Aunque la cuestión se discutió con frecuencia entre 1940 y 1970, se trata, sin embargo, de una pregunta que cada vez se escucha menos. Especialmente desde la declinación del PRI y el empoderamiento del PAN. Cada vez son menos los políticos que se definen como representantes de “la Revolución”. De hecho, López Portillo se consideró “el último presidente” de ésta.

Veo tres respuestas. Primero, la Revolución existe obviamente como tema de libros, artículos, cursos y debates. Ha perdido terreno relativo, dado el crecimiento de otras áreas de investigación: la historia política del periodo de la post-Independencia; la historia económica del Porfiriato; y, sobre todo en historiadores jóvenes, la historia sociocultural de la etapa posterior a 1940, un periodo que la antigua generación de historiadores vivió en carne propia (la salud, la sexualidad, el cine, la “contracultura”).

Segundo, ¿sobrevive la Revolución como una real revolución o ha sufrido una muerte de mil cortes a manos de revisionistas que le niegan tal estatus, reduciéndola a una serie de eventos que carecen de coherencia e importancia “revolucionarias”? ¿Fue nada más “una gran rebelión”, como Ramón Ruiz afirmó hace décadas, que no se compara con las revoluciones (grandes) francesa, rusa y china? ¿O fue un mito? “La Revolución (mexicana) …nunca existió”, escribe Macario Schettino, “es una construcción cultural… es producto del Cardenismo”. Por supuesto, toda revolución exitosa (es decir, duradera) suele ser mitificada, pero la mitificación —que también se ve claramente en el caso francés, ruso, chino— no descalifica el proceso histórico previo al “revolucionario”. De hecho, un mito político exitoso necesita algo de verdad para convencer y legitimar. No se puede engañar a todo un pueblo todo el tiempo, como dijo Lincoln.

En este debate, como en muchos otros de esta índole —¿fue la revolución francesa “burguesa”, la revolución industrial verdaderamente “revolucionaria”?—, los historiadores suelen discrepar porque la discusión depende no solamente de hechos, sino también de definiciones. Hay consenso en que las revoluciones “grandes” o “sociales” involucran tanto un proceso de conflicto y movilización masiva, a raíz de principios contrapuestos, como un desenlace que conlleva un cambio sociopolítico rápido e importante. La rebelión Taiping (1850) o la Violencia Colombiana (1949) exhibe el proceso, sin el desenlace. Pero ¿cuán “rápido e importante”? Si los criterios son demasiado exigentes (“un cambio total del modo de producción”), pocas revoluciones, y ninguna que no sea “socialista”, cuentan. La revolución francesa también sería otra “gran rebelión”. Nos queda un reducido universo de revoluciones socialistas, todas —salvo la cubana— cosas del pasado.

en las nubes

Pero si admitimos revoluciones “burguesas”, “antifeudales”, “nacionalistas”, etcétera, entonces la mexicana merece pertenecer al club: primero, porque movilizó a grandes sectores de la población (muchos en pro, algunos en contra), a raíz de lealtades clasistas, étnicas, ideológicas, regionales, generacionales y faccionalistas; segundo, porque —entre 1910 y 1940— produjo un cambio sociopolítico, tanto formal como informal, que vale el título de “revolución”, no solamente en términos historiográficos, sino también conforme a la opinión de los propios actores (actores, además, que no simplemente repetían el “mito” que les enseñaban los intelectuales orgánicos del régimen).

Tercero, justifico esta afirmación enfocándome en el último aspecto de la pregunta, quizás el más práctico y relevante. ¿Ha muerto la Revolución mexicana como proceso de cambio sociopolítico en México? ¿O ha sido relegada al basurero de la historia, para ser rastrillada nada más por pepenadores académicos? La Revolución involucró tanto cambios informales (mortalidad, migración, hiperinflación, movilidad social, tomas de tierra, huelgas, guerra convencional y de guerrilla, crimen, bandidaje) como cambios formales, evidentes en la Constitución de 1917 (reformas agrarias y laborales, anticlericalismo, indigenismo, nacionalismo económico). Ambos contribuyeron a un nuevo estilo político, algo populista, llevado a cabo por políticos advenedizos, y dotado de más participación masiva (no necesariamente democrática) que el esclerótico y oligárquico régimen porfirista. Por tanto, el México de 1940 era muy diferente del México de 1910 (como los propios mexicanos atestiguaron) y —hay que aclarar— diferente del México que hubiera existido sin la Revolución, en un prolongado porfiriato hipotético. Vale comparar México con Perú, o Chiapas con Guatemala.

