En un mundo donde las epidemias son ahora fenómenos globales, las políticas de salud pública han dejado de ser definidas por los principios de soberanía nacional.

A finales del siglo XV, cuando la peste negra todavía era una amenaza, una plaga venérea hasta entonces inédita, se vino a agregar a los padecimientos que sufrían Europa, Asia y el norte del África: la sífilis. Se dice que el médico sevillano Francisco Ruiz de Islas atendió los primeros casos de sífilis en 1493, pero dos años más tarde la enfermedad alcanzó proporciones epidémicas cuando el ejército de Carlos VIII de Francia invadió Italia con el propósito de reclamar la corona de Nápoles. Sus tropas ocuparon la ciudad el 22 de febrero de 1495, pero tres meses más tarde la abandonaron, llevando consigo un botín espléndido y cantidades inimaginables de la bacteria responsable de la enfermedad. La retirada se convirtió en una amenaza para la salud pública: a su paso por Italia, Suiza, Alemania, los soldados franceses fueron dejando un rastro de enfermos e infectados, cuya intensa actividad sexual muy pronto dispersó la epidemia a lo largo y ancho de Europa.

Ilustración: Oldemar González

Para los franceses la sífilis era el mal napolitano, para los italianos el mal gálico, y para los médicos españoles se trataba del mal serpentino. Aunque el padre Clavijero se negó a aceptar que la sífilis fuera, junto con el cacao, el tomate y maíz, un aporte más de América al mundo, se cree que la enfermedad surgió en nuestro continente y se extendió por Europa luego de los viajes de Colón. Muchos aceptaron esta idea, incluyendo a Fernando Colón, Gonsalvo Fernández de Oviedo y Valdez, y hasta el mismísimo fray Bartolomé de las Casas, que tanto amor tuvo por estas tierras y sus naturales. En 1539 Ruiz de Islas, para entonces un anciano venerable, publicó su Tractato contra el Mal Serpentino, que vulgarmente en España es llamado Bubas, en donde escribió que “le ha puglido a la justicia divina el enviar contra nosotros enfermedades desconocidas, nunca antes vistas o reconocidas o descritas en los tratados médicos como esta enfermedad serpentina. Y ésta apareció y fue vista en España en el año de nuestro Señor de 1493 en la ciudad de Barcelona; y dicha ciudad fue infectada, y luego la misma Europa y el universo todo en todas sus partes conocidas y comunicadas. Que dicha enfermedad tuvo su origen de una vez por todas en la isla que ahora llamamos La Española”, que no es otra cosa que la isla que comparten Haití y la República Dominicana. De los archivos del doctor Ruiz de Islas se ha podido rescatar el nombre de una de las primeras víctimas de la sífilis: uno de los hermanos Pinzón, que no en balde han perpetuado su fama en crónicas navales y estrofas estudiantiles ya casi olvidadas.

Con una saña envidiable, Voltaire describió en el Cándido cómo se extendió la sífilis: de un marinero de Colón a un jesuita, de éste a un paje, del paje a una marquesa de viejos blasones y corazón hospitalario, y de ella a toda Europa, pasando por un capitán de caballería, una anciana condesa, un franciscano y el buen doctor Pangloss. ¿Vivimos épocas similares? Usando técnicas un poco más sofisticadas que las empleadas por Voltaire, podemos rastrear la genealogía molecular de virus como el del SIDA o el de la influenza, que tanta preocupación ha despertado en los últimos meses. La falta de datos y la rapidez con la que evolucionan los genomas de RNA como el del virus A/H1N1 2009 nos impiden saber con precisión cómo y cuándo surgió, pero sabemos bien que es el resultado del intercambio de material genético con virus de la influenza que afectan a cerdos, aves y humanos, y hay datos que sugieren que ha estado en circulación desde hace menos de año y medio y que, contra lo que pretende el simplismo de algunos, no se le puede asignar un origen mexicano.

