México: identidad y cultura nacional es el título de un libro colectivo editado por la Universidad Autónoma Metropolitana. Impreso en un gran formato inusual de 21 por 32 centímetros, es fácil de leer pero difícil de acomodar en los anaqueles. Ocho son sus autores.(1) De ellos, al menos seis constatan, de un modo u otro, la existencia o la latencia de una crisis del nacionalismo mexicano: Gruzinski, Lafaye, Monsiváis, del Val, Gabayet y Bartra. El volumen es el resultado de un coloquio realizado en la UAM Xochimilco en marzo de 1992, coordinado por Jacques Gabayel. Tres años después, podemos decir que esa crisis está entre nosotros en su real magnitud, haciendo verdad varias de las anticipaciones o premoniciones de los autores.
Vivimos hoy una crisis de la forma del Estado mexicano(2) y, con ella, de su ideología fundante, el nacionalismo propio de la Revolución Mexicana. En realidad, desde hace tiempo era más perceptible la crisis de la ideología que la de la forma del Estado. Sin embargo, incapaz como se reveló este Estado de engendrar una ideología unificadora diferente, se ha mostrado que la crisis de la ideología anunciaba y preludiaba la otra, la más profunda, la arrasadora crisis de la forma estatal y de sus relaciones interiores.
De las dimensiones reales de estas crisis nuestros políticos de todos los colores, pese a cuanto digan, parecen no tener conciencia clara, a juzgar por sus desconcertadas idas y venidas en torno al hormiguero institucional sobre el cual alguien -¿la globalización?, ¿el reino universal de las finanzas?, ¿la caída del malhadado muro?, ¿la posmodernidad?, ¿el dedo de Dios?- ha volcado su ira sin piedad. No salen mejor librados analistas y columnistas, esa especie que por lo general sobrevuela las ondas superficiales de la política. Castigo para algunos de ellos sería publicar ahora lo que escribieron apenas en septiembre pasado, mes cuyo otoñal encanto postelectoral fue roto de un solo balazo por el asesino de José Francisco Ruiz Massieu, el verdadero heraldo de lo que vendría.
¿Es más que un cruce de dos crisis, la económica y la política, lo que de este modo extravía las brújulas de individuos por otros conceptos inteligentes y perceptivos» Creo que algo nos anticipan varios de los autores de este libro.
Roger Barta dice en su ensayo:(3)
vivimos «una crisis del nacionalismo» y una «búsqueda de nuevas formas de identidad». Buscamos nuevas respuestas a la eterna pregunta: ¿quiénes somos esta comunidad de los mexicanos?, ¿quién soy yo y cuál es mi comunidad dentro de esta comunidad o sin ella? En la identidad que el nacionalismo define ya no me identifico, me veo borroso, no pertenezco a ella como en otros tiempos. ¿Está cambiando esta identidad? ¿Estoy cambiando yo mientras la identidad por siempre permanece? Estas preguntas en torno a palabras escurridizas y ambiguas como las del título del libro: «identidad» y «cultura», circulan cada día en ensayos, artículos y columnas. Ellas delinean una crisis de incertidumbre.
Para abordar esta incertidumbre, Jacques Laraye anota(4) la dificultad misma de la idea de una cultura nacional y la atribuye a varios «malentendidos»:
Por un lado hay sectores de la sociedad que se empeñan en defender una supuesta cultura nacional que sólo representa un vestigio de la antigua cultura criolla de una reducida elite social, hoy diezmada por el desarrollo económico acelerado. Por otra parte, una nueva burguesía cosmopolita, nacida del progreso industrial y del comercio internacional, exalta una civilización material que no es «cultura».
Hay, empero, un tercer afluente, sigue Laraye:
Por otro lado, los miembros de los grupos étnicos tradicionales, dispersos por la mecanización de la agricultura, la especulación sobre bienes, fondos, etcétera, se aferran con desesperación a lo único que parece capaz de mantenerse a flote en el naufragio de su comunidad: la cultura de los antepasados.(5) (…)
Una cultura nacional -para ser algo más que un tema de discursos públicos o una meta ideal- tendría que ser el imposible denominador común de contradictorias herencias culturales.
