Desde el título mismo, Pensar el ensayo, el libro de Liliana
Weinberg es sugerente, aunque no sé si exagero viendo en
su condición asertiva un lado oscuro: esas largas décadas en
que no se supo pensar con claridad, ni el ensayo ni ninguna otra
cosa, desde la esfera académica. Sí, desde la esfera académica, ésa
a la que no consigo ver, a pesar de libros como éste, con simpatía.
Si hubiera tomado este libro al azar es probable que después de
leer tres o cuatro párrafos hojeando sus páginas lo hubiera dejado
estar en el librero, por si alguna vez hacia falta buscar una referencia,
sin ocuparme de él nunca más. Es así de visceral el rechazo
que me provoca la jerga académica. Pero me habría perdido de un
buen libro, uno de ésos con los que merece la pena pelear. Porque
de entrada tengo que reconocer que la autora hace bien, muy
bien su trabajo académico, a la vez que no se deja hundir por él
en una ilegibilidad impensable.
Toma al ensayo en
su condición de pensar en
el acto mismo de la escritura,
pero lo piensa desde
dentro y desde fuera,
en una duplicidad si no
contradictoria (como ella
misma lo muestra teóricamente
en un pasaje del
texto) por lo menos compleja
y nada frecuente. Y
no quiere tomar partido,
y ahí es donde me entran
ganas de pelear.
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