{{1957}}

En el departamento de Rafael Ruiz Harrel,
su brillante compañero de generación,
Carlos Fuentes lee un capítulo de {La región más transparente}, su {work in progress}. La lectura es enérgica, fluida, marcada, supongo, por el deseo de proporcionar
un equivalente del {stream of consciousness}. Lo escucho con admiración
y sorpresa. Allí está, y tumultuosamente,
un estilo muy distinto a los conocidos, un proyecto de la ciudad de palabras, emociones, sueños rotos, pretensiones,
la presentación en sociedad de la megalópolis. El hecho prosístico es el génesis (En el principio…) que prodiga,
vividas y divulgadas desde la página, las nuevas sensaciones urbanas. Fuentes termina de leer, Rafael pone un disco de Bill Halley and his Comets (“See you later, alligator”), y Fuentes emprende jubiloso el {sing along}: “After ‘while, crocodile”…
Su actitud es plenamente moderna,
y con este aludo a su bienvenida jubilosa de las fusiones de lo tradicional y de lo útil y valioso de lo muy reciente. Si bien llevadas, nada tan regocijante como las mezclas.

{{1962}}

Sergio Pitol y yo nos encontramos a Fuentes en la Zona Rosa. Le comentamos
la noticia recién leída que nos apesadumbra
y encoleriza: el asesinato en las ruinas de Xochicalco del líder campesino
Rubén Jaramillo, su mujer y sus hijos, a las semanas de su encuentro y abrazo con el presidente Adolfo López Mateos. Carlos comparte nuestros sentimientos. Cuatro días más tarde va a Xochicalco y al pueblo de Jaramillo y escribe una de sus mejores crónicas políticas.

{{1967}}

Manolo Barbachano, cultivador del mítico
acento yucateco, coleccionista de arte maya y productor de la muy fallida adaptación fílmica de {Pedro Páramo}, dirigida por Carlos Velo, ha firmado el contrato por una película con el venezolano
Amador Bendayán, cuya gracia cómica nunca estuvo a mi alcance, tal vez porque sólo vi sus películas y nunca tuve la oportunidad de su trato. Manolo nos reúne a Carlos y a mí y nos propone el desarrollo de un guión a partir de la idea que le compró a Cesare Zavattini, el legendario colaborador de Vittorio de Sica. Hasta donde recuerdo o, mejor, hasta donde quiero recordar, la idea de Zavattini gira en torno de un pobre diablo
cuya audacia lo encumbra o lo despeña,
mientras vaga por la ciudad entre episodios donde la huida de la pobreza es el gran movimiento migratorio. Fuentes
y yo coincidimos: de aquí no sale {Cuatro pasos por las nubes}, ni Bendayán es el equivalente de Emma Grammatica, la genial actriz de De Sica.

En unas cuantas sesiones se formula la contrapropuesta. A Carlos le alboroza hablar de cine, escribir de cine (son excelentes
sus notas de la década de 1950), y es, como se debe ser, fanático de los Hermanos Marx, de Mae West y W. C. Fields y de excentricidades como el film {Hellzappopin’}. En el guión que se le propone
a Manolo, Bendayán, taxista de la nueva ruta de los helicópteros, provoca un embotellamiento celeste que pone en riesgo la vialidad de la Avenida Juárez del segundo y celestial piso. Dicho sea de paso, Bendayán, apasionado por la figura de Cantinflas, quiere imitarlo y su técnica consiste en lanzar frases que son un modelo de perfección lógica y habla culterana, aún más incomprensibles que el {cantinflear}.

Por fortuna, Barbachano abandona el proyecto, luego de someterse a la tortura parajudicial de la película de Bendayán con María Félix.

{{1969}}

Fuentes regresa a México. Con María Luisa Mendoza {La China} y Sergio Pitol y Luis Prieto Reyes, miembros de su generación estudiantil, va a la Plaza de las Tres Culturas. Allí, entre los relatos de {La China} y Luis Prieto, testigos presenciales,
Carlos, sin poder evitarlo, se quebranta de modo visible y se pregunta
obsesivamente: “¿Por qué?”. Luego, es muy ácida su reflexión sobre el 2 de octubre en el capítulo sobre Díaz Ordaz en {Tiempo mexicano}, un modelo de la invectiva clásica.