Lafaye insiste en aquella idea sobre la cual trabajó sin cesar Guillermo Bonfil en sus últimos años:(6) la expulsión de los indios del término «mexicanos», la confiscación de su nombre, mexicanos, por un nacionalismo
que los excluye:
(6) Guillermo Bonfil, «Historias que no son todavía historia», en Carlos Pereyra y otros, Historia ¿para qué?, Ediciones Siglo XXI, México, 1980, pp. 227-245; Guillermo Bonfil, México profundo. Una civilización negada, Editorial Grijalbo, México, 1990 (1a. ed., 1987).
la descolonización social interna no ha terminado todavía. El vía crucis del indio, aun después de la Revolución Mexicana, no ha llegado a su última estación. Todavía hoy uno puede preguntarse: «¿Hasta qué punto el
indio mexicano es un mexicano?».
Tres años después, en 1994, la insurrección indígena de Chiapas volvería a traer esta pregunta a nuestra cotidianeidad en la forma que parece ser la única posible para las preguntas largamente postergadas, ignoradas
o descartadas: la inesperada violencia de los olvidados. Aquel estado de cosas, insiste Lafaye, puede dar resultados igualmente no esperados:
Si se llega a sacralizar la «identidad étnica» como el alfa y el omega de la sociedad nacional e internacional, se corre gran riesgo. (…) ¿Quién puede comprometerse a que en el mismo México no vayan a resurgir nunca
«las guerras de castas»? Es tiempo ya de sacudir de nuestros pies el lodo de la historia en gestación y regresar a los conceptos que han sido nuestro punto de partida.
La «identidad» no es idéntica. En todos los casos depende de los grupos étnicos, regionales, las clases, la edad, las capas sociales y las épocas.
El concepto de «nación» no coincide exactamente con el de patria ni con las fronteras y los criterios del Estado-nación. Es más bien una aspiración, un ideal, una ansia o un espasmo de la sociedad que se encuentra en
situación crítica
Lo mexicano rebosa de ambigüedades y su definición no es inmutable; más bien es polisémica.
Los «mexicanos» se definen claramente frente a los extranjeros y con dificultad frente a sí mismos. (…)
Todo esto conlleva a que los mexicanos se queden, por cierto tiempo todavía, «con la X en la frente», la X de la incógnita.
Carlos Monsiváis, en trance de despejar esta incógnita (7), registra otra transfiguración:
El nacionalismo pasa del deber cívico a la orgía sentimental, y ser mexicano es vivencia progresivamente desligada de la política y el compromiso social. (…)
El nacionalismo que persiste es ruidoso, beligerante, cursi, áspero, devoto, bravero, apretujado, sentimental de a madres. Es el nacionalismo de los excluidos de la Nación Visible, o de los sólo incluidos en los acarreos.
Es el nacionalismo del futbol, de la música popular, de las evocaciones regionales, del antimperialismo de sobremesa o de madrugada, de las reflexiones vacías y circulares sobre el carácter de los mexicanos, de los reflejos condicionados de un patriotismo no muy claro en su registro histórico.
Es que la incógnita de este nacionalismo en transición hacia otra forma de sí mismo está poblada, para Monsiváis, de todas las preguntas que asedian a una identidad situada en divergencia creciente con aquella que se definía como la «obediencia a las instituciones»:
¿De qué modo se aplica la identidad, que debe ser fijeza, a los requerimientos del cambio permanente? ¿Cuál es el meollo de la «Identidad»: la historia patria, la Constitución de la República, las leyes, la religión, el sentido de pertenencia a la nación, la lengua, las tradiciones regionales, los hábitos sexuales, las costumbres utópicas, los usos gastronómicos? ¿Cuál es la «Identidad Nacional» de los indígenas? ¿Pueden serlo mismo la «Identidad» de los empresarios y la de los campesinos? ¿Hay Identidad o hay identidades? ¿Cómo intervienen en el concepto las clases sociales y los elementos étnicos? ¿Hasta qué punto es verdadera la «Identidad» que promulgan los mass media? Si la Identidad es un producto histórico, ¿incluye también las derrotas, los sentimientos de cabal insuficiencia, las frustraciones? ¿Hay una Identidad negativa y otra positiva? (…)
Una diferencia no muy advertida en la historia cultural: si la «Identidad Nacional» varía según las clases sociales, también varía, y muy profundamente, según los sexos. La Nación enseñada a los hombres ha sido muy distinta a la mostrada e impuesta a las mujeres.
Esta crisis del nacionalismo mexicano como identidad colectiva casi única, también constatada en este volumen por José del Val («los soportes ideológicos del México del siglo XX están en franca disolución, (…) lo que está verdaderamente en ascuas es la nación, el soporte natural de una de las identidades»)(8) y por Jacques Gabayet, que habla de «nacionalismo defensivo»,(9) se expresa según Roger Bartra
en la ruptura de las cadenas que ataban la existencia misma del Estado mexicano a la cultura política nacionalista que ahora está en crisis. Si, de alguna forma, una gran parte de la población llegó a estar convencida de que su mexicanidad se comprobaba y se correspondía con las peculiaridades del sistema de gobierno, entonces no debemos extrañarnos de que las crisis políticas (1968, 1982, 1988) signifiquen para muchos mexicanos que la realidad nacional está derrumbándose.
