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Giovanni Sartori,
¿Qué es la democracia? (nueva edición
revisada y ampliada), Taurus/Santillana, México, 2008, 456 pp.

Hay al menos tres razones para celebrar la nueva edición de ¿Qué es la democracia?. En primer lugar, la importancia del libro en sí mismo, por el peculiar y relevante estilo (o “método”, si se quiere) del autor, aplicado aquí a uno de los temas que más claridad necesitan hoy. Segundo, un interesante y polémico apéndice sobre los “nuevos problemas” que la democracia enfrenta en esta primera década del siglo. Tercero, la corrección de múltiples problemas de traducción en las ediciones anteriores.

Buena conversación
Se ha dicho que toda cultura es conversación. La ciencia política como parte de la cultura puede ser vista como tal. Un buen conversador es aquel que tiene un oído atento y fino para escuchar lo que se dice, para distinguir “las voces de los ecos”, para incorporar su propia voz reconstruyendo las cuestiones relevantes del diálogo. Este es en buena medida el estilo de Sartori: en todos sus libros parte de lo dicho por otros, lo recupera con seriedad y sentido crítico, expresa sus propios argumentos al respecto.

¿Qué es la democracia? puede ser leído como una recuperación de la conversación relevante sobre la democracia y las cuestiones inseparables de ella en la segunda mitad del siglo XX y en los principios del XXI. En las cuestiones o temas que el autor vincula a la discusión sobre la democracia y en el rigor con el que lo hace está uno de los méritos del libro.

No se trata de una conversación pacífica. Sartori ubica siempre a sus adversarios. Se apoya en ellos para desarrollar su propia argumentación. La idea central del libro, explícita en la versión extensa del libro publicada en 1987 e implícita ahora, es que una idea confusa o incorrecta de democracia es una de las causas para el fracaso de ésta. Y ése es, a juicio del autor, un motivo suficiente para escribir un libro sobre democracia. Hay un alegato continuo en contra de los errores en la forma de concebir este régimen político, que generalmente se quedan en posturas simplistas como el error etimológico, el mal realismo, el perfeccionismo, criticados pertinentemente en el libro.

Esto le hace ir más allá de la teoría democrática. A la relación entre ideales y realidad, o más precisamente, sobre cómo debemos gestionar los ideales. De esta gestión, una de las partes más relevantes y polémicas del libro, surge la crítica a uno de los mayores y más pertinaces males de la modernidad: el perfeccionismo. Sartori amplía la dicotomía entre el ser (la realidad, los hechos) y el deber ser (ideales, valores) proponiendo un triángulo, que incluye a las dos aristas anteriores más la del poder ser. Critica al perfeccionismo no sólo porque es estéril, sino porque con frecuencia da lugar al peligro opuesto y al efecto contrario al tratar de maximizar los ideales. Contrariamente, una adecuada gestión de los ideales busca su optimización, resultado de una retroalimentación entre el ideal y la realidad.

Parte fundamental de este ir a las bases de la teoría democrática es su crítica al “estipulativismo”, es decir, a la idea de que las palabras no tienen un contenido propio “verdadero”, y que pueden ser por tanto estipuladas o definidas de la manera que cada quien quiera. Sartori rechaza esta visión y la vincula a las ideas erróneas sobre la democracia, es decir, a una de las causas por las que los sistemas democráticos pueden derrumbarse.

Si bien para el autor las palabras no tienen un significado verdadero desde el punto de vista lógico, ontológico o metafísico, sí lo tienen en el sentido etimológico. Citando a Mill, nos dice que “el lenguaje y las palabras que lo componen son… memoria de experiencia histórica” (p. 289). Lo que es particularmente cierto para el lenguaje político. Las ideas de democracia, libertad, violencia, no pueden ser definidas a capricho de cada quien. Están marcadas por la historia (es decir, tienen etimología) y su significado es inseparable de ella. Lo contrario, el definir a gusto personal, como hacen muchos, lleva a que la democracia pueda ser cualquier cosa. Una vía segura a Babel y al fracaso de la buena política, la democracia como parte de ella.

Esta lucha contra la falta de rigor, contra el relativismo, es una de las partes más importantes del libro. Tiene que ver con la caracterización que hace el autor del ideologismo, entendido como la concepción de que todo es ideología. Una concepción que confunde cuestiones muy distintas: ideas, ideales, ideologías. Las ideas, desde los griegos, son productos destilados mediante la crítica y la argumentación. Son, por tanto, algo muy distinto de las ocurrencias y de las opiniones. Muy distinto también de las ideologías. Confundir a todo lo que llega a nuestra mente como ideología lleva a lo que Sartori llama una “cacería de brujas circular”: tú consideras que mi perspectiva es ideológica, yo considero que la tuya lo es. Y se deja de lado la posibilidad de argumentar para ver que, dentro de un límite al menos, hay ideas correctas e incorrectas; hay ideas bien fundadas y argumentadas críticamente y hay también ocurrencias y disparates.

