La luz al final del tunel

Carlos Fuentes le preguntó hace unos martes a José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente español, si veía luz al final del túnel.

Estábamos en un salón bastante insonorizado, a este lado del bosque de La Moncloa, donde Zapatero corre cada mañana; de hecho, había vuelto del Senado, donde los legisladores populares (del Partido Popular, la oposición) le habían sometido a un interrogatorio del que salió airoso.

Nos dijo: “He estado diciendo algunas cosas para levantar la moral de la tropa”.

Era un día raro, y aquella pregunta de Fuentes resultaba de lo más pertinente, una aguda cuestión para ser respondida con un sí o con un no, no con un discurso.

Pero Zapatero no escuchó bien al autor de En esto creo, que había sido condecorado minutos antes por su enorme trabajo para entender las relaciones (sobre todo literarias) entre México (y América Latina) y España.

Así que ya había pasado el acto en el que Fuentes fue marcado por la honra española (el blasón amarillo de Isabel la Católica, la distinción más alta que da España a un escritor extranjero) y Zapatero nos hablaba de footing.

No era extraño. En primer lugar, gracias al footing está en forma, y para llevar adelante un trabajo como el suyo o estás en forma o te vas por el desagüe. En ese momento preciso, cuando él nos hablaba de footing, estaba todavía en un pico de su desarrollo el conflicto diplomático (y militar) armado por la decisión (dicen que precipitada) de dejar la misión de Kosovo; España está ahí, pero no reconoce al país segregado de la antigua Yugoslavia, de modo que su ministra de Defensa, de acuerdo con Zapatero, declaró ante los soldados, en Kosovo, que esa misión se iba a acabar.

Dios, la que se armó. Tuvo que intervenir Bernardino León, que es un diplomático de larga experiencia a quien Zapatero tiene ahora en su gabinete; León estaba yendo a Washington cuando estalló el problema, que ponía en dificultades a España con Estados Unidos.

Zapatero había acariciado la idea de que Obama fuera su amigo, y había preparado toda una batería de acciones para conseguir una foto que haría rechinar los dientes a José María Aznar, su antecesor, cuya amistad con Bush fue legendaria y en algún momento incluso vergonzante.

Pero ese conflicto, que parecía tener el efecto de una piedra cayendo dentro del agua, había puesto en cuestión tan idílica proyección de la diplomacia de Zapatero y le había hecho la boca agua a los dirigentes del PP. Zapatero se había metido en un buen charco, que se añadía a la puñetera crisis económica, el verdadero túnel.
A ese túnel, a la crisis económica, se refería Fuentes en su demorada pregunta. Zapatero tenía una taza de café en la mano, un café aguado, imagino que así es el café de estos grandes centros de poder; para que la gente no se excite, incluidos periodistas y escritores, les sirven café más bien aguado, descafeinado por dentro y por fuera, y te lo ponen como si fuera un refresco caliente, valga la paradoja.

Así que Zapatero elevó la cabeza hacia los ojos de Fuentes, y le repreguntó:

—Perdona, Carlos, no te escuché. ¿Qué me habías dicho?

Entonces Fuentes como que deletreó la pregunta, ante la mirada atenta del presidente español:

—Que si tú crees que hay-luz-al-final-del-túnel.
—Ah, dijo Zapatero, y se quedó pensando.

Le respondió que sí, cómo no; hay mucho dinero en el mundo, le dijo Zapatero a Fuentes, y empezará a circular, y cuando circule, y llegue adonde tiene que llegar, la gente recuperará la confianza y todo esto que ahora parece un túnel se abrirá a la luz.

Era una conversación de amigos, off the record, como decimos los periodistas, pero lo que pasó luego en España y en el mundo me alivia el bochorno que sentiría de revelar algo que no se me ha autorizado a divulgar.

En primer lugar quiero relacionar ese optimismo de Zapatero (lo dijo todo como si le hubiera sido revelado por un fuente espiritual, seguro de sí mismo, sin que le temblara la taza ni un milímetro) con algo que me dijo unos días después el escritor inglés John Berger en Barcelona, un día después, precisamente, de que se reuniera por vez primera Zapatero con el bien-amado-presidente-Obama.

Berger presentaba su libro De A a X, una novela hecha de cartas que envía una mujer a su compañero preso porque se ha enfrentado de manera radical al sistema (económico). Y de alguna manera ese es un libro sobre el futuro, así que le pregunté a Berger sobre el futuro, cómo debemos enfrentarnos a él. Me dijo: “Con optimismo o con fe”.

