A finales del siglo XIX el pensador alemán intentó conciliar el marxismo
y el liberalismo. Sólo consiguió ser repudiado por los partidarios
de ambos bandos. Agustín Basave cuenta su historia

 

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Las huellas ideológicas de Eduard Bernstein trazan la elipse en la que quedó atrapado. Y es que su trayectoria puede dividirse, a juicio mío, en las mismas tres etapas que recorrió el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD): búsqueda, ortodoxia y revisionismo. La primera va de su vinculación con el SPD a su nombramiento como editor en jefe del órgano partidista de divulgación, y se caracteriza por la curiosidad intelectual y el desapego de los dogmas marxistas; la segunda abarca desde su consolidación como ideólogo de la socialdemocracia hasta la muerte de Friedrich Engels, y está marcada por la disciplina y la religación a “La Fuente de la Verdad” que se revela en las consignas de los autores del Manifiesto comunista; la tercera empieza con su relativa liberación del yugo doctrinario del “General” Engels para llegar al final de su vida, y constituye el esfuerzo por reformular la teoría marxista sin renegar de ella. Es, en efecto, el mismo recorrido del SPD, aunque a él le tomó mucho menos tiempo completarlo, y es también el viaje de retorno al punto de partida: el anhelo de conjuntar libertad individual y justicia social, la pesquisa del justo medio aristotélico y la aceptación del eclecticismo. Es la ruta solitaria del que recibe la crítica anticipada y el espaldarazo tardío.

Los garantes de la pureza marxista tardaron un poco en disciplinar al joven ave de tempestades, y el gusto no les duró mucho tiempo. A partir de la publicación del epicentro de su obra, Las precondiciones del socialismo (1899), la vocación revisionista de Bernstein se vuelve irrefrenable. El General lo nombra unos años antes su albacea literario y se gana su lealtad personal vitalicia, pero eso no alcanza para impedir su retorno a la exploración de otras doctrinas y a la experimentación sincrética a la intemperie. Y es que en ese que yo llamaría “Manifiesto Revisionista” hay una discrepancia esencial con la teoría de sus maestros que detona una carga explosiva: su tesis de que el colapso del capitalismo no es inminente, ni siquiera inevitable, y de que la democracia liberal es el vehículo para realizar el socialismo. Esa idea tiene dos implicaciones que van a la yugular del marxismo. Una es el rechazo al imperativo de la revolución como medio inexorable para construir una sociedad sin clases; la otra, la transmutación del socialismo en una suerte de posdata al liberalismo. Sus diferencias sobre el tipo de sociedad a construir resultan secundarias frente a esa divergencia nodal, si bien de alguna manera perfila su escepticismo en torno a la existencia de un futuro paraíso terrenal. Y acaso por eso, porque en el fondo descree del fin de las contradicciones, le preocupa más el camino que la meta.

Para Eduard Bernstein el error filosófico de Karl Marx y Friedrich Engels es seguir a Hegel. Los grandes logros de la teoría marxista, argumenta, no se dieron gracias a la dialéctica hegeliana sino a pesar de ella.1 Las tesis bernsteinianas van más allá, desde luego. Sostiene, por ejemplo, que el Estado no puede hacerse cargo de todas las empresas —muchas de las cuales son en su tiempo pequeñas y medianas—, aunque más que en la iniciativa privada cree en las bondades del cooperativismo.2 Pero el eje de su propuesta es su convicción democrática. Define la democracia como “la ausencia del gobierno de clase”, por lo que no la considera como un escollo salvable sino que la ve como un medio y un fin intrínsecamente aliados al socialismo. Es así “un arma” en la lucha socialista y “la forma en que el socialismo se realizará”. En efecto, si bien no es la abolición de las clases mismas, el sistema democrático significa la abolición del gobierno clasista. Su corolario no puede ser más contundente: el mejor empeño de la socialdemocracia no ha de ser otro que el apoyo al voto universal, al que juzga “la alternativa a la revolución”, y a esa postura hay que adaptar sus tácticas.3

