Los Estados Unidos están enfermos de salud: Estados Unidos, donde los infartos y los paros cardiacos tienen un precio —monetario— y donde los doctores se desenvuelven como si vivieran de sus rentas o como especuladores en tiempos de guerra; y los estadunidenses admiran este cuidado intensivo… de la cartera.

John Updike —o el fantasma de John Updike— estaría interesado, pero no sorprendido, al enterarse que en el año de su muerte hubo un movimiento popular en contra del sistema de salud propuesto por el gobierno actual: un sistema, el propuesto, que desde hace mucho se utiliza en todos los demás países del primer mundo. Los estadunidenses creen en una autoridad descentralizada, en elegir individualmente y en lo que llaman “responsabilidad fiscal” (que no es otra cosa que impuestos muy bajos); les disgusta la idea de un gobierno paternalista que, escandalosamente, mime a los ciudadanos apáticos “desde la cuna a la tumba”. Los estadunidenses pagan por ir, y también por venir: las entradas son costosas, los precios de las salidas son exorbitantes; es el “estilo americano”, y están enganchados a él.

Mi único encuentro con John Updike —una entrevista de dos horas— tuvo lugar en un hospital de Massachusetts, donde él esperaba a que le extirparan una verruga precancerosa de la mano derecha. Eso fue en 1987; yo tenía treinta y ocho años, él cincuenta y cinco. Veintidós años después, el 27 de enero de 2009, Updike sucumbiría al cáncer de pulmón, en un hospital de Massachusetts.

Ilustración: Manuel Monroy

La coincidencia no es asombrosa en absoluto. No es como si yo en algún momento hubiera ido a saltar en bungee con John Berryman, o probado el sabor de los cañones gemelos de una escopeta al jugar a la ruleta rusa con Ernest Hemingway. Sin embargo, y desde su fallecimiento, he estado pensando mucho acerca de mi breve encuentro con esa gran presencia estadunidense —ésa que ahora es una ausencia de las mismas dimensiones—: he contemplado la obra de Updike y a Updike mismo desde la óptica del nosocomio. Además, nuestro largo encuentro en el Wang Ambulatory Care Center del Hospital General de Massachusetts, en Boston, tuvo su modesto portento, su pequeño presagio, de una muerte anunciada.

Aquel día de verano la cafetería del hospital, sorprendentemente grande, era el escenario para toda clase de padecimientos. Le delego la tarea de describir la escena no a Updike —por ahora— sino a la única persona viva que, entonces, aún podía ser considerada como su superior: Saul Bellow. Lo que sigue es de su novela Las aventuras de Augie March: “Enjutos, cojos, usuarios de bragueros y arneses, bailarines de las muletas, gente mirando los muros cual inspectores de construcción, personas en silla de ruedas con cascos hechos de vendajes, olor a heridas y a flores medicinales que surgen de las gasas, provenientes de coloridos horrores y salidos de las profundidades”.

En medio de esta galería de la morbilidad, Updike estaba intensamente vivo. La hiperactividad de sus sentidos, de las impresiones que todo ello le causaba, era palpable… casi se podía escuchar. Sentí que estaba en medio de un cúmulo de procesadores, un NORAD* de acopio de datos y microanálisis.

—¡Dios mío —dijo alegremente— estamos rodeados de toda clase de estadunidenses enfermos! Mira los anteojos de esa señora.

Una señora que pasó a tientas frente a nosotros traía algo parecido a unas gafas de soldador frente a sus ojos.

—Supongo que en verdad no quiere que entre nada de luz a sus ojos… Dios mío, míralo a él. ¡Mira sus hombros! Mira las piernas de esa muchacha.

A la pregunta de por qué nos gusta cierto tipo de personaje literario, como la brillantemente corrupta Becky Sharp, por ejemplo, y nos disgustan otros, como Little Nell, que es piadosamente sosa, Updike, como un crítico, tiene una opinión definitiva:

—Lo que nos gusta es la vida.

Lo que nos gusta es la vida, y la vida sigue siendo vida; tal vez, especialmente cuando se ve amenazada no sólo por la enfermedad, sino también por una aguda tensión financiera. Sí, estos son los Estados Unidos, donde caer enfermo es dos veces malo, y donde los costos de los tratamientos médicos contribuyen al sesenta y dos por ciento de las quiebras financieras personales.