Elijo 1940 por dos razones. Primero, como otras revoluciones, incluso las socialistas, la mexicana era obra de una generación (1910-1940) que no paró con el fin de la guerra civil; hablar de “la Revolución” sin tomar en cuenta la reforma agraria cardenista o la expropiación petrolera carece de sentido. Segundo, como apuntó Cosío Villegas, los cuarenta fueron un parteaguas después del cual se abrió un abismo entre la retórica revolucionaria del régimen y su actuación política. La maquinaria institucional continuaba, pero dirigida a otros fines. El PRI se veía cada vez más institucional, menos revolucionario. Hubo un relevo generacional —inevitable— y las nuevas elites, representadas por el presidente Alemán, fraguaron un proyecto más conservador, civil, empresarial y americanófilo. La autoridad de arriba triunfó sobre la movilización de abajo. El Estado priista no era ningún Leviatán (sus ingresos y su gastos eran demasiado débiles), pero tampoco un Estado revolucionario. Más bien, era una máquina política exitosa, disciplinada, dotada de alcance nacional y nuevas formas de clientelismo y coerción (el “pan o palo” priista); además, por suerte o buen juicio, coincidía con crecimiento económico, inflación moderada y movilidad social.

Como Almond y Verba demostraron en los años sesenta, los mexicanos percibieron bien la laguna entre el discurso oficial “revolucionario” y la realidad; y los símbolos de la Revolución —invocados constantemente por los políticos priistas— fueron cada vez más enarbolados por la oposición: sindicatos independientes (ferrocarrileros, electricistas), rebeldes provinciales (Jaramillo, Cabañas), y —cuando el PRI hizo su giro neoliberal en los ochenta— los disidentes del FDN y del PRD. Cuando el EZLN se alzó en 1994, no invocó ni el maoísmo ni el “indianismo” radical de Sendero Luminoso, sino la figura del gran caudillo de la revolución sureña.

Así sobrevivieron los símbolos de la Revolución, no solamente en libros y aulas, sino también en la política; pero ahora se encontraron entre la oposición a un PRI que se había alejado de su discurso fundacional y que, con Salinas, se adhirió a un nuevo proyecto “neoliberal” que invocó a Ponciano Arriaga y el “liberalismo social” decimonónico.

No fue por eso que el PRI perdió en 2000 —y otra vez en 2006—. Perdió porque —a pesar de su supuesta capacidad tecnocrática— su política económica fracasó y eligió a malos candidatos. Igualmente, la invocación de la Revolución no garantizó que el EZLN triunfara en 1994, o el PRD en 2006, aunque les ayudó a granjear apoyo en ciertos sectores. La historia no suministra políticas prêt à porter (sería anacrónico pensar que un reparto zapatista solucionaría los arraigados problemas del campo hoy en día); e invocaciones de la historia en sí no ganan elecciones, especialmente en un país donde muchos votantes piensan —conforme su propia dura experiencia— que usualmente son vacías y oportunistas. Además, muchos mexicanos —de los porfiristas y huertistas a los cristeros y sinarquistas— rechazaron la Revolución y, como los panistas de hoy, confabularon sus propios mitos históricos.

La historia contemporánea, entonces, sugiere que los símbolos de la Revolución sobreviven —como fuentes de inspiración, sino de políticas prácticas— décadas después que “la revolución hecha gobierno” sufrió su discreta y prolongada muerte. Es igual con otras revoluciones. Si 1910 marca el centenario de la Revolución, 2009 es el bicentenario del nacimiento de Darwin. Quizá la mejor metáfora para concebir el significado actual de la Revolución mexicana es biológica/genética: la Revolución dejó de constituir un organismo funcional hace décadas (en los cuarenta, quizás), pero sus ideas y símbolos todavía circulan como materia genética disponible en el cuerpo político mexicano, donde podrían contribuir a la formación de nuevos organismos, adaptados a los muchos y difíciles retos del ambiente actual.

Alan Knight. Historiador. Académico de la Universidad de Oxford. Es autor de The Mexican Revolution, The Mexican Petroleum Industry in the Twentieth —century Mexico, entre otros.