Quién sabe en qué año remoto habrán construido la iglesia de Santiago en Puebla. Ahora tiene una torre de una y otra de otra. Alguna vez fue la pequeña parroquia de un barrio en las afueras de la ciudad. Al principio de los años cuarenta del siglo pasado la recibió en custodia un padre joven, inocente y bondadoso recién llegado de Roma. Era el hijo único de una eterna viuda y el único hermano de dos mujeres que lo adoraban. Con la pena y el orgullo de todas, el muchacho pasó un tiempo en el Vaticano de donde volvió con el sonoro título de Monseñor Rafael Figueroa, Prelado Doméstico de su Santidad. Cuando yo lo conocí no era muy joven, pero tampoco era viejo. Se había ido volviendo gordo porque no tenía otros placeres además de la buena mesa, la vocación por los adornos refulgentes y los títulos nobiliarios. El pobre alcanzó pocos títulos, pero su inocencia le daba para estar contento con ellos. Lo de Prelado Doméstico de su Santidad sonaba muy elegante, aunque mi papá lo explicara diciendo que ese nombre se les daba a quienes se hacían cargo de cuidar las bacinicas y con suerte los postres del Papa.
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