Este es el testimonio de una amistad que no excluye la crítica ni la diferencia, una amistad inusual en el mundo literario. Es también el ensayo del mayor cronista sobre el mayor poeta de su generación               


“Mientras avanza el día se devora”

En 1957 José Emilio Pacheco, recién salido del Centro Universitario México, coordina un suplemento de jóvenes en la revista trimestral Estaciones, que dirige el poeta Elías Nandino (me he olvidado del nombre del suplemento acudiendo a técnicas del ejército de Corea del Norte). José Emilio ha estrenado una obra de teatro en el CUM, ha incursionado brevísimamente en Leyes, se ha mudado a Letras Españolas (donde tampoco persiste), y ya es lo que seguirá siendo: lector voraz, maniático de los libros y las publicaciones, persona impaciente ante la enseñanza lenta y lineal (su método de aprendizaje es veloz y simultáneo). Agrego: respeto por las generaciones literarias anteriores, frecuentación de los libros de viejo, acercamiento sistemático a la literatura latinoamericana, revisión de los panoramas culturales de México y el mundo, exploración detallista de librerías y bibliotecas, gusto sensual por los libros como objetos.

También le apasiona el teatro (hasta el momento, su única vocación no cumplida sino esbozada), y ya despliega en Estaciones una de sus insistencias primordiales: el servicio cultural. Dije “respeto por las generaciones anteriores” y con eso aludo a su reexamen selectivo de la tradición. Además, se ocupa de las novedades, quiere dar cuenta de todo lo que se publica, y, sin mengua de su rechazo del nacionalismo, advierte en la literatura mexicana, muy especialmente en la poesía, una calidad sostenida, el corpus que es todo menos premio de consolación. Es un experto en literaturas comparadas y sabe que sin cotejarlas con la literatura internacional nunca se fijará debidamente el valor de las letras de México. En Estaciones Pacheco publica ensayos y reseñas, y escribe poesía, su vocación primordial.

 

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Cuando “los nacidos en los treinta” (si la generación no tiene nombre específico, sí tiene actas de nacimiento) empezamos a frecuentar el medio literario, lo primero que comprobamos es la ausencia de solemnidad, algo sorprendente para quien llegaba cargado de admiraciones. Salvo Torres Bodet, cuya sombra augusta consiguió que a un reseñista de libros se le llamase “el Igualadonte” por haberle hablado de tú a don Jaime sin fijarse en la distancia abismal, los demás eran accesibles y, lo digo en su honor, casi todos ellos sarcásticos. Todavía había clases sociales o, mejor, clases culturales, pero nos recibían amistosamente en sus casas para hablar, quién lo creería ahora, de literatura, escritores como Alí Chumacero, José Luis Martínez, Salvador Novo, Carlos Pellicer, Efraín Huerta, Edmundo Valadés y Rosario Castellanos. Incluso el maestro José Vasconcelos, a quien nunca le preguntamos por sus simpatías pro nazis. Octavio Paz y Carlos Fuentes nos recibían en sus despachos de la Secretaría de Relaciones Exteriores en la Avenida Juárez, o tomaban café con nosotros en el Viena de la calle Amberes. Sergio Pitol, JEP y yo conversábamos en el Kikos frente a Relaciones y si no arreglábamos el mundo tampoco lo desajustábamos, una manera como otras de evocar tardes enteras dedicadas a Historia universal de la infamia, de preguntarnos la razón de las colas en la librería Zaplana para adquirir un libro de Roberto Blanco Moheno o Casi el paraíso de Luis Spota. Teníamos ideas de izquierda, pero en una ciudad y en un país donde la izquierda era una devoción marginal y el PRI reprimía para de vez en cuando concederle sonrisas y apretones de mano a los culturati.