{{1970}}

Ensayamos dos o tres veces en casa de Carlos y Rita Macedo. Será una lectura
en atril de la obra teatral de Fuentes, {Todos los gatos son pardos}, que va de la Conquista a la matanza de Tlatelolco. Dirigen a dúo Rita, con su gran experiencia
actoral y Sergio Jiménez, excelente intérprete. Advierto, imposible no hacerlo, su leve desesperanza ante nuestra calidad teatral. El elenco, además de Rita y Sergio, Fernando Benítez, José Luis Cuevas, Sergio Guzik, Fuentes y el autor de estas evocaciones.
La lectura tiene lugar en el Teatro de la Universidad en Avenida Chapultepec. La sala desborda estudiantes, que atienden la lectura como un hecho cultural y político. Fuentes es el narrador que también tiene a su cargo las indicaciones del montaje. El silencio es conmovedor, sobre todo en el episodio de la matanza. Al terminar, cunde una sensación, o eso creo percibir, lo que han visto es una representación de lo que entonces todavía no se dice a voz en cuello. Más tarde, Rita me felicita porque nunca intenté la actuación. “Fuiste muy sabio”.

{{1970}}

Durante unos días coincido con Fuentes en Italia. En Venecia, Carlos consigue invitaciones
para ver filmar a Luchino Visconti
{Muerte en Venecia}. Nos toca una de las escenas de playa donde Tadzio lucha amistosamente con un amigo. La secuencia
es suntuosa, la escenografía es notable y Visconti dirige con indicaciones breves o que podrían no serlo pero que acorta mi ignorancia del habla italiana. Fuentes, una vez más, está en su elemento por su capacidad
notable de adaptarse con rapidez a otras atmósferas, idiomas, temas. En una cena en Harry’s Bar discute con Suso Cecchi
Damico, otra guionista legendaria, que ha colaborado con los grandes directores italianos. La memoria de Fuentes es implacable
y, por ejemplo, sorprende a Suso al incluir en sus citas textuales frases de {Viaje hacia el fin de la noche} de Celine, {La condición
humana} de Malraux y {Roma, ciudad abierta}, el gran film de Rossellini.

{{1970}}

Fuentes ha sido su propia universidad, y desde su adolescencia elige amigos/maestros
tan excepcionales como Alfonso Reyes
(“Carlos, recíbete de abogado, el título profesional es el asa que sostiene la taza”). Octavio Paz ({La palabra}: “Dales la vuelta,
/ cógelas del rabo —chillen, putas…”), Manuel Pedroso su maestro de leyes, Luis Buñuel (“Odio el sentimentalismo”), su padre
el diplomático don Rafael Fuentes… Y en su formación incesante incluye lecturas, viajes, estancias prolongadas en Italia y Francia, el conocimiento detallado de Estados
Unidos, Inglaterra, Chile, Argentina. Todo integra un conjunto de herencias culturales,
su tradición mexicana le viene del {shock of recognition} del niño mexicano en la embajada de México en Washington, del adolescente en Santiago de Chile o Buenos Aires, del estudiante de leyes en Ginebra…

En la conversación, Fuentes no suele ser autobiográfico y, más bien, se atiene al {Ahora},
a los acontecimientos políticos o a los libros que recién le han entusiasmado o fastidiado,
pero su trayectoria errante (más que nómada) se trasluce en comentarios ocasionales,
en las evocaciones de sus ensayos, en las pláticas con sus amigos, con José Donoso sobre el colegio compartido en Chile, con Ángel Rama sobre el horror político y literario
llamado Hugo Wast, ministro fascistoide de Educación en Argentina, con Guillermo Cabrera Infante sobre el género del film noir de Estados Unidos (¡Ah, el análisis a dúo de la filmografía de Robert Siodmak, John Huston, Fritz Lang, Jules Dassin!). Todo lo visto y leído, lo fundamental y gran parte de lo incidental a la disposición de la memoria y del análisis rápido y brillante.

{{1977}}

El presidente José López Portillo nombra embajador en España al colérico y contradiplomático
Gustavo Díaz Ordaz. Asisto a la rueda de prensa como enviado de {Proceso}.
Un joven sentado junto a mí le pregunta
agresivamente al ex presidente por el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.
Díaz Ordaz, enfurecido, seguro de que le han montado una celada (luego me atribuye la intervención del estudiante), la emprende contra Octavio Paz y Carlos Fuentes. En la tarde, informado por Fernando
Benítez de mi calidad de testigo de la pataleta, Carlos me habla desde la embajada
de México en París. Le refiero el descontrol
y la franca histeria de Díaz Ordaz. Al oír los denuestos que le ha dedicado, sólo comenta riéndose: “Con eso se vive”. Al finalizar la conversación me dice: “Pues te felicito, tuviste la suerte de presenciar el derrumbe psíquico de un verdugo”.