¿Cuál es la diferencia? El optimista, me dijo Berger, es un tipo que maneja prospecciones, como quien quiere invertir en Bolsa, y la fe es algo inasible, no se basa sino en la pasión de creer; la fe, dijo Berger, es como la luz de una vela, te ilumina humildemente, pero te da una fuerza enorme. Le dije una frase que leí una vez en un libro de Guillermo Cabrera Infante: “Me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. Y Berger se exaltó: “¡Eso es, eso es exactamente la fe!”. Le dije que era de Lewis Carroll, y entonces estuvimos hablando del espejo roto de Alicia, una manera de metáfora del futuro: el espejo roto.

Zapatero no es un optimista; a él le llegan datos todos los días, sabe de qué va la cosa. Aquel día en que hablaban del túnel él y Fuentes el desempleo estaba a punto de afectar al 20% de la población, y la inflación empezaba a ser negativa, o sea que estábamos en deflación; estaban echando gente de los medios de comunicación (y allí estábamos algunos relacionados con este sector de la economía y la sociedad), y los bancos y las grandes empresas se empezaban a parecer, entre nosotros, a las empresas y los bancos de los países que forman parte de nuestro mundo. Y la globalización ha hecho que nuestro mundo sea todo el mundo.

Esa misma tarde, enseguida que nosotros nos fuéramos, Zapatero nos anunció que se iba a ver con el gobernador del Banco de España. Parecía una visita para informarse, no le dio otra importancia el presidente que un hecho aislado de una agenda que, además del footing, tiene que tener otras ocupaciones, como es natural.
Así que lo dijo al desgaire: “Y ahora me viene a ver el gobernador del Banco de España”.

Unos días después supimos que esa entrevista fue de la mayor trascendencia. El domingo último de marzo se producía en el sistema financiero español la primera rajadura pública (y se alimentaba la sospecha de que habría más): la Caja Castilla La Mancha (gobernada por socialistas) iba a ser intervenida por el Banco de España porque no respondía a las exigencias de un banco público gestionado con responsabilidad.

Podrían haber hablado de lo que quisieran, cómo no, el presidente y el gobernador, pero cuando escuché las noticias de la intervención me creí autorizado a pensar para mí: “Ah, de eso es de lo iban a hablar”.

Así que si tiene los datos, que los tiene, Zapatero no puede ser, como dice la gente, y como él mismo dice, un hombre alimentado por el optimismo, sino un tipo abrasado por la fe. Ve que el túnel se oscurece, pero él sigue viendo allá adelante la vela de Lewis Carroll, alumbrando. Helenio Herrera, el mítico entrenador del Barça y del Inter de Milán, decía que la luz que va delante es la que alumbra.

Un hombre con fe, y con datos, y a pesar de los datos mantiene la fe. Me dijo, cuando nos estábamos despidiendo para volver al bullicio de la ciudad, que él nunca había aprendido nada de los pesimistas, y que por eso le había respondido aquello a Carlos Fuentes: hay dinero, aflorará, y florecerá otro porvenir.

Con esa misma fe esperaba que escampara el nubarrón diplomático (quién se acuerda ya de lo de Kosovo), y escampó. Y con aquella teoría del dinero Gordon Brown, su colega británico, le pidió que intermediaria entre el eje francoalemán y el eje anglosajón. Lo debió hacer con éxito, porque se fueron de la cumbre del G20 de Londres diciendo (y haciendo) lo que Zapatero le dijo a Fuentes: hay dinero, vamos a repartirlo para crear confianza. Un respiro.

Y de una tacada este maestro de la profesión de fe resolvió también el conflicto diplomático. Con las pocas palabras de inglés que sabe se hizo amigo de Obama hablándole, cómo no, de footing, que es una palabra muy buena para quien no es bilingüe.

Y como los dos son aficionados a lo mismo, y saben que la fe mueve montañas, porque en cierta manera a Zapatero lo aupó al poder la fe que esconde esta expresión (Yes we can: nadie pensó que él pudiera) se fueron a ver en Praga, una ciudad desde la que Kafka descubrió América. Y allí se hicieron amigos, alumbrados los dos por una vela cuya llama hace esfuerzos por sobrevivir.

Ahora que ha pasado el tiempo y recuerdo aquella conversación de cojines en La Moncloa vuelvo a pensar que lo que le salva (y salvará) a Zapatero no es la fe sino el footing. Eso le mantiene más cerca del final del túnel, donde ve una vela que los demás creen casi inexistente, una pavesa que alumbra sus pasos hasta que llegan los datos que, a pesar de todo, él presume, feliz.

Feliz. Qué palabra para estos tiempos. Como túnel, pero al revés.

Juan Cruz. Escritor y director adjunto de El País. Su novela más reciente es Muchas veces me pediste que te contara esos años.