 

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Uno de los pagos por la estabilidad es soportar la autocomplacencia de los poderosos, y si el Estado de la Revolución Mexicana (así se llamaba y así le decían) le tributaba homenajes a los creadores es porque creían más importante al patrocinador que al patrocinado (ningún programa vale más que su sponsor). Además algo tenían de conciencia de culpa porque entregaban medallas a perfectos desconocidos con renombre. (La situación ha cambiado drásticamente porque desapareció la conciencia de culpa.) El doctor Nandino nos presentaba a escritores, compositores populares (Gabriel Ruiz, Pepe Guízar), artistas plásticos (Juan Soriano, el más vital y divertido). Don Alfonso Reyes nos recibía en su Capilla, y le solicitaba a José Emilio informaciones hemerográficas. A Vasconcelos se le veía en la Biblioteca de la Ciudadela, y Cristina Romo (Pacheco) iba a preguntarle sobre Ulises Criollo. A don Martín Luis Guzmán lo saludábamos en sus oficinas del semanario Tiempo, y oíamos sus maravillosas andanadas anticlericales y sus muy concisas memorias.

Ante un medio social y político distante de la cultura pero sin resentimiento, nos fastidiaba la indiferencia de los funcionarios de cultura en la etapa en que el Estado era el único patrocinador. Había excepciones, José Luis Martínez y el teatro del IMSS por ejemplo, pero lo común era el velo burocrático del paternalismo.

 

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Faltaba para el reavivamiento que traen consigo el 68 y el surgimiento de la vida académica y la industria editorial, se viven las postrimerías del nacionalismo cultural y se inicia la revaloración del Ateneo de la Juventud y del grupo Contemporáneos. La hace Emmanuel Carballo en el suplemento México en la cultura del diario Novedades, un espacio de excepción a cargo de Fernando Benítez y Vicente Rojo. Por eso, ante la inercia del medio, La región más transparente de Carlos Fuentes es literalmente un estallido. Es el momento de la “ampliación territorial”. Jaime García Terrés invita a Pacheco a La Revista de la Universidad en Difusión Cultural de la UNAM, y Fernando Benítez nos solicita colaboraciones para México en la cultura, del que luego de un episodio de censura alemanista salimos a La cultura en México, de Siempre!

El primer libro de poemas de acento clásico, Los elementos de la noche, incluye textos narrativos severamente influidos por Borges (en Cuadernos del Unicornio, su hermosa colección de plaquettes, Juan José Arreola le publica La sangre de Medusa). Borges en 1958 es lectura que modifica las ideas al uso sobre el escritor latinoamericano, y junto con Neruda y Reyes contribuye a disminuir las sensaciones de marginalidad cultural. A las notas y ensayos de esa etapa de JEP los distingue su convicción: la literatura mexicana es parte natural de la literatura internacional. Como a muy pocos, y éste es su vínculo permanente con Reyes, a Pacheco le importa el lector (un lector ilustrado y amante de las paradojas), y de allí la decisión de transparencia complementada por la idea fija: la perfección es inalcanzable, pero sin la búsqueda de la perfección la escritura nunca conocerá su expresividad mayor (a José Emilio y a mí, Vicente Rojo nos llama “reescritotes”). En su prólogo a una de sus antologías, Ayer es nunca jamás (1978), Pacheco explica su credo:

Escribir es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: No hay obras terminadas, sólo obras abandonadas. Al revisar varios de estos poemas, sobre todo los que hice antes de mis veinte años, no creo desfigurarlos mediante cambios que consisten básicamente en supresiones, sino revisar la distancia entre lo que dicen y lo que intentaron decir. Si uno tiene la mínima responsabilidad ante su trabajo y el posible lector de su trabajo, considerará sus textos publicados o no como borradores en marcha hacia un paradigma inalcanzable. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección.

 

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Al reescribir sus poemas, sus cuentos, sus novelas, Pacheco se considera autorizado a preguntarse ya clásicamente: “¿Quién de los dos escribe este poema?”. ¿El que lo hizo y revisó y cuidó y publicó por vez primera, o el que vuelve a él a explorar sus formas abiertas, y a desarrollar o castigar lo que se quedó en intuiciones? Ver a José Emilio revisando un texto es asistir a un campo de batalla, donde el ganador incesante es el oído literario, la cualidad por él tan apreciada, el entreveramiento de la música del lenguaje y el acoso de la escritura.