¿Y qué decir, entonces, de la crisis inaugurada en 1994? Lo que está desmoronándose, agregaría yo en este punto, es la relación, casi la identidad, entre nacionalismo y Estado mexicano.
Ese Estado, a partir de la Revolución Mexicana -heredera a su vez de ancestrales concepciones corporativas y protectoras- fue concebido como el Padre, el Benefactor, la Providencia misma. (En ninguna parte es tan
verdadera como en México la expresión francesa»Estado-Providencia», con una resonancia de connotaciones religiosas mucho más vastas que las que permite el laicismo republicano francés). Su nacionalismo revolucionario, en consecuencia, era una ideología unificadora y sobre todo protectora de todos los mexicanos. Prometía que ningún mexicano quedaría finalmente solo, desamparado, desprotegido, y aseguraba esa promesa a través de las redes inextricablemente entrelazadas de las instituciones estatales protectoras y de los caciques, diputados y señores de la política que personificaban y gestionaban esa protección. El PRI, esa emanación única de la politicidad mexicana de este siglo, era su producto político natural.
Esa relación no ha desaparecido, pero está desgarrada, rota, se ha vuelto disfuncional, no está garantizada per se. El híbrido que todavía (¿por cuanto tiempo?) se llama Solidaridad (híbrido hasta en el nombre, válgame Dios), mostró no ser más que su sombra en harapos. En consecuencia el nacionalismo, que al hacerse Estado se convertía en identidad protectora y unificante, va dejando de ser la casa de todos, el cielo protector, el punto de encuentro apaciguador entre todos los mexicanos. El nacionalismo mexicano está en crisis porque está en crisis su Estado.
O mejor, la profundidad actual de la crisis del Estado fue anunciada por la crisis del nacionalismo que nuestros autores constatan. Y si el nacionalismo se concibió como una forma de identidad colectiva y esa identidad tomó materialidad en determinada forma estatal, al producirse la separación o la fractura entre ésta y el nacionalismo, queda cuestionada esa forma específica de la identidad colectiva.
A través de sus gobiernos últimos sucesivos -Carlos Salinas primero, Ernesto Zedillo después- las prendas materiales de ese nacionalismo encarnado en el Estado han ido siendo desmanteladas, se desvanecen, se privatizan. La protección de cada uno ya no queda garantizada por el Estado- Providencia, sino por el núcleo familiar, desgarrado a su vez como nunca antes en empleados y desempleados, en los que emigran y los que se quedan, en los que estudian y los que se sacrifican para que los otros estudien. De la protección garantizada por la ley a la privatización sin fronteras, de los derechos para todos a los servicios pagados, de la nación protectora a la familia individual, esa es la crisis de una forma de nacionalismo, la que se identifica con las instituciones estatales y con sus peculiaridades, como la define también Bartra.
Esta crisis podría describirse, también, como una ruptura entre las identidades culturales de los mexicanos y el Estado mexicano tal como éste todavía subsiste. ¿Entraña esta ruptura una fragmentación o una disolución del nacionalismo mexicano? Me atrevería a decir que, por el contrario, anuncia dos procesos paralelos y tan interdependientes entre sí que la salida de uno determinará la del otro, y viceversa.
Por un lado, estamos en los inicios de una recomposición bajo formas diferentes de la comunidad estatal mexicana. Pido no confundir este proceso con fenómenos menores como reformas electorales, concertacesiones, acuerdos, pactos y otros pasajeros accidentes del camino. La recomposición implica derrumbes aún mayores que los ya presenciados, derrumbes quizá necesarios que esos fenómenos menores protagonizados por personajes menores pretenden, en vano, conjurar. La recomposición, bajo la forma en que se produzca, será resultado de procesos aparentemente desordenados o caóticos (quiero decir, no dirigidos por nadie) ya en curso en la sociedad mexicana. A estas alturas todavía resulta aventurado predecir su posible resultado final.