Como un vasto y próspero campo de concentración —con sus innumerables subsecciones para corazones pulmones, riñones, vejigas y cerebros—, el interminable edificio del Hospital General de Massachusetts también se asemejaba a un emporio o incluso a un centro comercial: donde los estadunidenses enfermos, emprendedores libres e individualistas hasta el fin, compraban bienestar.

— Ayer leí La ciudad. Un trabajo de perfección joyceana —dije.

—Gracias. Regresaremos a Joyce más tarde. Mira a la mujer que acaba de salir del elevador, la que tiene el…

Updike estaba exaltado, fascinado, embelesado; Updike estaba vivo.

 

Todos recordamos las amotinaciones somáticas, los horribles reveses y las hospitalizaciones épicas que sufrió Rabbit Angstrom, el antihéroe de la serie de novelas de Updike: Rabbit, tan optimista y dinámico, y tan indisciplinado y escleroso, como los Estados Unidos a los que personifica. Los dramas y ansiedades médicos aparecen con frecuencia en la ficción tardía de Updike, del mismo modo que retrasan y entorpecen las conversaciones de todo aquel que pasa de los cincuenta y cinco años. Tal vez sea La ciudad —un cuento de 1981 publicado en el volumen De la finca (1987)— el que resalte como el que contiene la visión más aguda y cristalizada de una visita a la tierra de los enfermos.

—Un trabajo de perfección joyceana —dije. En su favor, en realidad no es perfecto, ni tampoco joyceano; Updike malgastó varios años de su etapa más productiva tratando de transferirle el ritmo-pensamiento de Leopold Bloom a los adúlteros flemáticos de las zonas suburbanas de Estados Unidos, personajes de sus novelas Parejas, El regreso de Conejo y, sobre todo, en The Maples Stories. La ciudad es puro Updike: es, al mismo tiempo, penosamente íntimo y grandiosamente universal.

La primera línea nos muestra la aparición de la enfermedad: “El estómago empezó a dolerle en el avión, mientras las turbinas variaron su tono al comenzar el descenso”; la segunda línea nos da el primer atisbo de negación, o la búsqueda de una causa aproximada para la dolencia: “Al principio, Carson [Bob Carson, un vendedor de computadoras de segunda clase] le echó la culpa a los cacahuates liofilizados con sal”, de los cuales, en el avión, había comido dos paquetes a media mañana, acompañándolos de un whisky sour.

Mientras baja del avión, Carson continúa, vengativamente, culpando a los cacahuates. A los cacahuates les sigue, en culpa, la bebida, el zumbido de las turbinas del avión, los corpulentos codos de sus vecinos en los descansabrazos y luego, con un poco más de autoconmiseración, el tedio que siente a sus cuarenta años: “bañarse y rasurarse en la mañana y luego meterse a sí mismo en la ropa para al final, dieciséis horas después, sacarse a sí mismo de la misma ropa”. En la fila para el taxi, el primer epi-síntoma decisivo lo persuade de saltarse las citas que tenía programadas e irse directamente al hotel: “Una súbita y transparente ola de náusea, como un desplome en el vuelo del 747…”.

La criatura enferma se encamina a su lugar de reposo; antes que eso, sin embargo, pasamos por la fantasmagórica desesperación del hotel en donde, mientras Carson sigue al “botones de uniforme marrón por el corredor de alfombra naranja, no sólo encuentra que los colores son nauseabundos sino que los planos de las paredes y el piso parecen distorsionados, como si el dolor, que no lo abandona, lo estuviera trasladando a otras coordenadas…”.

Nuevas coordenadas, misteriosas perspectivas: “Para variar, Carson se acostó sobre las frías baldosas del piso del baño, maravillándose con las caras posteriores de los complejos y abelfados adornos de porcelana y con el distante y brillante losange del espejo escorzado por su punto de vista”.

