He leído a Carlos Fuentes con pasión antes de conocerlo. Después he compartido con él la experiencia de una visita oficial a Boston, en la que tuve el gusto de tenerlo como intérprete en la Universidad de Harvard, de la que era profesor, hace más de 20 años. A partir de entonces he disfrutado de su conversación como amigo y de su magia de expositor ante el público.

Carlos me dio la impresión, siempre, de ser un creador completo. Con un estilo personal y no clasificable pasa de la novela al ensayo o los mezcla, para incursionar en el periodismo o para hacer una conferencia perfecta en la forma y en el fondo, como la que me llenó de asombro en la Universidad de Castilla La Mancha sobre {El Quijote.}

Con frecuencia he pensado en esa cualidad multifacética, casi renacentista
de su personalidad. He conocido a escritores magníficos que se niegan a hablar en público o que no pasan de la brillantez de la pluma a una conversación de nivel parecido. No es la situación de Carlos, que conversa como escribe con un punto de apasionamiento añadido o que expone en público, resumiendo una larga reunión con la precisión de un buen cirujano, o llenando la tribuna de un orador como si fuera un gran actor.

Este es el marco de personalidad en el que he disfrutado
con Carlos Fuentes, compartiendo amistad y trabajo en los más diversos foros o presentando algunas de sus magníficas obras. Con un bagaje de tantos años las anécdotas
descriptivas se amontonan y cuesta destacar alguna de las muchas vividas.

Cuando presentamos en Madrid {La silla del Águila}, que había leído dos veces seguidas, con la pasión de un ensayo sobre la política de calado maquiavélico, le señalé un error banal, casi una licencia literaria que no alteraba ni contenido
ni continente. En realidad llamó mi atención por el interés por las plantas. Pequeño juego entre jacarandas y flamboyanes con el que no distraje a los oyentes pero sí al autor. Carlos reaccionó preocupado por la corrección en la segunda edición, como nota de ese carácter.

Ahora llega a la frontera de los 80 años, pleno de facultades, igual de inquieto que cuando lo conocí, preocupado siempre por la marcha del mundo, archimexicano en su crítica a la administración Bush. No se le nota ese cambio sutil de ritmo que impone el paso del tiempo, o de horizonte vital.

Los 80 de hoy son como los 50 del siglo XIX. Merece la pena una gran celebración con él y por él. Más que para festejar la edad, para compartir su plenitud y recordar la trayectoria y los que tiene por delante.

Nunca conocí a nadie en quien se pensara de manera inmediata que era el candidato óptimo para presidir una institución, o un foro, o un seminario. Creador, innovador, sugerente y brillante, es un gozo para sus amigos y un disfrute para sus lectores. {{n}}