En el principio fue la historia de amor de los padres de Gabriel García Márquez, a quien ellos mismos dejaron crecer hasta los diez años en el pueblo de Aracataca bajo la pródiga fronda del tronco materno desde que vino al mundo la mañana del domingo 6 de marzo de 1927. El hombre en que se transformó ese niño procuró seguir su propio camino y rara vez se detendría a considerar algo distinto a lo que le indicaba su olfato. Gerald Martin cierra la primera parte de su monumental biografía, Gabriel García Márquez. Una vida (Debate, 2009) casi treinta años después de aquel momento, en los trabajos y los días de un agudo reportero de la ensangrentada ciudad de Bogotá al que asfixian en lo más íntimo su incumplida vocación literaria y el radicalismo de sus nuevas convicciones políticas.

El tramo de la primera parte es en esencia el que cubren las páginas de Vivir para contarla. Similar también es la sorpresa de narrador y biógrafo ante la inverosímil sobrevivencia del niño virtuoso, primero, y luego el adelanto escolar y social del fiado adolescente al que vuelven adulto una serie de felices putas, en medio de un ambiente colorido, sí, tropical, húmedo, aromático, estridente, musical, pero también, sobre todo, tosco, inestable y precario como las casas de madera y los techos de zinc oxidados de la costa.

A principios de 1954 el diario El Espectador le ofreció a Gabriel García Márquez un salario de novecientos pesos mensuales. No era nuevo para él esto de ganarse la vida en un diario con una máquina de escribir. Así había tratado de vivir los últimos diez años. Lo nuevo era que una añosa empresa familiar lo tomara en serio y le pagara al fin un buen salario como reportero. Siete años atrás, en las páginas del suplemento dominical, El Espectador había publicado el primer cuento de García Márquez y el columnista estrella del diario, Eduardo Zalamea Borda, había dado aviso de la aparición de un nuevo talento literario en la escena colombiana en la persona de un estudiante de derecho de apenas veinte años de edad. Fue en El Espectador, dice Martin, donde García Márquez “descubrió el gozo de ser un reportero-detective, la creatividad de descubrir —y en un sentido de inventar— la verdad, el poder de dar forma e incluso de cambiar la realidad para decenas de miles de personas”.

Un náufrago se cruzó entonces en su vida: Luis Alejandro Velasco, único sobreviviente de los ocho de la tripulación del destructor Caldas que se hundió en su viaje de Mobile, Alabama, a Cartagena. García Márquez se propuso reconstruir la desgracia del Caldas y la experiencia de Velasco durante los diez días que pasó a la deriva en una balsa, para lo cual lo entrevistó detenidamente durante más de una docena de sesiones. El Espectador publicó con enorme éxito el relato íntegro del naufragio de Velasco en un solo número a finales de abril de 1955, bajo el título La verdad sobre mi aventura.

“Con sus preguntas rigurosas y exhaustivas”, escribe Martin, “así como su búsqueda de ángulos nuevos, García Márquez reveló sin darse cuenta que la embarcación no se había volteado durante una violenta tormenta sino que se había hundido porque llevaba mercancía ilegal que no iba bien sujeta, y que la norma de los procedimientos de seguridad era sumamente inadecuada”.

El Espectador se vio entonces en una confrontación directa con el gobierno militar de Colombia y García Márquez transformado en una especie de persona non grata para el círculo del poder.

La primera novela del triunfal periodista, La hojarasca, apareció un mes después del relato del náufrago. La editora Lisman Baum decidió tirar cuatro mil ejemplares, una cifra abultadísima pero no descabellada, dado el reciente éxito del reportero de El espectador. Pero La hojarasca vendió sólo unos cientos de ejemplares.

Gabriel García Márquez salió de Colombia por primera vez en 1955, rumbo a Ginebra, vía París, con el mandato de cubrir la reunión de las Cuatro Grandes (Unión Soviética, Reino Unido, Francia y Estados Unidos). Aquí comienza la segunda parte de la biografía de Martin, en el mítico umbral que a partir del modernismo cruzaron los escritores y artistas americanos en Europa. Y así como Rubén Darío descubrió América desde el París de 1897 y allá recobró la estampa de un buey echando vaho en las inmediaciones del río Momotombo, olvidándose de unicornios y marquesas, cinco décadas después García Márquez empezó a construir la idea de su propia historia conforme conocía Roma, Venecia, Trieste, Viena, Praga y Varsovia, antes de volver a París al terminar el año.