Nuevos problemas

En el apéndice de la nueva edición el autor se plantea si la democracia es exportable. Concretamente, si lo es al mundo islámico. Para ello vuelve una vez más al rigor conceptual, ahora teniendo como adversario al “aclamadísimo premio Nobel Amartya Sen” (p. 373).

Sen argumenta que los occidentales pecan de arrogancia cuando hablan de exportar la democracia, pues ésta no es un producto occidental, sino algo que ha existido en muchas partes del mundo. Para ello, Sen recorre un camino frecuente, ya criticado por Sartori en otros casos: definir la democracia a su modo. Para el premio Nobel democracia es “discusión pública” y ésta ha existido prácticamente en toda Asia y en varias regiones de África.

Para Sartori, ciertamente, la discusión pública es una de las características de la democracia. Necesaria pero no suficiente. Tampoco exclusiva de ella. Puede haber y ha habido discusiones públicas en regímenes totalitarios (como el “centralismo democrático” del estalinismo). Definir a modo lleva relativizar todo. A perder la capacidad de distinguir, de delimitar. A una confusión que puede ser causa de caídas de democracias.

Sartori precisa que no se trata de que la civilización occidental sea superior a otras. El concepto de civilización es tan amplio que no es posible hablar de superioridad en general. Sólo hay dos cuestiones, nos dice, en que Occidente puede ser superior a otras civilizaciones: la científica-tecnológica y la “construcción de la ciudad libre” (p. 368).

Esta última es la que justifica hablar de la exportabilidad de la democracia. Para ello Sartori recupera su idea de que la democracia contemporánea es necesariamente una democracia liberal, o al revés: una liberal democracia, para priorizar el primer término sobre el segundo. Sólo puede haber democracia, es decir, demo-poder, donde hay constitucionalismo liberal, es decir, demo-protección, un sistema para proteger al pueblo de la tiranía política.

La democracia es y ha sido exportable, pero no a cualquier lugar. El requisito es que haya una base liberal en la sociedad y la política. Condición que se dio en la India y en Japón, pero que no se da en las sociedades islámicas.

Se podrá estar de acuerdo con Sartori, en esto y en otros muchos aspectos. Lo que es claro es que el autor hace avanzar la discusión, da claridad sobre aspectos oscuros, distingue entre cuestiones que son tratadas de bulto. Nos permite ver en qué estamos de acuerdo o en desacuerdo y por qué.

Errores enmendados

Un ejemplo de los errores de traducción en las ediciones previas corregidos ahora: en un solo párrafo, el primero del capítulo de conclusiones (p. 279 de la nueva edición) hay tres gazapos en la traducción que alteran o hacen imposible la lectura. Algunas de las tres frases enmendadas eran ininteligibles en la traducción anterior; alguna otra decía lo contrario de lo que dice la traducción actual. Una mala traducción puede matar al lector en cuanto lector Ante párrafos incomprensibles quien lee puede dejar de hacerlo, considerando bien que no está a la altura de la lectura y por eso no entiende nada, o bien que el autor escribe tan mal que no vale la pena leerlo. La nueva edición nos dice otra cosa: había errores serios de traducción.

Mencionemos sólo uno más, por su valor sintomático. De la amplia bibliografía al final del libro sólo hay dos autores que originalmente escribieron en español. Uno de ellos es José Ortega y Gasset. Se citan tres textos de él, el más importante La rebelión de las masas, en su edición italiana. El traductor al español escribió “niño viciado”, donde Ortega había escrito “niño mimado”: término que apunta al aspecto medular de su teoría sobre el hombre masa.

Por un lado, una mala traducción, un error injustificable, que confunde o mata al lector. Por otro, una plena ignorancia de la obra de Ortega. La rebelión de las masas es muy probablemente el libro de ciencias sociales y humanidades escrito en español más leído y traducido en toda la historia. No es casual que Sartori lo recupere al analizar lo que la democracia puede ser hoy y los riesgos que enfrenta. ¿Puede imaginarse un traductor que ignore la obra del español, o que no se tome el cuidado de hojearla al verla citada? Pues sí. Y más que una deficiencia personal parece ser un síntoma de cómo andamos en las ciencias sociales escritas en nuestro idioma.

No toda la traducción anterior es tan catastrófica. El libro se podía leer. Sólo que los errores aludidos incrementaban mucho el costo de la lectura y reducían mucho sus beneficios. No hay mal que por bien no venga, y los errores previos ahora reparados nos llevan a valorar el trabajo de los traductores y correctores de estilo, cuyos nombres ni siquiera se mencionan en algunas publicaciones.

Víctor Reynoso. Profesor de la Universidad de las Américas (UDLA) de Puebla.