He pasado buena parte de mi vida diciendo que encarno a la perfección en el lector distraído, así que ahora no daré marcha atrás, sobre todo si se trata de la lectura de una novela de más de 300 páginas. Cuando un escritor crea semejante cúmulo de hojas lo que nos ofrece es un universo, un mundo para habitar, e incluso una sepultura. He llegado a creer firmemente que los lectores deberíamos tomarnos el mismo tiempo para leer la novela que el escritor se tomó para escribirla. De esta manera podríamos hacer saludables pausas en el camino y detenernos en cada línea el tiempo suficiente para intentar comprender lo que se nos quiere decir, o por lo menos detectar las trampas que los escritores sagaces tienden a los más ingenuos. En el caso de las buenas novelas no se debe ir de prisa. Si Leonardo Da Jandra tardó varios años para escribir La almadraba, último tomo de su llamada “trilogía costeña”, yo habría reclamado la misma cantidad de tiempo para leerla y adentrarme con cautela en esa pléyade de personajes malignos, sabios, primitivos, pero todos despiadados en su naturaleza y en lo profano de su destino.

Más de una vez he escuchado a un crítico referirse a un determinado autor contemporáneo de la siguiente forma: es un magnífico escritor, aunque carece de temas, su estilo es de primera, pero desgraciadamente no tiene nada que decir. Cada quien hará su propia lista de autores anodinos porque si en la actualidad existe una constante es ésa, la de artistas y escritores que marchan por inercia impulsados por una especie de talento sin objeto. Justamente lo contrario sucede con Da Jandra ya que si una sola observación tuviera que hacerse de su obra literaria sería la siguiente: es necesaria porque de no llevarse a cabo una parte del espíritu se quedaría a oscuras (siento mucho utilizar la palabra espíritu en estas notas, pues además lo digo en el sentido más alemán de la palabra, lo que es todavía peor tratándose Leonardo, de un desertor de la filosofía alemana). Este es precisamente el rasgo esencial de lo artístico, crear objetos que no se encontraban antes en el mundo y cuya existencia hace menos oscuras o estúpidas nuestras vidas. Los temas que dominan la escritura de Leonardo no son consecuencia de inspiraciones pasajeras, sino de pulsiones feroces, obsesiones morales, una afinada conciencia de la crueldad humana, pasión por el mar y un respeto absoluto por el poder destructor de la naturaleza. Él es un observador paciente y por ello también un cazador malicioso, la prueba de esto último es que en La almadraba persigue a sus personajes hasta dejarlos sin vida (Crisálida; Catalina, que no nació mujer, sino mushe; El Biólogo; La Buki, a quien se describe como los 17 años más perversos de toda la costa de Guerrero): personajes que nunca son entelequias, fantasías o sombras abstractas, sino seres que tienen peso: no magia sino sangre, cuerpos que el escritor en complicidad con la vida impone a la literatura y que a veces poseen una realidad desoladora. Conforme avanzan las páginas el lector comienza a experimentar un considerable peso sobre la espalda, como debe ser cuando decide entrometerse en la experiencia de un hombre que ha tenido una vida y que además sabe transmitirla a través de las palabras.

En Memorias del subsuelo escribe Dostoievski: “¿De dónde sacaron los sabios que la voluntad del hombre debía ser normal o virtuosa? Estoy convencido de que el hombre no renunciará jamás al verdadero sufrimiento, es decir, a la destrucción y al caos. Porque el sufrimiento es la única forma de tomar conciencia de las cosas”. Tomar conciencia de las cosas desde la experiencia del sufrimiento es propia de las novelas Huatulqueños, Samahua, y fundamentalmente de La almadraba. Estar alerta frente a la inminencia de la muerte es también hacerse consciente del instinto depredador del ser humano y sobre todo de que uno debe pelear para sobrevivir. Esta lucha que, como reveló Dostoievski, es un sufrir constante el acoso de lo extraño, del ser que se alimenta de nosotros. De ninguna manera es pesimismo, en todo caso cruda sabiduría. En La almadraba un personaje, anciano curtido por el tiempo, el trabajo y el sol masculla lo siguiente: “Yo ya estoy más muerto que vivo, así que por lo mismo puedo hablar sin temor a ofender a nadie”. Un ser que vislumbra la muerte puede escribir o decir lo que quiera porque sus ofensas no le conciernen a nadie más que a él mismo. No deseo cansarlos con estas observaciones, así que por este momento quiero concluir que los personajes de La almadraba, pese a todas sus diferencias, me han mostrado que la novela cuando es creada por un escritor real puede ser conmovedora a un extremo tal que la vida misma nos cause repulsión, o sorpresa: se vuelve a nacer porque la mirada cambia y los miedos se tornan más intensos; en suma, los personajes de la novela crean un teatro espejo donde nos miramos y no queremos reconocernos. Y, sin embargo, como quería Kierkegaard, pese a todo el esfuerzo que los hombres hacen para sobrevivir, para afirmarse, se pasan la vida tratando de llegar a ser lo que de todas maneras ya son. Este círculo perverso alrededor de lo que uno es de todas maneras puede, en ocasiones, romperse por medio del arte o la buena literatura. Es posible que Leonardo encuentre cierto fatalismo urbano o presentáneo en mis palabras, pero qué otra cosa se podía esperar si de su novela escribe una rata de coladera a la que el sol de la costa le sigue pareciendo un vía crucis innecesario.

No les narraré lo acontecido en la novela porque eso es asunto de cada uno de ustedes, señoras y señores —en caso de que les importe y tengan deseos de entrar de lleno en la obra—, pero sí narraré las tenues impresiones que contra todo han llegado instalarse en la memoria de un lector distraído. No me parece suficiente sugerir que el lector completa con su imaginación o su lectura los libros que lee y desearía insistir en el hecho de que la oscuridad es la esencia de todo lenguaje, aun cuando los escritores o los filósofos iluminen repentinamente esa oscuridad por medio de sus obras o ideas. No es que sean más sabios o se encuentren más cerca de la verdad, sino que crean metáforas o relatos porque su miedo sobrepasa al de las personas comunes, miedo a esa oscuridad que se adivina en la lengua apenas comenzamos a explorarla, o la sometemos a un ojo riguroso o científico. Se me ocurre una buena definición de escritor: alguien que tiene más miedo que los demás, pero que no es un cobarde. En fin, la cuestión es que en La almadraba me he enfrentado a un mundo que desconozco, a un alud de palabras que en tantos casos la ciudad ha desterrado de su vocabulario por ausencia de experiencia marítima. La historia, o más bien las historias que asoman en la novela, suceden en varios pueblos de la costa de Oaxaca, en Huatulco principalmente, entre pescadores que viven del mar, de la pasión carnal que les despierta un sol abrasador, y de la ventaja que pueden sacar de sus presas, sean éstas humanas o animales. Los cardúmenes manchan el mar en espera de ser comida para el hombre: salemas, cocineros, macarelas, banderillas, chapetas, corvinas, jureles, medregales, pargos, meros; acerca de cada una de estas especies nombradas, Da Jandra tiene conocimiento, lo mismo que de las corrientes marinas o la fauna selvática que rodea las playas. Y pese a ello no nos cansa con la minucia de sus conocimientos, La almadraba no es un tratado marítimo, ni un documental vuelto novela, cada saber tiene su espacio, su tiempo y Leonardo expresa su erudición marítima sólo como comparsa de lo que supongo es lo que más le interesa: el héroe en eterna caída, el héroe trágico.

Acerca de “El Ingeniero”, forastero que se enfrenta a la suspicacia de los nativos, personaje central de la novela y acaso un disimulado o pasajero álter ego del escritor, Leonardo escribe: “Todo el recuerdo de su propia madre y de las mujeres que había conocido estaba sintetizado en una escena despreciable donde el héroe invicto de tantas batallas se deja atrapar por los más engañosos principios: patria, madre, esposa y amigos”. Es entonces que el filósofo moral, el héroe ético y el escritor rebelde que al menos yo he visto siempre en la persona de Leonardo Da Jandra aparece de nuevo. Se es un soldado como Cayo Marcio, un guerrero que intenta vivir con dignidad y no caer, aun cuando la conciencia de la derrota sea inminente. Pero no se espere de esta novela un manual de la ética marcial, por el contrario, se trata de un humanismo visto no desde la perspectiva de las normas civiles o francesas, sino desde un lado más primitivo e incluso, por qué no decirlo, también más idealista. Y no me va a negar, Leonardo el filósofo, que la ruta que parte de la aventura profana para llegar al reino de lo sagrado y así estimular la vida, no tiene que ver con el romanticismo alemán. Esta es la razón de La almadraba como metáfora: la almadraba como la red de la que incluso los más avezados no logran escaparse. Dice El Ingeniero: “Desde la primera vez que había visto funcionar una almadraba en Nayarit, no podía dejar de pensar que esa masa informe y resignada que se movía en el fondo del embudo fuese distinta a las masas urbanas que hormigueaban en los grandes centros comerciales y en los estadios. Todas tenían en común la misma manera de sentir y de reaccionar: primero, al sentir la amenaza huyen despavoridas hacia las entrañas del peligro; después, al darse cuenta de que están cercadas, comienzan a circular torpemente en el fondo de la red hasta que encuentran otra entrada por la que se meten creyendo encontrar la libertad, pero que las conduce al fatídico matadero”.

Finalmente, no quisiera dejar de mencionar las alusiones que se hacen en la novela acerca de los intentos que empresarios y políticos depredadores están haciendo para convertir al parque natural de Huatulco en un campo de golf y en un centro turístico, terminando así con una de las reservas ecológicas más importantes de esto que algunos ingenuos todavía continúan llamando país. Hoy en día los pensamientos más depurados (pienso en Sloterdijk, Steiner y demás) añaden a los conceptos del ser y cultura la noción de ecología: el mundo que va a ser heredado a los que vienen. Y Leonardo tiene décadas insistiendo en ello. n