El postulado de la compatibilidad y continuidad liberal-socialista resulta ser, a fin de cuentas, su punto de quiebre. Bernstein abre con él una creciente grieta ideológica que a querer o no despega a la naciente socialdemocracia del marxismo. Su idea de que tanto el liberalismo como el socialismo necesitaban sendos aggiornamentos sugería que estaba rastreando una especie de eslabón perdido que, contra lo que establecía uno de los dogmas marxistas, permitiría reunir lo que nunca debió desvincularse. Por eso no asume la democracia como un refugio táctico temporal, ni la categoriza como un recurso al que es preciso acudir mientras las condiciones objetivas no estén presentes y al cual deba abandonarse una vez que la vía revolucionaria vuelva a ser factible. La abraza como un instrumento y un objetivo permanente porque el socialismo es el “legítimo heredero”, cronológica e intelectualmente, de la ideología liberal, y de hecho no es otra cosa que un “liberalismo organizado”. Y por eso distingue claramente el liberalismo del capitalismo y no exime al individuo de responsabilidad para con su bienestar, como pago a la sociedad por todo lo que de ella recibe. Además, entiende que parte de la burguesía también es oprimida y que no conviene preconizar la revolución porque de hacerlo los pequeñoburgueses se alejarían de la socialdemocracia. Por todo ello concluye que el triunfo de la democracia es “la indispensable precondición para la realización del socialismo”.4

Esas ideas provocan que Rosa Luxemburgo lo acuse de oportunista y Vladimir Ilich Lenin de traidor. Lo convierten en objeto de desprecio intelectual y de toda suerte de descalificaciones, aun dentro del mismo SPD, donde el liderazgo ortodoxo de su colega August Bebel y la férula políticamente correcta de su amigo Karl Kautsky lo zahieren, tras su paso definitivo a la heterodoxia, con el mayor desprecio intelectual. Por si fuera poco, pensadores liberales progresistas de la talla de Friedrich Naumann y Max Weber rechazan su crítica al libre mercado y descalifican por radicales sus ideas socioeconómicas. En suma, su tesis del socialismo evolutivo se gana la animadversión de la izquierda y su proclividad por la ética kantiana y por el igualitarismo lo malquista con el centro-derecha.5

Eduard Bernstein, como la República de Weimar, se queda solo. Es blanco fácil de tirios y troyanos. Junto a la flexibilidad y la irreverencia del ecléctico posee el desorden metodológico del autodidacta, lo que ayuda a sus detractores a resaltar sus inconsistencias y contradicciones. Los ataques más virulentos, desde luego, provienen de sus correligionarios. Lo acusan de lo que suele acusarse a los renovadores, particularmente aquellos que desafían un sistema de pensamiento: de carecer de rigor conceptual y de no entender sus complejidades. Y sin embargo ellos saben que la falta de sistematización de la obra bernsteiniana se compensa con su comprensión panorámica del socialismo y su poder de abstracción teórica, e intuyen que acierta al distinguir la fortaleza analítico-histórica de la debilidad profética del marxismo. Carece del genio creativo de Marx y de la claridad hermenéutica de Engels, ciertamente, pero a ambos los supera en su tino pronosticador: vaticina correctamente la revigorización del capitalismo, la persistencia del Estado y la preeminencia de la política sobre la economía. Es obvio que si sus ideas fueran tan endebles sus críticos no serían tan vehementes. George Plekhanov expresa esa preocupación en una confesión epistolar: “si Bernstein tiene razón en sus críticas, ¿qué queda de las ideas socialistas de nuestros maestros? No mucho…”.6

Las críticas a Bernstein provienen, principalmente, del campo socialista, pero la incomprensión le llega de todas partes. Las dos rutas ideológicas realmente existentes condenan su viaje hacia una tercera vía —la suya fue la original— y se ceban en su osada heterodoxia. Sus detractores en la izquierda nunca le perdonan que en sus 12 años de exilio en Inglaterra haya pesado a la postre menos su cercanía con el General que la contaminación que recibe en las tertulias liberales y que habría de manifestarse en su admiración por pensadores como John Stuart Mill. Sus amigos fabianos simplemente lo desacreditan. En otras palabras, unos le quitan sus viejas credenciales y otros le niegan las nuevas. Él mismo contribuye a ese aislamiento al no pugnar cabalmente por una nueva identidad. Se resiste a desprenderse de la matriz marxista —alega que su revisionismo está prefigurado en los últimos escritos de Marx y Engels— y se vuelve así más vulnerable a las invectivas de los momificadores de “La Fuente de la Verdad”.

