creído a Maciel respecto de aquel muchacho: lo había hecho “en estado de inconsciencia”. Si eran tan “fuertes sus dolores”, ¿cómo era posible que además tuviera la capacidad y la energía para andar seduciendo infantes?
De lo dicho por el padre Ferreira, se deduce que aun haciendo la denuncia había hecho con Maciel un pacto sin palabras: el aceptar pasar por estúpido. Y puede que haya sido el caso. Pero si no pretendemos concluir apresuradamente, tendremos que tomar en cuenta que el padre Ferreira estaba en buena medida inmerso en lo mismo que pretendía cuestionarle a Maciel, aunque en una posición subordinada con respecto a éste.
El ex legionario FGP, en su texto presentado ante el visitador Scicluna, cuenta que una de las tantas veces que conminaba a Marcial Maciel para que se internara en un hospital a tratar su adicción a la dolantina éste le respondió con una variación inesperada respecto a la supuesta inconsciencia (variación que FGP califica como cínica): “Bueno, mira, sí estoy enfermo y no me doy cuenta de lo que pasa, y los que están conmigo para cuidarme abusan de mí, ¿qué quieres que yo haga? Eso ya no es culpa mía” (14).
Finalmente la “inconsciencia” parece estar habitada por un mecanismo que funciona en automático y que termina concluyendo de manera irremediable en el abuso. Aunque a veces con salidas inesperadas como la de arreglárselas para abusar del abusador.
Según Maciel, en la institución de su inspiración tanto el enfermo como los enfermeros estarían condicionados para aprovecharse a la menor provocación. Pero el punto no es ése, sino tratar de entender por qué si era evidente la forma como actuaba Maciel en su pretendida inconsciencia, nadie le ponía un límite. ¿Por qué tal sometimiento a un líder que, visto desde fuera, alcanza tal grado de abyección?
FGP ofrece un episodio que, si no nos acerca a una explicación satisfactoria de esta cuestión, da una idea del cautiverio en el que se encontraban aquellos que habían pasado a formar parte da la corte de efebos de Maciel. FGP afirma que en los tiempos del Vaticano II, estando de prefecto en el noviciado de Irlanda, había pasado la noche con Maciel (15). Al otro día, Maciel decidió oficiar misa a pesar de sentirse “enfermo”, aunque después del desayuno “milagrosamente” se sintió muy bien y llevó a los novicios a dar un paseo. Estando en ello, de pronto hizo alto para decirles:
“Yo no sé cómo algunos sacerdotes católicos ahora andan proponiendo que los sacerdotes se casen (se veía escandalizado). ¿Se imaginan? Yo no podría celebrar la misa y tomar en mis manos el cuerpo de Cristo, después de haber manoseado toda la noche a una mujer.
“En esa ocasión no pude evitar un movimiento de desaprobación y de juicio y pensé: ‘Ah, ¿pero sí puede usted haber manoseado a un hombre y tomar el cuerpo de Cristo en sus manos?,”. (16)