Los elementos de la noche y el libro siguiente El reposo del fuego (1966) son, en su primera versión, señas de aprendizaje de lo entonces dominante, la maestría retórica en pos del sonido irreprochable. A esta poesía de sensaciones y descripciones finísimas, Pacheco la va cambiando por otra, más irónica y personal, vinculada a lo contemporáneo, a la indefensión y el poder de destrucción de los pobladores de la tierra, a la evocación de duelos y celebraciones, al pasear por las avenidas del derrumbe que llamamos “la vida diaria del planeta”. Hay una línea conductora y en las líneas inaugurales de El reposo del fuego (“Nada alivia el desastre; llena el mundo la caudal pesadumbre de la sangre”) ya actúa el temperamento adiestrado en el vislumbre de las corrosiones del tiempo, del dolor, del polvo, de la grandeza humillada por la fugacidad. Aún falta el personaje poético, el ser que reflexiona y participa de sus descubrimientos.

 

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Sin participar en grupos o partidos, Pacheco a principios de la década de 1960 marca su política de humanismo radical, casi siempre desideologizado y pleno de ideas. Se adscribe a la frase borgiana: “No se trata de política, sino de ética”, y eso explica en 1962 su apoyo a la causa de los presos políticos, su poema a Siqueiros en la cárcel y su apoyo a la huelga de hambre de los presos políticos (ferrocarrileros y comunistas) en Lecumberri. Pepe Revueltas nos convoca a la Academia de San Carlos, extrae de inmediato nuestra decisión de no dejar solos a los huelguistas, y llama de pronto a los tres periodistas que aguardan. De pie, con gran solemnidad, declara el principio de la huelga de hambre de intelectuales y escritores en solidaridad. Por lo menos, mi sorpresa es mayúscula.

Son tres días magníficos. Revueltas es implacable en su recuento de sus estancias en las Islas Marías (“allí saludábamos al camarada sol, antiguo y vil”) y en Moscú (“ver a tantos camaradas juntos te emocionaba al punto del sueño”); Juan de la Cabada relataba sus prisiones de dos o tres días en los años veinte (“cuando regresábamos a la cárcel, nos preguntaban que por qué no huíamos de la ciudad”); el excelente pintor Jesús Guerrero Galván refería las discusiones entre Siqueiros y Diego; Eduardo Lizalde y Enrique González Rojo tomaban notas para sus polémicas y una noche cantaron una canción poeticista; Sergio Pitol, Pacheco, Jaime Labastida, Jaime Augusto Shelley y yo leíamos los periódicos en vana búsqueda de notas que indicasen ya no nuestro esfuerzo político sino siquiera la existencia de la Academia de San Carlos.

 

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En la década de 1960 los jóvenes leen y estudian a Paz, leen las novelas latinoamericanas, apoyan el cine experimental, asisten a la Casa del Lago, a los happenings teatrales y pictóricos. Entonces, las presencias de Carlos Fuentes, José Luis Cuevas, Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Tito Monterroso, Juan García Ponce, Juan José Gurrola y Alexandro Jodorowsky, son propuestas innovadoras. Y José Emilio, enterado exhaustivamente de lo que ocurre, se ausenta del concurrido vino de honor. A él, lo ha decidido, lo representará su obra, que contiene y desborda su actitud. Se niega a dar entrevistas, sintetiza su nombre periodístico con las iniciales (JEP), sólo da las conferencias indispensables, no presenta libros; en resumen, gana tiempo sin desinteresarse en lo mínimo, al contrario, por la obra ajena. En el poema “Imitación de Tu Fu para Sergio Pitol” recapitula la experiencia de esta etapa:

Aprendimos que no se escribe en el vacío.
Somos el instrumento y la consecuencia
de lo que está pasando tras la ventana en la calle.
Otra lección:
dar importancia a la tarea no al productor.
Nunca creernos escritores…
Algo salió de aquellas tardes en apariencia perdidas.
Y, contra todo, somos lo que queríamos ser entonces.