He aquí su desventura. Por más que Eduard Bernstein buscara en otros textos sagrados asideros al “socialismo evolutivo”, Marx dejó testimonio inequívoco de su descalificación. En El dieciocho brumario calificó la socialdemocracia como la alianza de un proletariado achatado en su arista revolucionaria y una pequeña burguesía afilada en su pico socialista, una asociación de clases en la que prevalecería el interés de la segunda y no el de la primera:

El carácter peculiar de la socialdemocracia se resume en la exigencia de instituciones democrático-republicanas como medios, no para neutralizar los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para mitigar su antagonismo y trocarlo en armonía. Por mucho que se propongan distintas reglas para alcanzar este fin, por mucho que éste se aderece con ideas más o menos revolucionarias, el contenido sigue siendo el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro de las fronteras de la pequeña burguesía.7

Los límites están claros. Los socialdemócratas pueden quizá atemperar momentáneamente la lucha de clases, conseguir algunos apoyos, avanzar un poco; cualquier cosa, menos construir el socialismo. Desde la perspectiva marxista la mezcla es inviable: o se lucha dentro del Parlamento o se lucha en la calle. Por supuesto que se puede recurrir táctica y provisionalmente a la lucha política, aprovechando algunas rendijas del sistema, pero tarde o temprano se tiene que dejar de lado la legalidad para dar paso a la revolución. Creer que se puede ganar con la ley en una mano y el arma en la otra es en el mejor de los casos una ingenuidad.

Pero Bernstein no entra en razón. Quiere hacer de la socialdemocracia una continuación del socialismo científico, una enmienda sin ruptura, y paga las consecuencias. Pese a su curiosidad intelectual y a su propensión al eclecticismo, nunca estira el cordón umbilical al grado de cortarlo. Durante su primera etapa como militante socialdemócrata coquetea con la heterodoxia, pero en última instancia se mantiene fiel a las directrices de “La Fuente de la Verdad”. Cuando incurre en devaneos con las tesis de Ferdinand Lassalle o de Eugen Dühring es rápidamente metido en cintura por sus mentores: la lectura del Anti-Dühring, primero, y su adoctrinamiento engelsiano en el exilio, después, lo hacen volver al redil. De hecho, escribe en Londres su texto para refutar a Lassalle y realiza su estudio sobre Cromwell siguiendo la más estricta metodología del materialismo histórico. Ni siquiera en su tercera etapa, en pleno viraje hacia el revisionismo, se decide a soltar por completo las amarras.

Sostiene que sólo está “modernizando” el marxismo e insiste en asumirse como un discípulo que les hace un mejor servicio a sus maestros revisando sus tesis y actualizándolas que siguiéndolas a pie juntillas. La realidad, sin embargo, lo desmiente. Proponer la vía democrática en vez de la revolucionaria por convicción y no por táctica y, sobre todo, insistir en fundir liberalismo y socialismo, constituye de hecho una ruptura. Las piruetas argumentativas que da para fundar su revisionismo en la lectura selectiva de los textos de Marx y Engels son insuficientes. Su mente abierta, su realismo y la evidencia de una praxis socialdemócrata que en Alemania se aleja cada vez más de la teoría marxista lo separan irremediablemente de los viejos dogmas, pero su sentido de lealtad y su temor a perder identidad o a quedarse oficialmente en el ostracismo le impiden dar el paso que tiene que dar.8

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Su semilla revisionista tarda en germinar en el SPD. Entre Gotha (1875) y Bad Godesberg (1959), pasando por los correctivos de la ortodoxia en Erfurt (1891) y en Dresden (1903), transcurrieron 84 años de creciente distanciamiento entre un deber ser marxista y un ser socialdemócrata. Todavía el año anterior al célebre aunque discreto parteaguas, en Stuttgart (1958), los más talentosos representantes de una nueva generación de dirigentes reformistas como Willy Brandt y Helmut Schmidt se resisten a formalizar su separación del marxismo. Paradójicamente, es el pragmatismo del viejo líder Erich Ollen-hauer quien empuja la nueva declaración de principios con la idea de ganar en imagen y de atraer un electorado pluriclasista. En ese sentido, más que una redefinición ideológica, Bad Godesberg es una desideologización. El SPD se abre en el ámbito de la religión (se desmarca del ateísmo y del jacobinismo), modifica planteamientos económicos (enfatiza la “competencia” y elimina el término “socialización”) y redefine el propósito del socialismo (“eliminar los privilegios de las clases dominantes y traer libertad, justicia y prosperidad a todo el pueblo”). Y en un postrer espaldarazo a su verdadero ideólogo, rechaza implícitamente el concepto de “la meta final” al decir que el socialismo es “una tarea a perpetuidad” (la lucha por y la preservación de la libertad y la justicia).9

La causa de esa tardanza no es una dilación cognoscitiva sino de un imperativo de legitimidad. Eduard Bernstein primero, y los líderes de la socialdemocracia alemana después, conocen las contradicciones entre teoría y práctica y entre ciencia y propaganda que anidan en su doctrina originaria, pero la fuerza legitimadora de la portentosa construcción intelectual de Karl Marx es más grande que el imperativo de congruencia. Durante esas ocho décadas resulta más útil conservar el mito que cerrar la brecha entre norma y realidad, aun para alguien tan alérgico a la rigidez del determinismo y del economicismo como Bernstein. Porque él rechaza tanto la idea de la inevitabilidad de la revolución como de la de la economía como factótum infraestructural. Es más, argumenta que el origen de las clases no es sólo socioeconómico sino también cultural, y que la lucha entre ellas puede por ello ser menos violenta y más civilizada. Pero siempre será más atractiva una ideología envuelta en un manto científico, así sea el de una ciencia social y bastante inexacta.