La negación se diversifica ahora con una fe ciega en el resurgimiento, tal y como la personalidad de Carson también se diversifica y se bifurca: las citas que habían sido apuradamente reprogramadas lo molestan sólo “remotamente, pues de todo aquello se ocuparía otra persona completamente distinta: él mismo, una vez se hubiera levantado y recuperado”. Visita la farmacia del hotel —se sorprende por el espejo en el lobby donde mira a “un hombre de extremidades delgadas en mangas de camisa, con una barriga prominente y la boca en una mueca incolora, colgando de lado como la llevaría un hombre muerto”— y adquiere el remedio familiar patentado: un bote de Melox. “La medicina tenía un gusto a arena y gis, y le dio a su dolor, después de hacerlo dudar un momento, un nuevo filo, como si hubiera adquirido pequeños dientes arenosos”. Para entonces la familiaridad hace lo poco que puede: “En los espacios penumbrosos de la habitación el dolor se había convertido en su compañero… dejó que la tarde se consumiera hasta la noche y pensó en cómo la miseria misma se termina por convertir en una especie de hogar”.

Sacando fuerzas de voluntad de su último resquicio y deseando escuchar una voz humana Carson llama a la recepción. Un joven recepcionista le recomienda, sin preocuparse, la clínica de emergencias del hospital local. Es este empuje lo que el débil Carson ha estado esperando puesto que la familiaridad estaba lista para convertirse en capitulación. Después de un viaje en taxi de duración “sorprendente”, llega hasta “la vasta y reluciente pila”; espera, más bien desea, “renunciar por completo a la carga que representa su cuerpo, pero en vez de eso se ve obligado a acarrearlo por una serie de esfuerzos de último momento: formas que llenar, proveer pruebas de su buena salud financiera para poder enfermarse…”.

Esta última frase, con todo y su pequeña y tímida carga irónica, es el primer punto en el que el cuento reconoce esa peculiar barbarie estadunidense: la sinergia fatal de la salud pública y la ganancia privada. De cualquier modo, esa peculiaridad —que sólo se vuelve a mencionar una vez más— se dramatiza silenciosamente a partir de ese momento. Updike, como hombre, acepta “el estilo americano”, pero como artista está lúcido ante sus deformaciones. Su mente subliminal sabe que estar enfermo en los Estados Unidos es distinto a estar enfermo en cualquier otra parte del mundo; y ¿debería ser así?, ¿está bien que la inequidad te persiga, y te lleve, hasta la tumba?

Los operarios médicos que procesan a Carson no muestran empatía vocacional; son apariciones “distantes” que dan la impresión de tener mejores cosas que hacer y que en verdad deberían estar en otro sitio: en una cena con amigos, por ejemplo, o de algún otro modo inmersos en “un mundo festivo y doméstico” del que Carson hace mucho que “ha caído”. Enfermarse implica, invariablemente, un descenso para el enfermo; si uno es estadunidense, ese descenso también es socioeconómico. Después de todo, Carson es pequeñoburgués y no un gran bohemio como su creador. “Poco a poco Carson se vistió de nuevo, aunque la ropa aparentaba, pieza a pieza, ser de tan dudosa calidad que apenas podría ser suya”. Queda claro: si tu salud empobrece en los Estados Unidos, entonces también empobreces tú. Después de una serie de pruebas, a Carson le asignan una cama en la zona de preadmisión, con otros pacientes que se quejan, gimen y vomitan. “Carson se consoló ya que, por las evidencias frente a él, al menos había entrado a un núcleo reconocido de decaimiento”.

Durante la noche se despierta y ve que un nuevo y más alto médico, otro refugiado del beau monde, lo observa con detenimiento: “Carson quiso ser sociable, pero estaba en una mala posición para ello, acostado boca arriba y casi desnudo… Estaba muy consciente de que, a pesar del desolado horario y la sordidez del entorno, el doctor gozaba de buena salud y debía tener un hogar, una familia, una rutina a la cual volver”.

El diagnóstico fue hecho triunfalmente: apendicitis, con una bien conocida complicación. Cual semidioses, los matasanos operarían de inmediato; el “ascenso en estatus” de Carson le inculca al equipo médico un nuevo esprit de corps; “sobre ruedas veloces y suaves” flota “de pies” hasta el anfiteatro: “Todo un grupo de personas enmascaradas ya estaba ahí, charlando, dando una fiesta.