“Pertenezco a una era fugitiva,
mundo que se desploma ante mis ojos”

El clima prevaleciente en la poesía de José Emilio, muy en especial a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo, es el pesimismo que, en este caso, es una guía poética (excluir del texto las apoyaturas del optimismo, rehusarse al brío autoritario), y una alternativa profética. El presente ya contiene al porvenir, es su cómplice directo, el que prepara las devastaciones y los cataclismos de los descendientes. Así, las condolencias dirigidas al mañana son la resistencia al presente. “Alabemos a Patmos y a la hirviente montaña de las Lamentaciones”, dice José Emilio, despiadado incluso en la autocrítica de su personaje: “Gastaste la noche en códices e infolios. Quisiste hallar en esos criptogramas el rumor transitivo de las generaciones, el espejo vacío, la gloria y la pesadumbre de la historia: vanas tretas para justificar tu aislamiento, para erigirte digno de tu cobardía, tu conmiseración, el alarde grotesco de tus heridas”.

¿Qué deposita el futuro en las palabras que lo aluden o cifran? En la elección de temas, su verdadera declaración de principios, Pacheco opta por las contradicciones flagrantes: vislumbra la inutilidad y la profunda validez de la poesía; recurre a la escritura y de ella espera la condenación; observa la vulnerabilidad de los elementos naturales y advierte sus fulgores vengativos; incursiona en la melancolía desde la contemplación irónica; cree en la forma perfecta y la vulnera con la “falta de respeto” de un humor ácido; convierte su existencia en lo nacional en disidencia, como en su célebre poema “Alta traición”.

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.

 

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Pacheco no es catastrofista, acusación fácil difícil de sustentar. Es, sí, en el sentido antiguo del término, un moralista o, mejor, es un escritor que incorpora las reflexiones de la desesperanza al texto literario. Por lo demás, no podría ser “apocalíptico” quien con tanta generosidad establece panoramas de la literatura mundial y de la cultura mexicana, y pregona con el ejercicio literario el orden de su confianza humanista.

La narrativa: De la niñez
como recuperación de la edad madura

A su regreso de Inglaterra, en 1968, José Emilio se enfrenta a las huellas de la matanza de Tlatelolco (“Pienso en la tempestad para decirte que un trozo de la historia ha terminado”) y, sin dejar las tareas creativas, se sumerge en el periodismo cultural. Paulatinamente se reconoce su talento narrativo. En 1963 se publica El viento distante (segunda edición reescrita y aumentada), el inicio de su serie sobre la niñez y la adolescencia como escuelas del desencanto, la frustración y el conocimiento.
En 1967 Morirás lejos (segunda edición revisada, 1977), novela experimental que indaga de modo extraordinario en la identidad de víctimas y verdugos, en los lazos entre el sacrificio y la hazaña, entre el Holocausto, la tragedia mayor del siglo XX, y los infinitos holocaustos inadvertidos. En la obra de Pacheco Morirás lejos (dos versiones: 1967 y 1977), con su juego de tiempos y personajes, la experimentación es el recuento circular de “la ausencia de Dios”.

 

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Las batallas en el desierto (1981), novela corta, es seguramente el libro más conocido de José Emilio, la versión ácida del rito de pasaje, de la infancia y la pubertad como experiencias a la vez desoladas y entrañables, en la ciudad que es aprendizaje múltiple, del amor, del conocimiento, de la ciudad misma, el monstruo de las ruinas sucesivas en edificios recién inaugurados, de modas que son las señales que cada época disemina para perdurar. En El principio del placer (1972), recopilación de cuentos, al realismo puntual lo disuelve la fantasía que se cuela triunfalmente entre atmósferas casi costumbristas. En 1992 publica Tarde de agosto.