La socialdemocracia nace del vientre marxista y la fuerza de ese vínculo se convierte en una suerte de pecado original. Su renuencia a recibir un bautizo ideológico que le permitiera adoptar el apellido de ese padre adoptivo con el que convive vergonzantemente, el liberalismo político, retrasa la adopción de su propia identidad. Si bien al dar sus primeros pasos se aleja un poco de la madre, más temprano que tarde sucumbe a su férrea dominación y más tarde que temprano acaba por superar sus prohibiciones y por asimilar abiertamente su mestizaje. Es, como dije al inicio, un viaje elíptico muy semejante al que realiza Eduard Bernstein. El resto de los partidos socialdemócratas europeos siguen una travesía similar al del buque insignia del SPD. Con variantes —el Partido Socialdemócrata Sueco se deslinda de los comunistas y llega al poder en coalición con los liberales en 1917— llegan a la misma conclusión.

Cierro con una reflexión personal. Las ideas no surgen únicamente de la observación de la realidad y del entorno intelectual; influyen también, entre otras cosas, los rasgos psicológicos de quien las genera. Eduard Bernstein es un hombre bueno, compasivo y pacifista, y no es un dato menor que deba descartarse en el análisis de su obra el hecho de que todos los que lo conocen coincidan en esto. Su reiterada aversión a la violencia del blanquismo y del bolchevismo puede tener raíces emocionales en esa bonhomía. Es, por otra parte, una persona insegura, que necesita de la aprobación de todos, lo cual puede influir en su centrismo, en su voluntad de justo medio. Ambas cosas se usan, implícitamente, para descalificarlo. Pero ni el influjo de su personalidad ni su calidad de autodidacta restan validez a las tesis que pergeñó. A la socialdemocracia hay que juzgarla con base en sus resultados, que muy pronto reciben en Europa el visto bueno de la realidad. Y la verdad es que la creación, como resultado de un proceso democrático, de Estados de bienestar que propician la disminución de la desigualdad social en un marco de libertades individuales, debe mucho a la visión y al revisionismo inteligente de Bernstein.

A guisa de conclusión vernácula
La izquierda democrática mexicana está atrojada a la mitad del proceso evolutivo que siguió la socialdemocracia europea. Se detuvo ante su Rubicón, en un paraje seductoramente ambiguo, y decidió acampar ahí. Con un pie en la orilla de la insurrección civil —que no de la lucha armada— y otro pie en la orilla del Estado de derecho liberal, se balancea de un lado a otro en vano intento de tranquilizar su conciencia al tiempo que busca el poder. Alberga el mismo chip marxista que tantos problemas le provocó a Eduard Bernstein y que le hace mantenerse secretamente fiel a las tesis de la lucha de clases como el motor de la historia, del Estado liberal como garante de la opresión burguesa sobre el proletariado y de la agudización de las contradicciones del capitalismo como catalizador de su derrumbe, y la lleva a equivocar su estrategia para llegar a la presidencia de la República. Conserva una profunda desconfianza en el orden legal e institucional y la consecuente sospecha, alimentada por un establishment miope empeñado en fundamentarla, de que nunca podrá llegar al poder por las buenas. No privilegia la lógica electoral —construir una mayoría para gobernar— sino la lógica insurreccional —construir una minoría para no dejar gobernar— y pierde así eficacia. Pugna por el apoyo del pueblo en vez de buscar el respaldo del electorado. Asume que la lucha ha de darse primordialmente en la calle o en las plazas, porque en las urnas la gente no es verdaderamente libre. De hecho, hace de “la lucha”, junto con “la resistencia”, tradición y mantra. Hay que luchar porque es la única forma en que los de abajo pueden derrotar a los de arriba. Así fue antes y así será siempre.