Cartagena

París completó las alfabetizaciones de García Márquez, añadió dicha y dolor a su educación sentimental, le ayudó a construir una visión menos municipal de la política y del poder sin borrar las imágenes de la violencia que guardaba en la memoria. Rara vez volvió a tener un ingreso regular durante los dos años que residió en París. Vivía a salto de mata, conoció y trató al más diverso elenco de seres humanos, y trabajó en los manuscritos de dos novelas más, La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba. En la primavera de 1957 conoció algo de Europa Oriental e incluso llegó hasta Moscú. Luego se instaló durante un par de meses en Londres y empezó a trabajar en una serie de cuentos, Los funerales de la Mamá Grande.

Volvió de Europa a finales de 1957, con el boleto que le pagaron para que viniera a Caracas a trabajar en la revista Momento. “Respondió a la euforia y a las oportunidades del medio como si fuera venezolano”, escribe Martin, “y empezó a desarrollar una retórica más explícita de los derechos humanos, la justicia y la democracia… Numerosos lectores han juzgado sus artículos para Momento como de los mejores de toda su carrera”. De aquellos artículos saldría en 1973 la antología personal Cuando era feliz e indocumentado. A las silenciosas jornadas dedicadas a la exploración de un lugar llamado Macondo recién descubierto para sí, García Márquez añadió una intensa vida pública, dedicada al periodismo y a la actividad política local, primero.

El periodismo al que en su juventud se incorporó García Márquez ya no era el mismo al de cincuenta o sesenta años atrás, a finales del siglo XIX y principios del XX. Tampoco los consumidores de diarios y revistas de mediados del siglo XX eran los mismos. Pero dos aspectos no se modificaron. El periódico como un instrumento de las diversas minorías activas en el elenco de la llamada sociedad política, irremplazable en la construcción pública de acuerdos o diferencias. Y enseguida la cantera de plumas que surtían el contenido de sus páginas continuó siendo la misma del siglo XIX, es decir, una bohemia de la muerte por lo general joven, rara vez letrada, casi siempre autodidacta y llena de prejuicios, con mala ortografía y pésima sintaxis, hasta cierto punto romántica aunque con un indispensable pragmatismo en torno a la cosa pública y sus actores, no sólo proclive a hacer huesos viejos en el medio y amistades duraderas en los círculos del poder, sino en ocasiones a construir una obra y un nombre en el ámbito de las bellas letras. Sin lugar a dudas la reconstrucción de la actividad periodística de García Márquez ofrece algunos de los mayores aciertos de Martin. El ahondamiento biográfico en ocasiones pone más el acento en el sujeto que en sus obras, como si éstas importaran menos que la persona en la que pocos habrían reparado a no ser por sus obras. De manera que el cuidado profesoral de Martin permite apreciar al aprendiz de narrador en el proceso de construcción de su obra, pero además en todas y cada una de las etapas de su formación política, rara vez no oposicionista, y casi siempre desde las simpatías morales de una izquierda emotiva.

¿Cómo fue posible que alguien que había perdido el empleo en Momento, colaboraba ocasionalmente en otra revista llamada Elite, dirigía unas páginas dedicadas a vedettes semicubiertas, Venezuela Gráfica, y publicó en la revista Mito una obra tan impecable como El coronel no tiene quien le escriba, fuera capaz de transformarse en poco tiempo en un elemento de peso entre las minorías dinámicas de la política?

Una de las claves en esta transformación, a juzgar por el relato de Martin, fue la llamada Operación Verdad, un programa informativo que la triunfante revolución cubana echó a andar para que periodistas jóvenes como García Márquez reportaran los juicios a los colaboradores del régimen de Fulgencio Batista. García Márquez voló a La Habana menos de tres semanas después de la caída de Batista por una invitación del nuevo gobierno. Martin atribuye la invitación a un muy cuidado perfil de Fidel que produjo García Márquez, tras de lo cual el periodista empezó a recibir directamente del movimiento 26 de Julio información que luego él mismo se encargaba de verter en la prensa. En adelante nada sería igual.

A los amigos y lectores del Gabriel García Márquez de entonces debía interesarles más la crónica de la visita a los países de Europa Oriental, publicada en la revista Cromos en 1957, que el hecho de que uno de esos días de bohemia y revolución el reportero hubiera terminado el manuscrito de Los funerales de la Mamá Grande. Lo cierto es que luego de tres desquiciados días de entrevistas, discursos y juicios en la isla, García Márquez regresó a Caracas con el deseo de trabajar en favor del nuevo orden cubano, y con el esquema narrativo de una novela llamada El otoño del patriarca. Llegado el momento, no dudó en aceptar un trabajo en la oficina colombiana de Prensa Latina, la agencia de noticias creada por el nuevo gobierno de Cuba. En enero de 1961, tras una serie de visitas a La Habana con fines de adiestramiento y actualización, durante las cuales tuvo oportunidad de ver y conversar con Fidel al menos una vez, Jorge Masseti, el director argentino de Prensa Latina, lo puso al frente de la oficina de la agencia en la ciudad de Nueva York.

“Era una oficina sórdida y solitaria en un viejo edificio del Rockefeller Center”, escribió García Márquez, “con un cuarto de teletipos y una sala de redacción con una ventana única que daba a un patio abismal, siempre triste y oloroso a hollín helado, de cuyo fondo subía a toda hora el estruendo de las ratas disputándose las sobras en los tarros de basura”.

No muy lejos de ahí, al menos no sentimental ni culturalmente lejos, Rubén Darío se había empeñado cada mañana en la edición de Revista Ilustrada de Nueva York, de donde el día menos pensado salió para embarcarse y asumir el cargo del consulado de Colombia en Buenos Aires. Mientras trabaja en Nueva York, García Márquez cree cruzarse con Darío todos los días al salir del Webster Hotel, ubicado cerca de la Quinta Avenida. De saber que el hombre con quien se cruza es Darío podía haberle anticipado que la intensa vida intelectual de Buenos Aires lo animará a publicar ahí Los raros y Prosas profanas. ¿Qué hace un escritor colombiano en una agencia de la Revolución cubana instalada en el corazón de Manhattan? Política, desde luego, igual que Darío, a quien envidia José María Vargas Vila, seguro como está de que el nicaragüense no merece sus oficinas ni en Nueva York, ni en Buenos Aires.

A mediados de 1961 García Márquez renunció a Prensa Latina, harto de las amenazas a su vida y a la de su pequeña familia de parte de los adversarios del régimen cubano en Estados Unidos, y harto también del dogmatismo y la intromisión de los comunistas de manual incrustados en los mandos medios de la burocracia cubana, más enardecidos que nunca tras la operación militar en Bahía de Cochinos. El movimiento de García Márquez —a diferencia del de Darío— tiene algo de escapatoria. Y lo realizó apenas con los recursos mínimos para pagar los autobuses que al cabo de dos semanas de viaje los llevaron a él, a su mujer Mercedes y a su hijo de meses, Rodrigo, hasta la frontera con México, donde al fin tomaron el tren que los llevó de Laredo hasta la capital del país.

García Márquez llegó a la ciudad de México sin dinero ni trabajo, y con la responsabilidad de mantener a una mujer y un hijo. En términos políticos, apunta Martin, “había perdido el tren del primer acontecimiento dentro de América Latina que había logrado inspirarlo, mientras que cientos de simpatizantes seguían subiéndose a bordo. Literariamente, también había perdido su camino: el relato Los funerales de la Mamá Grande estaba escrito desde un punto de vista poscubano, pero se había distanciado de la fuente que lo inspiró, Cuba, aun a su pesar, y ahora estaba tratando de penetrar en un mundo cultural sumamente distinto y de una complejidad y una fuerza inmensas, que acaso tardara años en asimilar. En México, uno debía aprender cómo encajar”.

La estrechez económica fue un infierno los primeros años de Gabriel García Márquez en México. Se vio obligado a rendir cuentas al ocurrente inversionista que le confió dos revistas prácticamente muertas, La Familia y Sucesos para todos. Luego se puso a trabajar en diversos proyectos cinematográficos, aún más dudosos que el tipo de periodismo que demandaban las revistas citadas, aunque de aquí habrían de salir guiones como El gallo de oro, adaptación de una historia de Juan Rulfo, Tiempo de morir y En este pueblo no hay ladrones. Y por último se incorporó a un campo que, como el del cine, era absolutamente nuevo para él: la publicidad, por medio de la agencia Walter Thompson, primero, y más adelante en la Stanton, Pritchard & Wood.

Dos piezas clave en las primeras mañanitas mexicanas de García Márquez fueron Juan García Ponce, joven y brillante ensayista y narrador, y su paisano, el poeta Álvaro Mutis. Gracias al apoyo de estos dos buenos amigos, el desconocido autor de La hojarasca en breve vio su nombre en letras de molde en el legendario suplemento del diario Novedades, “México en la Cultura”, al que entregó un notable apunte necrológico sobre Ernest Hemingway. El otro personaje clave fue Carlos Fuentes.

Gabo

Fuentes comentó elogiosamente El coronel no tiene quien le escriba en el suplemento de Benítez y trabajó con García Márquez a lo largo de cinco meses en el guión de El gallo de oro. Por otra parte, Fuentes integró a García Márquez a su círculo de amigos y pares, e incluso sugirió a Luis Harss, periodista chileno-norteamericano, que lo incluyera en un libro de entrevistas con los principales narradores latinoamericanos de la camada anterior: Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo; y con los de la más reciente: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y, al fin, García Márquez. El libro de Harss circuló bajo el título Los nuestros y fue útil en la definición de un conjunto de autores que hicieron causa común en la empresa por conquistar la realidad por medio del arte. García Márquez para entonces ya había entendido las posibilidades ilimitadas de la novela, pero apenas empezaba a desarrollar una idea profunda y propia del desarrollo de la narrativa latinoamericana, así como de su lugar en ese territorio, proceso en el cual, sostiene Martin, asimismo fue en ese momento esencial la visión de Fuentes.

En esos días Carmen Balcells, quien llevaba dos o tres años negociando la traducción de las obras de García Márquez, se apareció en la ciudad de México con una oferta de la editorial Harper and Row, buena por mil dólares, a cambio de autorizar la traducción al inglés e impresión de sus cuatro libros. Era una burla pero también una oferta, y así firmó este contrato García Márquez. En el verano de 1965 García Márquez puso manos a la obra en el manuscrito de una novela que habría de tocar lo mismo la cartografía narrativa que su propia existencia, algo fuera del alcance de sus singulares augurios. Y lo concluyó un año después.

Cien años de soledad es principalísimo punto de fuga y cierre de la segunda parte de la biografía de Gabriel García Márquez. La novela fue motivo de una rauda unanimidad, dramática vuelta de página en la vida de su autor, salto en el abismo e ímpetu de salvación a un mismo tiempo.

“García Márquez había comprendido, en el resplandor de un relámpago de inspiración, que en lugar de un libro sobre su infancia debía escribir un libro sobre los recuerdos de su infancia”, anota Gerald Martin. “Que en lugar de un libro sobre la realidad, debía ser un libro sobre la representación de la realidad. Que en lugar de un libro sobre Aracataca y su gente, debía ser un libro narrado desde la visión del mundo de esa gente. Que en lugar de tratar de nuevo de reconstruir Aracataca debía despedirse de Aracataca narrándola no nada más desde la visión del mundo de su gente sino metiendo en la novela todo lo que le había sucedido a él, todo lo que sabía del mundo, todo lo que era y que él representaba como latinoamericano del final del siglo XX; en otras palabras, en lugar de aislar… Aracataca del mundo debía llevar el mundo entero a Aracataca”.

Antes de someter el manuscrito a la consideración de la editorial Sudamericana en agosto de 1966, García Márquez soltó por aquí y por allá algunos capítulos. Y entre los primeros lectores fue precisamente Carlos Fuentes quien tomó la iniciativa de anunciar que en breve saldría una nueva y magistral novela titulada Cien años de soledad.