{{ 1979}}

En casa de Luis Buñuel, José Luis Cuevas y yo oímos a Carlos evocar festivamente {El conde de Montecristo}, la versión mexicana de Chano Urueta con un reparto de “arca de Noé”: allí están casi todos los extras y los característicos y, también, algunas de las estrellas comandadas por Arturo de Córdova, un Edmundo Dantés al que sólo le falta el micrófono de la XEW para redondear
la imagen del castillo de If. Buñuel
oye con atención alborozada, se ríe, dice sin que yo me lo explique, que Arturo de Córdova es el Gastón Modot mexicano (Modot, actor de Buñuel y Jean Renoir), y prolonga su risa. De pronto, nos pregunta: “Oigan, ¿por qué no hacen un argumento con los que quedan de la {Época de Oro?}”. Prometemos volver en una semana.

A lo largo de tres sesiones en casa de Buñuel
y luego de dos versiones rechazadas, se decide el título ({El secreto de las gelatinas}) y la trama es más o menos la siguiente: en Uruapan, una anciana enérgica a la que rejuvenecen sus propios gritos (doña Sara García) se angustia. No tiene dinero para sostener su asilo de niños abandonados, y deberá que cerrar en breve y dispersar a las criaturas. Le consulta a sus fieles sobrinas y ayudantes (Marga López y Evita Muñoz {Chachita}), y le pide el estado de cuentas a su desamparado “jefe de finanzas” (Fernando Soto {Mantequilla}). La aflicción se acrecienta cuando Marga López interviene: “¿Te acuerdas,
tía, de la receta de las gelatinas que nos encantaba al grado de que no te dejábamos en paz mientras no la preparabas?”. Doña Sara hace esfuerzos de memoria. (Un {flash back} sitúa la acción en 1908, cuando en una visita a Uruapan Porfirio Díaz prueba las gelatinas de doña Sara y con cualquier pretexto se queda a vivir quince días en el pueblo hasta que lo obligan a cumplir con la entrevista con el periodista norteamericano James Creelman.)

Buñuel se alboroza: Fernando Soler será el dictador cuajado de medallas. Y entonces, ¿quién interpretará al alcalde? ¿Ya murió Miguel Inclán? En la tercera versión, que ahora reproduzco malamente (de las otras dos hay copias en el archivo de Gabriel Figueroa),
el final es, como advertimos con gran prudencia,{ homérico}. Doña Sara extrae del ropero la receta y monta una pequeña industria que pronto tiene sucursales en México y en América Latina. Moraleja: el asilo se salva, Uruapan se enriquece… pero, como sucede en la vida real, doña Sara se enferma de gravedad. Las sobrinas se alarman,
¿y la receta, dónde está la receta que nunca nos quiso confiar? Alquilan a dos actores que se disfrazan de sacerdotes para arrancarle a la anciana la fórmula mágica en secreto de confesión. En la alcoba sombría
los falsos curas (Miguel Ángel Ferriz y Miguel Manzano) interrogan con algo de rudeza a doña Sara, y en eso llega el sacerdote
del pueblo (Andrés Soler) que al ver los rostros de codicia de los impostores, se alarma y le dice a la moribunda que nada más le dé crédito a él. Doña Sara, al borde de la muerte, les pide a los eclesiásticos que se acerquen… y en ese momento corte a un letrero: “No se pierda la continuación de esta apasionante agonía”.

Buñuel se ríe, pide otras escenas, Fuentes
interpreta a don Porfirio o a Fernando Soler, Cuevas imita a Pedro Armendáriz… Luego, el proyecto se archiva o Buñuel no consigue productor o…

Fuentes viaja sin cesar, publica novelas,
cuentos, ensayos, artículos. A partir de la década de 1980 lo veo poco y nuestros encuentros, si no se detienen en la indagación insalvable (la salud de los amigos y las amigas) se sumergen en las evocaciones fílmicas, lo que robustece mi convicción: a dos o tres generaciones de escritores el cine les agregó el caudal de imágenes sin las cuales su literatura habría sido algo muy distinto. Y allí sigue Fuentes, la figura excepcional que, acudo a uno de sus apotegmas, “se desayuna a sus críticos” mientras se entera de la política nacional e internacional, lee la narrativa de los jóvenes,
da conferencias, critica la política de George Bush. Mientras, probablemente se hace algunas preguntas, entre ellas: ¿Quién es la más genuina estatua de la decadencia: Hank Quinlan (Orson Welles en {Touch of Evil} del propio Welles) o Norma Desmond (Gloria Swanson en {Sunset Boulevard} de Billy Wilder)? Ya sé su respuesta, supongo que ustedes también. {{n}}