Amaneció con la premonición de un día soleado. Digo esto y pienso que eso ahora lo sabe cualquiera, pero quizás alguien quiera saberlo alguna vez, cuando ya nadie esté para contarlo. El doctor Aguilar, para efectos de este envío: el votante, despertó a una hora precaria, como si las elecciones todas, ni se diga la instalación tempranera de nuestra casilla, dependieran de él. De oído supe que uno de los perros fue tras sus pasos al estudio. El otro estaba tras mi puerta resoplando. Me levanté. En la duermevela había aceptado que fuéramos a votar a las diez. Nuestro votante cree que si vamos temprano algo se adelanta en el resultado de las encuestas de salida. Pero casi nadie va temprano. O no sé, quizás, me dije, hoy casi nadie vaya a ninguna hora. Después del desayuno y los supuestos cuarenta y cinco minutos que, a decir de mi familia, me lleva beber el té, caminamos a la casilla. Fuimos con Mateo, que nunca sale de la casa sin una llave que le garantice la entrada. Aún si Catalina se quedaría aquí, porque no tiene credencial de elector, asunto que justificará alguna vez en algún texto suyo y no mío, su hermano, el que vota porque así debe ser, pero no porque sus pasiones estén en el evento, no confía en que alguien le abrirá al regresar. Y a él lo único de toda esta jornada que parece importarle por encima de todo es la posibilidad de regresar a la paz de su casa en domingo, para entregarse de lleno a la aventura de su original biblioteca. La campaña por el voto en blanco confundió de tal modo nuestro sentido del deber y nuestra indolencia que decidimos hacer una mezcla de votos. Empeñada en votar por bien queridos, yo le propuse mi voto a Mozart que, como recompensa, en vez de regalarme una cubeta me regaló la Suite en mi menor, K 399.
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