“Nada volvería ser igual en Latinoamérica tras la publicación de Cien años de soledad”, escribe Martin. “Y los primeros en darse cuenta fueron los argentinos”. Las entrevistas y elogios no se hicieron esperar, menos aún las más promisorias predicciones para esta obra. Dos meses después la novela empezó a circular en México. Fue el año, recuerda Martin, en el que apareció otro artefacto cultural destinado a alcanzar un status mítico: Sergeant Pepper. La disciplinada reclusión que le permitió a García Márquez concluir el manuscrito en un tiempo inusitado empezó a quedar atrás y en su lugar dio inicio la formación de una agenda, en principio adversa no sólo a la escritura sino a cualquier otra forma de concentración, colmada de viajes internacionales, encuentros y reconocimientos, la cual en cierto modo concluyó cuando en noviembre de 1967 el ahora famoso autor decidió alejarse de la ciudad de México e instalarse con su pequeña familia en Barcelona.

La vida política española “fue un estímulo para la escritura del libro que García Márquez había planeado desde hacía tanto tiempo sobre un dictador latinoamericano aún más añoso”. El libro, desde luego, era El otoño del patriarca. No fue éste el único argumento en la decisión de alejarse de México. Barcelona era el centro de una gran actividad editorial —muy relevante para los autores latinoamericanos— y la ciudad de su ahora tan activa agente, Carmen Balcells, imán de las novísimas regalías que nunca antes esperó obtener.

“En retrospectiva”, escribe Martin, “el intenso momento histórico que fue el Boom abarcó de 1963, cuando apareció Rayuela de Cortázar, a 1967, cuando se publicó Cien años de soledad, la novela por excelencia del Boom. Todos estuvieron de acuerdo en que Rayuela era una especie de ‘Ulysses de Latinoamérica’, comentario muy apropiado pues el Boom se entiende mejor como la cristalización y la culminación del movimiento de vanguardia latinoamericano del siglo XX. Pero Cien años de soledad alteró toda la perspectiva, dejando de claro de un solo golpe que se había dado algo mucho más trascendente para lo cual haría falta un marco temporal muy distinto, debido a que, como casi todo el mundo reconocía, Cien años de soledad era el ‘Quijote de Latinoamérica’ ”.

A partir de aquí García Márquez habría de sacar el mayor beneficio posible a su celebridad literaria para convertirse en una figura pública de enormes proporciones, “en una escala inimaginada por ninguno de sus predecesores salvo tal vez Hugo, Dickens, Twain o Heming-way”, dice Martin. El biógrafo parece inspirarse en el inclín por la hipérbole de su biografiado, pero no falta a la verdad si se consideran el tiempo y la pasión que García Márquez invertiría después en el cabildeo, la intermediación y el periodismo en favor de Cuba y el régimen castrista, o bien en defensa de nuestra América ante el intervencionismo de las economías más poderosas del mundo occidental.

Y sin embargo, apunta Martin, a García Márquez se le subestimaría de manera consistente: “Por casi cuatro décadas sus críticos no lograron ver lo que tenían ante sus propios ojos: que García Márquez era más astuto que ellos, que los manipulaba a su gusto, que los lectores a él lo amaban más que a sus críticos y que le pasarían casi lo que fuera, no nada más porque adoraban sus libros sino porque lo sentían como uno de ellos”.

Es posible que entre los lectores de Gerald Martin haya alguno que ignore el complejo futuro al que condenó Cien años de soledad a su autor, a pesar de que muchos de sus episodios vivan en la memoria de los miles de lectores que fueron devorando los libros de García Márquez conforme llegaban a los estantes: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989), Doce cuentos peregrinos (1992), Del amor y otros demonios (1994), Memoria de mis putas tristes (2004).

Tras narrar la historia de los Buendía, la cuenta de los días de García Márquez habría de ser, como escribe Martin, “la de un hombre que se ganó la fama” que entonces empezó a gozar “y que tuvo que aprender cómo vivir con ella, para así colmar expectativas y responsabilidades, y para volver a triunfar (esta vez sobre la fama y el éxito mismos) y seguir triunfando con cada nuevo título”.