—¡Hay tantos de ustedes! —exclamó Carson; estaba inmensamente feliz. Su dolor había cesado”.

La felicidad persiste y se ramifica. La segunda mitad de La ciudad es una de las odas de Updike al renacer comunitario: renacer en el armonioso escenario estadunidense. El vándalo interno de Carson, “el demonio ardiente e indescorazonable que llevaba dentro” es domado por la medicina moderna, reducido a “trivialidades”, y ello “redimía a Carson, puesto que los enfermos se sienten tan afligidos como los pecadores y los caídos en desgracia”. Una bella enfermera de “rostro negro y suave, como una reina” trae más redención, cuando en una visita nocturna le sonríe, sin decir palabra: “Te perdono, decía su sola presencia”.

Renacer implica una regresión. El amable cirujano le da unas tutorías breves “acerca de comer, caminar e ir al baño: todas cosas que deben aprenderse de nuevo”. Conmovedoramente, Carson se entretiene con un rompecabezas que encuentra en el salón de juegos. De noche lo reconfortan presencias invisibles. “Las luces estaban siempre encendidas; había murmullos en el pasillo; aquel mundo descansaba lo mismo que los nuevos padres pendientes de su bebé”.

Entonces la realidad conspira para deleitarlo y su gratitud es circundante. “Una televisión había sido montada en la pared frente a él y obedecía las órdenes de un panel de botones que descansaba en su mano”; por las noches, el “aparato se convertía en un compañero aún más cálido e intrigante, con sus colores danzantes y su resplandor fluctuante”. Carson hace ejercicio, puesto que debe hacerlo, al principio estorbado por el “giratorio y sonoro pedestal de la intravenosa”, pero encuentra que tiene, “alegremente, maña” y su manejo del “fiel” artilugio empieza a parecerle definitivamente “elegante”.

Para entonces, Carson no tiene una hemorragia de nada más peligroso que de dólares y centavos. Sus despreocupados doctores, que están siempre a punto de “despegar” e irse a algún sitio más agradable, lo cuidan… por un precio.

Pero Carson es un estadunidense y no lo nota. Hay que observar el modo en que su mente divaga en cuanto se aproxima a analizar la avaricia parpadeante de sus cuidadores: “…se aparecía un grupo de especialistas en algún departamento u otro de la anatomía de Carson, y lo hacían sentir gigante, como Gulliver amarrado en Lilliput para que lo estudiaran. Todos ellos se apersonaban por ahí de modo tan casual y agradable —sólo pasando por ahí, como si tal cosa— que Carson estaba sorprendido, meses más tarde, de hallar cada visita listada por fecha y hora en la cuenta del hospital que le enviaron. El extenso legajo estaba impreso en una impresora de puntos, al parecer una vieja Centronics 739”.

De pronto me acuerdo de una frase que escribí acerca de Lolita y del meticuloso ajuste de cuentas al que Nabokov somete a Humbert Humbert: “Como en un hospital estadunidense, eventualmente tendría que responder por cada cubrealmohadas con rastros de lágrimas y cada trozo manchado de pañuelo desechable”.

Carson está siendo rebautizado: purificación, regeneración, readmisión. Su lugar favorito es la escalera exterior: “El crudo aire fresco había rastrillado su organismo, que estaba aún drogado, como un beso áspero y dramático; el aire era de comienzos de otoño, y traía mezclados la primavera y el verano, el futbol americano y el beisbol, dureza con frío y, sin embargo, no era aún húmedo y no estaba vacío de todo crecimiento”.

Desde la escalera observa la ciudad que le es desconocida y la cual nunca volvería a visitar: “Los monótonos conjuntos habitacionales y cascajo ensamblado que podía ver a través de la reja del muro de cemento, que no le permitía ver más allá, le parecía a Carson húmedo, colorido, rebosante y brillantemente real. La vida, eso era la vida. Eso era el mundo”.

 

–¿Joyceano? ¿Te parece? —dijo Updike, cuando nuestro encuentro se acercaba a su fin.

—En su estado más perfecto, o casi perfecto.

