Conocí a Carlos Fuentes cuando teníamos catorce años. Su padre representaba a México en Chile y matriculó a Carlos en el colegio donde yo estudiaba. Enseguida nos conocimos y reconocimos, y se formó una amistad muy intensa entre los dos. Nos unía un interés desmesurado en ciertas novelas francesas del siglo XIX, que leíamos traducidas al español, impresas con letra pequeña sobre papel amarillento por la Editorial Sopena Argentina. En las tardes de invierno, después de la interminable jornada escolar, despachaba a toda carrera mis tareas para enfrascarme por tres o cuatro horas en alguna obra de Dumas {père} (o de Víctor Hugo, más adelante); y Carlos tiene que haber hecho lo mismo, pues a la mañana siguiente nos juntábamos en los recreos a discutirlas.

Él ha solido contar que {El conde de Montecristo} —al que rinde homenaje en {La silla del Águila}— se le manifestó en esos años como la cima del género, una visión que yo compartía incondicionalmente. También ha narrado la historia de la novela que escribimos juntos —la primera suya y la única mía— y no hace falta que la repita aquí. Recuerdo el tesón con que copiaba los párrafos pergeñados por él o desarrollaba otros que sólo habíamos conversado, tecleando torpemente en la máquina Royal portátil que había hallado arrumbada en mi casa, la misma con que perpetré en los dos años siguientes una serie de ensayos filosóficos inconclusos, de metafísica voluble y confección pueril. Así, sin haber siquiera escuchado los nombres de Kierkegaard y Heidegger, emprendimos espontánea y resueltamente la repetición de la actividad que nos tenía fascinados y que ya a esa edad percibíamos como lo mejor que se podía hacer.

Pero el ejemplo de Dumas no sólo nos llamaba a imitarlo como escritor. También nos sentimos convocados a repetir, en el valle del Mapocho y al pie de los Andes, la gesta de d’Artagnan y los tres mosqueteros en desigual combate contra el Cardenal maligno. Armados de varas de colihue, practicábamos la esgrima en los jardines de la embajada de México en Santiago, con Jorge Saavedra, que más tarde militaría en la Legión Extranjera y en la Compañía de Jesús; con Valerio Quesney, que en definitiva prefirió las letras a las armas, y con Bartolomé Stipec, que luego llegó a ser mi amigo más cercano —marxista o marxiano incipiente entonces, solíamos llamarlo “el lobo de Rusia”, parodiando a Darío, pero gracias a Dios y a su inteligencia insobornable eventualmente devino economista neoliberal.

La seriedad con que tomábamos la novela, como escritura y como aventura, corría pareja con nuestra desaprensiva indiferencia hacia juegos más familiares. Durante toda la estación fría, el futbol era obligatorio en nuestro colegio, los días martes y jueves por la tarde. Vestidos con la indumentaria de rigor, Carlos y yo asistíamos sin inmutarnos, desde un extremo de la cancha, a las carreras de nuestros compañeros que en el extremo opuesto se disputaban el balón. Apoyados en los postes del arco, hablábamos sin cesar de lo humano y lo divino, a veces ante la mirada escrutadora de Luis Weinstein, quien, aunque un par de años menor, quizás ya reunía materiales para su futuro desempeño como médico psiquiatra.

Sobre todo, debatíamos el futuro de Europa. Corría el año 1943 y el ejército soviético ya había iniciado su avance triunfal y barría a la {Wehrmacht} a través de las llanuras de Ucrania y Polonia. Con nuestra fe y esperanza de adolescentes en los desenlaces extremos, estábamos convencidos de que sólo el océano podría parar su marcha, cuando llegara a Lisboa. No resentíamos la amenaza que el cumplimiento de estas previsiones habría significado para el orden social establecido en nuestra América por la conquista española y a los catorce años probablemente tampoco la sentíamos, aunque ese orden ostensiblemente nos ofrecía oportunidades que no estaban —y aún no están— abiertas a la gran mayoría de nuestros compatriotas. Ni me parece que a esa edad tuviésemos ya el corazón inflamado de romanticismo igualitario, presto a adorar el icono de la Rusia salvadora, que traía justicia y hermandad para todos. Lo que nos importaba era Europa, aunque yo nunca había puesto los pies en ella y Carlos, si acaso, sólo en la más temprana niñez; nos preocupaba su cultura, quebrantada por dos guerras horrorosas, y deseábamos su unidad, que una y otra vez los ingleses se habían encargado de impedir. Años más tarde, intelectuales hispanoamericanos de poco calibre reprocharán a los criollitos como nosotros esta fijación en Europa, que declararán “enajenante” y negadora de la propia “identidad”. Obsesionados con lo presente, angosto y fugaz pero tangible, no comprendían que la identidad personal se teje con narraciones alimentadas y sostenidas por la fantasía.

Demasiado pronto, para mi gusto, el padre de Carlos fue destinado a otra embajada y los Fuentes se fueron de Chile. Durante varios años nos comunicamos por correo aéreo, una novedad entonces y muchísimo más rápido que ahora. Recuerdo aún la impaciencia con que aguardaba los sobres orillados de celeste y blanco, y luego de verde, blanco y rojo, que me traían las cartas de Carlos, primero de Buenos Aires y más tarde de México. Todavía duraba la guerra y, en camino a Chile, estas últimas tenían que sortear la inspección establecida por el Gran Hermano del Norte en Panamá. Con una paciencia digna de mejor causa, un funcionario recortaba cuidadosamente con tijeritas las frases que en su opinión contenían datos comprometedores. Conscientes de lo que ocurría, empezamos a incluir observaciones destinadas justamente a ser recortadas, a cuya existencia aludíamos en otros pasajes crípticamente, de una manera que anticipábamos que el censor de turno sería incapaz de captar. Como cualquier otro burócrata desde la fundación de la primera dinastía faraónica, caía infaliblemente en nuestra trampa y recortaba la frasecita llamativa que habíamos escrito para él. Fue nuestro primer contacto explícito con la sinrazón de Estado, que acompaña como una sombra infaltable a toda vida civilizada.

La correspondencia cesó poco después de que ambos ingresáramos a la carrera de derecho. Nos volvimos a ver al cabo de quince años, en Concepción de Chile, cuando
Carlos, que acababa de publicar su {Artemio Cruz}, fue invitado a dar conferencias en la universidad donde yo enseñaba filosofía. Luego hemos podido reunirnos sólo de tarde en tarde, en Oaxaca, en Santiago, en San Juan de Puerto Rico, reviviendo y ahondando cada vez la amistad de nuestro primer encuentro. A medida que el tiempo pasa más admiro la mirada amplia y el juicio recto que Carlos Fuentes ha logrado conservar no obstante su largo envolvimiento con la vida pública. No dudo que se debe en buena medida a la perspectiva distante y objetiva que nos procura la frecuentación de ficciones, ya sean de la novela o de la ciencia. {{n}}