Por otro lado, creo que vivimos una recuperación del nacionalismo mexicano bajo formas diferentes, una reelaboración del nacionalismo como cultura pero esta vez distanciado de la actual forma de Estado. Bajo las poderosas influencias de la fragmentación, la trasnacionalización, la interpenetración con otras culturas, el nacionalismo no se destruye o desaparece, ni tampoco las culturas de esta nación. Desaparece, en parte, su anterior forma tranquilizadora como ideología garantista del Estado benefactor, como religión universal de la Providencia-Estado. Pero entonces se fragmenta y se convierte en el culto común de los diversos fragmentos de la comunidad estatal en crisis, aunque ese culto haya dejado de reconocerse en una forma institucional única para todos, y esos fragmentos lo practiquen en la mutua hosquedad de rituales diferentes.
En lugar de unificar por arriba a la nación-Estado (y sin terminar de hacerlo, porque nación y Estado siguen allí), el nacionalismo se vivifica por abajo en sus formas menos republicanas y menos cívicas, en sus connotaciones agresivas hacia afuera y hacia adentro (agresivo no siempre es un término peyorativo), en su refugio como identidad última, como aquello de lo cual no pueden despojarnos, como última trinchera, así sea regional o local, contra quienes todo han destruido, todo nos han quitado, todo han prostituido.
El nacionalismo es aquello que la traición de este Estado nacionalista por excelencia no puede quitarnos, es aquello en lo cual nos defendemos contra él. Es el nacionalismo de las vísceras, de lo profundo, de una identidad última no muy bien precisada.
Ante el derrumbe o el vaciamiento de la racionalidad estatal del nacionalismo, éste reaparece como pulsión, como refugio, como grito, en las formas absoluta y únicamente mexicanas en que se realiza en la vida real la mezcla indecible de influencias, historias, pasados, conflictos, invasiones e imposiciones políticas y culturales de múltiples orígenes e intenciones.
Por eso resulta igualmente pertinente otra observación de Roger Bartra:
La disyuntiva anual no es entre una opción populista y una opción trasnacional. Basta encender la televisión para percatamos que la cultura hegemónica ha logrado ya superar esta contradicción, al imponemos una cultura profundamente patriotera y agresivamente alineada a la cultura de masas generada en Estados Unidos.
No sé, nadie puede presumir de saberlo, cuál será la salida de esta crisis de larga duración ni cuáles sus orientaciones. Creo saber, en cambio, dos cosas.
Una. Si alguna fuerza política preexistente ha sido literalmente arrasada por la crisis, no es tanto el PRI, pasablemente desmantelado a estas alturas, cuanto ese conglomerado que en el pasado se llamó izquierda mexicana, cuya mayoría visible llegó a un inestable estado de aglutinamiento en aquel fugaz partido que fue el PMS.
Algunos de sus sectores, entre ellos no pocos antes tocados por la «ciencia» althuseriana, viraron hacia la «modernización», el salinismo, la ola global del Primer Mundo. Los anuncios de este cambio no son del pasado sexenio, como afirman las visiones simples. Están ya presentes en escritos de 1980 y años siguientes, posteriores a la derrota de los electricistas democráticos.
Otros, a quienes tal vez la misma «ciencia» les llegó por la vía sintética de Marta Harnecker (o de su mentor primero al cual hoy todos niegan, aquel cuyo nombre es el Impronunciable), ahora se refugian en la cultura política del nacionalismo revolucionario. Pero no en su versión rústica, vigorosa y original del cardenismo de los años treinta, sino en la del echeverrismo de los años setenta.
Perdido entre los escombros del muro maldito lo que aún quedaba de sus símbolos, sus ideales y sus valores, esas corrientes toman ahora los que encuentran a su alcance en el tianguis sobre ruedas de la política: el nacionalismo patriotero, por ejemplo. Los destinos divergentes y sin embargo paralelos de esa izquierda que no sabe quién es porque se niega a considerar su propio pasado, lejos de ser una de las posibles premisas de cualquier salida de la actual crisis, son apenas uno de sus múltiples síntomas.
Dos. Por fuertes que parezcan las influencias externas y las tendencias a la trasnacionalización y la globalización, el nacionalismo mexicano, en los sentidos en que lo definió entre otros Jacques Lafaye en sus obras clásicas,(10) está viviendo una de sus grandes transfiguraciones, que va mucho más allá de las formas partidarias estatales de este último medio siglo: el PRI y el PAN, pilares políticos complementarios de la forma de Estado hoy en ruinas. (El PRI, desde su origen en el alemanismo, siempre necesitó de la existencia del PAN como planta epífita y encubridora. O, en otras palabras, la sustitución-subsunción-supresión del sinarquismo por el PAN a inicios de los años cuarenta fue la otra cara de un proceso similar y paralelo en la trasformación del PMR en PRI y en los «charrazos» sindicales que la complementaron.)