La prueba de fuego fue la obtención del Nobel de Literatura de 1982. Y de ella García Márquez no sólo salió ileso sino en la mejor disposición para ahondar su interés en el poder y el amor, los temas centrales de su narrativa según Martin:

 

la ironía de la historia —en especial el poder que se vuelve impotencia, la vida que se transforma en muerte—, la predestinación, el destino, el azar, la suerte, el augurio, el presentimiento, la coincidencia, la sincronicidad, los sueños, los ideales, las ambiciones, las nostalgias, los anhelos, el cuerpo, la voluntad y el enigma del sujeto humano. Sus títulos se refieren con frecuencia al poder —coronel, patriarca, general, Mamá Grande—, poder que por lo general se ve desafiado —“no tiene quien le escriba”, “soledad”, “otoño”, “funerales”, “laberinto”, “muerte anunciada”, “secuestro”—, así como a las diferentes maneras de concebir y organizar el tiempo en la historia o en la narrativa —“no tiene quien le escriba, “cien años”, “los tiempos del”, “noticia de”, “memoria de”—. Su obra casi siempre incluye el tema de la espera, el cual es, desde luego, tan sólo el otro lado del poder, la experiencia del impotente.

En la tercera y última parte de su biografía, Martin se concentra en rastrear el origen y la recepción de los títulos que integran tan espectacular repertorio literario. No es poca cosa, si se considera que ensayar la vida de alguno de nuestros propios contemporáneos suele ser por lo general en beneficio del efímero retrato de celebridades, antes que en favor del arte y la ciencia de la biografía.

De cara al punto muerto de lo que no sabemos, y todavía peor, de lo que jamás sabremos sobre cualquier persona, como apuntó Robert Gittings, la realización de una biografía es una “tarea que sólo con el entusiasmo más extremo o hasta temerario se puede realizar”. Entusiasmo es lo que sobra en Gabriel García Márquez. Una vida, la biografía escrita por Gerald Martin luego de lustros de investigación en archivos privados y públicos, fuentes secundarias y decenas de entrevistas y relecturas minuciosas sobre la pavorosa, mítica y evasiva singularidad de su sujeto, el narrador colombiano que puso en boca de todo el mundo el nombre de Aracataca, el lugar “más olvidado, más abandonado, más apartado de los caminos de Dios”, como describió el mismo García Márquez su pueblo natal.

La pasión de Martin por las vidas ajenas era un secreto bien guardado en el mundo académico, a diferencia de su anterior desempeño como especialista en Miguel Ángel Asturias, a dos de cuyas novelas fijó el texto en unas si no muy cómodas al menos bien amuebladas ediciones críticas: Hombres de maíz, publicada por la sucursal madrileña del Fondo de Cultura Económica en 1981, y Señor Presidente, incluida en la extinta colección Archivos en el año 2000; también se le conocía como autor de un libro de ensayos, Journeys Through the Labyrinth: Latin American Fiction in the Twentieth Century (1989), y por su traducción de Hombres de maíz (Men of Maize, 1993, en la serie de autores latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh). Era de esperar que alguien como García Márquez opusiera resistencia al rastreo de sus tres vidas, la pública, la privada y la secreta, y la opuso, a juzgar por el silencio que obsequió ante la exhumación de un malogrado amor. No obstante la inexperiencia de uno y las reservas del otro, la obra de Martin es la feliz consumación de un estudio biográfico sobre una persona de cierto valor, como quería John Keats: uno de los grandes escritores de nuestro tiempo; un estudio que restituye la alegoría continua que encierra esta misma vida, la cual se resume en estas palabras de Julio Cortázar: “vivir importa más que escribir, salvo que el escribir sea —como tan pocas veces— un vivir”.

Gerald Martin, Gabriel García Márquez.
Una vida
, Debate, México, 2009, 748 pp.

Antonio Saborit. Historiador, traductor, ensayista. Acaba de publicar una compilación de la obra de José Juan Tablada en la colección “Los imprescindibles” de Cal y arena.