En la reciente elección el 5.4% de los electores anuló su voto. En los meses anteriores observamos un curioso fenómeno: un movimiento sui géneris, surgido espontáneamente, que alentó a los votantes a acudir a las urnas para votar por candidatos no registrados o simplemente anular su voto. El propósito era expresar, de manera clara, una protesta en contra de los partidos políticos. La protesta, curiosamente, unió tanto a la derecha como a la izquierda en una causa común. Como señaló Denise Dresser, una de sus más visibles promotoras: “anular es votar. Es participar. Es ir a la urna y depositar una boleta para expresar el descontento con un sistema democrático mal armado, que funciona muy bien para los partidos pero muy mal para los ciudadanos”.1 El sistema impide que haya rendición de cuentas democrática: los ciudadanos no pueden sancionar a sus representantes. Así, los anulistas, por llamarlos de alguna manera, concibieron su lucha como una continuación de otras gestas cívicas de la transición a la democracia: “la anulación no busca acabar con la democracia sino aumentar su calidad y su representatividad. La anulación no intenta dinamitar el sistema de partidos sino mejorar su funcionamiento”. ¿Tuvo éxito esta enjundiosa campaña en internet y medios impresos?
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