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La fatwa que pesa sobre el escritor inglés Salman Rushdie cumplió 20 años el mes de febrero. En numerosos diarios en el mundo la conmemoración fue motivo para reiterar el repudio al barbarismo fundamentalista y celebrar el respeto liberal por el intercambio desinhibido de opiniones. Fue también pasto para el ejercicio retórico: a pesar del asedio del fanatismo religioso, se dijo, los fundamentos de la libertad de expresión permanecen incólumes.

Es una pena que el paisaje del fundamentalismo musulmán y sus excesos se haya convertido en el trasfondo de la apología de la palabra. El contraste entre los dos mundos (el radicalismo islámico y el paraíso liberal) tiende a producir defensas alicortas y poco imaginativas, que al final terminan asentadas en dogmas. “La libertad de expresión es valiosa porque la alternativa es la tiranía teológica o la igualmente tirana corrección política”. Ésa parece ser la moneda corriente en un sector de la opinión pública internacional, incluida la mexicana, lo cual entraña una notable paradoja: una libertad cuyas apologías más lúcidas subrayan el poder del libre discurso para quebrar los caparazones dogmáticos termina parapetada tras una muralla de dogmas grandilocuentes pero huecos.

Muchas de estas defensas apresuradas presumen pertenecer a la genealogía del “liberalismo”, pero con esa doctrina no guardan más que una semejanza vaga y epidérmica.

Las buenas conciencias “liberales” que colocan a la libertad de expresión en un altar sostienen que el rosario de insultos de clase, de género, de raza e incluso sobre la base de contenidos religiosos forman el padrenuestro cotidiano de las democracias liberales y es poco lo que las autoridades pueden y deben hacer para desenraizarlo. La prueba de la tolerancia liberal, aseguran, se afinca justamente en la critica irrespetuosa, burlona y sin modales.

Esa mirada acusa severas deficiencias. La más severa es fenomenológica. Un epíteto ofensivo puede asestar un golpe más doloroso que una bofetada. Hay un proverbio americano que dice: Sticks and stones may break my bones, but names will never hurt me (Palos y piedras podrán causarme daño, pero los nombres nunca podrán lastimarme). Eso dice la sabiduría popular, que en este como en otros casos es mala consejera.

Hay quienes admiten que las heridas psíquicas pueden ser más dolorosas y profundas que las raspaduras físicas, y aceptan que la convalecencia anímica puede demorar más que la recuperación corporal. Pero ese reconocimiento suele dar paso a una prédica de pieles duras. Sin mayor abundamiento se dice: las ofensas hay que tomárselas con estoicismo, hace falta crear callo emocional. La prioridad es el intercambio libre de ideas. Ese pregón carece no sólo de imaginación sociológica, también es profundamente injusto y, en sus peores manifestaciones, hasta machista.

la palabraSupongamos que un día asumo funciones de gran polemista social y me doy a la tarea de conmocionar a los representantes de una moral que considero reprobable y hasta dañina para México. Planeo entonces una representación pictórica en dos entregas. En la primera dibujo a un cristo homosexual, para lo cual me inspiro en la revista inglesa Gay News de 1976, que en uno de sus números publica “The Love that Dares to Speak its Name”, controvertido poema que aparece acompañado por una imagen igualmente polémica: el cuerpo sin vida de Cristo siendo ultrajado por un centurión romano (el arrojo de la publicación le valió al editor de la revista una multa por el cargo de blasfemia, bajo unas leyes arcaicas apenas derogadas el año pasado en Inglaterra). El resultado de mi provocación: despierto la “furia fundamentalista” de miles o millones de católicos ofendidos, como la llamó recientemente un antropólogo mexicano. Todos los miembros de la hermandad “liberal” saldrían a mi socorro hasta de abajo de las piedras para defender mi derecho a insultar a la comunidad católica en el país. Las cruzadas de los émulos de Voltaire no darían tregua a las huestes antiliberales del catolicismo mexicano. Y ni pensar en ofrecer mis disculpas, como lo hizo recientemente la revista Playboy en México por publicar en su portada a una modelo remedando a la virgen María. La libertad de expresión no recula.

