En México no hay lo que pudiéramos llamar una política cultural. Lo que tenemos es una dispersión terrible de esfuerzos, iniciativas e inversiones financieras en acciones que no alcanzan a articularse en programas más o menos definidos, más o menos coherentes, ligados a estrategias de desarrollo social —nacionales, regionales o comunitarias— inscritas en el primer y último {desideratum} de superar la calidad de vida de la gente.
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