—Bueno, nada es perfecto. Un poema breve puede serlo, pero un cuento, de la extensión que sea, pronto se abre a “los pecados naturales del lenguaje”, por decirlo en palabras de Eliot.

—Como sabes, cuando Nabokov daba clases, solía ponerle calificaciones a las lecturas del programa. La calificación más baja que puso fue un menos diez, pero le puso más que diez a Joyce por su cuento Los muertos. Te podría haber puesto lo mismo por La ciudad. Alguna vez dijo que le encantaba tu prosa, ¿no es cierto?

—Sí, lo dijo. Firmó su pequeña carta con un “cordialmente”. Esa nota era muy minimalista. Me hizo sospechar que Nabokov sólo amaba mi prosa cuando ésta elogiaba la prosa de Nabokov. Quería preguntarte: ¿leíste Finnegans Wake?

—¿Completo? No. Sólo el principio, el final y unas partes de en medio.

—Yo también. Mmmm. Sorprendente. Pensé que tenías un aire como de alguien que ha leído Finnegans Wake.

Me sentí halagado, lo más probable es que equivocadamente. Después de todo, ¿qué tipo de aire sería ese? Obsesivo, con lentes gruesos, onanista.

—Nabokov dijo que Ulises era un “libro noble” —dije—. Sin embargo, dijo que Finnegans Wake era “un ronquido en el cuarto de junto”… No me acostumbro a lo felices que se ven todos. Están en un hospital y les está costando un ojo de la cara.

—Cuando llega la cuenta… eso es lo verdaderamente doloroso. Pero los estadunidenses están todos asegurados. Excepto, claro, por los millones que no lo están.

—Me parece grotesco. Pagar por estar enfermo.

—Socializar los servicios médicos nos parecería grotesco a nosotros. No pagar, no estar en posibilidades de elegir y escoger, no tener tu panoplia de poderes discrecionales… sobre todo cuando se trata de un asunto de vida o muerte. Eso sería “antiamericano” —dijo él.

Los lectores actuales de La ciudad se sorprenderán de ver cuánto se fuma en el hospital de Updike. Sin embargo, también había una sección de fumadores en la cafetería del Hospital General de Massachusetts y, después de dudarlo un poco, le pregunté si nos podíamos mover allá unos minutos:

—Mientras me fumo un cigarro.

—Sí, por supuesto —contestó. Updike agradeció el traslado a una nueva mesa: le proporcionó más estadunidenses enfermos a los cuales mirar.

—Esto es grotesco también —dije—, fumar en un hospital. Aunque supongo que es bueno para el negocio.

—Te envidio. Lo dejé.

Updike dejó el vicio, pero el cáncer de pulmón es el corredor de maratones de las enfermedades mortales. Le tomó mucho tiempo a los humanos descubrir que fumar era malo para la salud. La declaración oficial llegó en 1964, cuando Updike tenía treinta y un años y era ya el veterano de muchos cigarros y de muchos puros.

—Esa mujer… ¿ves el tamaño del soporte que tiene que llevar? Ese hombre del sombrero. Tiene un altavoz atornillado a su garganta. El hombre viejo con el…

Ahora que miro los metros lineales que ocupan los libros de Updike en mi librero, encuentro difícil de creer que alguna vez hubiera sido adicto a algo más que a una ética laboral. Ah, y a la vida, por supuesto. Esos ojos suyos, tan ocupados; el conjunto de su boca que parecía estar conteniendo, con dificultad, una euforia vasta y misteriosa; su cabello en forma de turbante aún floreciendo con fuerza; sus manos en la charola del té, mucho más firmes que las mías —“¿por qué no dejas que lleve eso?”—; mis propias manos que temblaban ante el tamaño y vigor de su presencia y su talento. Aquel día, en el Hospital General de Massachusetts, John Updike estaba vivo.

 

Martin Amis
Escritor. Entre sus libros: Dinero, Perro callejero y La casa de los encuentros.

Traducción de Omegar Martínez
©Martin Amis, 2009.

* Comando Aeroespacial Norteamericano de la Defensa, por sus siglas en inglés. Es un centro famoso, entre otras cosas, por su capacidad de procesamiento de datos con computadoras.