“Miren a ésta”

Los idus de marzo y polvo eres. Los clásicos, argumenta incansablemente Pacheco, tienen razón: Vanidad de vanidades dijo el predicador, todo es vanidad. (Muy probablemente a JEP le habría gustado escribir la letra de “Fallaste corazón”: Y tú que te creías el rey de todo el mundo…) Por eso invierte de modo sistemático los papeles:

La mosca juzga a Miss Universo
Miren a ésta.
La consideran hermosísima.
Para nosotros es horrible.
Sus piernas no se curvan ni erizan de vello.
Su vientre no es inmenso ni está abombado.

De En este mundo

 

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El autoengaño, el primero de los pecados capitales. El personaje poético de Pacheco, que corresponde estrictamente a una ideología literaria, huye del chantaje sentimental y de los laberintos psicoanalíticos. Lo substancial es la desolación. Sí, allí están la felicidad, y la serenidad y la madurez, tan reales y tan ocasionales, pero el personaje que va de Los elementos de la noche a Siglo pasado, se niega a confundir lo efímero con lo substancial, la estatua de las sensaciones del filósofo con la sencillez republicana del obituario. La paradoja instiga los anuncios del fin que es el eterno principio sin jamás incurrir en la confesión o el intimismo, Pacheco “presenta en sociedad” a su personaje poético, escéptico y desencantado, que resiente los atropellos de la historia y obtiene los privilegios que la poesía concede: el hallazgo del lirismo en la naturaleza, los ecos de la calle, el sendero de los epitafios que fueron instituciones, en suma, la música verbal. El personaje no es un cínico ni está de vuelta de los límites, no es un radical converso al mercado libre ni un rentista de la isla de Los últimos días, es un ser al que —con la ventaja de la perspectiva histórica— le tocó vivir en la peor y en la mejor de las épocas, en el ir y venir del desbordamiento de las fronteras:

 

Job 18,2
¿Cuándo terminaréis con las palabras?
Nos pregunta
En el Libro de Job
Dios —o su escriba.

Y seguimos puliendo, desgastando
un idioma ya seco;
experimentos
—tecnológicamente deleznables—
para que brote el agua en el desierto.

El revés o la continuidad del desencanto es la lucidez. Pacheco no es un ideólogo y eso le permite visiones únicas de la realidad planetaria y de la vida animal (confrontar su hermoso libro en colaboración con Francisco Toledo). Viaja de modo continuo a la alegría de la forma que bien puede corresponderse con la infelicidad de las situaciones descritas, y localiza la plenitud en la belleza de la palabra que contradice o anula los monólogos de la pesadilla de la historia.

 

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Porque Flaubert, como todo autor, dice
nada más lo que cada hombre y cada mujer que lo lea
sabe escuchar entre el rumor de sus páginas.

De “El centenario de Gustave Flaubert”,
en Los trabajos del mar

El poeta ha dejado de ser la voz de la tribu, el lector se adueña de los textos al añadirles o alejarlos de su biografía, la realidad última de la poesía es la conversión de las palabras cotidianas en desfile de avisos de ocasión, además, señala JEP, los versos vivirán menos que la belleza fugaz que los inspira, el mejor destino de la flecha es no alcanzar jamás el blanco, a las ideas originales les aguarda el cortejo de la sombra y la aridez, en el fracaso se realiza la condición humana, escribir en el agua en un ejercicio de la tradición, tan hecha del olvido y del paternalismo de los vivos hacia los muertos.
No se admiten las ilusiones y no se acepta forma alguna de triunfalismo. Y la contradicción sólo es aparente porque lo real está hecho en gran medida de palabras. El niño ya intuye en qué consistirá su agonía de adulto (aquel que malogró su inocencia) y el adulto tiene miedo de incursionar en el infierno de la niñez (el primer aprendizaje):

Nada se vive antes ni después.
No hay conjugación en la existencia
más que el tiempo presente.
En él yo soy el viejo
y mi abuela es la niña.

 

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¿En qué medida el autor es distinto al personaje poético? Lo es en el empeño que deposita en las revisiones de su trabajo, en su amor a la expresión perfecta, que es lo opuesto al aseo entre los desastres. La expresión perfecta apenas se logra pero sin su búsqueda nada se obtiene, y las tradiciones cambian pero seguir su metamorfosis lleva al respeto profundo a las hazañas estéticas de antecesores y contemporáneos. Y en todo tiempo, la defensa de la poesía, tal y como lo reitera en su discurso al recibir el Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz (2003):

¿Por qué, me pregunto, existe tan poca disposición para tal encuentro? (entre poemas y lectores). Quizá porque la poesía celebra el mundo y la vida, y simultáneamente habla de lo intolerable: la muerte, el dolor, el desgaste inexorable de todo, la fugacidad, la pérdida, el desastre. En un drama, una novela o una película, las cosas les suceden a otros, con los que nos identificamos en mayor o menor medida. En un poema no hay intermediarios: el yo que habla en sus versos se transforma, si se logra el contacto, en el tú que los lee.

Entonces, ¿en dónde está la justificación social de la poesía, para qué sirve, en qué ayuda a la comunidad, por qué aspiramos a que se la subsidie y se la premie, puesto que escribirla no da sino cuesta dinero? Porque la poesía mantiene viva la lengua, la pone en circulación y la somete a prueba. Si esa lengua se paraliza o se degrada, la barbarie y la violencia llenan su vacío. Sin esa lengua no hay diálogo, no hay polémica, no hay instrucción posible, no hay arte, ciencia ni cultura, no hay futuro. Ocupa el porvenir el corazón de las tinieblas. Se abre a nuestros pies el abismo que nos rodea por todas partes.


“The dream is over”

Fidelidad a las tareas, maestría técnica, profundidad, hallazgos disfrazados de encuentros casuales (el found poem). Véanse Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976), Desde entonces (1980), Tarde o temprano (1980), Los trabajos del mar (1983), El silencio de la luna (1994), La arena errante. Poemas 1992-1998 (1999), Siglo pasado (2000), En resumidas cuentas (2004), Gota de lluvia y otros poemas para niños y jóvenes (2005).

La desesperanza se ahonda, la maestría se acrecienta, el poeta se descree aún más de la eternidad de la belleza. ¿Qué es el analfabetismo funcional, tan dominante sino, en un nivel, la ausencia del gozo de las obras maestras? La profecía va de las referencias desoladas al cuestionamiento estético: ¿por qué confiar de tal manera en las civilizaciones, en los códigos humanistas, en la perennidad de la poesía, en la necesidad de refrendar por su cuenta el valor de lo heredado? Porque es lo que se tiene, lo que no impide ir a fondo y reconocerse bestial, perecedero, victimario, beneficiario de las explotaciones del hombre y de la naturaleza, pero lo que lleva a vivir el sentido profundo del humanismo y la poesía, certidumbres de la sobrevivencia. En “Malpaís”, Pacheco eleva sus invocaciones contra la depredación:

Cuando no quede un árbol,
cuando todo sea asfalto y asfixia
o malpaís, terreno pedregoso sin vida,
esta será de nuevo la capital de la muerte.

En ese instante renacerán los volcanes.
Vendrá de lo alto el gran cortejo de lava.
El aire inerte se cubrirá de ceniza.
El mar de fuego lavará la ignominia
y en poco tiempo se hará de piedra.
Entre la roca brotará una planta.
Cuando florezca tal vez comience
la nueva vida en el desierto de muerte.

Allí estarán eternamente invencibles,
astros de ira, soles de lava
indiferentes deidades,
centros de todo en su espantoso silencio,
ejes del mundo, los atroces volcanes.

De la multiplicación de la palabra

En esta obra intervienen sus admiraciones literarias, su sentido de la Historia, su sabiduría bibliográfica y hemerográfica y el poder de asimilación y creación. El silencio de la luna es un cúmulo de reflexiones poéticas sobre la historia, el poder, el oportunismo, el deseo, las relaciones de erotismo y mando, la mitología, la guerra, el sentido del pasado, la pertenencia a una colectividad, el desamor, el brillo de las evocaciones, los poemas breves que son relatos interminables (la circularidad del cuento o la novela sintetizados en una metáfora) el valor de las palabras, la conciencia del fracaso, las anécdotas que son revelaciones. Véase esta meditación o este relato sobre la dictadura

La derrota
El que piensa por todos prohibió pensar.
Su palabra es la única palabra.
Él dice todo sobre todas las cosas.

Sólo existe algo que él no puede prohibir:
los sueños.

Noche tras noche
la gente sueña con acabar con el que piensa por todos.

Islas a la deriva

La Historia como exorcismo, las tradiciones como método para renovar la identidad, lo vivido, escrito, esculpido, pintado en un país como la referencia que nulifica las vanidades y lleva al orgullo desolado. En ese gran libro, Islas a la deriva, la escritura en la pared es mítica: si se abandona el trato con el pasado, el presente se convierte en un perpetuo y voraz laberinto.

 

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Pacheco es un historiador que no declara su oficio pero lo ejerce sin cesar. Sus crónicas y ensayos literarios y parte de su narrativa y de su poesía están imbuidos de la necesidad de historiar, de entender lo que se vive y lo que se lee como un paisaje lineal compuesto de simultaneidades. Sin la perspectiva histórica no se concibe esta tarea, sin la sensación del poder de las colectividades que son la aportación que arma las individualidades. Para José Emilio la historia no es la diosa insaciable ni la versión del libro de texto del Juicio Final. Es la otra gran literatura hecha de recuerdos atroces, de sabidurías a fin de cuentas regocijadas.


Las versiones de la poesía contigua

Las versiones de Pacheco son excelentes, dan el equivalente justo (en materia de traducciones no se concibe el equivalente exacto), y lo hace con enorme respeto a los autores y a las dos lenguas, la de origen y aquella en que se trasvasa. Nadie ha traducido, o mejor, ofrecido equivalencias de alto rango, a tantos poetas, de T.S. Eliot (la formidable de los Cuartetos) a Langston Hughes, de Drummond de Andrade a Emily Dickinson, de Baudelaire a René Char. Sin jamás anunciarlo de manera tajante, Pacheco cree en la única literatura universal, y en sus versiones aplica igualitariamente su gran oído literario, que es, por así decirlo, clásico, pero de un clasicismo sin rigidez, más bien, de un encuentro de los poetas elegidos con el idioma en donde instalan su nueva razón de ser.

Poeta, ensayista, crítico, novelista, cuentista, dramaturgo, traductor, periodista cultural, maestro universitario en Maryland, Pacheco ha tenido muy diversos reconocimientos (el más reciente el Premio Reina Sofía). Recibió el Premio Nacional de Artes y Letras (1992), es miembro de El Colegio Nacional y, lo más significativo, es el centro de la admiración de un público amplísimo que lo lee y lo estudia. (Ningún ensayo o miniensayo de Pacheco se lee simplemente.) No en balde afirma Carlos Fuentes:

Y si usted me apura un poco y me pregunta si hay un seguidor de Reyes, alguien que pudiera ser el Alfonso Reyes de nuestro tiempo, yo le diría que es José Emilio Pacheco, que es poeta, novelista, traductor, conferenciante, es un polígrafo igual a don Alfonso. Es lo que más se parece a Reyes actualmente y tiene, además, una calidad de escritura comparable a la de Reyes.

De Alfonso Reyes en Argentina

 

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JEP no sólo comparte con don Alfonso el sueño del polígrafo; también, y muy notablemente, la vocación de servicio intelectual. En sus aproximaciones a la cultura nacional e internacional, Pacheco valora las literaturas y las épocas en que se producen. Con sabiduría y gran capacidad asociativa, Pacheco organiza panoramas (Antología de la poesía mexicana del siglo XIX, y la extraordinaria Antología del modernismo), y realiza una lectura vasta y generosa de la tradición literaria en México, y, más ceñidamente, de la tradición literaria en América Latina, Europa, Estados Unidos. Si insiste en la mexicana es porque, además de las razones de cercanía, encuentra allí valores muy importantes que —por razones de desconocimiento— muy pocos podrían destacar.