Todavía al fragor de la disputa me doy a la tarea de dibujar la segunda y última entrega de mi ópera magna, donde revelo el genuino espíritu de mi provocación. Mi segundo dibujo representa a miles de hombres crucificados, con Jesucristo a la cabeza, y la pequeña leyenda: “A Cristo lo crucificaron por joto. Que el resto de los puñales de hoy pongan sus barbas a remojar”. Sublime coronación de mi díptico homofóbico.

Yo no sé si la cofradía “liberal” volvería a la carga para defender mi derecho a repartir opiniones ofensivas. Por consistencia debería hacerlo. Pero quien lo pensara dos veces tendría que reconocer no sólo que hay palabras que pesan como puños, sino también que muchas de ellas representan formas de denigración que contribuyen a sedimentar jerarquías de poder. Son palabras-actos que desdibujan la línea de separación entre la simple expresión y el comportamiento. Referirse a alguien como un “puñetas” en una sociedad fuertemente machista y heteronormativa como la nuestra es una manera de alimentar la discriminación (y, con algunos matices sobre los que no puedo abundar en este espacio, lo mismo valdría para el indio apestoso o el judío usurero, inclusive, aunque aun con mayores considerandos, para el mocho supersticioso). No es una mera “opinión” y no sólo denota una falla moral: tiene consecuencias políticas. Dudo que mi díptico homófobo aporte una invaluable, indudable e imperecedera contribución a la opinión pública mexicana. Tal vez sea así. Lo que hará sin duda, no obstante, es minar el ideal de la ciudadanía entre iguales, que es un principio liberal fundamental. Mi obra, sin ser una directa instigación al linchamiento de homosexuales mexicanos, alimenta el desprecio hacia ese grupo: es leña para la discriminación y la desigualdad social.

Y aquí vale la pena volver a la prédica de las pieles duras. Al “maricón” le duele que lo llamen así porque nuestra sociedad heteronormativa discrimina a los homosexuales. Al indígena o al mestizo de rasgos fuertemente indígenas le lastima la etiqueta “indio” porque el apelativo sólo tiene sentido en el marco de un imaginario donde él es inferior a otros. A una mujer la ofende la etiqueta “vieja” porque anida en el nombre la expectativa de subordinación o de dependencia de la mujer al hombre, cuyo origen es la lógica de una sociedad patriarcal. En otras palabras, todas esas reacciones emocionales están atadas a creencias (ideas sobre el rol y el estatus que corresponden a cada cual) que a su vez se desprenden de prácticas sociales concretas (estructuras de poder jerárquicas y opresivas). Por ese motivo, hacen gala de su incapacidad para entender el origen de ciertas emociones sociales quienes se desgarran las vestiduras cada vez que alguien pone reparos a ciertas opiniones hirientes.

Es un error, dirán, doblegarse ante el sentimentalismo excesivo y cubrir los puntos de vista con algodones. Tampoco ofrecen un panorama muy esclarecido sobre el tema de la ofensa quienes no escriben una sola línea sobre las condiciones sociales que conforman las emociones sociales pero sí lamentan los estragos que la “sensiblería” hace en nuestra libertad y espíritu crítico. La sociedad abierta no es lugar para los sensibles, es su conclusión contundente. Como he venido arguyendo, sin embargo, esas sensibilidades afectadas no son humores arbitrarios a los que están predispuestos individuos quejumbrosos. Su origen está vinculado a creencias e instituciones sociales injustas.

Al final, creo que un gobierno liberal podría producir argumentos razonables para tolerar mi díptico homofóbico. Sería un error girar una orden de aprehensión en mi contra para confinarme en el penal de los infractores del verbo, o imponerme una multa por irreverente, o clausurar el osado periódico que publicó mi cartón por faltarle al respeto al prójimo. Pero esos argumentos, que insisto son muchos y todos sensatos, tienen poco que ver con los principios de liberalismo. El liberalismo es demasiado vasto, y algunas de sus interpretaciones un tanto vastas, como para servirnos de compás en el tema de la ofensa. Haríamos bien en evocarlo con menos frecuencia, pues ya está visto que cuando lo llamamos a nuestro socorro son sus “furias” las que acuden al rescate.

Juan Espíndola Mata. Académico y escritor. Autor de El hombre que lo podía todo, todo, todo. Ensayo sobre el mito presidencial en México.