Toda epidemia es un complejo fenómeno en el que concurren en forma simultánea factores de orden médico, social, ecológico y político. Su historia muestra una constante: las plagas van acompañadas tanto de la incomprensión como de la persecución de grupos sociales, con frecuencia los más desvalidos. Como afirmó hace ya varios años Colin McEvedy en Scientific American, al aparecer la peste bubónica los cristianos acusaron a los musulmanes, los musulmanes a los cristianos, y ambos le echaron la culpa a los judíos. Cuando la peste negra regresó a Italia en 1656, los romanos culparon y persiguieron primero a los napolitanos, luego a los judíos, y finalmente a los que vestían prendas de seda. Los irlandeses fueron acusados de provocar la epidemia de cólera que azotó a Nueva York en 1831, y aún arde en la vergüenza colectiva el recuento de la persecución en contra de haitianos, homosexuales y prostitutas como resultado de la epidemia del SIDA.

Así las cosas, no sorprende el terror que despertaba en los aeropuertos europeos el estornudo de un viajero mexicano o, peor aún, el espectáculo bochornoso de las agresiones a chilenos acusados a pedradas de portar la influenza a Argentina, o el aislamiento al que sometieron a connacionales los gobiernos de China y Cuba.

Como afirma Philip Alcabes en su libro Dread: How Fear and Fantasy Have Fueled Epidemics from the Black Death to the Avian Flu, en ocasiones el miedo individualizado y el temor colectivo que despiertan enfermedades nuevas y epidemias inéditas no hace sino evidenciar patologías humanas más profundas.

En el mundo contemporáneo los virus ya no viajan a bordo de carabelas, sino que se transportan sin visa ni pasaporte en vuelos trasatlánticos. Por ello, dice Richard Horton, el editor en jefe de la prestigiosa revista médica Lancet, tiene razón David P. Fidler cuando afirma que la epidemia del SARS marcó el fin de la Westfalización de la salud pública, es decir, el fin de la época en la que las políticas de salud pública estaban definidas por los principios de soberanía nacional. Como ha señalado Fidler, que tiene a su cargo un centro de estudios sobre la seguridad global y de los EE.UU. en la Universidad de Indiana, la decisión de la Organización Mundial de la Salud de recomendar en 2003 la cancelación viajes a Pekín y Toronto fue un acto sin precedentes que mostró que las epidemias son ahora fenómenos globales que requieren de respuestas globales. ¿Estamos listos para ello? Desafortunadamente, la respuesta es negativa, como lo demuestra el cobro de deudas políticas y desacuerdos sanitarios que se están dando entre la clase política mexicana ahora que muchos creen que el riesgo de la influenza es un problema del pasado.

Basta revisar la historia de la medicina para ver que siempre hemos vivido al filo de la navaja. Los éxitos de la vacunación, los insecticidas, el drenaje y la penicilina nos hicieron olvidar lo frágil que es el equilibrio entre las poblaciones humanas y las de nuestros patógenos. Nunca lograremos frenar la evolución de virus, protistas y bacterias, como lo demuestran la pandemia del SIDA, el avance del cólera, la persistencia del dengue y la aparición de organismos capaces de resistir combinaciones inéditas de antibióticos y antivirales: estamos lejos de controlar las potencialidades del mundo microbiano. Hace poco más de 10 años Richard Lewontin y Bruce Levin escribieron que basta hacer a un lado la perspectiva antropocéntrica para observar el sorprendente inventario de virus y microbios, muchos de ellos mutantes, que se expanden, o patógenos inéditos que afectan plantas y animales. Tenían razón: en el año en que celebramos el 150 aniversario de la publicación del Origen de las especies, de Charles Darwin, la aparición del virus de la influenza vino a recordarnos que la evolución biológica ni tiene metas ni objetivos, y que no está restringida al descubrimiento de huesos de mamut en las excavaciones del metro, sino que se da a lo largo y ancho de la biosfera, incluyendo los patógenos, de cuya existencia nos percatamos únicamente cuando nos enfermamos.

 

Antonio Lazcano Araujo
Académico de la Universidad Nacional Autónoma de México y presidente de la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida.