Toda encuesta parte de algo tan subjetivo como
la preferencia personal. En el caso de la presente, que abarca un periodo de 30 años, se añade
otro factor dudoso: la memoria, tan traicionera como siempre. Aun así, la encuesta es reveladora sobre qué películas han quedado en la mente de 50 personas, la mayoría de ellas relacionadas de alguna manera con el quehacer cinematográfico en México. Ciertamente, se trataba de un margen muy amplio de opciones por lo que no se puede hablar de favoritas
muy marcadas; los gustos se dispersaron en 60 títulos. Las dos que empataron en primer lugar con 13 votos —{Amores perros} y {El callejón de los milagros}—reunieron al 26%, cada una, de los votantes.

En cuanto a los tres títulos con mayor número de votos, dos de ellos pertenecen al nuevo milenio, {Amores perros}, de Alejandro González Iñárritu, y {Luz silenciosa}, de Carlos Reygadas (ésta es, incluso,
del año pasado). Lo cual indica cómo ayudó el recuerdo fresco, aunado a otro fenómeno: en años anteriores la gente del medio no solía ver mucho cine mexicano. Recuerdo cómo, en el pasado, amiamigos
intelectuales veían a la producción nacional con escepticismo y tachaban mi entusiasmo por ciertos autores como una excentricidad asociada a mi profesión. Es justo a partir de finales de los noventa que el cine mexicano superó una desconfianza
tradicional y ganó un público numeroso de clase media. Por eso, {Amores perros} no fue sólo un éxito de la crítica sino también de taquilla.

Entre 1978 y la actualidad el cine mexicano sufrió avatares dignos de una analogía cristiana, un proceso de agonía, muerte y resurrección en el cual la industria, como tal, prácticamente desapareció
para dar pie a una artesanía con millones de consumidores. No está de sobra hacer un poco de historia. Como todos los aspectos de la realidad nacional, la existencia del cine ha variado según el sexenio y, en ocasiones, ha sido clasificado por la política que lo rigió. Decir cine {echeverrista}, por ejemplo, evoca ese periodo ambicioso en que cineastas como Felipe Cazals, Jorge Fons, Jaime Humberto Hermosillo, Paul Leduc y Arturo Ripstein,
entre otros, cimentaron su prestigio. (Algunos despistados pusieron entre sus preferencias a {Los albañiles} (1976), {El apando} (1975), {Canoa} (1975), {El castillo de la pureza} (1971), {El lugar sin límites} (1977) y {Naufragio} (1977); títulos importantes,
sin duda, pero que no entran en el periodo de la encuesta. Sin embargo, la elección ilustra el impacto de esas películas.)

En cambio, el {lopezportillismo} es sinónimo de zozobra (no sólo en cuanto al cine). Para 1978, el segundo año de ese régimen, aún no se había definido la postura de Margarita López Portillo, hermana del presidente y puesta al mando de un nuevo organismo llamado R.T.C, que supondría el control del radio, la televisión y el cine, nada menos. El espejismo de que todo seguía igual se debió a la producción y estreno de películas heredadas
del gobierno anterior. ({Cadena perpetua} fue filmada en 1978 y es, de hecho, la primera que sí pertenece cronológicamente a la encuesta.) Pero una vez definida la intención de la llamada “doña” de desmantelar la industria y favorecer la producción de costosos petardos de época —Antonieta,
de Carlos Saura, {Campanas rojas}, de Serguei
Bondárchuk— empezó la larga indiferencia estatal, por la cual los ya mencionados directores se vieron obligados a dirigir películas alimenticias
y trabajos televisivos, o al desempleo (o, en muy contadas instancias, a levantar proyectos independientes).

En consecuencia, en los ochenta vino el periodo
más desolado del cine mexicano. Y la generación
que seguía, la de los jóvenes que egresaron de las escuelas de cine a fines de los setenta, se encontró un vacío en el cual resultaba casi imposible
desempeñarse profesionalmente en el cine industrial. Ése fue el caso de realizadores como Raúl Busteros, Alberto Cortés, Juan Antonio de la Riva, Nicolás Echevarría, Carlos y José Luis García Agraz, Diego López, Rafael Montero, Juan Mora, Alejandro Pelayo, Gerardo Pardo y Mitl Valdez, entre otros. Aunque el Imcine fue creado con el propósito de regular la producción estatal en el gobierno de De la Madrid, bajo la dirección del también cineasta Alberto Isaac, la situación se mantuvo en el descuido de funciones
sobre todo cuando Isaac fue reemplazado por Soto Izquierdo.

La encuesta refleja esa situación por la minoría
de títulos de los ochenta. De las elegidas, la mayoría fueron realizadas por cineastas de experiencia: Cazals ({Los motivos de Luz}), Fons ({Rojo amanecer}), Leduc ({Barroco, Frida y ¿Cómo ves?)} y Ripstein ({El imperio de la fortuna}), más dos figuras del cine independiente que no han hecho largometrajes en los últimos 15 años: el documentalista
Eduardo Maldonado ({Laguna de dos tiempos}) y Ariel Zúñiga ({El diablo y la dama}). De la generación del relevo sólo figuran Raúl Busteros ({Redondo}) y Nicolás Echevarría ({Poetas campesinos}). Estos cuatro títulos recibieron una sola mención; es decir, se trata de una preferencia excepcional.

Asimismo, la encuesta confirma por qué a ese grupo de cineastas se le llama la Generación Perdida.
Aunque varias de sus obras fueron reconocidas en su momento, sólo {Cabeza de Vaca}, también de Echevarría, obtuvo dos votos. Es decir, que las preferencias
se polarizaron entre los veteranos de los setenta y los jóvenes que empezaron a filmar a partir de los noventa, que es cuando ocurre la mencionada resurrección. Los que quedaron como sándwich no sólo enfrentaron las pocas oportunidades de filmar sino también el olvido, por lo visto. No sólo les tocó bailar con la más fea, a varios de ellos no se les dejó volver más al salón de baile.

Uno de los aciertos de la política del Imcine en los noventa, ya en el gobierno {salinista} bajo el mando de Ignacio Durán, fue fomentar el ingreso a la industria de los jóvenes cineastas. Quizá sea una cifra récord el número de {óperas primas} que se produjeron en dichos años. Esa sangre nueva —representada por Francisco Athié, Carlos Carrera, Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Luis Estrada e Ignacio Ortiz Cruz, entre muchos otros— fue en buena medida la responsable de la interesante variedad de estilos y géneros que enriqueció la oferta.

Ese impulso sufrió otro obstáculo con el famoso
error de diciembre de 1994. Tras la nueva devaluación del peso, las condiciones se hicieron obviamente más difíciles para sostener una industria
dependiente de inversiones millonarias, que cayó a su nivel más bajo de producción desde los inicios de los treinta. En 1998, por ejemplo, se produjo la cifra exigua de 11 largometrajes. Muchos nos aprestábamos a escribir el obituario del cine mexicano. Y, sin embargo, volvió a sobreponerse…
y a ser más exitoso que nunca. A partir de las extraordinarias ganancias de {Sexo, pudor y lágrimas} (1999), de Antonio Serrano —que no apareció en la encuesta, por cierto— los números cambiaron para la industria. Ese suceso demostró el interés de un nuevo tipo de espectador, básicamente
joven, de clase media, que asiste a los múltiplex de los centros comerciales.

Por enésima ocasión, se volvió a proclamar la existencia de un nuevo cine mexicano. Lo llamativo
es que no sólo se recuperó al público, sino también la presencia en festivales internacionales. Tal fue el caso de {Amores perros}, una película elogiada
y premiada en foros prestigiosos, a partir de Cannes, que a la vez fue el estreno nacional más exitoso del año 2000. La {ópera prima} de González Iñárritu vino a demostrar que era posible atraer a millones de espectadores, con una ambiciosa
historia dramática resuelta con complejidad estructural. La resonancia de la cinta, tanto en México como en el extranjero, puede medirse en las diversas realizaciones posteriores que describen
historias paralelas que convergen a partir de un accidente de tránsito. (El propio director y su guionista, Guillermo Arriaga, adoptaron propuestas
similares en las siguientes {21 gramos} y {Babel}, de producción hollywoodense, para completar
una trilogía.)

{Amores perros}, curiosamente, empató en primer
lugar con {El callejón de los milagros}, cuyo guión —debido a Vicente Leñero— adaptaba una novela del egipcio Naguib Mahfouz con el recurso de alternar sus diversas líneas narrativas, tomando como mismo punto de partida un juego de dominó. El propio Arriaga ha reconocido que la estructura de su trabajo se inspiró en el hallazgo
de Leñero (y no en las películas de Tarantino, como se señaló en algunas críticas).

Otra similitud entre ambas películas es su visión
naturalista de la realidad chilanga. Pero {El callejón}… se centra en los habitantes de una colonia
populachera, mientras que {Amores}… enfoca a personajes de clases sociales diferentes. Jugando la carta del melodrama plenamente asumido, Fons adoptó un tono muy endeudado con la gran tradición del cine arrabalero mexicano. Por lo tanto, es una visión que, a pesar del pesimismo subyacente, encuentra momentos de compasión, humor y hasta de ternura.

Por cierto, fue Fons quien resultó con mejor promedio de bateo en la encuesta. {El callejón de los milagros} empató en primer lugar, mientras su anterior {Rojo amanecer} hizo lo propio en séptimo. El hecho de que fueron los dos únicos largometrajes
de ficción que dirigió en esas tres décadas también es revelador. El cineasta ha permanecido demasiado inactivo y, sin duda, la pérdida ha sido para el cine mexicano.

El tercer lugar de {Luz silenciosa}, con 10 votos, evidencia la admiración que suscitó aun entre la gente que había quedado escéptica ante los dos anteriores esfuerzos de su director, Carlos Reygadas ({Japón} recibió un voto nada más). En este caso, la historia de amor prohibido y culposo
en una comunidad menonita de Chihuahua ensayó una exaltada espiritualidad —en abierta referencia al {Ordet}, de Dreyer—, lo suficientemente
convincente para obtener el premio del jurado en el festival de Cannes del año pasado.

El cuarto lugar, con ocho votos, fue para {La ley de Herodes}, de Luis Estrada, que tuvo una repercusión
extracinematográfica. Según se sabe, la película superó un intento de prohibición, debido a su corrosivo ataque contra la corrupción priista, y se volvió ampliamente vista y comentada (al grado de que algunos simplistas atribuyeron la derrota del PRI en las elecciones de 1998 a su influencia).
La cinta de Estrada sí marcó el fin de la censura tradicional en el cine mexicano y contradijo
la indiferencia política de su generación. Aunque esa salvaje sátira, sobre la próspera carrera de un corrupto presidente municipal, peca de ser muy caricaturesca,
ese exceso resultaba necesario para desahogar
su virulenta crítica a un sistema que estaba por llegar a su fin (hasta nuevo aviso).

En cambio, la sutileza es una de las virtudes de {Bajo California: el límite del tiempo}, la {ópera prima} de Carlos Bolado, que amarró sola el quinto lugar con seis menciones. Lo que inició como un documental sobre las pinturas rupestres del estado epónimo, se convirtió a medio camino en la primera incursión legítima del cine nacional en el género del {road movie},
a través de la sensible historia de un hombre que, a punto de ser padre, decide internarse por caminos poco explorados de Baja California para huir de los fantasmas y culpas de su pasado.

El sexto lugar es una curiosa coincidencia, un empate de dos películas de Ripstein de hace 30 años, {Cadena perpetua} y {El lugar sin límites} (que no corresponde
a la encuesta por ser de 1977). Títulos que, hasta el inicio de sus colaboraciones con la guionista
Paz Alicia Garciadiego a fines de los ochenta, eran considerados como lo más sobresaliente de su filmografía. Por cierto, Ripstein es el director con el mayor número de películas en la encuesta, seis en total (le siguen Hermosillo y Leduc, con cuatro cada uno). De su fructífera producción de los noventa,
la mejor colocada es {Profundo carmesí}, con tres menciones. Es una pertinente relectura del caso
de unos asesinos estadunidenses de la vida real, Martha Beck y Ray Fernández, antes llevada al cine por Leonard Kastle ({Amantes sanguinarios}, 1970), en que se han transpuesto al norte de México, en 1949, las fechorías de una pareja de timadores que engañan y matan a mujeres solitarias. Ripstein llevó el asunto a su especialidad, el melodrama sórdido, y consiguió una gran historia de amor patológico con elementos tan escabrosos como emotivos, y detalles de un macabro sentido del humor.

Un quinteto de estupendas películas empataron en séptimo lugar con cuatro votos, respectivamente; tres fueron dirigidas por compañeros de la misma y experimentada generación. La más reciente de ellas, {Las Vueltas del Citrillo} mostró a un Cazals en plena forma después de que, en 1994, había anunciado su prematura retirada del cine. Una anécdota mínima (la mísera y ebria cotidianidad de tres soldados y mujeres que los acompañan, en la ciudad de México de principios del siglo pasado) sirvió para que el director
hiciera otra incisiva exploración del modo de ser nacional, dentro de una realidad de marginación y violencia. Lo novedoso es el asomo de un sentido de lo espiritual, que nunca antes había encontrado sitio en el cruel mundo de Cazals.

{Frida, naturaleza viva} es la primera de Paul Leduc en la encuesta y evidencia qué tanto impacto tuvo esta impresionista versión de la vida de la pintora titular, antes de que se volviera una de las figuras más sobreexpuestas del arte mexicano. Con pocos
diálogos y económica belleza visual, el realizador
se saltó las convenciones de la {biopic} con una serie de viñetas significativas. Los méritos de la obra de Leduc fueron reafirmados por la aparición de la versión hollywoodense, dirigida por Julie Taymor en 2002, que se concentró en lo folklórico dentro de una visión inevitablemente turística del tema.

Y Fons, como se había señalado, apareció nuevamente
con {Rojo amanecer,} la única película de ficción
hasta la fecha que ha abordado directamente la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Aunque con limitaciones de producción (el sonido es en particular defectuoso), la película recrea los hechos sangrientos de ese día según los sufre una familia de clase media que vive en uno de los edificios del lugar. Después de enfrentar a la censura (y ser obligada
a eliminar cualquier referencia al ejército), {Rojo amanecer} fue un parteaguas al probar que el tema del 68 no era más un tabú infranqueable y que, además, había un amplio público dispuesto a ver producciones mexicanas de ambición.

La cuarta con cuatro es {La invención de Cronos,}
el imaginativo debut de Guillermo del Toro, una ocurrente revisión del mito del vampiro a través de la historia de un viejo anticuario que, por accidente, descubre un aparato inventado por un alquimista medieval cuyo uso otorga la vida eterna. El joven director consiguió una rareza
dentro de nuestro cine: una aportación al género fantástico de acentuado subtexto católico, que coquetea con el revisionismo posmodernista y no se inhibe a la hora de mostrarse sentimental.
Por desgracia, ese género no es compatible con los limitados presupuestos nacionales, y Del Toro debió emigrar al extranjero para proseguir su singular carrera.

Filmando tanto en Hollywood como en España,
el cineasta ha forjado un prestigio que se reafirmó con {El laberinto del fauno}, coproducción hispano-mexicana que compitió tanto en Cannes como en los premios de la Academia gringa, algo
inusual para una película de tema fantástico. Sin duda, los llamados {Three Amigos} —Alfonso Cuarón, Del Toro y González Iñárritu—, por su obra en el extranjero, fueron objeto el año pasado
de la mayor cobertura mediática otorgada a realizadores mexicanos. Pero no parece haber influido en la encuesta. Si bien González Iñárritu ocupó el primer lugar por la que ha sido su única producción mexicana a la fecha, {El laberinto del fauno} sólo tuvo dos menciones, las mismas obtenidas
por Sólo con tu pareja, el debut de Cuarón (mientras que su popular {Y tu mamá también} ni siquiera apareció en la lista).

De esa misma generación, Carlos Carrera es quien ha filmado más largometrajes en su propio país. Y su {ópera prima, La mujer de Benjamín}, fue una revelación a principios de los noventa. Cargada de ironía, se trata de una acertada reelaboración
del mito de la Bella y la Bestia, donde el tonto del pueblo secuestra en plan amoroso a una voluntariosa joven, que aprovecha la acción para escapar de su tediosa vida. Con su misantropía característica, Carrera retrata el carácter represivo
y los valores retrógrados de la provincia mexicana,
pero también logró integrar un elemento emotivo a su relato.

Su película más exitosa en términos económicos
—y también una de las más taquilleras en la historia del cine nacional— ha sido {El crimen del padre Amaro}, beneficiada por el golpe publicitario de haber indignado a ciertos sectores de derecha, que exigían su prohibición. Más allá del escándalo, esa aguda adaptación de la novela del portugués Eca de Queiroz, examina las diferentes posiciones que han adoptado los representantes de la iglesia católica, centrándose en los amores ilícitos entre un cura provinciano y una feligresa adolescente.

El quinto largometraje de Carrera consiguió tres votos,
empatando en el lugar 12 con {Como agua para chocolate, Del olvido al no me acuerdo} y la ya mencionada
{Profundo carmesí.}
Uno de los fenómenos más significativos de las últimas tres décadas fue el aumento de realizadoras
en un medio que era antes de casi total dominio masculino. A partir de fines de los ochenta, las mujeres
cineastas se volvieron tan comunes en México que lo excepcional se volvió la regla. Sin embargo, su presencia en la encuesta no fue numerosa. {Danzón}, de María Novaro, recibió dos votos, al igual que {Perfume
de violetas}, de Marisa Sistach; mientras que {La misma luna}, de Patricia Riggen, y {Novia que te vea}, de Guita Schyfter, recibieron un voto cada una.

Estos resultados son, repito, totalmente subjetivos.
Otra encuesta similar hecha entre 50 personas que no pertenezcan al medio arrojaría quizá preferencias
distintas. Y aun en el propio medio cinematográfico
es posible que muchos no estén de acuerdo con las “ganadoras”. Si esta encuesta se vuelve objeto de polémica y discusión, tanto mejor. {{n}}