Nacionalismo en su sentido fuerte, el de los años treinta, fueron el cardenismo y el sinarquismo.(11) Ambos, no lo olvidemos, buscaban o invocaban referentes universales, aunque se reconocieran como puramente mexicanos. No sé cuál de ambos ancestros, si es que alguno, o cuál mezcla de los dos según la antigua pasión mesoamericana de lo híbrido y lo ambiguo, reconocerá este nacionalismo en gestación. A fuerza deberá incluir de veras, le guste o no, a los indígenas, que por primera vez entran como sujetos en el universo estatal mexicano en la misma forma en que antes lo habían tenido que hacer otros sectores sociales subalternos:
tumbando las puertas a patadas y tomando los jefes y las ocasiones que encuentran a mano en ese momento. («La Historia arreglará sus cuentas allá ella / pero lo vi cuando subía gente por sus hubiéramos / buenas noches Historia agranda tus portones / entramos con Fidel con el caballo», escribía Juan Gelman allá por los inicios de la revolución cubana.)
Son fuertes las posibilidades de que la carga de agresión de ese nacionalismo sea mucho mayor que su carga de razón. En ese caso entraría en sintonía con similares tendencias en el norte. Sólo podría contrarrestar esas posibilidades un nacionalismo cuya consustancial carga de pasión estuviera equilibrada y fecundada por una equivalente carga de razón. Pero si así fuera, debo decirlo, tendría que ser nuevo y diferente de cuanto hemos conocido en el pasado. No alcanzo a ver hoy en nuestro horizonte cultural indicios que nos anuncien cuáles podrían ser sus contornos en la política y en las ideas, quizá porque esos mismos contornos están hoy en día en formación.
México: identidad y cultura nacional tampoco tiene las respuestas. Pero su lectura puede bien ayudarnos a pensarlas.
Adolfo Gilly. Historiador y ensayista.
NOTAS
(1) Serge Gruzinski, Jacques Lafaye, Carlos Monsiváis, Francisco Piñón, Roger Bartra, Judil Bokser, Jacques Cabayet y José del Val, México: identidad y cultura nacional, Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, 1994, 106 páginas.
(2) Ver, al respecto, Rhina Roux, «México: crisis de la forma de Estado», Viento del Sur, México, junio 1994, no. 2; y Adolfo Gilly y Rhina Roux, «México: la crisis estatal prolongada», Viento del Sur, México, diciembre 1994, no. 3.
(3) Roger Bartra, «La venganza de la Malinche: hacia una identidad postnacional», pp. 61-68.
(4) Jacques Laraye, «Prolegómenos a todo estudio por venir de la identidad nacional mexicana», pp. 25-34.
(5) No es sólo retórica -y si lo es, lo es en búsqueda de fibras persistentes- el lenguaje del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN en sus comunicados iniciales: «Los más viejos de los viejos de nuestros pueblos nos hablaron palabras que venían de muy lejos, de cuando nuestras vidas no eran, de cuando nuestra voz era callada. Y caminaba la verdad en las palabras de los más viejos de los viejos de nuestros pueblos. Y aprendimos en su palabra de los más viejos de los viejos que la larga noche de dolor de nuestras gentes venía de las manos y palabras de los poderosos. (…) Pero la verdad que seguía los pasos de la palabra de los más viejos de los viejos de nuestros pueblos no era sólo de dolor y muerte. En su palabra de los más viejos de los viejos venía también la esperanza para nuestra historia».
(La Jornada, México, febrero 22, 1994).
(7) Carlos Monsiváis, «Identidad nacional. Los agrado y lo profano», pp. 37-43.
(8) José del Val, «La identidad nacional mexicana hacia el tercer milenio», pp. 103-106: Vivimos indudablemente la época de la convulsión de las identidades». (…) «La identidad es una resultante compleja de situaciones históricas y valoraciones subjetivas, no es un dato inequívoco y
comprobable.»
(9) Jacques Gabayet, «La aparente inocencia de la historia», pp. 87-99.
(10) Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia racional en México, Fondo de Cultura Económica, México, 1977. Jacques Lafaye, Mesías, cruzadas, utopías, Fondo de Cultura Económica, México, 1984.
(11) Judit Bokser, «La identidad nacional: unidad y alteridad», pp. 71-84, señala por ejemplo las resistencias dentro de ese nacionalismo hacia la aceptación sin reservas de la inmigración judía.