{El mal anida en la mano de alguien,}

{habita palabras, el corazón…}

El privilegio de tener un espacio propio donde encarnar
a voluntad el sueño de un proyecto acariciado
durante 16 años: eso es el Teatro El Milagro, sito en Milán
24, en la colonia Juárez de la ciudad de México.

Un inmenso y mágico espacio —que por azares de las
asociaciones bachelardianas me recuerda a {Y la nave va}
de Fellini—, inaugurado el viernes 25 de abril con la obra
{Siberia} del director y dramaturgo mexicano David Olguín,
las impecables actuaciones de Laura Almela, Rodrigo Espinosa,
Mariana Jiménez y Juan Carlos Vives, la escenografía
e iluminación de Gabriel Pascal, el vestuario de Edyta Rasewuska
y el diseño sonoro de Rodrigo Espinosa.

Un asesino pasante de medicina que no es un criminal
pero que —{out of the blue?}— mata por nada; una prostituta
VIP de table dance inocente en el más amplio sentido
del término; un ebrio melancólico que es el propio asesino
mucho tiempo después, aunque no sabremos cuánto, y un
“demonio interior”, en tanto {daimon} griego, nada cristiano
por cierto, son los cuatro personajes de esa reflexión sobre
el Mal que es la obra {Siberia,} un viaje sin fronteras de
tiempo por los vericuetos del acto gratuito, la enigmática
sinrazón del asesinato nomás porque sí.

Matar no por venganza, o celos, o amor, o culpa; no para
robar, violar, o en defensa propia. No. Pero, entonces, ¿para
qué cargar una pistola en el bolsillo? ¿O es que todos somos
asesinos virtuales y, por ende, todos andamos con un arma
ávida de descargarse en la víctima propiciatoria?

Según el filósofo Emmanuel Levinas, el Mal está en la
incapacidad humana de ver y aceptar al Otro como un
{yomismo} insustituible, como una impronta divina, sagrada
y, en consecuencia, no sujeta a ninguna minimización
de su derecho a ser y a existir en plenitud cabalmente.
De ahí el horror del Mal: Uno es Todos. No se trata de
cantidad: un hombre vale por todos los hombres. Un solo
ser humano es toda la humanidad. De ahí que ningún
crimen prescriba.

En {Siberia} no únicamente subyacen la crueldad, la
humillación, la irresponsabilidad frente al prójimo, la incongruencia y el absurdo de nuestros
actos. {Siberia} habla del Mal absoluto: el
ejercicio del libre albedrío para matar
porque sí, por nada, así nomás, gratuitamente,
tan gratuitamente como se recibe
la Gracia, de ahí nuestra incapacidad de
razonar, de comprender, de asir su naturaleza.
“La oscura noche de la mente:
ritual ilegible”, dice el ebrio melancólico
rememorando, reconstruyendo el instante
congelado del asesinato, coagulado
en el tiempo y en el espacio.

Pero ese asesinato impune podría ser
apenas el delirio del ebrio melancólico,
la bacanal privada que su subconsciente
se permite también impunemente,
si no fuera porque en el infierno de la
culpa y el remordimiento cohabita la así
denominada Conciencia —o demonio
interior como le llama el dramaturgo y
director David Olguín—. Y lo {estorboso}
de esa presencia está en no permitirnos
olvidar que hubo una Pureza anterior
que fue irreversiblemente maculada por
causa de una acción irrevocable.

Es decir, que aunque borrásemos todas
las huellas —y en este DF infernal,
“universo de la arbitrariedad”, es tan
cotidiana esa eventualidad—, todas las consecuencias —al fin y al cabo la
mujer era una solitaria sin referencias
ni referente—, no por ello lo que sucedió
dejó de suceder; lo consumado
consumado está, imposible abolirlo, es
incontrovertible.

Laura, el demonio interior, es el único
testigo ocular del crimen en esa pecera
metafísica que es el DF, imagen de la
inconsciencia etílica, espejo-ventana de
la pecera donde habita Arnulfo, el pez
de Mariana la prostituta, símbolo de la
pureza vulnerable, del mirar inocente,
por contraste con el mirar malicioso,
sucio, del criminal en potencia.

{Siberia} es tal vez el infierno al que
todos habremos de descender —o el
Everest de Allie Cone en {Los versos satánicos}
de Salman Rushdie— tarde o
temprano por más que tengamos congelados
y a buen resguardo nuestros
instintos, nuestra maldad congénita,
nuestros impulsos demoníacos, tras
una gruesa capa de buenos modales,
buena educación, buenas intenciones,
incapaces, no obstante, de esconder del
todo lo que se extiende por debajo de
la puntita del iceberg de nuestras perversiones
subterráneas.

El demonio interior confronta al
hombre consigo mismo en un {tête-àtête}
del que no puede evadirse puesto
que la Conciencia es la única Justicia
Implacable frente a la cual rendir cuentas:
ella hace las veces de Dios, de Sociedad,
de Ley Moral. Es la {Diké}, la {Moira}
tricéfala. Por eso no hay salida posible,
fuga, escapatoria: en {Siberia} el infierno
no son los otros, sino {yomismo}. Y no se
trata de un asunto freudiano, sino de
metafísica del Ser.

No sabemos por qué Juan Carlos-
Rodrigo mató a Mariana, pero tampoco
sabemos si quiso o no hacerlo. Perplejo
ante su acción, no se trata de un malvado,
de un proclive al exterminio en
masa. No por ello es menos responsable.
“Nadie te vio”, dice el demonio interior.
“Yo me vi”, responde el asesino.

¿Podríamos sospechar, en ese paisaje
tan blanco, tan impecablemente estático
(estético) y repetitivo, que ese demonio
interior no es ni tentador, ni mefistofélico,
ni satánico, sino, tal vez, justamente,
sólo purificador?

Quedará a cada uno de los espectadores
lidiar con su propia respuesta, con
su propio {daimon}. {{n}}