Pacheco se niega a recopilar su Inventario. “Debo reescribirlo / Así como está es imposible / Se ha descubierto muchísimo desde que escribí aquel artículo / ¿A quién le puede interesar?”. Su alegato no convence en lo mínimo, al ser Inventario la mejor sección del periodismo cultural en México de la segunda mitad del siglo XX. Pacheco es una lección de oficio, de claridad expresiva, de integración de elementos dispares, de irrupciones súbitas de la mejor sátira, de memoria infatigable, es aviso de lectura y es homenaje detallado: es interpretación de virtudes desatendidas y es reconstrucción de climas de época. Y todo lo preside por el culto a la palabra, en el Final también era el Verbo:

Escritura

Consuelo de la letra:
La hosca vida
Encerrada en algunos signos.

 

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Definiciones
La luz: la piel del mundo.

De Irás y no volverás

O en “Perduración de la camelia”:

Bajo el añil del alba flota en su luz
la camelia recién abierta.
No tiene aroma, sólo es resplandor.

Parece toda hecha de espuma.
Nube que se posó en la rama un instante
para mirar el cielo desde aquí abajo,
a los tres días de su nacimiento
se desmorona en pétalos sombríos,
polvo que se hace tierra y de nuevo vida.

De Geometría del espacio

La maestría elabora la visión del poema donde la hermosura, por genuina, se desgasta y se recupera en sus metamorfosis. Y en ese sentido, sin relación de influencias, los textos de JEP sobre la naturaleza como estallido de vida y sabiduría tienen que ver con los correspondientes de Wallace Stevens, en donde la descripción también se afilia al “jardín de sensaciones”. Pero esta vertiente no es la predominante. Pacheco se obstina en lo elegido desde el principio: la profecía cumplida de antemano, lo contrario de la obviedad, los vericuetos del fracaso, el examen del resentimiento como el productor de la moral de vencidos y vencedores.

Desechable
“Nuestro mundo se ha vuelto desechable”,
dijo con amargura.
“Así, lo más notable
en el planeta entero
es que los hacedores de basura
somos pasto sin fin del basurero”.

De El silencio de la luna


*

José Emilio nunca termina de escribir sus libros (revísese Tarde o temprano. Poemas 1958-2000, Fondo de Cultura Económica, 2000), y si de él dependiera nadie lo releería porque las enmiendas y revisiones obligan a la lectura como por vez primera. Él afina el tono y el temperamento, y percibe a la vez la crueldad y el autoengaño, en esta poesía los dos grandes elementos del desastre o las negaciones del ser humano, que el lector tiende a olvidar. A diario, uno se entera de las catástrofes, la extinción de las especies, los vestigios de los que en otro tiempo fueron bosques y ríos, el salvajismo de las guerras, la explotación inicua de los seres humanos. Ante los conformistas y los decididos a invisibilizar y volver inaudible el horror, Pacheco, a través de su personaje que es la reflexión incesante y el reparto de paradojas, introduce una variante: el pesimismo del sobreviviente, que se eleva a teoría del conocimiento, el nunca aceptar que seguir vivo sea la justificación primera y última de la indiferencia ante el horror:

Para iniciar el siglo XXI
las invencibles termitas
se perpetúan sin sosiego en su coito unánime.
Nos creímos los dueños de este planeta:
ante ellos
no somos ni siquiera dioses caídos;
sólo un puñado de polvo
(el polvo que hacen con pico y pala sus fauces)
en las bancas del parque cerca del río.

De “Comerse el mundo”, en Siglo pasado

Moderno, tradicional y si tal cosa existe, post-moderno, por lo menos en lo tocante a su gusto por los fragmentos, José Emilio Pacheco es todo lo que siempre quiso ser: un escritor fiel a su disciplina, su capacidad de renovación y sus obsesiones que siempre se adelantan a las obsesiones de todos nosotros.

Carlos Monsiváis. Su libro más reciente: Pedro Infante. Las leyes del querer, Aguilar, 2008.

 

Un comentario en “José Emilio Pacheco “Aprendimos que no se escribe en el vacío”