José Vasconcelos

Joaquín Cárdenas Noriega, José Vasconcelos. Caudillo cultural, Conaculta, México, 2008, 397 pp.

La falsa familiaridad del civismo ha difuminado la figura de José Vasconcelos y su fama polémica ha desembocado en el prestigio apacible de todos aquellos próceres de borrosa trayectoria que dan su nombre a calles y bibliotecas. Son muchos, sin embargo, los rostros de este individuo múltiple que resultan vigentes y apasionantes: el joven artista-filósofo-profeta de inflamados ideales; el eminente intelectual revolucionario que brega entre facciones de empistolados; el político carismático que impulsa la más ambiciosa cruzada educativa y cultural del país; el caudillo ilustrado que rompe con la familia revolucionaria y busca revertir el ciclo militarista; el candidato derrotado que nunca le perdona al pueblo su falta de determinación para llevarlo a la presidencia; el memorialista despechado que ejerce su mejor arte en la crónica descarnada de su ascenso y caída; el periodista y filósofo maduro, declamatorio y reaccionario, o el anciano que oscila entre la bilis y el misticismo.

Todos estos personajes que son Vasconcelos despertaron, por décadas, adhesiones y rechazos fervientes; después, acaso por saturación, cayó en el olvido y, en generaciones más recientes, excitó la imaginación polémica de algunos críticos como Jorge Aguilar Mora, José Joaquín Blanco o Christopher Domínguez que desde distintas perspectivas han propuesto un estimulante ajuste de cuentas con su figura. Ahora, como una reliquia reveladora y cálida de aquella visión fascinada que despertó en muchos de sus contemporáneos, puede leerse el libro de Joaquín Cárdenas Noriega (1906-2009), José Vasconcelos. Caudillo cultural, publicado en una primera versión en 1982, y que acaba de reeditar el Conaculta. El autor, contador público, fue un partidario de Vasconcelos que alcanzó a vivir el fervor civilista de la campaña, que luego se convirtió en su amigo y que escribió un volumen anterior: Vasconcelos y la Casa Blanca. No debe buscarse en este libro de tinte biográfico, un poco farragoso pero entrañable por su devoción, una reivindicación ambiciosa o un parricidio salutífero, sino una muestra de admiración y afecto que busca consolidar a Vasconcelos como un modelo cívico y humano. Se trata del libro de un historiador no profesional, que recorre sin un orden estricto los pasajes vitales más importantes de su biografiado, que se adhiere, tal vez con celo excesivo, a la visión que su amigo y maestro quiso legar y que compensa su escaso trabajo de interpretación con un abundante material testimonial.

El ensayo biográfico de Cárdenas Noriega agrupa en diversos apartados temáticos un conjunto heterogéneo de testimonios que van desde citas autobiográficas de Vasconcelos, trozos de discursos, documentos oficiales, cartas de sus admiradores, recortes de periódicos, comentarios bibliográficos y testimonios familiares. La organización de este material apunta a una intención a momentos sacralizadora, que incluso se olvida de los pasajes confesionales y de autoescarnio de las memorias del propio Vasconcelos. Más allá del evidente comedimiento del autor con su objeto de estudio, la buena fe y sincera intención con que el material es desplegado lo vuelve elocuente: los documentos burocráticos que lo enaltecen pueden leerse de otro modo; los documentos inéditos dejan vislumbrar otras facetas y los recuerdos íntimos de sus familiares, como el de una de sus nietas, dejan ver, detrás del genio salvaje, a un anciano frágil y tierno, despreocupado de su apariencia, al que había que inventarle mil tretas para intentar que cambiara su viejo y sucio sombrero por uno nuevo.

Por lo demás, sin que sea la intención del autor, a través de esta recopilación de documentos, particularmente de los que atañen a la gestión vasconcelista como rector y secretario de Educación Pública, es posible evocar al artífice de ese pacto entre el poder y la inteligencia que, de modo tácito, sigue gravitando en la relación entre el intelectual y el Estado. Vasconcelos es el efímero patriarca de la cultura posrevolucionaria que inspira, organiza, patrocina, establece incentivos y propaga una idea de misión civilizadora. En esta misión, la educación y el arte se reúnen y pretenden recuperar su carácter público y su capacidad de redimir a la sociedad. Se trata de una auténtica terapia, ¿empoderamiento?, de la nación, que pasa por reinterpretar el pasado (la historia no es la fatalidad que parecen señalar las derrotas históricas, sino la oportunidad de futuro de la quinta raza); hacer un inventario de logros y cualidades (la antropología, el acopio del folclor y las artes populares revelan energías insospechadas, las historias de las distintas disciplinas artísticas y sociales ratifican una tradición original); mejorar las aptitudes (alfabetizar urgentemente, crear un magisterio comprometido, incorporar voluntarios, impartir artes, oficios, educación física y rudimentos de higiene) y buscar la fusión armoniosa de lo antiguo y lo moderno (la incorporación del primitivismo y nacionalismo en el arte de vanguardia). Para Vasconcelos, el protagonista de esta misión es el intelectual, pero no el mero profesional o el aislado en su torre de marfil, sino aquel capaz de identificar y motivar el esplendor de una raza. En este sentido, la redención del intelectual consiste en aliarse a la causa del pueblo. Ambos se prestan un servicio: el intelectual puede redimirse de la banalidad y bufonería de su oficio; por su parte, a una población desposeída por siglos, el conocimiento la dignifica y la ayuda de manera práctica. Como ya ha señalado Blanco, pese a que Vasconcelos genera una cultura militante y propone un arquetipo intelectual, no puede afirmarse que subordine la cultura a la doctrina, su propia gestión lo demuestra: su nómina de colaboradores es ecléctica, sus fuentes heterogéneas y su acción pragmática. Así, lo mismo promueve la escuela rural y las artes y oficios que la cultura llamada elitista y concibe una hábil estrategia para captar a la intelectualidad más influyente de México e Hispanoamérica. Su empresa mesiánica no resulta, pues, dogmática. Con esta flexibilidad en su exigencia de compromiso, Vasconcelos dibuja exactamente el perfil de intelectual posrevolucionario que siente su participación un servicio social, que puede incorporarse al servicio público sin convertirse en un acólito y que, alternativamente, puede identificarse o guardar una relativa independencia entre trabajo personal y oficial.

La fortuna política de Vasconcelos fue breve y su trágico desenlace dio origen a un personaje controvertible y a sus excesivos, a ratos hermosos, intensos libros de exabruptos. Sin embargo, el entramado fundamental, la arquitectura de la política de Vasconcelos, es decir, la noción redentora de la educación, la concepción de las políticas culturales como parte fundamental de la construcción del Estado, y el cortejo de los intelectuales, ha sido perdurable y se guarda como una herencia que inspira lo mismo algunas de las más nobles intervenciones del intelectual en la vida pública que algunos de sus vicios más nefandos.


Armando González Torres
. Escritor. Su más reciente libro es Teoría de la afrenta.