Los principios son intereses en cristalización y los dogmas son principios petrificados. La lucha y la resistencia se han dogmatizado en esa parte de nuestra izquierda porque se han vuelto fines en sí mismos, epopeyas que a menudo hacen olvidar para qué se lucha y contra qué se resiste. Producen tanto dolor como placer, tanto sacrificio como regocijo. Constituyen la única constancia válida de lealtad y congruencia con la tradición socialista en esta era historicida, la del inefable fin de las ideologías, cuando el globo aldeano se ha derechizado tanto que apenas queda margen para reivindicar los ideales justicieros. Dejar de luchar y resistir en estas circunstancias sería tanto como claudicar y traicionar el último compromiso social. La identidad afectiva, la causa omnisciente, aflora en marchas, paros y plantones. Es entonces cuando el enojo de las multitudes puede trocarse en venganza catártica de burlas ingeniosas, cantos y bailes, risas y algarabía. ¿Cómo pedir que esa movilización se subordine a las tácticas electorales, al debate parlamentario o, peor aun, al anticlimático litigio en los tribunales? La estratagema fría en el marco de la legalidad y la institucionalidad es para la derecha, la campeona del statu quo racional. Lo de la izquierda es el apasionamiento redentor.

Y es que la derecha nace del cálculo mientras que la izquierda es hija de la indignación. No me imagino a nadie dando su vida por la ley de la oferta y la demanda, y sí conozco a muchos que todavía sueñan con inmolarse en un embate contra la plusvalía. A diferencia de otras izquierdas, a la nuestra le ha faltado frialdad para comprender que su llegada al poder se dará ahogando en votos cualquier intento de fraude, y que ese aluvión no se obtiene tanto asustando al gobierno cuanto tranquilizando a la clase media. Por eso me parece que el reto es crear “una izquierda idealista pero sagaz, congruente pero propositiva, realista pero contemporánea”.
Una “que no confunda heroísmo con congruencia, dignidad con derrota ni lucha social con oposición empedernida”, y “que entienda que la racionalidad puede a veces resultarle dolorosa pero nunca le será ineficaz”.10 Los europeos tuvieron reflejos lentos y tardaron ocho décadas en dar el salto cualitativo que propuso Bernstein; nosotros no podemos darnos el lujo de esperar más, so pena de consolidar nuestra democracia hemipléjica. Es verdad que las conquistas sociales del pasado fueron arrancadas mediante el conflicto, la confrontación y aun el martirio de los débiles contra los poderosos. También lo es que la inequidad no ha desaparecido, y que sigue habiendo un orden injusto que protege los intereses del capital y pone en desventaja a quienes pugnan por la redistribución de la riqueza o aun del ingreso. Pero hoy nuestra izquierda tiene a su alcance instrumentos electorales, legales, institucionales y mediáticos con los que nunca soñó para llegar al poder por la vía de las elecciones y hacer de México un país más justo. La impronta de Marx en nuestro país obstaculiza esa renovación e impide entender que la lucha social del siglo XXI es en otro terreno y con otras armas, y que la resistencia ya no es eficaz si no se dirige primero contra la inercia. Creo que es hora de extirpar el chip marxista y sustituirlo por uno bernsteiniano. Corregido y aumentado, claro.

Agustín Basave.
Doctor en política por la Universidad de Oxford, académico de la Universidad Iberoamericana, ex presidente del Consejo Consultivo del FAP.

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1 Véase Eduard Bernstein, The Preconditions of Socialism, Cambridge University Press, Cambridge, 2004, p. 46. Las subsecuentes traducciones de citas al español son mías.
2 Ibíd., pp. 110-136.
3 Ibíd., pp. 140-145.
4 Ibíd., pp. 147-158. Para apreciar el desarrollo ulterior de la obra de Bernstein, véase Manfred B. Steger (comp.), Selected Writings of Eduard Bernstein, 1900-1921, Humanities International Press, New Jersey, 1996.
5 Véase Manfred B. Steger, The Quest for Evolutionary Socialism, Cambridge University Press, Cambridge, 1997, pp. 1-175. También puede verse Peter Gay, The Dilemma of Democratic Socialism: Eduard Bernstein’s Challenge to Marx, New York, 1962.
6 Steger, op. cit., p. 97.
7 Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, Madrid, 2003, p. 75.
8 Un recuento de la actuación de Bernstein y el SPD en el convulso periodo que comprende la Primera Guerra Mundial y la República de Weimar puede verse en G. D. H. Cole, Historia del pensamiento socialista, vol. V, Comunismo y Socialdemocracia 1914-1931, FCE, México, 1974, pp. 99-159.
9 Sobre el programa de Godesberg véase Heinrich Potthoff y Susanne Miller, The Social Democratic Party of Germany, 1848-2005, Dietz, Bonn, 2006, pp. 195-202.
10 Agustín Basave, Prólogo a ¿Qué izquierda para México?, Memorias del Primer Foro del Consejo Consultivo del Frente Amplio Progresista, México, 1, 8 y 15 de junio de 2007, pp. 16-17.