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El viernes 30 de octubre falleció, a los 100 años de edad, el ilustre antropólogo Claude Levi-Strauss, quien fue enterrado en la aldea de Lignerolles, al sur de París, donde tenía su casa de campo. El antropólogo pidió que su entierro fuese un asunto íntimo, por lo que la familia no hizo pública su muerte sino hasta días después.

Levi-Strauss fue uno de los antropólogos más destacados del siglo XX. En cuanto a influencia, su reputación puede ser equiparada únicamente a la de otros dos o tres: Franz Boas, Bronislaw Malinowski y Marcel Mauss, por ejemplo. De éstos, el que tuvo mayor influencia en campos aledaños a la antropología —en el de las letras, la historia y la arqueología, y aún en filosofía— fue Claude Levi-Strauss.

Levi-Strauss

Nacido en 1908, hijo de una familia judía-francesa de artistas reconocidos, Levi-Strauss estudió filosofía y leyes en París, y fue profesor de secundaria en el Liceo Janson De Sailly, donde tenía por colegas a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. De ahí se volcó hacia la antropología, y realizó trabajo de campo en el Brasil en los años treinta; trabajó con los indios bororo y caduveo, y fue, con Ferdinand Braudel y Florestan Fernandes, uno de los fundadores de la Universidad de Sao Paulo. Ya de regreso en Francia, fue destituido de su puesto de enseñanza debido a las leyes antijudías del gobierno de Vichy, y se fue exiliado a Nueva York, donde fue profesor de la New School for Social Research por algunos años.

En Nueva York entabló amistad con el gran linguista Roman Jacobson, quien lo influyó profundamente, así como con Franz Boas y varios de los antropólogos boasianos que habían trabajado con los pueblos indígenas de norte y sudamérica. Tenía, además, relaciones de amistad con algunos de los surrealistas que vivían por entonces en aquella ciudad, como Max Ernst y André Breton. Ya de regreso en París, tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, Levi-Strauss publicó Las formas elementales del parentesco (1949), cuyo título emula al gran libro de su admirado predecesor Emile Durkheim, el también judío-francés fundador de la sociología y de la antropología en su veta estructural. Las formas elementales revolucionó el estudio del parentesco y de la cultura: el llamado “tabú del incesto” se convirtió para Levi-Strauss en un problema paradigmático de la antropología, porque se trataba de un rasgo que es a la vez universal (todas las sociedades tienen categorías de personas con las que un individuo no se puede casar) y enteramente particular (cada sociedad define estas categorías a su manera). El arco comparado, la audacia del planteamiento y la elegancia de la teorización del intercambio, que marcarían toda su obra, brillaban ya en este libro como el sol a mediodía. La obra se convertiría no sólo en un trabajo de referencia fundamental, sino también en un punto nodal de la crítica feminista en décadas posteriores.

A los pocos años (1955) publicó Tristes trópicos, que es considerado un clásico ya no sólo de la antropología, sino también de la literatura. En 1959 fue nombrado al College de France, en 1979 lo fue a la Academia Francesa. Recibió en su larga vida toda clase de honores, pero daba la impresión de sentir algún recato y circunspección hacia ellos. No era, de ninguna manera, uno de aquellos intelectuales que ante los reflectores siente el alegre abandono del cerdo ante el lodazal.
Los libros más influyentes de Levi-Strauss fueron sus trabajos sobre los mitos: El pensamiento salvaje, los dos volúmenes de ensayos titulados Antropología estructural I y II, El totemismo hoy, y los cuatro volúmenes de Mitológicas, escritos a modo de una sinfonía.

Una de sus ideas centrales era que había que preocuparse por la dimensión intelectual del humano en sociedad: le parecía que una parte importante de la cultura no tenía fines tan utilitarios —al menos no en un sentido restringido de lo útil— sino más bien intelectuales: los mitos servían para pensar. Y no sólo eso, sino que los mitos “se pensaban los unos a los otros”, es decir, que formaban algo así como un contrapunto de pensamiento construido por las colectividades. El problema de la comprensión y de la explicación del entorno es el tema central de la mitología de los llamados “pueblos primitivos”, o “sociedades frías”, y Levi-Strauss mostró cómo la mitología es un sistema de pensamiento, diferente de la ciencia, pero no menos complejo ni menos intelectual.

En México su obra tuvo una recepción algo irregular. En los años sesenta y setenta, cuando el pensamiento del gran maestro revolucionaba la antropología británica y convulsionaba la norteamericana, nuestra antropología tendía a rechazarlo al punto de desconocerlo. La corriente antropológica que se formó en torno de la figura líder de Ángel Palerm rechazaba el abordaje estructuralista de Levi-Strauss, que consideraba una forma de idealismo. Los marxistas generalmente también lo rechazaban, por las mismas razones, con la excepción parcial de los marxistas estructuralistas quienes, influidos por las figuras de Louis Althusser, y entre los antropólogos, por Maurice Godelier y Claude Meillassoux, quienes habían abrevado todos en los libros de Levi-Strauss, lo recuperaban, pero usualmente de forma fragmentaria. El estilo ampliamente culto —literario, y profundamente arraigado en la historia intelectual europea, así como en la corriente antropológica boasiana, y en la gran tradición estructuralista de Durkheim, Saussure, Mauss y Jacobson— fue relativamente poco emulado por nuestros antropólogos, quienes solían preferir sensibilidades más populistas que la suya. Estuvieron más abiertos a su influencia nuestros literatos. Octavio Paz escribió un libro sobre él, por ejemplo, y la escritora Julieta Campos hizo uno de los primeros estudios estructurales de mitologías indígenas mexicanas, inspirada en su trabajo.

El rechazo a Levi-Strauss por parte de la antropología mexicana se transformó en admiración en los años ochenta —justo en la época en que la influencia del maestro declinaba en Estados Unidos, en Gran Bretaña y aun en Francia— y aparecieron en México algunos estudios levistraussianos bastante estrictos.

La influencia de Claude Levi-Strauss es difícil de medir por su amplitud, pero también porque han habido seguidores ortodoxos, que formaron en su momento prácticamente una secta, con su propia jerga impenetrable para el lego, y admiradores que han abrevado de forma heterodoxa en las diversas enseñanzas del antropólogo.

Hoy ya han desaparecido las otras grandes figuras del pensamiento social francés de la segunda parte del siglo XX (Michel Foucault, Roland Barthes, Georges Duby…). Con la muerte de Claude Levi-Strauss pareciera haber llegado el fin de la era de los grandes maitres a penser. Pero pensamos que, como él quería, son los mitos los que piensan a los hombres (y a las mujeres), y tenemos la esperanza de que de las cenizas del maestro renacerá el Fénix.

Claudio Lomnitz. Director y profesor del Centro para el Estudio de Raza y Etnicidad de la Universidad de Columbia. Es autor de Death and the Idea of Mexico.