Darwin se hizo bolas (Mayo, 1997) Sección: Ciencia

Esta vez, Cinna Lomnitz nos ofrece algunos detalles de la vida del creador del evolucionismo y varias consideraciones sobre la imagen deteriorada de los ambientalistas

La palabra «darwinismo» no se refería originalmente a Carlos Darwin sino a su abuelo Erasmo, quien había basado su teoría de la evolución o «zoonomía» en los escasos datos sobre embriología y anatomía comparada de que se disponía a fines del siglo XVIII. Erasmo Darwin fue un pensador original quien tuvo influencia sobre Lamarck y Malthus, cuyo Ensayo sobre la población se basó en gran parte en la obra del distinguido abuelo de Darwin.

Como era médico, Erasmo Darwin tuvo oportunidad de observar cómo los fetos se parecen a animales primitivos. Posteriormente, Ernst Haeckel proclamó que «la ontogenia resume la filogenia», queriendo decir que las etapas de desarrollo de los seres vivos van recapitulando las etapas de su propia evolución. Así, por ejemplo, los fetos de los vertebrados (incluyendo al ser humano) poseen agallas como los peces. Sin embargo, esta «ley» de la evolución no se cumple al pie de la letra. Así, los diferentes grupos de vertebrados se van diferenciando ya en la etapa embrionaria, y ningún feto se parece a algún antepasado adulto.

Lo que dijo Carlos Darwin fue algo mucho más profundo. Combinó una serie de hallazgos de diferentes disciplinas (principalmente de la geología, la paleontología, la anatomía comparada, la botánica y la zoología), para demostrar el mecanismo mediante el cual las características propias de cada una de las especies van modificándose según los desafíos del medio ambiente. Como no era especialista, Darwin supuso que sus ideas no serían aceptadas por los biólogos y que primero necesitaba demostrar su prestigio como naturalista. Escribió un tratado en cuatro volúmenes sobre las lapas, pequeños moluscos redondos que viven pegados a las rocas o a los cascos de los navíos, señalando que existen 500 especies diferentes de estos crustáceos. Ocho años en la vida de Darwin fueron dedicados a esta obra erudita, que sigue considerándose como un clásico de la zoología.

Sin embargo, sus ideas científicas ya estaban formadas. Al observar las aves de las islas Galápagos, frente a la costa de Ecuador, se había dado cuenta que cada isla poseía especies de pinzones ligeramente diferentes, con distintos picos según el tipo de alimento disponible. Esto no podía ser una casualidad, ya que todos los pinzones eran descendientes de un mismo antepasado venido del continente sudamericano. Así, la diversidad genética resultaba ser la causa del progreso y de la supervivencia de estas especies. Sin embargo, Darwin no sacó las consecuencias de esta lección en su vida privada, ya que apenas de regreso de su viaje a América Latina y a los mares del Sur se casó con su prima Emma, hija de un adinerado tío materno. Ello le permitió vivir de sus rentas, dedicándose a sus estudios sin necesidad de trabajar.

Darwin recordó a América toda su vida. Sin embargo, nunca logró regresar. Se lo impedía la enfermedad de Chagas, contraída en Argentina. Antes de contagiarse, Darwin había sido un joven atlético, muy saludable y un gran jinete. Competía con los gauchos de la pampa en sus suertes de equitación, y supo ganarse su respeto a pulso. Muchos años más tarde, los gauchos recordaban la figura gallarda de «don Carlos», cabalgando con su martillo de geólogo en la mano y sus dos pistolas al cinto. Era muy popular.

Hubo una suerte que Darwin nunca aprendió. Los gauchos eran expertos en cazar guanacos y otros animales con las bolas, dos esferas unidas por un mecate. El jinete giraba las bolas sobre su cabeza y las arrojaba con tal destreza que se enredaban en las patas de la víctima y la inmovilizaban. Cuando Darwin intentó la misma suerte, las bolas se enredaron en las patas de su propio caballo y lo derribaron en plena carrera, para alegría de los gauchos. Fue la única vez que Darwin falló. Se hizo bolas.

el paí­s que lo vio nacer. En sus inicios, la protección de la naturaleza fue cosa de caballeros excéntricos; uno de ellos rodeó su propiedad rural con una barda que costó más que la misma hacienda, con el objeto de impedir el acceso a los cazadores. Cuando se inició el movimiento para la protección de las aves se pensó que era necesario destruir las aves de rapiña. Fue hasta después de 1950 que se cayó en la cuenta que todas las especies merecí­an una misma protección.

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

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